martes, 15 de noviembre de 2016

Mictlán: Homenaje a Tomás C. Bringas Por Alberto Espinos Orozco (9ª Parte y Última)

Mictlán: Homenaje a Tomás C. Bringas
Por Alberto Espinos Orozco
(9ª Parte y Última)


IX
El amor de Tomás Bringas por la estampa y la enseñanza del oficio estuvo siempre íntimamente unido al amor por la cultura nacional, por el alma suya en la que depositó sus mejores frutos, por el alma a la que sin resabios de amargura perteneció, participando y renovando sus contenidos y entregándose a ella enteramente, al alma suya a la que sirvió y que es también la nuestra. El arte de Tomás Bringas puede calificarse así de antropológico, tradicional y nacionalista, al estar fundado en una filosofía de la persona en toda su situacionalidad concreta, y en una filosofía del mexicano que, purgando las remoras de nuestro carácter y las formas desviadas de relacionarnos socialmente, sea potente para incluir a los otros y articular  e integrar a una comunidad a escala nacional, siendo así su tarea una doble labor universalista de civilización y humanización.




De la Escuela Mexicana de Pintura, extendida vigorosamente en los dos brazos del muralismo y de la gráfica, del arte público y del arte popular, Tomás Bringas cultivo la idea del artista obrero y misionero, avocado a llevar la historia y la cultura al pueblo sin distingo de clase. Arte nacional, pues, que, huyendo del sobado tradicionalismo cacofónico, del folklorismo trascendental y del desgastado estancamiento del nacionalismo, abrevó de las raíces de nuestra historia: de José Guadalupe Posada y Manuel Manilla, redescubiertos por Jean Charlot en el inicio de los años 20´s, pasando por Francisco Días del León, fundador de la Escuela de las Artes del Libro, Leopoldo Méndez y el Taller de la Gráfica Popular, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo, Alfredo Salce y Luis Nischisaua, José Moreno Capdevila y la Sociedad Mexicana de Grabadores. Ideal de llevar al pueblo el conocimiento de nuestro pasado, con un sentido crítico de nuestra historia, para saber de nosotros mismos a través de la estampa difundida a bajos costos, con el objeto de despertar conciencias, adquirir pautas de conducta y formar un público sensible, llevando al pueblo y a todo el mundo nuestros valores, reflejando lo que hacemos, lo que nos ocupa y lo que somos en un espejo fiel y visionario en el cual reconocernos. 
El grabador labró así un arte social y campesino, por habitar entre los hombres estando cerca de la tierra, y un arte misionero y social, por su espíritu de servicio y entrega a una comunidad, en el sentido de la enseñanza y la educación, de la formación pedagógica de las personas, de difusión cultura  y del cultivo de la ayuda mutua entre los hombres, como símbolos de identidad y de pertenencia a una misma alma nacional. Quintaesenció también la estética del humanismo, al vivir y habitar como un morador entre los hombres, sublimando en su esencial la actitud de servicio y de compañerismo bajo la forma más alta de la convivencia, que es la de la fraternidad.


