martes, 15 de noviembre de 2016

Tomás C. Bringas: Mictlán Por Alberto Espinos Orozco

 Tomás C. Bringas: Mictlán
Por Alberto Espinos Orozco



“Que el milagro se haga,
dejándome aureola o trayéndome yaga.”
Ramón López Velarde

“Mas buscad primero el reino de Dios y su justicia
y todo lo demás os será dado por añadidura.”
Mateo 6.33

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; 
llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, 
el que busca encuentra y al que llama se le abre.”
Mateo 7.7-12



I
         A un año de la muerte de Tomás Castro Bringas (7 de marzo de 1962, Santiago Papasquiaro-18 de octubre de 2016, Durango) se mesclan los sentimientos encontrados, en pugna y contradictorios, de la gratitud y del pasmo. Por un lado, punzante sensación de luto, de pasmo, de malestar y de parálisis, de paso por la muerte, ante el espectáculo sombrío de su ausencia física, cuyos tonos umbríos nos recuerdan su viaje al más allá. Por el otro, luminoso sentimiento de gratitud y de fidelidad a su causa y su memoria, por el recuerdo enriquecedor que dejó entre nosotros su generosa personalidad encantadora, llena de dinamismo y energía y no exenta de ternura.
Al homenaje póstumo “Mictlán” a Tomás Castro Bringas, consistente en una exposición acompañada de una hermosa caja-objeto artístico con 25 grabados originales de artistas de toda la república, se suman una serie de reconocimientos que se han venido acumulando a lo largo de un año, que ratifican y autentifican su valor, tanto por su importante trayectoria artística e infatigable labor magisterial, como por haber sido y desde sus entrañas, por ello mismo muchas veces desapercibidamente, un destacado animador de la cultura durangueña.[1] Toca así ver en la fecha mortal lo que tiene de vida, de renacimiento, de inicio de un nuevo ciclo, de regeneración espiritual, de perdurabilidad y de memoria. 









         La palabra homenaje, derivada del latín tardío “”homináticum”, proveniente del occitano o de la lengua de Oc, región de Provenza, al sur de Francia, donde nació, entre los siglos XII y XIII,  en la sociedad noble, la idea del amor cortes, base del romanticismo contemporáneo, consistente a la elaboración trovadoresca al vasallaje o subordinación del caballero hacia su dama. Su voz deriva de la raíz “homo”, que significa hombre, significando así una condición de humanización, una nota o cualidad esencial humana, digna por tanto de ser realzada públicamente, a manera de ejemplo, por ser motivo de orgullo colectivo.
El significado primitivo de “homenaje” es el del juramento solemne de fidelidad a un señor feudal, a un rey o a un igual. Juramento de fidelidad y de vasallaje, pues, al maestro Tomás Castro Bringas, en reconocimiento a sus copiosos méritos, a su dignidad o grandeza como persona, a sus cualidades propiamente humanas y a su visión de artista auténtico, siendo uno de los frutos más originales y logrados la cultura regional. Homenaje póstumo, que honra su memoria en actitud de respeto, de subordinación y acatamiento, de veneración y deferencia o consideración especial a su persona, de miramiento y admiración por ser su trayectoria artística motivo de orgullo colectivo, en reconocimiento a ser un bien social, ejemplo o a seguir y horizonte orientador de los valores. 
Acto de reconocimiento de su valor, de enaltecer y exaltar su figura, de ensalzarlo por su honradez y rectitud, por su sencillez y generosidad, en muestra de respeto a su persona y obra, vinculadas a sus cualidades morales, a su virtud y merito en el cumplimiento del deber, al distinguirse en el servicio público de la educación y la difusión del arte, actividades que el maestro Bringas interpretó  como una obra esencial y completa de civilización y de cultura, rayando su tarea en la abnegación, el sacrificio e incluso, hay que decirlo, en el  heroísmo, por ser su ardua misión superior a sus fuerzas y acaso a las de toda una generación.
Porque la contribución de Tomás Castro Bringas al arte de la estampa fue, en efecto, la de una rica y compleja obra civilizadora, de refinamiento social y de alta cultura, íntimamente ligada a la tradición vernácula y popular, pero también inextricablemente ligada a su comunidad y a la historia. Su trabajo, así, sentó las bases para hacer de Durango un mejor lugar, por estar su labor orientada al servicio de los demás, en el sentido de explorar, en su calidad de artista, lo que cabalmente significa ser un morador, un hombre entre los hombres, un habitante del mundo.
Porque para el profundo y finísimo burilista durangueño ser un morador fue siempre y simultáneamente ser un hacedor, pues morar no es solo permanecer sino fundamentalmente es hacer, es construir la casa del hombre, esa segunda naturaleza adquirida que nos hace entrar en un mundo espiritual a conciencia, sin filisteismos, para habitarlo demorándose en su interior poniendo manos a la obra, haciendo las cosas que se deben o que hay que hacer, despaciosamente, con tiempo, lentamente, bien hechas, permaneciendo así en su sitio, como en una estancia. Habitar se convierte entonces en una manera de ser y en un carácter artístico, en un éthos estético, que entra en el mundo de la cultura para, luego de recibir y familiarizase con sus contenidos, recrearlos y fundar de nuevo el mundo. 
Fidelidad a la visión de una fundación, pues, en la que el maestro Bringas habitó abiertamente, con autenticidad y transparencia, permaneciendo en su sitio, sin intentar ir más o allá ni transgredir la tradición, la cual asumió como fuente de todo cambio y de todo progreso, por lo que su morosa estancia en el orbe estético fue siempre también la del heredero.



