jueves, 16 de febrero de 2017

El Fin Social del Arte Por Alberto Espinosa Orozco

El Fin Social del Arte 
Por Alberto Espinosa Orozco








   Contra el subjetivismo entrañado en el arte onírico, mágico, ininteligible, que celebran aquellos espíritus que quisieran que se diera por valida cualquier cosa, donde todo es posible, donde las categorías de la razón se anulan o quedan invertidas, nuestra época de crisis, de radical alejamiento del espíritu y confusión generalizada reclama un arte crítico, pero en el sentido de una vuelta a los principios, de una crítica del tiempo y sus añagazas, y por lo tanto de un juicio sobre la historia que pueda elevarse a criterio firme de contemplación –para volver a sí la visión prístina del mundo, que en su acepción original quiere decir orden, conformidad, armonía, pulcritud y belleza.
   El arte contemporáneo ha llegado probablemente, luego de la repetición ad nauseam de las vanguardias, al término final de su evolución creadora –al igual que otros tantos sectores de la cultura. Luego de su acmé social en el primer tramo del siglo XX, asistimos ahora a su declive a plomo, en donde lo que contemplamos atónitos es, más que la muerte del arte, la muerte del hombre. Al igual que otros núcleos de la cultura, el arte sufre el mismo fenómeno de la alteración de algunas de sus notas esenciales y constitutivas, en una metamorfosis, hibridismo y transgresión de las fronteras que de pronto parecieran anejarlo e incluso enajenarlo en la magia de salón o en los oscuros ritos de la religión idólatra del performativo, donde se llega a una tensión ya irrecuperable de los conceptos, en cuyo temible paradojario se transforma lo horrendo en belleza convulsiva,  el vanguardismo en un academicismo, el arte abstracto en una ortodoxia, el arte conceptual en una filosofía que se niega como visión del mundo, por ser esencialmente asistemática, y cuya mera analítica de conceptos se da a la inútil tarea de remachar maniáticamente , una y mil veces, el mismo clavo.  Confusión de los géneros donde la pintura se vuelve teatro, streep tese o comedia, colindante con la deshumanización del mundo, y como reflejo de la inmundicia de la vida toda.
   Metamorfosis de los géneros, decía, cuyo hibridismo cada vez más acentuado flirtea con el rito y el mercado hasta frisar los extremos o de un arte tenebroso o de un ate huero: arte peligroso, pues, por excéntrico, que al ser profundamente perturbador saca al hombre de su esencia propia, haciéndolo partícipe y solidario de los niveles más bajos de la existencia, donde reina la inestabilidad, la confusión y el caos.
   Arte decadente y en ocasiones hasta luciferino, donde lo que representa es, más bien, el fin del hombre: arte demoniaco y hasta blasfemo que solaza en la abolición o inversión de las normas. Porque su modelo de razón al llegar, como decía, al termino final de su capacidad creadora, se compromete con una deshumanización del sentido, por ser una destrucción de lo social en su raíz misma –muchas veces embadurnándose en rostro con un lenguaje o enmascarado de prehispanizante o vagamente socialista. Disolución social entrañada en su modelo de razón y de acción, vista como crítica feroz y dislocación de todos los principios. Incoación al caos y predominio de los instintos que sólo atina a subirse al estribo del cohete del ahora, de la novedad y del cambio, y en cuyo torcido rostro vanguardista se manifiesta un arte desfondado, sin verdadero fundamento filosófico o religioso alguno, por más que quiera hacerse pasar por conceptual en su dudosa lógica sin metafísica o gima clamando por la participación del espectador al que, empero y  sin disimulo alguno, quisiera envenenar –para bailar luego dionisiacamente en el abismo, siguiendo el ritmo ardiente de sus realidades demetéricas y donde el valor de la belleza cae al suelo para mezclarse turbiamente con la fealdad fétida del cieno, revolcándose y confundiéndose entre el lodo.
   El arte, así, resulta entremezclado con la vana ilusión y la apariencia engañosa de la caverna, donde sólo se ven las sombras de las cosas entre el humo proyectadas por la tambaleante luz de las débiles llamas que quisieran en su temblor compararse con la potencia del astro inmarcesible. Arte onírico, quiero decir, que satisface la fácil vanidad de quienes han regresado al culto de la magia, promoviendo la delirante idea de que para la estética todo es posible, que todo está permitido,  y que ellos pueden también, por su sola voluntad, aunque no santa, ser o hacer lo que les dé le gana.   
   Vale la pena, por tanto, ante tanta confusión de valores, donde la verdad se mezcla tan alegremente con el engaño y la mentira, donde la vanidad hinchada se alía tan epicúreamente con los intereses emprendedores del mercado, hacer una revisión de sus principio, de su sentido y orientación final.



