sábado, 13 de enero de 2018

Ricardo Luján: las Cifras (20/18) Por Alberto Espinosa Orozco

Ricardo Luján: las Cifras (20/18)
Por Alberto Espinosa Orozco



“Deja salir a la luz
lo que has visto en tu noche."
Caspar David Von Frederik









I
El pintor durangueño Ricardo Enríquez Luján puede considerarse un artista completo, que largamente ha cultivado en su camino una forma sui generis de realismo simbólico. Su trabajo es, así, sobre todo, una ingeniosa síntesis singular de las imágenes de nuestro desequilibrado tiempo, era o mundo. Su estrategia es la de construir, por medio de una razón media o proporción entre los extremos, poderosas analogías o metáforas visuales –por lo que hay en su obra algo de la agudeza imaginativa e intelectual del arte conceptual y del realizativo (performance).
Aunada a esa fuerza de la imaginación fantástica, destaca en su obra la virtud del colorido, cargado de intención, que recorre el espectro de los tonos más chirriantes y solferinos, hasta rozar a los pálidos pasteles delicados, llegando a frisar a los traslúcidos fantasmas que traspasan por el aire, etéreos e invisibles. Virtudes de colorista, en efecto, que ha sabido impregnarse de la luz purísima del Trópico de Cáncer, de esa luz aduraznada, que de pronto se vuelve con el viento helado dura, o que cae como la justicia a plomo, como si quisiera pelar las cosas de su cáscara de polvo y de ceniza –lo que sentimentalmente equivale con frecuencia a una desgarradura. 
Carácter regional es cierto, que equivale en artista a un arraigo y a una fidelidad a la atmósfera, emotiva y sensible, a su querido terruño provinciano –lo que se revela en una especie de tono rústico en su obra que, más que ser un desdén por la técnica, es el apego a la salvajería primordial del deseo: el amor por la expresión viva, carnal, corporal, donde se enfatiza el nervio de la pincelada, sujeta a lo contingente: a los accidentes reales del cuerpo y a los temblores e incandescencias propias del tiempo y de la geografía.








II
            La tarea del artista ha sido entonces la de apresar, por medio de la fugaz estela de la imagen, la escurridiza esencia de nuestro tiempo tardomoderno, pero también la de intentar estabilizar sus profundas turbulencias y exasperados desequilibrios –encontrando en el horizonte una solución, más que nada, onto-teológica (metafísica y jerárquica), cunado no decididamente apocalíptica.
Por un lado, conciliación de extremos nada fácil, que va de lo cotidiano conmovedor, de la simple ternura de lo sentimental, a la franca conmoción pánica ante la pavorosa majestuosidad de la anarquía cósmica. Por el otro, alternancia de lo suave y de lo ríspido, de lo dulce y lo amargo, de lo angélico y simple con la pesada densidad de pesadilla.
De tal manera, el ritmo que imprime a su obra se ha ido abriendo en una especie de abanico circular, cuya espiral asemeja la forma de la esfera, que es la de la totalidad. La vastedad de sus preocupaciones estilísticas y temáticas engloban así los extremos polares del arte contemporáneo: de una parte, incorporación formal que va de las tradicionales artesanías populares (talavera poblana, papier maché, alcatraces de Diego Rivera) al grafiti, del action painting al bodegón, del retrato de costumbrista de sociedad al metálico hiperrealismo tecnocrático, del arte povera y el arte pop a Van Gogh, de Adolfo Torres Cabral a Omar OH Ortiz; de la otro lado, encarnación de los contenidos y preocupaciones recurrentes, obsedentes de nuestro tiempo: consumismo y socialismo, el individuo o las masas, subordinación a la tradición o libertad de la novedad, Oriente u Occidente, costumbrismo y modernidad, metrópoli y periferia, idolatría del yo o culto de la personalidad o altruiismo, herejía o místia de la luz, ateísmo y comunismo o comunidad de fe trascendente.







