jueves, 16 de febrero de 2017

Abriendo la Puerta de las Letras del Septentrión Por Alberto Espinosa Orozco

Abriendo la Puerta de las Letras del Septentrión
Por Alberto Espinosa Orozco 




I
            La revista de creación literaria y reflexión Puerta Abierta, del Taller Literario de la Casa de la Cultura de Gómez Palacio, Durango, gracias al apoyo del programa PACMyC 2015, cumple con su tercer número bimestral un primer ciclo de vida, dando con ello un carácter cada vez más definido a las letras laguneras, abriendo sus plumas la puerta del horizonte futuro a sus paisajes geográficos e íntimos misterios hiperbóreos expresando, mediante la evocación de imágenes propias y autóctonas, una serie de temas recurrentes y problemas propios de la región. 
            La publicación engarza su cadena lírica con su antecedente histórico inmediato, que se remonta a noviembre-diciembre de 1973, cuando apreció  la primera revista Puerta Abierta, en tamaño tabloide, como órgano de difusión del Taller Literario de la  Casa de la Cultura de Gómez Palacio, estando al frente de la edición Juan de Dios Gutiérrez, Manuel Quiñones y Olegario Barbosa. La revista, nos dice Ricardo Echeverri, iluminada por las hogueras de la democracia, el espíritu de unidad latinoamericana y la redención social, fue también influenciada por las voces de Pablo Neruda y León Felipe, abriéndose simultáneamente a las plurales estéticas modernas de Manuel José Othón, de Ramón López Velarde y Amado Nervo, pero también de Pedro Garfias y la Generación del 27, hasta llegar a Salvador Novo y Luis Rius, dando cobijo a los versos de Adela Ayala (1926-1979), Juan de Dios Gutiérrez, Olegario Barbosa, Héctor Herrera, Emilio Herrera, Salomón Atiyhe, Federico Leonardo y Manuel Quiñones. 
La nueva publicación da así continuidad a una tradición cultural, contando con la colaboración de Juan de Dios Gutiérrez Padilla, director del Taller Literario de Gómez Palacio, quien practica una poesía experimental, innovadora y vanguardista, siendo además director de teatro “Zona de Silencio”. Sus letras se caracterizan por un pensamiento rítmico, como en “Molinos de viento”, y su espíritu lúdico, como en “Bienvenido? Welcome?”, abundando también en la reflexión, en trabajos como “Carta a un Padre y Abuelo”, que se detiene en el agudo sentimiento contemporáneo de la angustia y la presión generacional, ante la que sólo queda asirse con  humildad a la existencia de Dios, para hallar el contentamiento  con la existencia en la vida trascendente del espíritu, cuya lección a la vez recuerda la norma práctica de intentar en todo lo más, pero conformándose con la efectivamente hecho, hallando, junto con el impulso de superación en la vida, el contentamiento de la felicidad asequible. 
Tradición que se ve reforzada con el reconocimiento en cada entrega, a manera de homenajes literarios, de tres importantes animadores de las letras laguneras contemporáneas. Del Dr. Carlos González Puente (1916-20??), odontólogo gomezpalatino de renombre y poeta, ya fallecido, quien fuera miembro del Grupo de Poetas Netzahualcóyotl e impulsor del Taller Literario, hombre de cultura cosmopolita, entre cuyas obras destacan “Recuerdos del Viejo Gómez Palacio” y “Sol de Invierno” (ICED, 2006). 
Reconocimiento al Dr. Héctor Chapa Saldaña (1926), oriundo de Hidalgo, Nuevo León, doctor en ciencias biológicas y detonador de la pesca de camarón, quien ha sido  columnista en temas ecológicos y de educación ambiental, que ha destacado con sus obras “El Gómez que yo viví” y “El Viejo y el Mar”. En “Sol de vida” el poeta admira, entre las aguas que chocan repitiendo iguales notas, un mar siempre joven, a la vez eterno y senil, con su agua celosa y embravecida bajo la luna menguante. Para el 2do Bimestre de la revista colabora con el estudio lírico “Adela Ayala: mujer hecha poesía”, de quien se recuerdan sus ponderados versos al Conquistador de  “La Nueva Vizcaya”: 
“Fue Don Francisco capitán señero
Más si en la lid pecó de valeroso,
Con la menuda indiada generoso,
El corazón cedió, grande y sincero.