Su sencillez sincera, su auténtica generosidad y natural alegría llevó al artista santiaguero a reconstruir desde dentro la casa del hombre, que es lo que da ese tono tan íntimista y antropológico que perméea la totalidad de su obra y de su trayectoria, particularmente interesada en la formación de la persona sobre las bases de la familiarización y renovación de las formas y contenidos de cultura patria. Arte critico, misionero, campesino, pedagógico, antropológico y mexicanista, cuyo desarrollo dirigió sirviendo a una comunidad concreta en su patria chica, que por su propio aislamiento y alejamiento del centro conserva viva el alma de la nación. Patria pobre e intimista, fiel a sus costumbres, resistente y solidaria, apegada a una manera de vivir y de morir, a un estilo tradicional de amar y de convivir, de cantar y de rezar. Escuela de humanidad y de humanismo, quiero decir, que vio en la ciudad provinciana la obra urbana mayor de la civilización, pero también  la obra de arte maestra de la cultura misma. Solución de la circunstancias culturales por la cultura misma, mediante la valoración de nosotros mismos, y por su reconocimiento como comunidad de fe  que, salvando los escollos y torbellinos del aparato ideológico y despejando los letargos y petrificaciones ínsitas a nuestra raza, logre la superación de la propia cultura nacional y su elevación a cultura universal.
Amor por un arte nacional, pues, entendido sobre todo en lo que tiene de formación de la conciencia propia, fiel a una tradición social de educación, de solidaridad y de ayuda mutua, donde el todo coopera a la totalización de las partes, pues cada individuo es distinto de los otros en el sentido de su intimidad, de su mundo interior y su conciencia de sí; pero también  como potencialización de esa realidad social misma, pues el individuo sólo es real en la convivencia con otros o en la realidad social, cuando el individuo humano es formado por la humana sociedad, que es la realidad plural de la relación entre personas, que conducen al individuo, en la sociedad de ellos, al mundo de los valores.






Arte nacional y la vez humanista, potente para llevarnos a la plena conciencia de nuestro ser y cuyo sentido social radica, no tanto en la participación como individuo de una sociedad, donde la sociedad misma se pulveriza en los intereses materiales, particulares y egoístas de sus individuos, sino en la participación con un todo que, sin trascender a los individuos como un principio a priori, los funda como una totalidad orgánica sui géneris en el seno de la convivencia y  que, sin uniformarlo o anularlos en lo social, los une por un valor común que los trasciende, en una comunidad de fe, dando con ello un sentido positivo a su existencia. Porque para ser real, el hombre necesita ser habitante de un mundo compartido, desarrollando así el sentido histórico de la existencia: sabiendo de su pasado, a partir de ingredientes relacionales dinámicos, de integración y de totalización. Participación del individuo en una sociedad, pues, que es real solo como sociedad de individuos, donde la convivencia coopera a que cada individuo realice su interioridad como intimidad o conciencia de sí. Principio de individualidad, es cierto, que sólo se totaliza y realiza históricamente en el seno de la convivencia, como concreción del individuo en la sociedad de ellos, pues el individuo sólo es real como realidad social en el hacer de la convivencia con los demás, al través de la cual la sociedad misma alcanza la plenitud de su sentido y se totaliza.
El artista es antes nada el hacedor, el que pone manos a la obra. También el que hace mejor que otros o con mayor perfección. La visión social del arte de Tomás Bringas fue así la de un arte artesanal, que incorpora al ideal de la maestría del oficio el valor del servicio, puesto que es un arte que todo el tiempo trabaja para nosotros y no para el mercado. Porque su deseo puro e incondicionado fue el motor de un hacer lleno, pleno, que puso las manos a la obra hasta el fondo, en un hacer habitado, como un hacer en la luz. Su labor fue así completa, uniendo a la par los quehaceres de la técnica y los del arte. Como técnico fue constructor, ingenioso hacedor de instrumentos, inventor y fabricante (nunca mero operario o controlador técnico); como artista fue creador de objetos de belleza puestos al servicio de los demás. Porque el artista se postulo desde un principio como el dilatado constructor y el moroso habitante de una casa humana, hecha para acoger a otros y morar en el mundo  sirviendo e iluminando a los otros, pues concibió a la belleza como sentido de orden y de jerarquía, como equilibrio y armonía, y como verdad que habita un cuerpo, es decir, esencialmente como vida y como justicia.