   Uno de los rasgos que mejor caracterizan los bienes estéticos y sus soportes artísticos (la belleza) es lo que se ha llamado su “desinterés” –paralelo, en cierto modo la “desinterés” del conocimiento (la verdad) y al supremo desinterés del altruismo (el bien). Maravilla inútil es el objeto de arte, que en sí mismo no sirve sino para la contemplación, pues no es un utensilio, aparato o artefacto, sin valor instrumental, carente de valor de uso, de usufructo o de consumo.
   Para aclarar el sentido real del arte hay, así, que hacer una primero una gruesa distinción entre valores, pues en el día de hoy se extiende como el cáncer una ideología de la confusión, propia de administradores, que quisieran petrificar el arte para luego metalizarlo y convertir al artista en una caricatura del emprendedor, como se dice hoy día, o en un alfeñique de industrial en ciernes. Nada de eso.
   En principio hay que aclarar que lo valioso es aquella esfera de objetos ideales que se realizan en bienes, o si se quiere, en una terminología más próxima, que es lo deseable o que es objeto del deseo, del querer y de la voluntad humana –y que por tanto son fines, ideales, del sujeto. Los objetos valiosos se caracterizan por ejercer sobre nuestras almas una especie de atracción o imantación, que motiva el ir hacia ellos, el buscarlos, el indagar y preguntar por su sentido, por ser órganos fundamentales de la vida, de la misma humanización del hombre. Lo valioso nos llama –aunque es verdad que existen también los contravalores, que por definición son repelentes, por contrarios a la vida.
   Mas precisamente lo valioso es lo que es reconocido socialmente como objeto del deseo –puesto que hay una memoria social, una cultura, que reconoce ciertas bellezas engañosos, pandémicas, que conducen al camino de la muerte, como aquellas arañas de hermosos colores, o como las ranas rojas, que siendo atractivas resultan tan venenosas, que pululan en el Orinoco. Lo valioso puede por causas contingentes no ser deseado y sin embargo seguir siendo reconocido como objeto del deseo, del querer, de la voluntad humana –como un helado exquisito de limón en una tarde soleada puede no ser provechoso para un hombre delicado de los bronquios, o la democracia, que reconocida públicamente en su valor como tal, es propalada por los más infelices dictadorzuelos de buró como herramienta demagógica de su legitimación, etc. Los jueces y diputados en turno  consideran evidentemente la justicia valiosa, pero pueden no aplicar el concepto de igualdad social a sus jugosas rentas, etc.
   Lo que no se puede es desear un mundo futuro de afeminados y pretender que eso es valioso, pues como se sabe aquellos son del todo estériles y por lo tanto condenarían a la siguiente generación a la extinción total, consecuencia lógica de su degeneración sexual, o tendrían que adoptar, tal vez a crías de chimpancés para luego rasurarlos, etc. Eso que el mundo actual da en diversas como derechos y hasta como valores, resultan así o truculentas formas de la evasión o fehacientemente contravalores, por preparar el escenario (fines) de un mundo a todas luces monstruoso.
   El valor que se realiza en un bien, en un objeto, decía, es así la carga de interés de lo real o la no indiferencia del objeto. Lo interesante, lo valioso, se presenta así como objeto primordial de nuestra atención, jerarquizando por si mimo la estructura misma del deseo, el cual crea las tres grandes vertientes de la comunicación humana, a las que sin empacho se les puede llamar: la riqueza, el eros y el espíritu.
   El valor de la riqueza no es otro que el de la propiedad, que es cosa privada por ser sobre todo un valor asunto de consumo, de apropiación y usufructo –por lo que el valor de consumo suele ser el gran compinche del valor del poder, de la dominación, de los circuitos cerrados que al crear sistemas excluyentes de privilegios funda el orden de la explotación y la injusticia. El valor de la riqueza es, pues, el de su propiedad o usufructo, el de su posesión, uso, usufructo o consumo (porque en esto como en todo hay grados), el cual entra por su convertibilidad en cifra de lleno en los valores propiamente económicos. El rasgo más característico de tales valores de riqueza o económicos es su carácter exclusivo: pues lo poseído, apropiado, usado o usufructuado por uno no puede al mismo tiempo ser usufructuado o usado o poseído por otro. Su valor de utilidad radica en su uso o consumo –lo que da lugar a los desechos que, como sabemos, crea el inmenso pudridero de maravillas obsoletas, desechados en los lagos tumefactos de los desperdicios.
