lunes, 8 de mayo de 2017

La Academia de San Carlos: los Viejos Maestros Por Alberto Espinosa Orozco

La Academia de San Carlos: los Viejos Maestros 
Por Alberto Espinosa Orozco




   La historia de la Academia de San Carlos se remonta a finales del siglo XVIII, cuando en 1779 el grabador Jerónimo Antonio Gil, acuñador de la Casa de Moneda, solicitó formalmente la fundación de una escuela de grabado. De hecho, el pintor Miguel Cabrera había hecho sentir en 1753 la necesidad de crear una Academia en la Nueva España para el inmemorial arte de la pintura. Así fue que en el 4 de noviembre de 1781 a solicitud de las autoridades de la Casa de Moneda se iniciaron a impartir clases de grabado en esa institución, teniendo como primer maestro al propio Jerónimo Antonio Gil y como modelo ideal la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid. Un par de años después, el 25 de diciembre de 1783, se funda oficialmente la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, expidiéndose la Cédula Real por Carlos III de España, la cual fue sancionada por la Real Orden del Virrey de la Nueva España, Matías de Gálvez, el 1 de julio de 1785. A partir de entonces se fueron incorporando a la Academia de San Carlos una serie de maestros provenientes de San Fernando, los cuales impusieron los métodos de enseñanza clasicistas europeos.
   El primer local de la Academia se encontraba anexo a las instalaciones de la Casa de Moneda, donde funcionó la escuela de grabado hasta el año de 1791. Posteriormente la Academia se trasladó al antiguo Hospital del Amor de Dios, que fue su primer edificio y donde se impartían clases de grabado, pintura y escultura, pero también de arquitectura, siendo su título el de Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos de la Nueva España, y las tres nobles artes eran: arquitectura, pintura y escultura. De hecho las más importantes pinturas, esculturas y dibujos de México y Centroamérica durante todo el Siglo XIX tuvieron como origen la Academia de San Carlos, como también los proyectos arquitectónicos de iglesias y centros educativos. A mediados del siglo XIX la fachada de antiguo Hospital del Amor de Dios, cede ya de la Academia de San Carlos, fue remodelada por el arquitecto italiano Javier Cavallari en el estilo neoclásico, el que guarda hasta la fecha. El contenido de la escuela también se enriqueció con una serie de impresionantes yesos y vaciados de esculturas grecolatinas provenientes del Museo Vaticano y de réplicas de obras de Miguel Ángel Buonaroti –sumando con el tiempo a su acervo más de 60 mil obras, por lo que desde el principio se le considero el primer Museo de Arte de Latinoamérica.






   Para inicios del siglo XX la Academia de Bellas Artes de San Carlos era dirigida por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, siendo algunos de los maestros más importantes el gran paisajista José María Velasco (1840-1912), el recordado maestro Germán Gedovius (1867-1937), los destacados artistas Leandro Izaguirre (1876-1941), Santiago Rebull y Alberto Fuster (1870-1922). Según testimonio de José Clemente Orozco la Academia se encontraba por entonces en el apogeo de su eficiencia y buena organización, debido en buena parte al impuso impreso en la escuela por Antonio Fabrés, pintor y escultor catalán contratado por Justo Sierra y radicado en México por un breve periodo, de 1902 a 1906.
   El artista catalán Antonio Fabrés fue un gran pintor académico, muy influido por Velásquez, adoptando como temas de sus pinturas los religiosos y costumbristas, mostrando profundos conocimientos de la técnica pictórica y una habilidad excepcional. Entre sus méritos como director de la Escuela Nacional de Bellas Artes en los cuatro años de su estadía en la capital de México destacó haber mandado reconstruir los salones de clase, instalando muebles y enceres especiales y disponiendo una iluminación eléctrica perfecta, que contaba con una ingeniosa maquinaria para iluminar a los modelos, parecida a la de los teatros modernos. Su discípulo predilecto y protegido fue el más joven del grupo, Saturnino Herrán (1887-1918), pero asistían a sus talleres como alumnos el precoz Diego Rivera (1886-1957), José Clemente Orozco (1883-1949), Francisco Goytia (1882-1918), Roberto Montenegro (1885-1968), Ángel Zárraga, los hermanos Garduño, Francisco de la Torre, Coria, Ramón López, Romano Guillemín, Antonio Garduño, Rafael Ponce de León y Miguel Ángel Fernández entre otros. 
   El siguiente favorito de Fravés fue Digo Rivera, quien destacaba como uno de los alumnos más aventajados, descollando en todas las disciplinas que eran de su agrado. Recuerda Montenegro que poseía, además de su predisposición para la reproducción de imágenes, una memoria prodigiosa y ya desde entonces daba a sus condiscípulos lecciones de cultura al final de las clases. Rivera inició muy joven la Academia, a los 12 años de edad, siendo discípulo de Pina, de Santiago Rebull, de José María Velazco y de otros célebres pintores.
   La enseñanza se fundaba en un entrenamiento intenso y en una rigurosa disciplina, cuyas normas eran las de la academia europea: copiar la naturaleza fotográficamente con la mayor exactitud. Un modelo estático posaba así durante semanas, el cual era elegido de una vasta colección de reproducciones del arte clásico en posesión de la Academia. Entre otros ejercicios se encontraba el copiar al modelo puesto de cabeza, con lo que los futuros artistas aprendían verdaderamente a dibujar. En aquella época se contaba también con todo tipo de recursos: materiales para pintar, modelos al natural gratuitamente, una soberbia colección de obras maestras de la antigüedad, una gran biblioteca de libros de arte y buenos maestros de anatomía, pintura y perspectiva, reinando por lo tanto entre los estudiantes un entusiasmo sin igual.