Su tarea fue así la dar continuidad a una tradición artística, fijando en una nueva síntesis aquello que queda y que se recuerda, a partir de la intimidad de conocimiento de sí mismo y de la verdad personal. Dilatarse, detenerse morosamente en una tarea para arraigar en su suelo y levantar sobre él la morada de la cultura, ya purgada de sus rémoras e impedimentas, para establecer en esa estancia un proyecto civilizador, a la vez integrador de los otros y unificador de una comunidad. Su enseñanza se basaba así en ese foco de sentido que iluminaba una atmosfera, en un vivir que es a la vez un detenerse y un entretenerse, un compartir y llevar el conocimiento a otros, que es esa casa común y ese suelo compartido de la cultura y de la propia tradición, que circula oxigenando nuestra sangre al estar labrada por Memoria.  
Tarea eminente social, tanto  en el sentido pedagógico de instrucción técnica a los aprendices, como en el sentido humano de la ayuda mutua: de prestar ayuda desinteresadamente a quien lo solicita, pero también de pedirla, humildemente, cuando se necesita, en una doble movimiento complementario de reconocer el talento ajeno y las vocaciones, las predisposiciones de ánimo y aptitudes de carácter, para incluir al individuo dentro de la sociedad; también trabajo compartido, de compañerismo, que pide auxilio a otros para unificarlos a una comunidad, integrando, por la moral del trabajo compartido en una situación concreta, una sociedad de individuos.
Labor de inclusión de los otros, pues, y de la integración de una comunidad, que da por resultado una visión ética del arte, en una palabra, donde se vuelven a abrazar los valores de la verdad, la bondad y la belleza. Excelencia en el dominio de un oficio, es cierto, pero también arraigo en la tierra, en una raíz: penetración en lo que realmente somos. Conocimiento de sí mismo y claridad de la propia visión de las metas y de su realización, pero también enseñanza, exportación de esa visión a los otros. Porque habitar con los otros es, de hecho, educarnos unos a otros, en un proceso que no concluye sino con la muerte. Función general pedagógica de la vida, pues, que Tomás Bringas potenció como un proyecto educativo civilizador, formador de las nuevas personalidades, y cultural, de recuperación de nuestra memoria y de recreación de sus formas y contenidos fundamentales. Lección de humildad, de humanidad y de amor, fundada en una fe en la comunidad, por la convicción profunda no sólo de lo que esencialmente somos, sino de lo que, potenciándonos mutuamente, podemos llegar a ser.[2]  