***
No hay prueba alguna de que fue inhumano
Su azul enseña flota sin mancilla
Y en aquel tiempo cruel, su nombre brilla,
pues en cada indio se ganó a un hermano.”

Para el 3er Bimestre el Dr. Chapa Saldaña contribuye con los poemas “Ausencia”, en recuerdo del tierno amor materno, evocado por la suavidad de la tortilla o por los esponjados copos y la nieve humeante del arroz, y “Cuando tiempo y espacio fueron verdes”, en donde el poeta siente entre Dios y los hombres el eslabón de la naturaleza, eterno y antiguo como el universo, y a la vez tan fino y débil como el hilo de seda de un capullo de mariposa. 
Por último, homenaje a la Sra. Angelina Sepúlveda Martínez Viuda de Márquez, nativa de Ciudad Victoria, Tamaulipas, poeta y cuentista quien se estableció en Torreón a partir de 1957 con su esposo Luis Carlos Márquez, formando parte del Grupo Literario Netzahualcóyotl, donde se organizaban memorables “nocturnales poéticos”, y de la Sociedad de Escritoras Laguneras. Ha trabajado en el grupo de Teatro Guiñol, siendo reconocida su obra “Fantasía para Neyelín”,  destacando sus canciones de huapangos y por su lírica costumbrista, obteniendo galardones en los certámenes “La poesía al mar” en Matamoros, Tamaulipas, sobresaliendo por su libro “Crisálida” y por su labor como promotora cultural, viendo con claridad que hay que vivir en el “Siglo XXI”, nuestra era o mundo, sin ser por ello su juguete, dando a los contemporáneos, más que lo que los demás aplauden, lo que necesitan.  Ha colaborado en el 1er Bimestre de Puerta Abierta con el poema “Aceptación”, en memoria de Dr. Carlos González Puente, y para el 3er Bimestre el poema “Desierto”, en el que canta: 

“Dios manda la lluvia,
te envuelve y abraza,
y al besarte el agua
refresca tu cuerpo,
vuelves a la calma,
y entre tus arenas
brillantes de plata
se ven orgullosos,
limpíos de su cara,
los nobles cardenches…
huizaches… mezquites,
que el cielo sembrara
para sombra y nido
de avecillas raras,
…y Dios que hizo el tiempo
te apacigua y calma.”


II
            Puede decirse que las musas y bardos de la Laguna, tanto en el género de la poesía como en la narrativa, se distinguen por la profundidad del paisaje interior, que se alimenta y ahonda, por semejanza o analogía, con las inmensidades desérticas del paisaje exterior. Emociones del alma, pues, que se incorporan al paisaje agreste y seco de la región donde, a partir del lento proceso del reiterado trato, convivencia y familiarización, arraiga y anida el alma lagunera, invitando a la vez a cultivar su tierra, a saciar su sed al irrigar sus surcos, haciendo que de su esterilidad surja lo mismo el blando algodón que es como las nubes, que la blanca libertad de la paloma. 
Así, las imágenes más frecuentes de la lirica regional se relacionan con los sentimientos de distancia y profundidad, pero también con los de la nostalgia y la melancolía, en una especie de reflexión profunda del espíritu, que llama a los temas relacionados con la soledad y el silencio, con las regiones vagas del recuerdo y las imágenes más íntimas añoradas por memoria. Poesía, pues, a la vez costumbrista e intimista, de dunas y oasis, donde el alma se diluye entre la arena del desierto, que el viento humecta en el canto o que levanta en lo alto volviéndola llama. Poesía confesional también, que refleja las profundas angustias del alma o las ansias e inquietudes de la pasión amorosa a la altura de nuestro tiempo, instando al dialogo inacabable en que el amor, esencialmente, consiste. Emociones fijas, labradas por el viento y también por el viento erosionadas, done pareciera que el tiempo mismo se evapora, dejando en su fondo, muy dentro del pecho, un tibio rescoldo de cenizas vivas y cárdenas yagas. 