Así, hubo en Tomás Bringas algo de la humildad previsora de la hormiga, algo también del herrero primordial que es a la vez el alquimista. Hombre activo e industrioso, trabajador, servicial y honesto, como la hormiga tenía el poder de fecundar la tierra y, con los ácidos mordentes de su ironía, combatir el letargo. Como el herrero y el forjador, sabía el secreto cosmogónico de constituir y transformar el ser a partir del no ser, de fundir en un crisol el cielo y la tierra para transformar y reformar el mundo: de disolver y destruir al hombre viejo al coagular y levantar al hombre nuevo, separando la vileza de los metales deleznables para transmutar la materia en el aurum non vulgui, también para unir el agua y la fuego, el yin y el yang, para llegar a la unidad de la conciencia  (solve et coagula). Proceso alquímico de limpiar y renovar, de quemar la hojarasca y disolver la escoria, de barrer y limpiar lo anquilosado, de soltar y desprenderse de lo viejo, cuyas aguas estancadas hunden en las sombras de la melancolía o en el río cenagoso de la angustia, para dejar aparecer así la verdadera sustancia permanente, inmortal e inatacable.
Encargado de esculpir con su buril las imágenes de los antepasados y los genios, había en el grabador algo del mediador y pacificador social, que puede recorrer el par el mundo de los vivos y los muertos, siendo por tanto jefe de cofradías iniciáticas. Por un lado, campesino metafísico con el poder de bajar del cielo las simientes para organizar el mundo creado; por el otro, artesano que enseña las técnicas y forja las armas para vencer a los poderes infernales e inferiores de la noche, siendo por ello el “cerbero de los dioses”, concentrado en la imagen del "Perro Bravo".
Igual que el gallo, que anuncia con su canto la salida del sol, Tomás Bringas anunció y activó el resurgimiento del grabado en su región, en su amada patria chica de Durango. En su figura había, en efecto, algo de la apostura, seguridad y orgullo del gallo, también algo de su energía solar y luminosa, eficaz contra las malas influencias de la noche, siendo símbolo de vigilancia guerrera, que es rasgo esencial también del perro bravo. Porque velando en la punta de un fresno, el gallo se presenta como protector y guardián de la vida, evocando entonces la supremacía de lo espiritual en la vida humana y la vigilancia del alma atenta, que percibe en las últimas tinieblas de la noche los primeros albores de la luz del espíritu, que ya amanece, siendo el vigoroso acento de su canto emblema de la iluminación salvífica o de Cristo en su aspecto de luz y resurrección. 
Maestro de urbanidad y ejemplo de las virtudes civiles, el artista compartió con el ave solar ser también símbolo de bondad y de confianza e imagen de la evolución de la vida interior, de la personalidad integrada en unidad armoniosa, donde se equilibra el espíritu y la materia. Ave favorable y de buen augurio, consagrada al sol y a la luna, que recorre los tres niveles del cosmos, asociado naturalmente al arte de Tomás Bringas, donde hay también la visión que recorre los tres niveles verticales del mundo, propia también del elefante, efigie que se asocia a la fuerza, la paz, la estabilidad y la inmutabilidad, por ser el memorioso cuadrúpedo un animal cosmóforo o sostén del mundo, que recorre los niveles cósmicos dominándolos desde su centro real, siendo por tanto símbolo del conocimiento, del despertar y del crecimiento, siendo instrumento de la acción y bendición del cielo asociado a la lluvia, y por tanto a la fertilidad, pero también al pudor y a la castidad.
Alquimista de la estampa y de las trasmutaciones psíquicas, Tomás Bringas descubrió así en el hombre la imagen de un árbol, cuyas raíces penetran en la tierra de memoria para arraigar en ella, para irrigar las venas y activar el querer y la voluntad con su sabia generosa, formando los nervios de las manos y adiestrándolas para hacer que sus actos sean obras que son frutos, también para, al extender y alzar los brazos en la mitad del aire, participar y formar parte natural del paisaje al crecer verticalmente hacia lo alto. Descubrió también que en la frente del hombre, ser de imágenes, crece hacia adentro un árbol invertido, que hunde sus raíces  de sombra en el cielo y las estrellas, volviendo a él iluminadas, circulando por sus venas para encender en su corazón las hojas en mil imágenes de ojos, hinchando entre sus poblados ramajes los frutos celestes de la luz, que son los pensamientos. Imagen del hombre que, en efecto, es análogo a un árbol,  por ser hijo de la tierra y, a la vez, del sol y las estrellas.  