Pararse, detenerse morosamente en la estancia de una actividad, que es sinónimo de abstraerse y profundizar en ella para hacer memoria. Porque para realmente morar hay que hacer la morada, hacer habitable la casa al encender las luces ciertas del  mundo de la cultura. Hacer la casa humana en el mundo también, creando y enseñando hábitos y costumbres de contemplación y de trabajo, de normas y valores, activando nuestros contenidos latentes espontáneamente a través de la realización de imágenes prístinas, afinando el juicio al discernir las luces de las sombras, teniendo como fundamento la libertad ascendente del espíritu, luchando simultáneamente por extirpar las rémoras, combatiendo abiertamente los estorbos, los miedos, las inseguridades y los falsos modos de relacionarnos socialmente, que nos merman o nos reducen y no nos dejan avanzar. 
La creación de hábitos y el rescate de nuestros valores fue el eje de su enseñanza en los oficios tanto de de grabador e impresor como de la fotografía y el diseño de imagen donde, siguiendo el modelo tradicional en la elación diaria del maestro con el aprendiz, se daba paralelamente la transmisión del un arte de la vida como un entrar y residir en el ámbito humano de la cultura auténtica, no como una pose o como la apropiación rentable de un título o de una plaza, sino como una manera de autoconocimiento y de potenciar un alma colectiva. Sitio o morada de la tradición, ‘pues, que no nos pertenece, sino al que más bien pertenecemos, que es un lugar en el que entrar y al que volver o del que somos, en el que interiormente vivimos, siendo por ello su imagen símbolo de identidad.  
Su filosofía del arte del grabado fue así una filosofía del desarrollo individual de la persona, pero también del fortalecimiento de los grupos y de las personalidades colectivas, a través del conocimiento del oficio artesanal no menos que de nuestra circunstancia y de nuestra historia, redundante en hacer historia nosotros mismos por medio de acciones y obras concretas, creativas, de carácter positivo, en el ejercicio del arte y de la libertad ascendente del espíritu. Labor que implica también el superar los escollos y rémoras del camino que no nos dejan avanzar, aprovechando incluso dificultades del medio, como son la parquedad de recursos y el aislamiento cultural que caracteriza a la provincia norteña. 
Pedagogía que, adoptando el camino va al centro interior y ascendente de la persona, se realizó en un doble movimiento, que parte del exterior y va hacia adentro, del paisaje rural y urbano y de la historia local a la memoria universal y la intimidad humana, para ascender progresivamente, de abajo hacia arriba, partiendo del automatización de los movimientos y procedimientos para regular el alma inferior mediante el adiestramiento e instrucción técnica y la recepción y asimilación de la historia de las artes gráficas, escalando, en el perfeccionamiento del oficio, hasta las excelencias y florituras de la estampación, a las zonas superiores de la recreación de las formas y los contenidos de la cultura.
El romanticismo y la nobleza del maestro Tomás C. Bringas en su amor a su dama ideal, tomó la forma simbólica de la pasión por la estampa, desarrollando su oficio como un verdadero vasallaje y como una misión, en cuya entrega abnegada construyó una casa interior, ensayando a partir de ella los modos más refinados de la cortesía, practicando en el trato con las demás personas los gestos más sinceros de la deferencia y el respeto, siguiendo las reglas más refinadas y elevadas del espíritu y de la expresión verbal.