 Letras en que sobresale la activa participación de las mujeres. Así, Delia María Corrujedo en “Querido Mar”, nos hace pensar que la sequedad del viento del desierto está llamando al las olas de nácar del mar todo el tiempo, al igual que en su “Desierto Lagunero”, pues la arcilla agrietada de la sequía, cuya tierra es lumbre, llama a las nubes y al rayo, en medio de la quietud conventual del desierto, que a su vez llama con su calor al cielo azul, muy azul,  y al silencio. Pluma reflexiva que agrega las composiciones “Cielo”, “La Plaza de mi ciudad” y “En Altamar” y el relato biográfico “Infierno en la aldea”. Ana Luisa Vela Márquez, participa con sus versos desenfadados y juguetones en “Mi Soledad”, alternando con el sombrío conjuro de la “Madrugada” y las reflexiones “El México que me duele” y “Estad preparados…”. Sobresale su alegoría en prosa al Río Nazas y a la tierra, “Romance de dos Fuerzas”, que nos recuerda el tema clásico de la personificación de los poderes de la naturaleza, así como la escultura en mármol que Gabriel Guerra dedicó al Río Bravo (1880).  
 Por su parte María del Rayo Alcántar afina su amorosa lira en “Tanto esperar”, “Te amaré siempre”, “Espera”, en remembranza del pasado, del amor que duele como espina punzante, y que en los versos “Qué es el amor?”, nos hace sentir al repique de las campañas de la iglesia el tic tac del corazón, cuyo pensamiento en la distancia vuela y tiembla de emoción recogiendo, en quinta dimensión, una rosa cubierta de rocío, que es el amor hecho ilusión -añadiendo la ponderada reflexión sobre “Ser Mujer”. María del Socorro Martínez, escritora y pintora, explora la pasión amorosa en “Luna llena”, “Tormenta que se avecina”, “Fidelidad”, “Tiernas caricias”, “Sin Fin” y “Olvido”.  Angélica Sánchez Álvarez participa con “Amor Lejano”, “Esperanza”, “Iztaccihuatl”, “A una rosa”, abundando sobre el tema de la pasión amorosa y el goce de la vida, añadiendo la reflexión “Laguneros”, con estampas regionales de gorditas y palmeras, de las moras, el algodón y el zumbar de los asqueles, dedicando a su nieto, con ternura de abuela, el poema “El hombre de mi vida”. 
Aportes a los que hay que sumar las letras de Rosa Alicia Valdés Sánchez con “Flor de almendro”, donde la desnudez tan frágil de las ramas del almendro, antes florido, convoca a la soledad y a la tristeza, por las flores y aves que se van con el viento, como las almas; de Naima Papadopulos con “Suficiente”, quien pide soltar las amarras y libera el alma de todo aquello que la ata, de falsas ideas y vanas palabras, levantado áncalas, con el alma al viento en el mar en calma, y: de Elisa Valdez Reyes con “Me gustas”.  





III
             Dentro del grupo de los rapsodas hay que reconocer la activa colaboración  en la revista de Ricardo Echeverri, quien participa con la pintura “Ni el tigre ni el girasol han sido tan bellos” y el poema “Éramos muy bellos”, en el que el extraño fuego del dios Eros hace ser a los amantes, sin serlo en absoluto, como inmortales, otorgando poderes, simples como el agua y claros como los cielos, para bañarse luego en el mar o en los espejos, entrando inmaculados en el bar de la vida o en el averno. En su artículo “El Tópico de “Sólo por breve tiempo” en la poesía prehispánica”, consigna la vieja tradición mexicana de los Cantos Floridos (Xochicuicatl), que nos recuerdan lo transitorio de la vida, la fugacidad que entraña el ser finitos, pasajeros. Profunda reflexión metafísica, de que sólo estamos una vez aquí en la tierra, pues no dos veces se nace y sólo una vez perecemos. Reflexión también de que esta no es la realidad verdadera, de que no venimos a vivir plenamente aquí en la tierra, pues somos como quien se despierta a medias y se levanta, y que luego, como una pintura de tinta negra y roja, nos vamos borrando y como una flor nos vamos secando. Tradición que se enlaza con la idea bíblica de que la existencia de los hombres es penas como una sombra, como una niebla, como la yerba verde que para la tarde se seca y marchita.     