Remasterización de los temas populares y culteranos desde una perspectiva personal enmarcados dentro de la sofisticación de un mundo globalizado, caracterizado por la garra, por la intención y el carácter del artista, en donde se da una mixtura bien equilibrada de simbolismo e historia, de arquetipo y temporalidad. Justo medio sentimental, analógico también, entre el gusto por lo llamativo, lo atractivo y lo agradable, que marcha en favor del gozo de los sentidos visuales, y lo hirsuto e irritante, que sacrifica lo amable no en favor de lo patético o desagradable, o de lo fastidioso o mórbido per se, sino de la punzante reflexión y la ácida penetración crítica –recubriendo frecuentemente todo ello por los edulcorantes rosáceos y morados del resignado humor o de la conforme ironía. 













III
Hibridismo de la expresión, pues, donde convive y se entrecruza la zoología fantástica, (la serpiente, el toro, el gallo, la paloma), con las estampas vernáculas de la tradición cristiana (Sagrado Corazón, San Miguel, San Judas Tadeo, San Jorge), o los retratos de los héroes y padres fundadores de las patrias (Guadalupe Victoria, Thomas Jefferson, Abraham Lincoln), y todos estos con los símbolos de originarios de las culturas originarias de la India, Mesopotamia, Persia,  de Sumeria y Palestina (Istar, el Ojo de Orus, Martduk, la Pirámide, los gigantes Nefilim, los Ángeles Anunaki, la Torre de Babel o la Paloma salvífica).
Sitio donde se dan insospechados cruces de la imaginación creadora o de la realidad: en la que aparece. de pronto, en un pestañeo que abre los ojos, un nuevo San Sebastián martirizado, portando como yelmo de la fe  el casco de un gracioso robot sacado de los Simpson´s –símbolo a su vez de los adelantos tecnológicos e informáticos que permiten acrecentar el conocimiento, combatiendo con ello las tinieblas  ignorancia supersticiosa, o que ambiguamente apunta al peligro de un mundo post-humano y a la disimulada tiranía de la cibernética. 














Escenografía a la vez historicista y mitológica que constituye un cruce de caminos biográfico, en el que se da una lucha espiritual contra las fuerzas malignas del cielo –que tienen autoridad sobre nuestro mundo oscuro (Efesios 6.17). Collages, dibujos, acrílicos y óleos en los que el artista siente y nos hace sentir las fuerzas primordiales del origen, de la creación del mundo, pero también el castigo, la maldición de la confusión de las lenguas y el poder de la pirámide que todo lo vigila, así como el juicio, pendiente para el fin de los tiempos, de los Vigilantes, no menos que de aquellos que han seguido el camino de Caín, que no supieron guardar su dignidad y señorío, y que Dios no perdonó aprisionándolos bajo tinieblas con cadenas eternas (San Judas 1.6). 
Momento barroco en la obra del artista, en el que lo demoniaco y serpentario, lo bizarro y sobresaturado, tiene la función de, mediante la invertir lo maravilloso, fertilizar y regenerar lo imaginario, dando cuenta a la vez de nuestras llagas místicas, descubriendo a la mirada las rojas serpientes interiores y los feroces dragones marinos que, vomitando fuego, impiden el acceso a la recta espiritualidad.  Expresión todo ello de un profundo sentimiento de guerra cósmica, de conflictos irreductibles entre las potencias celestes y terrestres, que se traducen para el hombre singular en una lucha personal, en cuyo estrecho ruedo no queda sino despertar del sueño y del letargo hechicero de la corrupción.
Imágenes fnalies de los peces y de la paloma blanca del espíritu santo (In God We Trust), que revelan en su grandeza la importancia de formar espíritu de cuerpo, en estos nuestros tremendos días, lucando contra las asechanzas del demonio que quisieran dividirnos, contendiendo por la fe con la ciencia de la salvación y con espíritu de paz y misericordia.

Durango, 12 de enero de 2018









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