[1] Homenajes póstumos que se ha sucedido, iniciaron con la presentación de su último libro objeto de arte “Sotol: la magia del desierto líquido” el mismo día de su partida, el 18 de octubre de 2016, al que siguió un homenaje en la EPEA (UJED) a su memoria el 27 de octubre del mismo año, escuela de la que fuera principal animador y profesor por muchos años. Llegando el reconocimiento de su labor después a Chiapas, donde  el Taller Caleidoscopio rindió un homenaje póstumo al maestro T. C. Bringas, el 2 de abril de 2016, con la exposición de grabados titulada “Historia Viva”, con estampas del artista sobre la Revolución Mexicana, piezas que fueron realizadas en el Taller de Grabado "Pentágono", ubicado en la ciudad de Zacatecas. Pasando por el recuerdo de su memoria, llevado a cabo el 22 de marzo del 2016 por el Taller de Grabado La Chicharra, el cual colaboró en el homenaje póstumo “In Memoriam”, organizado por el IMAC en la Galería de las Instalaciones del Teleférico de la ciudad de Durango.
[2] Proyecto de realización plena de una comunidad, que el artista visualizó bajo la forma de una morada, de una casa compartida, expresando ese ideal utópico con la realización de la Carpeta de Grabado “El Edificio Central de la UJED”, en el año de 2008, con una monografía y grabados del propio Tomás C. Bringas, trabajados en lámina de acero con técnicas mixtas e impresas por los alumnos de la carrera de Artes Visuales de la EPEA (UJED).    






II
Tomás Castro Bringas se afanó como nadie en su labor artística, al sentir la necesidad de un arte potente para enfrentar la crisis de nuestro tiempo. Crisis de proporciones intimidantes es, en efecto, la de nuestro tiempo, la cual se presenta como una falla generalizada del mundo en torno, en la que el mismo mundo se tambalea. De ahí que la obra del grabador abunde radicalmente en los claroscuros, que hunda el buril hasta herir profundamente la lámina de cobre y tocar las sombras más densas de la noche, o que de realce en el gofrado a las más claras luces del espíritu, por lo que se puede considerar su arte como el de una obra crítica.
Estado crítico, último, de la crisis de nuestra era, tiempo o mundo, en que se ha dado el subjetivismo rapante de los valores y el rampante emotivismo ético, producto del materialismo contemporáneo y del evolucionismo moderno dado en comparar al hombre con lo inferior, con lo irracional o inconsciente. Lo que ha llevado ya no digamos a la deshumanización del arte, sino del hombre mismo, que se ha quedado nudo, teniendo historia pero sin esencia redentora, complaciéndose incluso en el regodeo o en la complicidad con la vileza. Siglo antisolemne de rebeldes sin causa, caracterizado por la superficialidad y por la simulación, donde los hombres, al aparentar lo que no son, creyendo en nada, se vuelven nada ellos mismos. Época sembrada de falsificación y de confusión en los valores, degradada y excéntrica, donde abiertamente se menosprecian las ideas y la vida edificante del espíritu. 
Mundo meramente materialista, en efecto, dominado por los instintos, por los impulsos, por las tendencias, por lo inferior o lo más bajo del alma o naturaleza humana, que se coloca sobre lo superior, e incluso intenta erigirse por arriba del espíritu, desconociéndolo, sobajándolo ignorándolo o volviéndolo invisible. Mundo en donde lo menos valioso, pues, se convierte de pronto en lo más potente, mientras el espíritu, celebrado como lo más valioso, se muestra impotente ante otras potencias que han venido a suplantarlo, quedando inerme frente a la síntesis de los impulsos enemigos o la rabiosa de la estética del peligro. Mundo de aletargados, de dormidos o de muertos en vida, donde lo que debía ser sujeto y domesticado se ha vuelto el amo, en una clara inversión de los valores, con la consecuente ceguera o desdén para lo más valioso. Adoradores de la nada o súbditos de Mamón, en quienes prende fácilmente la tentación animal de dominar al congénere, la tendencia a descalificarlo o hacer caso omiso de su persona, en la cerrazón y exclusión del egoísmo, en la estentórea avaricia del individualismo o en la adoración idólatra del conflicto y  los antagonismos. 
Era de despótico desconocimiento de la persona, pues, no sólo en un sentido gnoseológico, sino axiológico, estimativo y práctico, donde se anula su valor para proceder brutalmente con ella. Desconocimiento y  menosprecio de la persona humana en cuanto tal, o que se complace en abatir al otro o desalentarlo, para luego utilizarlo como un utensilio o artefacto. Rebajamiento y ninguneo de la persona, en efecto, que es obra del hedonismo y el materialismo contemporáneo.