            Por su parte, en los escritos del arquitecto Carlos Burciaga López, se encuentran las cualidades de la originalidad y el misterio, de la rapidez instantánea que se conjuga con la limpidez de trazo, cuyas imágenes deslumbran por su vertiginosa capacidad de observación, y que luego de mirarlas en la imaginación a su vez nos interrogan y nos miran, como suspendidas, de manera estática, como imágenes fijas. Girar de la vida que, como en el “Carrusel”, encuentra un incesante repaso de imágenes que, en su quietud, de pronto suben y bajan y se repiten, arriba y abajo, y que, como la vida, se detienen de pronto por un momento… y pasan. Su relato “El lamento de los muros”, no puede sino calificarse de sobrecogedor y hasta de rulfinao. Murmullo  de muros que claman desde la ciudad fantasmal de los muertos, custodiada por un viejo guardián, quien después de las doce de la noche da gritos sobre las paredes abocardadas, para con sus conjuros mantener los cadáveres confinados, por lo que si los muchachos los oyen, tienen sin distracción que correr a sus casas a decir sus plegarias. Cuento costumbrista, rico tanto en atmósferas como recursos narrativos, poblado por estampas de la nostalgia, en donde, por un momento, pasan las muchachas rechulas, reguapas, dando vueltas alrededor de la plaza o se intercalan estampas que el tiempo preserva, domo si de sellos o grabados se y tratara. 
El arquitecto Burciaga López ha sido uno de los grandes animadores de la revista y de la cultura gomezpalatina, aportando a la publicación una  viñeta electrónica a la cabeza de cada poema y escrito, dando vida y realce a las colaboraciones. Escritor fascinado por las imágenes del tiempo y su misterio, por los temas enigmáticos y por las leyendas, sus trabajos nos hablan de un temperamento a la vez acucioso y metafísico, caracterizado por su cuidadoso amor por el detalle, cuyo fino miniaturismo no desdeña la relación de cada cosa con el todo. A sus contribuciones disímbolas hay que sumar los poemas experimentales “Mezquite” y “Gobernadora”, que exploran las posibilidades inéditas del lenguaje, en conjunción con la valoración de las maravillas autóctonas. En su poema “El Llanero”, logra una rara conjugación del recuerdo con la presencia viva del tiempo, concretando el lenguaje coloquial con el depósito mnémico de un espacio de ensueño, con el que crecimos. También ha sido de su  interés la objetividad histórica, como lo prueba su artículo sobre los orígenes de la ciudad de Gómez Palacio,  “Nacimiento de una ciudad”.  
En la cuadrilla de los nuevos literatos laguneros hay que sumar a: Saulo Sergio Muñoz Reyes, quien expresa los sentimientos sombríos y atormentados de nuestro tiempo, cifrados en “Poema centón” y “Sufrir en silencio”; al Ing. Jorge Isaac Magallanes Zavaleta, quien participa con una alegoría en prosa de la soledad, vislumbrada analógicamente como una mujer celosa seductora en “Mi amada”, y los poemas “Nuestro tiempo”, “Feliz” y “Fall”, cuyo tomo reflexivo es el del paradójico incendio de invierno; y a Manuel Santillán Álvarez, destacando su bien calibrado poema “Taurino”, los vaivenes del  “Alma”, y la “Sintética, trágica y verídica historia de amor”, cuyos versos inundados de melancolía nos hablan de una asfixiante  zozobra existencial, incluyendo el imposible relato perturbador de la “Primavera”. Por su parte el Ing. Joaquín R. González Vitela participa con el visionario cuento futurista “Tres leyes en la comarca”, al que hay que agregar  una curiosa historia sobre el Titánic, “Tres Mexicanos” y “Resplandor mortal”, artículo en el que se reconstruyen los días en que los aviones bombarderos norteamericanos B 29, Enola Gey y Bockscar, dejaron caer sus artefactos de uranio y plutonio, Litle Boy y Fat Man, sobre las ciudades japonesas de Hirosima y Nagasaqui, el 6 y 9 de agosto de 1945, dejando a su paso centenas de miles de muertos. 