[1] Es por ello que entre los tesoros que custodia la Academia de San Carlos se encuentran los troqueles originales de las primeras monedas acuñadas en México, así como las piedras litográficas de los primeros billetes editados en el país.  Hay que agregar que en su acervo cuenta la Academia con  una importante colección de grabados de los maestros más grandes de occidente. Rubens, Durero, Rembradth  y Giovanni Battista Pironesi. También se conserva un importante expediente con de más de mil 400 fotografías originales de Guillermo Kalho y otro con fotografías únicas de la Opera de París. 
  


Maestros de la Academia de San Carlos: Velasco, Pina, Parra, Barragán y alumnos. Plata sobre gelatina

En esta imagen Justo Sierra al centro, acompañado por el director de la Academia Antonio Rivas Mercado y el subdirector Antonio Fabrés, José María Velazco atrás, y en rojo con una flecha Adamo Boari, también se encuentran Federico mariscal y Nicolas Mariscal 







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  Mientras tanto el viejo maestro Germán Gedovius (1867-1937) generaba entre los alumnos de la Academia de San Carlos un gran entusiasmo por trabajar, recorriendo los caballetes haciendo correcciones y dando consejos. Pintor prolijo y fuerte  Gedovius cultivaba el simbolismo modernista y era muy estimado por sus discípulos debido principalmente a su sinceridad como maestro y honradez como artista. Había permanecido en Alemania por ocho años y cultivaba un naturalismo romántico de tientes simbolistas que marcó a toda una generación.



   En la Academia se encontraban también el maestro Santiago Rebull (1829-1902), quien había sido seguidor  del gran pintor francés Ingres, verdadero maestro clásico dedicado a descubrir en la superficie plana los movimientos esenciales de la vida que contuvieran la posibilidad del movimiento perpetuo, siguiendo para ello lineamientos filosóficos de origen pitagórico y soñando en la posibilidad de una pintura que aliara a la vez las formas geoméricas puras y la pureza del color.  Santiago Rebull había pintado por orden de Maximiliano de Habsburgo un fresco en las terrazas del Castillo de Chapultepec con el tema de “Las Bacantes”, deidades que pintó con gracia y carnalidad terrenas –son los delirios de Histia y del culto a Dionisio, el menadismo de la posesión y la desmoralización.  Fue el pintor predilecto de la Corte de Maximiliano, pintando un retrato del Archiduque de cuerpo completo, por lo cual se lo condecoró con la cruz de “Oficial de a orden de Guadalupe”. Los paneles fueron iniciados durante el Imperio y terminados en la época de Porfirio Díaz. En el año de 1867 el mismo Rebull restauró los frescos y completó los tableros que faltaban.  Santiago Rebull poseía una conciencia artística muy desarrollada al estar interesado en el movimiento de la vida y de las cosas, intentando desprenderse de la vida vulgar que nos ata a la materia para poner en la superficie bidimensional y plana del cuadro lo esencial al movimiento de la vida, concibiendo así la posibilidad del momento perpetuo, como el de un sistema solar encerrado en un marco. La pureza de línea de Rebull sólo es comparable a la de su maestro Jean Auguste Dominique Ingres.