Artista de la tradición y el despertar de la conciencia, sembrador de luces y armero contra las insidiosas sombras de la noche, la tarea del moderno orfebre de la estampa fue la de bruñir el espejo de memoria, para disolver en sus honduras y borrar en sus profundidades las escorias y fantasmas que nos impiden avanzar,  para transportar y fijar también en los relieves de algodón los claros reflejos y los brillos de los arquetipos más puros e íntimos de nosotros mismos.  Para despertar, pues, con el gallo, del sueño de la materia bruta, que ata a las fuerzas regresivas de la noche, para salir de la gélida caverna oscura del ocioso devenir intrascendente y los deseos engaños de la muerte,  Tomás Bringas se reconoció así como hijo de la tierra y como heredero de un pueblo de artesanos y de una tradición,  saliendo al encuentro del sol para morar en la luz, donde estaremos todos juntos cuando logremos reconciliarnos con nuestra historia y reconocernos  a nosotros mismos. Así, dejando como rastro y testimonio de su estancia entre nosotros un puñado de astillas luminosas, que chisporrotearon en la noche luchando con las sombras, Tomás Bringas adivinó la gloria que hay en el brillo inmutable de la estrella, cantando, desde su centro estable, al amanecer del día que se anuncia.
El alma grande y generosa de Tomás Bringas se sirvió tanto de la función pedagógica de la vida, como de la recuperación de las huellas de memoria dejadas por la tradición, para entrar a un lugar y habitar morosamente en él, para pasear y detenerse, para entretenerse en sus fabulosas estancias luminosas, reconociendo que el hombre no se define por las cosas que tiene (pues la propiedad y la posesión sólo pueden aspirar a una felicidad tenida o apropiada, pero que no puede habitar en la luz porque, como el vicio, nos posee o está muerta, siendo así una felicidad  deshabitada o desgraciada), sino por los lugares a los que entra, en los que está y con los que dialoga: por entrar a ese lugar donde está lo mejor de nosotros mismos, de nuestra alma individual y colectiva.
Su preocupación por habitar y ser morador del orbe humano lo  llevó así a una detenida reflexión por el mundo, el ultramundo y el inframundo, trazando toda una constelación de símbolos encargados de dibujar la comba de la totalidad de la esfera, lo que entraña una jerarquía ontológica, una escala de los seres y de los valores y, por tanto, una metafísica completa. Reinos sobre los que es indispensable reflexionar, para suturar la herida más visible que aflige al hombre contemporáneo, cuyo tremendo núcleo de vértigo y angustia consiste en una triple escisión, que divide al ser humano del cosmos, de los otros y de sí mismo.