Por último, se encuentra un interesante ciclo de narraciones fantásticas, en el que participan Aika Denisse Solís con “Secreto”, Claudia Marcela Soto Leyva con “Sin Nombre”, Silvano Julio Valdés con “Despedida Inconclusa”, e Ilse Liliana Ovalle con “Pesadilla”, relatos que tocan el tema de las muchachas desaparecidas, de las muertas y de sus fantasmas, revelando desde diferentes perspectivas un especie de arquetipo del inconsciente colectivo, que es a la vez un  doloroso estigma de la región. 
El grupo de bardos y literatos se cierra con las reflexiones ópticas y literarias de Jesús Jáuregui Pérez Gavilán, fotógrafo y poeta, quien colabora con los pensamientos “Universo”, “Entre Puertas”, “Milagros”, “Grato”, “Pluma de Oro” y “Papá”, a las que hay que sumar los trabajos fotográficos de José Fablea Aldaco y de Jesús Roberto Duarte, que engalanan las bellas portadas, contraportadas e interiores de la revista.  


IV
Si la poesía lenguaje rítmico constituido básicamente por imágenes, el pensamiento se constituye como un lenguaje integrado básicamente por conceptos, culmínate en teoría, que no puede estar fuera de la revista. En la sección de ensayos la revista Puerta Abierta cuenta, en sus tres primeros números, con las colaboraciones críticas y filosóficas de Fernando Andrade Cancino, Alberto Espinosa Orozco y Mauricio Beuchot, siendo en el fondo sus temas el mismo: el de la posibilidad de reactivar, o no, una metafísica a la altura de los tiempos.
El crítico de arte Fernando Andrade Cancino en su ensayo “El crítico como artista y el artista como crítico”, se pronuncia por una estética del peligro, situada más allá de bien y del mal. Estética del cambio y la novedad, hija de su tiempo, cuya función es crear estados emocionales ligados a la conmoción y la sorpresa, en una muy problemática independencia de estética respecto de la ética, que pone una emancipación de  los valores artísticos sobre los morales. Estética tardomoderna, pues, cuya idea del progreso material y técnico la contamina al arte al grado de buscar como valor absoluto lograr una expresión adecuada para cada estado de alma, que entonces se consume y desecha, yendo en pos de la expresión de un nuevo estado, dando con ello cuenta tanto de la inestabilidad de los movimientos psíquicos, como del apetito insaciable que hay en lo moderno, llegando incluso a precipitarse, en su afán de novedades,  a trasgredir los límites, lo que bien visto no pueden llevar sino al extremismo y a la excentricidad. Crítica de arte promotora, así, de una evolución y un movimiento que no es sino ruptura con la tradición, cuyo valor de novedad y sorpresa se aproxima a la expresión de estados alterados de conciencia y a los engaños de percepción, cuyo infinito de espacio-tiempo, no es tanto una expansión liberadora cuanto el sentimiento amenazante del vacío y de la nada. Sentimientos estéticos, pues, que a decir del crítico pertenecen a una esfera superior que los de la ética, siendo por ello más espirituales, pero en cuya afirmación, sin embargo, se afirma un abierto desdén por la justicia e incluso el regusto amargo de la iniquidad. Lo que lleva al artista no sólo a reducir la ética a una muy dudosa selección natural, sino incluso a presumir de una contradictoria belleza convulsiva y una estética de la diversidad, de la variedad y de la mudanza, detrás de lo cual pareciera haber una vindicación del hibridismo y de la mutación,  que da licencia de hacer cuanto le venga en gana, cambiando al mundo a la medida de la deformación psíquica, cuya aspiración final sería trasmutar las acciones vulgares, viles, impúdicas e innobles en estéticas y deleitables. Posición ideológica que el crítico confiesa abiertamente como peligrosa, que intenta justificar apuntando que todo pensamiento es peligroso y todo arte inmoral –acertando, sin embrago, al concebir al crítico como un adelantado que, luego de pasar la noche en vela en castigo, tiene como premio contemplar los rayos del rompimiento de la aurora. 
