martes, 24 de enero de 2017

La Vieja Casona de José Fernando Ramírez Por Alberto Espinosa Orozco

La Vieja Casona de José Fernando Ramírez
Por Alberto Espinosa Orozco 


I
   La vieja casona de José Fernando Ramírez, originalmente marcada con el #23 de la 3ª Calle de Negrete, fue construida a finales del Siglo XVIII por órdenes de Juan Antonio de Asilona, quien fue nombrado por la corona real Contador Mayor del Real Tribunal de Cuentas en Quito, Ecuador, quedando la regia mansión colonial al cuidado de su hermano Lorenzo de Santa Marina Asilona.[1] En el primer tercio del Siglo XIX éste la vendió al notable jurista e historiador durangueño José Fernando Ramírez (Parral, Nueva Vizcaya, 1804-Bonn, Alemania, 1871), quien juzgaba la propiedad como “una de las mejores de la ciudad” de Durango, tanto por su compostura como por su construcción. Para mediados del mismo siglo el jurisconsulto, que fue también uno de los más grandes bibliófilos de México de todos los tiempos, decidió remodelar la casona, derribando algunas paredes para dar cabida a “sus presentes y futuros libros”. Así fue que se construyo un salón de 29 varas para dar albergue a la inmensa biblioteca, y el estudio, de 10 varas de largo, también saturado volúmenes, incunables, manuscritos y papeles, quedando registrado que aún así le sobraron al insigne erudito una buena cantidad de tomos. Se calcula que, junto con los libros que atesoraba en su casa de la ciudad de México, el padre de la historiografía mexicana llegó a contar con más de 12 mil volúmenes, siendo solicitada para formar la Biblioteca Nacional en la ciudad de México.





   Luego de multitud de puestos e infinidad de viajes, el distinguido abogado José Fernando Ramírez fue designado como Ministro de la Suprema Corte de Justicia en el año de 1851. Comprendió entonces que la multiplicidad de sus ocupaciones en México lo dejaba en libertad para vender la mansión de Durango. El reconocido liberal moderado vendió entonces su residencia a la Junta de Instrucción Pública de Durango, junto con gran parte de la biblioteca, por documento del 15 de julio de 1851, por la cantidad de 31 mil pesos. Le fueron pagados 14 mil pesos y los 17 mil pesos restantes se fueron a un largo litigio, que no se resolvió a su favor sino hasta el año de 1874, 3 años después de su muerte –debido todo ello a las vicisitudes políticas de la época y, sobre todo, a lo que sus correligionarios liberares consideraron un gran “error político”, ya que a insistencia de la emperatriz Carlota, participo en el 2º Imperio Mexicano de Maximiliano de Habsburgo como Ministro Plenipotenciario de su gobierno monárquico. Luego de Exilarse en Alemania antes de la caída de Maximiliano, al que aconsejo su dimisión, murió en la ciudad Bonn a los 67 años de edad. Su vieja mansión lo recuerda en el centenario de su nacimiento con broncínea placa, reconociendo el 5 de mayo de 2004 el gobernador del estado Lic. Luis Ángel Guerrero Mier, junto con el UJED y el Instituto de Cultura del Estado de Durango, guiado hasta ese año por Lic. Don Héctor Palencia Alonso, la valía y trascendencia de su obra.