   Pero la posesión de objetos que nos da derecho a su disfrute, con ser la panacea de la felicidad ideada por la civilización delirantemente progresista de los modernos, con crear los indispensables circuitos de la economía, los contratos y el comercio,  no agota, ni mucho menos, el orbe de lo valioso. Tampoco es su deseo la única orientación de lo real. Simplemente porque existen otra serie de valores que podríamos llamar, ya no instrumentales, sino de participación.
   Los valores de participación se extienden en dos grandes vertientes: por un lado los valores eróticos, en un sentido platónico, y los valores propiamente del espíritu. Los valores eróticos se extienden a todo lo ancho, profundo, alto y largo de la comunicación entre los seres humanos: es el amor, no sólo sexual, entre ellos, que valora lo que se juega o significa el otro, desenvolviéndose en el rico mundo de los afectos, admiraciones, afinidades, gregarismos y gustos que se originan en el otro. Tales valores, a los que también puede llamárseles de convivencia, se realizan en bienes de comunicación, los cuales no son propiamente apropiables, sino en los que hay más bien una participación social, que es la raíz y el fundamento de lo social en sí mismo, pues dan un sentido a la vida: un sentido de pertenencia, de identidad social. Es el corazón del hombre no puesto en lo que cuesta o en lo que costea, sino con el acento puesto fuera de sí: en un alma, en el alma del otro… o del mundo (valor religioso). Apenas hace falta decir que tal sector axiológico tiene sus antivalores, por ser formas desviadas, degeneradas de la comunicación humana, que no sirven para abrir el corazón y poner su latido entre los otros, sino que lo desgarran, lo esclavizan o lo violan.        
   La otra gran vertiente de los valores de participación podemos concebirlos como los valores propios del espíritu. Valores supremos que entrañan la interpretación de los contenidos de la herencia cultural, de la memoria, de la tradición, para vivificarlos, para convertirlos en bienes de participación, actuales y pujantes o  realmente actuantes. Se trata de los valores tradicionales del bien, de la verdad y de la belleza, que a la vez que invitan a realizarse en bienes activos comunican a la humanidad con la especie como tal, o la recentran, haciendo calar a la humanidad en su naturaleza propia, y así definen nuestra esencia y por tanto nos humanizan. Los valores del espíritu realizan el más alto objetivo o fin del ser humano, que es la felicidad, al realizar el recto deseo de ser, de realizar lo más completamente posible su humanidad –siendo por tanto el fundamento mismo de lo humano y por tanto de la historia toda. Ante ellos se da, así, una participación radical, casi se podría decir que catártica, pues al contemplarlos se dirime como con navaja aquello a lo que realmente pertenecemos –pero también el mayor de todos los peligros, que es el de dejar de ser propiamente humano al participar de contenidos impropios de la cultura, por ser o resultados profundamente perturbadores, enajenantes o de  la esencia humana. Sus valores son por tanto los de la máxima trascendencia espiritual posible, generalmente ligados a poderosas tradiciones y aún a una metafísica.
    Así, el artista, que se caracteriza por profundizar como nadie en su experiencia personal, presenta sus obras como la realización de un valor en un bien: la obra de arte. Nuestro tiempo no puede sino expresar las profundas contradicciones del mundo contemporáneo sino mediante un arte crítico, que salve los peligros del camino y asuma de nuevo su función de criterio de contemplación trascendental mediante la restauración de los principios. Critica, pues, no de los principios, sino del tiempo que los mutila o los socava; critica de la historia y de la temporalidad, es verdad, donde refleja el valor incondicionado de la vida en tanto espíritu, el mundo ideal del deseo, que es la buena voluntad, visto así como belleza. Porque, a fin de cuentas, la belleza no es sino la forma más preciada, pulcra y delicada de las formas trascendentes, que es la idea misma del bien, que en otro sentido es la más útil de todas, por dar sentido a lo social en su sabia misma o que es la razón, la acción y el logos mismo de la razón práctica.





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