Reflexión que llevó en efecto al artista a la sutura del hombre consigo mismo a través del cultivo de la interioridad humana y de la intimidad de la persona, que equivale al despertar de la conciencia, a la salida de la engañosa caverna cenagosa que lo mantiene prisionero del alma inferior y de los vapores narcóticos expelidos por la pesadez de la materia, para entrar en los ámbitos donde la luz reposa, donde se adquiere la conciencia de sí y de la libertad ascendente del espíritu. Conciencia de sí, pues, en cuya estancia se da la posibilidad de la autenticidad, de la apertura, de la transparencia y de la fraternidad, del reconocimiento de los otros y de la comunidad. Reconocimiento también de la madre tierra, de la que somos hijos, hasta elevarse a una reconciliación con el cosmos, por amor al cielo, al sol y a las estrellas mediante la reconciliación con el padre al fin reconocido, con el Padre eterno que está en los cielos. Conciencia de sí y de comunidad, pues, en el reconocimiento y valoración de nosotros mismos; con nuestra raza disímbola, cristiana  y morisca y rayada de azteca, por el amor a la patria,  al alma nuestra a la cual pertenecemos, hasta llegar a la reconciliación de nuestra alma nacional con la tradición en todo lo que ella tiene de verdad, es decir, de universalidad.
  Ante las intimidantes aguas desbordadas del devenir contemporáneo con su vertiginoso materialismo de la aceleración del aparato productivo y de la vida toda, que al hacerlo todo rápidamente, en el menor tiempo posible, para vivirlo, experimentarlo y verlo todo ya, ha desembocado en la falta de tiempo para todo y ninguno para la reflexión de la vida del espíritu, ante la intemperancia y el endurecimiento del corazón y de la nuca que orgullosamente se dejar ir hacia adelante, arrastrados por la engañosa dicha de los tediosos deleites carnales y los gozos de la sensualidad abotagada, ante la indistinción de los valores morales y estéticos, verdaderos a priori del hombre, y ante la indiferencia respecto de la persona en cuanto tal, en el sentido de su desconocimiento estimativo y practico no menos que gnoseológico, el maestro de la estampa durangueña respondió respondió poniendo en el centro de su obra la reflexión de la vida creadora que acrisola la conciencia de si, distinguiéndose su estética por su referencia decidida a los otros, a su tradición y al alma nacional. Distinción, en efecto, en la calidez en el trato hacia los otros, marcado por su generosidad y su querer tener que ver, en brindarse generosamente, entero y sin residuos, a su causa artística de grabador, que bien sabía era de todos. Diferenciación también en su manera de hacer las cosas, recurriendo al pago en especie, al trueque, a la trácala, a la marrullería de´punta de ser necesario, con tal de que su proyecto de sensibilización y de enseñanza no quedara varado o en un rincón deshabitado. Diferenciación histórica también, por su modo tan suyo de enfrentar la pavorosa crisis contemporánea con una energía sonriente, de la que manaba una especie de orgullosa gracia humilde y de alegre justificación. La seguridad con que pisaba el suelo se debía a virtud de la tradición cierta cuyo cause proseguía, sujetando confiado su timón y navegando en el sinuoso río del tiempo como quien vuelve a casa. Distinción de la persona y diferenciación del tiempo, pues,  por los que desarrolló un sentido certero de la historia, alimentado por el amor a su comunidad de fe y al valor irrefragable de su empresa, acompañado siempre por la esperanza en la justicia futura, que es en si misma ya era una muestra radiante de su plenitud.     
Tomás Castro Bringas se distinguió, en efecto,  por sus maneras de hacer y de acuñar memoria, por lo que puede considerarse uno de los logros distintivo de la cultura durangueña, dejando tras de sí una estela luminosa y ejemplar de hábitos de trabajo y pautas de conducta. También por la diferenciación histórica en sus maneras de hacer, plenas de originalidad e inventiva, llenas de calidez y de sentido, motivadas por su deseo puro e incondicionado de valorar la realidad y de habitar con plenitud la vida. Porque al morar deseando fervientemente el bien de su comunidad, en actitud abierta y de servicio, el artista tocó sembrar alegremente los granos de esperanza que a otros tocará cosechar. Sus renuevos irán con el tiempo revelando la entraña que llena y con que late la verdad de nuestra alma nacional: en los latidos de la conciencia de sí y de la libertad ascendente del espíritu, de la reconciliación con la tierra y con nuestra raza plural, en el amor y reconocimiento de los otros y de la comunidad, y en la reconciliación con la totalidad del cosmos.
Al homenaje a Tomás Castro Bringas, consistente en el reconocimiento de las virtudes sociales de su causa y de su obra, y en su valoración como artista logrado, no es diversa al reconocimiento de la novedad de la patria. Sólo resta ahora, por el juramento hecho de solemne fidelidad a su persona, la celebración de una magna muestra retrospectiva de su obra, que nos dé una idea completa de su trabajo artístico como maestro de la estampa. Porque el hijo distinguido del Valle del Guadiana, oriundo de Santiago Papasquiaro, supo poner en alto el nombre de su tierra, con el sello característico de su originalidad creativa, de su fluir en congruencia con la vida y del amor a su comunidad en actitud abnegada de servicio. 







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