   Los maestro de la academia en ese entonces eran Rebull, Velasco, Parra y Andrés Ríos -un pintor costumbrista que pintó un San Juan y un Paseo por Santa Anita. El resto de los maestros era un conjunto de oficiales de la artificiosidad, de atildados expertos en la incomprensión sin límite ni fondo, de pedantes serviles de la sociedad metropolitana, de profesores flojos, impermeables a la belleza, melindrosamente dictatoriales y, en suma, mediocres. Junto aquellos se en contra la magnifica compañía de los modelos de yeso de los escultores clásicos donde se desarrollaba la habilidad en el óleo, el pastel, el lápiz y la tinta, junto por un gusto por el esfuerzo.
    Leandro Izaguirre, un importante pintor de temas históricos, y Félix Parra, quien aplicaba los conocimientos matemáticos a la óptica y a la composición siendo también un gran enamorado y sabio conocedor del arte indígena y de la arqueología mexicana, dejando de ello testimonio su Fray Bartolomé de las Casas. Hay que sumar a la lista a Andrés Ríos, pintor costumbrista maestro de Diego Rivera, para quien confiesa haber sido un maestro de arte extremadamente interesante, y; singularmente, José María Velasco, el gran paisajista mexicano del siglo XIX, quien descubrió la luz y el colorido sin igual del valle de México, llegando a establecer para cada tono una situación precisa, al grado de poder ser medible.
   También asistían a la Academia Rubén Guzmán, un pintor de mucho talento, y Alberto Fuster un artista brillante, de concepciones alegóricas grandiosas, muy apreciado por José Clemente Orozco por ser al mismo tiempo un profundo conocedor de la técnica pictórica, artista a quien se deben telas memorables de largo aliento como el Cristóbal crucificado (2.48 x 2.09)  Prometeo (2.50 x 1.05) y Apoteosis de la paz (2.90 x 6.25). Las enseñanzas de San Carlos  más que académicas eran clasicistas y tradicionales, pues consistían en el amor y el conocimiento al detalle del oficio y de la artesanía de la pintura, todo lo cual vino a ser destruido por el verdadero academicismo.















   Sin embargo, pronto toda aquella escuela quedó arruinada al invadir como un cáncer a la Academia el aflojamiento de la disciplina, la cual fue paulatinamente roída por la lepra de los fósiles, el fácil sensualismo ejercido a hurtadillas detrás de los caballetes, sumándose la inquerencia de la bohemia de melena, pereza y alcohol. Luego de la desaparición de los métodos de orden y disciplina quedó sólo la ineptitud y la rutina. El gusano de la mezquindad periodística también fue engordando al ensañarse contra Antonio Fabrés, al que se juzgó de ampuloso y exótico, de insoportablemente anacrónico e incluso de falso.





   En el año de 1903 el viajero, socialista utópico, escritor y pintor Gerardo Murillo, conocido ya para entonces como el Dr. Atl (1875-1967), había regresado de Europa trayendo el arco iris de los impresionistas y todas las audacias fauvistas de la Escuela de París. De joven había estudiado en Guadalajara, su ciudad natal, pintura académica con Felipe Castro, marchando a la capital a la capital a los 21 años para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Sin embargo, un año después, en 1897, partió a Europa pensionado con un apoyo de mil pesos otorgado por el gobierno de Porfirio Díaz y el apoyo del gobierno de Jalisco. Instalado en Italia descubrió el socialismo que en esa época inflamaba al viejo continente, ingresando a la Universidad del Estado de Roma para estudiar filosofía con Antonio Cabriola, un académico riguroso que se carteaba con Federico Engels, y asiste a los cursos de derecho de Enrico Ferri, hombre elocuente y carismático que agitaba a los jóvenes al proclamar la revolución inevitable, pero cuyo pensamiento socialista contenía también las semillas del fascismo italiano, que pronto comenzarían a germinar en las conciencias creciendo como una mala hierva. Murillo colabora entonces con el Partido Socialista italiano y trabaja en el periódico Avanti. Se trasladó a París quedando imantado por los pintores impresionistas y postimpresinistas, así como las propuestas de la primea vanguardia, participando en el Salón de 1900 con su Autorretrato, el cual obtuvo el segundo lugar y medalla de plata en el importante certamen.  También decoró los muros de una villa romana en 1901, representando la lucha del hombre frente al cosmos y la sociedad –murales que fueron posteriormente destruidos.