En una posición diametralmente opuesta se encuentra la argumentación del escritor Alberto Espinosa Orozco, que esto suscribe, en su ensayo “Estética: aurora del mañana”–colaborando en la sección poética con “La Paloma Caída” y “Bagdad Olvidadiza”, donde el aire que se posa en clara brisa durangueña se combina con la dorada tierra de los regios palacios cantera, o se convierte en furiosa tolvanera, como símbolos de la plenitud y del nihilismo de nuestra era. Espinosa Orozco problematiza el esteticismo y formalismo contemporáneo, detectando en ello una estética del conflicto, de valores sombríos y tintes tenebristas, que se estrella en los escollos de la noche, por carente de la luz del espíritu, invitando a la dispersión, la disolución social y al caos. En una palabra, alteración de los sentimientos estéticos hasta el grado de volverlos equívocos y contradictorios, disolviendo el mismo concepto de lo bello en un mundo succionado por el vértigo tecnológico de la aceleración y la estulticia ideológica, donde a cada instante se incendia la epifanía fulgurante de la novedad, quedando tras de su chisporroteante jugueteo de artificio, las cenizas muertas que se funden con la fría loza de la noche. 
Estética del conflicto, pues, que es en sí misma una estética del peligro al ir contra los valores universales de la tradición y, por tanto, atentando contra la esencia misma del ser humano, dando cuenta con ello, sin embargo, del paradójico trasfondo metafísico de nuestros terribles días, que es el de su indolente inmanentismo, que sobrevalora la nuda existencia, el facticismo puro de ser de hecho pero sin razón de ser, expandiendo una idea de libertad sin altura, ni consistencia ni grandeza, que en nada compromete y que a nadie transfigura, al postularse simplemente como derecho de paso, que se mueve al fragor del azar y entre las turbulencias la contingencia, haciendo al hombre un ser innecesario de innecesarios atributos, sumido en su propia temporalidad de ser orgánico, sujeto a los imperativos inconscientes más apremiantes de sus instintos, constitutivamente angustiado, como las de un ser para la muerte. 
Construcción metafísica de un aparatoso nihilismo, pues, de valores profundamente relativos fundados en la subjetividad extrema, en franca rebeldía a lo que es siempre estable e idéntico a sí mismo (que es la divinidad). Estética del devenir, de la alteridad y de lo mutante, es cierto, que sin embargo debe encarar el máximo peligro ético del hombre, que es el riesgo de dejar de ser humano, marchando al ritmo del vaivén del tiempo, consumiendo y disfrutando de una estética amotinada, contradictoria, odiadora de sí misma y por extensión de todo lo demás, que se expresa como una notable degradación del gusto y de la imagen misma, en un gusto que ya no gusta, sino que es más bien un padecer. Caída existencial de los valores estéticos, en efecto, solazada ante lo deforme físico o psíquico o lo infrahumano, hechizada por las realidades demetéricas y por el caos, donde se expresa tanto la preferencia moderna de comparar al hombre con lo que le es inferior, como la inconformidad ante el prodigio de la realidad vista como creación continua. Estéticas de lo fragmentario y del instante discontinuo, de la conmoción y de la convulsión, pues, paralelas al irracionalismo emotivista y al inmoralismo voluntarista de nuestra era, que parte de la evolución creadora de la materia sin vida y que, regodeada en la preferencia impulsiva por lo inferior del alma y desdeñosa del espíritu, termina en una despótica proyección irrefrenable hacia la misma materia muerta de la que surgió, para cerrar de tal modo el círculo. Intento de la naturalización de la vulgaridad y del cinismo que, bajo la máscara de la estética, postula el irracionalismo extremo del excentricismo y extremismo contemporáneo, en cuya preferencia por lo superficial y las apariencias, por las existencias en sí mismas insustantes, deja ver su trasfondo de mortal hostilidad a las esencias y su alejamiento del espíritu, pero también revelando las presiones, manías y obsesiones del puro devenir. Estética de la novedad prematuramente envejecida, pues, de entrada caduca y carcomida, que ha adoptado las formas más vulgares de la decrepitud y de la decadencia, y donde triunfa el impulso de muerte, llegando en lo estético a lo antiestético y en el arte al límite, ya infranqueable, de lo antiartístico, amenazante de convertir sus símbolos en instrumentos manipuladores del arte útil o tecnocrático, continuando así con la tendencia de las potencias inhumanas inferiores de desesencializar al hombre al poner entre paréntesis su propio a-priori moral, en una metafísica lúgubre de corte estético que gira en torno a las epifanías fulgurantes, cuyo gozne no es otro que el de la apariencia efímera, y que ya no puede sino calificarse como el de un masoquismo trascendental.