   Antes de aquellos trágicos acontecimientos, con la confianza de normar la vida de los mexicanos por medio de las leyes y de poner los cimientos positivos de la historiografía moderna, José Fernando Ramírez marchó a la gran metrópoli de forma definitiva, llevando consigo exiguas 20 cajas de material bibliográfico, la “Preferida Parte”, dejando su querida biblioteca y su casa de la ciudad de Durango, conteniendo aquella la friolera de 7 mil 477 volúmenes de los Siglos XV, XVI, XVII y XVIII, en cuyo número caben códices, manuscritos e incunables de incalculable valor.[3]
   Época en que Durango era, a decir del propio Ramírez, una ciudad culta, contando 30 mil habitantes, 11 escuelas generales, 7 particulares, mil 437 estudiantes, además del Colegio Tridentino del Seminario Conciliar de los Jesuitas, cultivándose especialmente el gusto por la música, gracias sobre todo a la Capilla de Música de Catedral, con una tradición de 300 años, abundando también en la capital de la provincia músicos y pianos. Notable también en el desarrollo de la pintura, en la que hubo una tradición nada menor, en la que figuran grandes maestros de la talla de Juan Correa y Juan de Ibarra, y la ebanistería, teniendo como mejor representante de ese arte al toluqueño Felipe de Ureña, quien dejó en la Catedral Basílica tres magníficos retablos, muestra de su genio creador. Las letras, por su parte, no estuvieron ayunas de desarrollo, ya que en el sector periodístico se mostraban también muy activas en publicaciones como el Periódico Oficial del Estado (La Restauración Oficial), La Linterna, la Atalaya, La Opinión, La Enseña de la Libertad, El Zarandajo, La Independencia, etc., estando la vida política agriamente dividida en dos bandos: el de los Chimines y el de los Cuchas.
   En lo que toca a la “Parte Durango” de su biblioteca, vendida junto con su mansión, se formó a partir de ella la Biblioteca Pública del Estado de Durango, inaugurándose el 4 de septiembre de 1853, siendo su primer director  bibliotecario el Sr. José Luis Gómez. La inmensa biblioteca fue la base para la constitución del Colegio Civil del Estado de Durango, que se inauguró tres años más tarde, el 15 de agosto de 1856, con el lema “Virtud et Merito”, teniendo como primer Vice Director al ilustrado literato Francisco Gómez Palacio, siendo el antecedente directo de la UJED.    
   La casa permaneció como Biblioteca a Pública cuando en 1859 el Colegio Civil se trasladó al “Edificio Central” del Colegio Tridentino del Seminario Conciliar de la Compañía de Jesús, incautado por el Estado, cambiando su nombre a Instituto Civil del Estado. La Biblioteca de Seminario Jesuita era también enorme, conteniendo más de 8 mil volúmenes, la cual, luego de dar tumbos de un lugar a otro, se perdió prácticamente en su totalidad, constituyendo, a decir del historiador regional José Ignacio Gallegos Caballero, “uno de los grandes crímenes de la cultura  que se han cometido en esta ciudad”.[2] No así la biblioteca del Obispo Castañiza, que fue incorporada a la Biblioteca Pública del Estado, y de la que, al menos una parte, sobrevivió a los avatares del tiempo y de las manos réprobas, encontrándose en la actualidad, junto con los fondos de la Biblioteca de José Fernando Ramírez, en la nueva Torre del Libro Antiguo, inaugurada en el año de 2010, anexo a la Biblioteca Pública del Calvario “José Ignacio Gallegos Caballero”.   





   En el mismo año de 1859 la casona sirvió como sede entonces al Tribunal Superior de Justica y al Congreso del Estado, donde sentaron sus fueros por una década, hasta el año de 1869, en el que se trasladaron al Palacio del Conde de Zambrano, que pronto sería conocido como Palacio de Gobierno.
   A partir de ese año de 1869 la bella residencia fue la sede de la Escuela Central, conocido también como Instituto de Niñas, donde se preparaban las preceptoras para sus futuras funciones como educadoras de primaria. Permaneciendo en ese lugar hasta 1916, cuando cambió de nombre por un año a Instituto Juan Hernández y Marín.   
   El 7 de agosto de 1916 cambia de nombre al crearse la Escuela Normal del Estado de Durango por decreto del gobernador General Fortunato Maycotte, teniendo como directora a Francisca Escárzaga, contando con la ayuda de los maestros Doctores Carlos León de la Peña e Isauro Venzor. En 1924 se introdujeron las carreras de contaduría, taquimecanografía y telegrafista y se introduce en ella a la Escuela Primaria Estatal. La Escuela Normal del estado permaneció en la casa de José Fernando Ramírez hasta el año de 1960, en que se traslada a las nuevas instalaciones en el Parque del Guadiana, frente al Ojo de Agua del Obispo.
   La residencia fue cedida entonces por el estado a la UJED, ocupando ese año el edificio la Escuela Superior de Música, fundada en 1954 por el músico Alfredo Antonio González Flores, compartiendo su espacio con una galería de arte, que a partir de 1974 llevó el nombre de “Tlacuilos”. La Escuela de Música se traslado entonces a un edificio de Ciudad Deportiva, junto a Radio UJED, hasta que en el año de 2010 inauguró su propio edificio a un lado de la EPEA en el Km 0.5 de la carretera a Mazatlán. La casa fue ocupada entonces por uno de los tres sindicatos de la UJED, el STAUJED, siendo conocido por obreros y trabajadores agremiados como “El Centralito”, donde permaneció hasta principios del año 2013, fecha en que se iniciaron los trabajos de restauración y conservación de la vieja residencia, habiendo sido por más de siglo y medio alberge de varias instituciones educativas, centrales en la formación personal y el desarrollo normativo de Durango.  