   Luego de viajar por Alemania, España e Inglaterra regresa Gerardo Murillo a México. Tiene 29 años de edad en 1903 y viaja pronto a su ciudad natal para realizar dos exposiciones de su obra, las cuales acompaña con una serie de conferencias en las que se proclama sobre la necesidad de renovar las expresiones artísticas del clasicismo y el academicismo mexicano, enfatizando la riqueza oculta en las grandes pinturas del Renacimiento. En el año de 1904 se integra a la Escuela Nacional de Bellas Artes logrando pronto un estudio en la Academia de San Carlos y trabajar para la institución de arte, primero como restaurador y experto en arte, puesto que ocupa durante varios años, restaurando, clasificando y evaluando las diversas colecciones de la escuela, y dictaminado y valuando obras que la Academia podía adquirir, para después ser aceptado como maestro de dibujo geométrico. Participó también en los Talleres de Pintura y Dibujo Nocturno, en los que con palabra fácil e insinuante hablaba de su vida en Roma, de sus correrías por Europa, y entusiasmadamente de algo increíble y maravilloso: de las grandes pinturas murales de la Capilla Sextina y de los inmensos frescos del Renacimiento, cuya técnica se había perdido durante 400 años. También de la necesidad de que un pintor completo se preocupara de la parte física y química del oficio, de cómo estaba preparada la tela, de que reacciones químicas iban a producirse y de lo que eran los colores- el mismo inventaría para 1909 los colores secos a la resina, los “atlcolors”, consistentes en unas barritas de color con base de cera, petróleo y resina, parecidos al pastel pero más resistentes y de fácil manejo, los cuales se podían sobreponer indefinidamente produciendo una inmensa gama de tonos de sorprendente luminosidad, potentes igual para pintar sobre un papel que sobre una piedra del Popocatepetl. También despertó  a sus contemporáneos sobre la importancia del arte popular… e incendió las conciencias  al arremeter contra los métodos de enseñanza de las artes en la academia, por lo que en los corrillos de la escuela se ganó por ese tiempo el remoquete de “el Agitador”. Y en esa agitación de las conciencias  y exacerbación del ánimo latió también el sueño del socialismo bíblico y la caballería andante, inflamada por la abnegación, la defensa de los débiles, la protección de los desposeídos y el enaltecimiento de la piedad en nombre de orden suprasensible  Nuevo Renacimiento de la cultura, pues, cuyos ideales sociales estaban secretamente alimentados por una concepción esotérica y metafísica del mundo.
   Fue así que bajo su impulso en los Talleres de Dibujo Nocturno de la Academia la técnica original enseñada por Fabrés fue modificada sustancialmente hasta convertirse en un método de trabajo perfectamente dinámico y moderno. Se continuó con la idea del dibujo concienzudo, pero hecha cada vez con mayor rapidez, para adiestrar más la mano y el ojo, disminuyendo el tiempo de copia a una hora, a quince minutos, hasta llegar a hacer croquis rapidísimos, en fracción de minuto y poder pintar un modelo en movimiento, para lo cual se exigía la simplificación del trazo, hasta volverlo instantáneo, con lo que se lograba que apareciera el estilo personal de cada estudiante.
   De tal modo se fue creando de nuevo una situación de confianza generalizada, surgiendo el primer bote revolucionario en el campo de las artes bajo la forma de una abierta rebelión contra la idea de México como un sirviente colonial, como un país atrasado, de una raza inferior y degenerada cuyos rastacueros tropicales sólo podían aspirar a pintar como en París y ser juzgados por sus críticos –naciendo la sospecha que tal situación colonial no era sino un hábil truco de comerciantes.
   Se trataba de una revuelta general contra la cultura imitativa, cuya base psicológica se sustenta en el complejo de inferioridad. Despertar de la conciencia, pues, de que México tenía una personalidad propia ya forjada y que valía tanto como cualquier otra y que por consiguiente podíamos hacer tanto o más que las culturas europeas.  El sentimiento de expansión de la conciencia y de liberación de las almas fue tan alto que adquirió el tono de la profecía, pues se llegó a sentir que nosotros también podíamos producir un filósofo como Kant o un poeta como Víctor Hugo, arrancar el hierro de la tierra y hacer barcos y maquinaria y levantar ciudades prodigiosas, crear naves y explorar el universo, pues, a fin de cunetas, nosotros descendíamos de dos razas de Titanes. No se traba de soberbia, dice José Clemente Orozco, sino de confianza en nuestro propio ser y en nuestro destino.