Por último, la colaboración del filósofo lagunero Mauricio Herdie Beuchot Puente quien, desde una posición estrictamente académica, en cierto modo neutral o aséptica, trabaja por el restablecimiento de la metafísica y del realismo epistemológico mediante la vindicación del método hermenéutico analógico para las ciencias humas o del espíritu. Tomado como guía a Jean Grondin, discípulo de Hans Georg Gadamer, Beuchot sostiene la necesidad de la interpretación situacional de las expresiones verbales, sin por ello caer en el relativismo obtuso del equivocismo interpretativo, pero avalando de tal forma un perspectivismo moderado, puesto que se respeta la idea de verdad como correspondencia. En su trabajo no deja de señalar el abismal equívoco cientificista de la modernidad y de sus inútiles formalismos lógicos, cuya univocidad tautológica intentó superar a la metafísica por mor del progreso y del cientificismo, cuyos ideales sin embargo han terminado subsumidos bajo las poderosas presiones devoradoras de la tecnocracia.  
Giro metafísico de la filosofía moderna, es cierto, paralelo al desarrollo de la teoría situacional del sentido, al giro lingüístico de la filosofía del lenguaje y a la filosofía de la filosofía ínsita a la antropología filosófica, donde se revela con toda transparencia los compromisos ontológicos, pero también meontológicos, que subyacen en el lenguaje. Porque la metafísica occidental no ha sido sólo, como pensó Heidegger, una pura ontoteología, fundada en la idea de Dios como causa sui, o como el ser que tiene la vida en sí mismo y puede darla, puesto que llama a las cosas que no son como si fueran, sino que en definitiva se extiende al hombre mismo y a todo su lenguaje, pues implica el problema de las causas o causalidad, no menos que el de la esencia misma del ser humano que, por su mismo a-priori moral, se postula como un ser sujeto al cumplimiento de deberes ideales, y que en medio de un contexto ontológico busca su puesto y lugar en el cosmos, o simplemente el sentido de la vida, como el de un ser sujeto a ser juzgado, ya sea por la visión heroica de la historia, en la visión ética del honor guerrero, ya sea por entidades del todo trascendentes, en la ética de la caridad, donde el sentido de la vida se engarza plenamente con el sentido de la totalidad del ser, pues parte clave de la metafísica ha sido siempre el problema, paradójicamente existencial, de la inmortalidad del alma humana. Vida humana, pues, que como la obra de arte, es esencial objeto de interpretación. 
Valiosa contribución del filósofo del lenguaje norteño, que bajo la forma de una reseña de autor nos brinda todo un panorama de la historia de la hermenéutica, que pasa desde los griegos a Filón, Orígenes, San Agustín y Lutero, hasta llegar con los románticos a Schleiermacher y al historicismo de Dilthey, encontrando en la época contemporánea sus representantes más destacados en Hiedegger, Gadamer, Ricoeur, Derrida y Levinas.  Vindicación del método hermenéutico, pues, de la más reciente filosofía internacional, cuya operación necesaria deja, sin embargo, la vaga sensación de un interminable columpiarse entre las ramas de un laberinto inacabable, cuya salida sólo puede estar en el contexto una nueva crítica de la razón, de carácter sistemático, que recupere lo que la filosofía ha sido siempre desde sus orígenes: fundamentación conceptual de la religión… o de la irreligión.    
Durango 7 de diciembre de 2016



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