   Hay que indicar que la vieja residencia albergaba también a la heroica Galería de Arte Francisco Montoya de la Cruz (llamada antes “Los Tlacuilos”, inaugurada en 1974), junto con una importantísima Bodega de Arte de la EPEA (UJED), la cual malamente sobrevivió olvidada en un rincón anexo a la galería, resguardando sin embargo más de cientos y cientos de cuadros y obras de arte de la primera época de la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías, EPEA, de gran valor antropológico y testimonial, guardando aquel recinto un puñado de joyas artísticas de los maestros Bravo Morán, Manuel Salas y Fernando Mijares, entre muchos otros, siendo custodiada celosamente por el maestro Gerardo Carrillo hasta sus estertores finales. Ambos recintos desalojados han sido también totalmente remozados e integrados al original conjunto arquitectónico. El rescate integral del edificio dará paso así a un nuevo Centro de Bellas Artes de la UJED, anunciado en noviembre del 2015, pensado como un órgano artístico de alta calidad, avocado a la formación artística, la difusión de la cultura y la investigación científica y humanística del patrimonio cultural de la región. La rehabilitación del inmueble contempla así la erección de la galería Francisco Montoya de la Cruz, ampliada y remozada, una tienda de artesanías, de textiles, vidrio soplado y de trabajos autóctonos, un pequeño auditorio para conciertos de cámara y una sala para presentaciones de libros y usos múltiples.    



[1] Javier Guerrero Romero, “Una mansión de Durango: la casa de Ramírez”, El Siglo de Durango. Kiosco. 11 de septiembre de 2003. .
[2] Lic.  José Ignacio Gallegos Caballero, Historia de la Universidad Juárez del estado de Durango. 2ª Ed. Secretaria de Educación del estado de Durango. Durango. 2010. Pág. 13.
[3] El abogado José Fernando Ramírez fue universalmente considerado uno de los hombres más cultos del siglo XIX.  Dejó a la posteridad una obra colosal, por lo que es considerado regionalmente el “Padre de la Historia Durangueña”, por haber sido el pionero de la investigación metódica de la Historia de México. Sus estudios del México Antiguo, en efecto, sirvieron de base a las obras de Alfredo Chavero y de Manuel Orozco y Berra. José Fernando Ramírez (1804-1871) fue miembro destacado del Partido Liberal, sin embargo debido a la insistente petición de la emperatriz Carlota colaboró en el Imperio de Maximiliano, con el nombramiento de Ministro de Asuntos Extranjeros. Con el triunfo de la República y de Benito Juárez, se retiró a vivir a la ciudad de Bonn, Alemania, donde era respetado como científico eminente y fue en esa ciudad que vio la muerte el día 4 de marzo de 1871. Su biblioteca personal, notable por las verdaderas joyas con que cuenta, fue adquirida por las autoridades de Durango, junto con su casa, las cuales no le fueron pagadas en su totalidad, cobrándose así los republicanos lo que consideraron un grave error político del ilustre historiador. (Palencia Alonso, H. (1991) Apuntes de Cultura Durangueña. Durango. Págs. 28-29). La fuente original de la Biblioteca Central Pública de Estado de Durango no es otra que la fabulosa “Colección Especial” de José Fernando Ramírez, ahora depositada en los Fondos Reservados, y que está compuesta por más de 7 mil 477 volúmenes. “Como historiador es uno de los más importantes de nuestro país, son fundamentales sus contribuciones al recuento del México prehispánico, no sólo por escribir historia, sino también por compilarla, editarla y difundirla, pues a su empeño por recuperar los documentos históricos se debe una parte de la historia nacional, pues gracias a él se salvó la documentación del México prehispánico… Tres grandes historiadores del siglo XIX se dieron a la tarea de reconstruir el pasado prehispánico, la Conquista y el Virreinato: Carlos María de Bustamante (1774-1848), Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) y José Fernando Ramírez (1804-1871). Fernando Ramírez fue además político destacado y un jurista cuya obra desembocó en el Código Civil Mexicano.” Enrique Krauze, “La Presencia del Pasado”. Letras Libres, num.77, mayo de 2005












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