   Aquel ambiente visionario de efervescencia idealista sirvió inmediatamente para que los pintores fueran los primeros que abrieron los ojos, dándose cuenta así de la realidad del país en que vivíamos. Gerardo Murillo, luego de decorar los muros del Salón de Actos de la Escuela nacional de Bellas Artes con desnudos de mujeres y poniendo a prueba sus “atl-colors” en 1908, se fue a vivir al Popocatepetl; Saturnino Herrán (1887-1918) comenzó a pintar a las criollas de la sociedad mexicana y José Clemente Orozco exploró los peores barrios de la ciudad de México para apresar con su pincel las sombras pestilentes de los aposentos cerrados, dibujando la casa de las lágrimas con sus damas de vida galante y tambaleantes caballeros borrachos. Fue entonces que empezó a aparecer en las telas, como una aurora, poco a poco, el verdadero paisaje y rostro mexicano, las formas y colores familiares y concretos de la realidad nacional, gracias al entrenamiento a fondo de los pintores y la disciplina rigurosa  –todo lo cual significó el primer paso en la liberación de la tiranía estética extranjera infiltrada gota a gota como un veneno en la academia y el gusto patrio.
  El Dr. Atl formó entonces el Centro Artístico el cual, en medio de tendencias anarquizantes y socialistas, logró aglutinar a un número considerable de artistas antiacadémicos, nacionalistas y rebeldes. El Centro Artístico sirvió así de foro a Gerardo Murillo para expresar sus profecías sobre el próximo “fin de la civilización burguesa”. Al poco tiempo México sufriría los primeros estertores de ese fin de mundo moderno y los dolores de parto del contemporáneo, experimentado los artistas visionarios por medio de la fantasía las primeras proyecciones de una nueva edad por venir. La idea de la pintura mural empezaba a cuajar en la mente de los artistas. Saturnino Herrán, entre 1908 y 1910, consiguió unos tableros de gran formato por encargo del maestro Justo Sierra para la Escuela de Artes y Oficios. En la misma época el mismo Herrán planteó los dibujos monumentales para el friso del Palacio de Bellas Artes llamado Nuestros Dioses.  Fue el mismo Justo Sierra quien encargó  en 1910 al pintor jaliciense Jorge Enciso la decoración con motivos mexicanos de las escuelas Gertrudis de Armendáriz y Vasco de Quiroga en la colonia La Bolsa (hoy Morelos), los cuales fueron posteriormente destruidos.
   Para 1910 se contrató una costosa exposición de Pintura Española Contemporánea de los pintores Zuluaga y Sorolla que adornaron el lujoso Pabellón en la Avenida Juárez para celebrar el centenario de la Independencia. El Centro Artístico protestó airadamente, logrando que el gobierno de Porfirio Díaz les concediera tres mil pesos que, sabiamente administrados por el pintor Joaquín Clausell, se usaron para montar, en septiembre de 1910,  la famosa  “Exposición Colectiva de la Academia” que contó con la participación de 50 pintores y 10 escultores, y fue publicitada mediante un cartel de Gerardo Murillo de dos figuras desnudas y el cono de un volcán, logrando,  a decir de Clemente Orozco, un éxito grandioso. Envalentonado, el grupo dirigido por Gerardo Murillo pidió muros en los edificios públicos, consiguiendo los primeros días de  noviembre de 1910 por parte de la Secretaría de Instrucción la decoración del Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso. Cuando los andamios estaban ya instalados para iniciar la obra en noviembre del mismo año… estalla la Revolución armada de México el día 20 del mismo mes La gran obra de la pintura mural mexicana quedaba temporalmente suspendida. 

2)  La arena del  olvido se ha encargado de ensombrecer  la figura del arquitecto Roberto Álvarez Espinosa,  quien es el autor del monumento a Fray Bartolomé de las Casos de la Catedral Metropolitana, también el responsable de acabar la construcción del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, siendo también autor de otras muchas otras obras de mérito. 



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