Crisis de nuestro tiempo, pues, que se especifica en la circunstancia local bajo la forma de la saña o de la agresiva befa, en la inversión axiológica de la despectiva chunga, de la agresiva befa  y del relajo, lo mismo en el delirio negativo y estéril del pachuco, que en la rigidez acartonada de la solemnidad efímera, en la esclerosis de los arcaísmos ritualizados que en la repetitiva cacofonía de la ideología, en la pobreza de miras provinciana, la xenofobia cordial contra el extraño, redundantes siempre en la exclusión del otro, usando para ello como velo de pudor lo que merecería más bien todo un manto de hipocresía. Apariencias vagas, sin embargo, sin verdadera realidad, que ocultan los complejos de nuestro ser disminuido, que pudiendo serlo todo, se conforma mejor con no ser nada. Rémoras que impiden realizarnos como individuos y que frustran la realización de una comunidad, que vaciando al sujeto de todo carácter auténtico, para medrar socialmente sin centro ni verdadera intimidad. 
El arte del maestro se postuló entonces como un arte crítico, por tener que romper los condicionamientos y automatismos mecánicos que nos adhieren a la materia vulgar o a lo que es ajeno, vaciando el ser de toda interioridad e intimidad. Crítico de nuestro oscurantista tiempo en ruinas, el artista se interesó en diagnosticar también los vicios propios del mexicano, para devastarlos con los cloros del humor, el sarcasmo y la ironía. Vicios de carácter que llevan a falsos modos de relacionarnos socialmente, que van del autoritarismo ramplón a la réproba vociferación, de los atavismos con que el hombre viejo encadena y desaloja a las almas de su centro, al complejo de inferioridad de nuestra cultura imitativa. 
Rémoras psíquicas y sociales, como la miseria material o moral que invitan a la perdición, como los miedos y temores que paralizan la acción o la melancolía y le nostalgia que cunden de resentimiento a la edad. Soledades ariscas, solazadas en el albur de los valores, en los petardos verbales del lépero, en el exhibicionismo inmoral del pelado, o en los estentóreos modos de dominación del macho mexicano, que cubre con una máscara de valentía la frágil inseguridad de su existencia. Realidades ariscas a las que el artista antepuso una filosofía de la persona: la exigencia de crear dentro de sí una verdadera interioridad y de construir en lo social la casa del hombre La reacción decidida ante la crisis del poder del espíritu, no se hizo esperar, diagnosticando los problemas más patentes de nuestro tiempo, lo mismo que detectando las heridas y de integración dolientes llagas del alma nacional. 








Arte crítico, en efecto, que yendo a fondo enfrentó directamente y sin rehuirlo el problema radical de la naturaleza humana, debatida entre el espíritu y la materia, desterrando tendencias y combatiendo veleidades, formando y equilibrando el espíritu para potenciar su esencia. Señalando con su poderosos buril las sombras cenagosas que roen el alma colectiva, Tomás Bringas fue dejando atrás las vacuas rebeliones e idolatrías de la sociedad tecnocrática moderna, el hueco academicismo estéril, la ceguera para los valores, la codicia del mercado, la vileza de la indistinción y la fealdad de la infrahumanidad, apoyándose entonces en una firme creencia y en una fe, que tenía como foco la comunidad y la valoración social de nosotros mismos, fundada en actos positivos y de integración, en una labor constructiva, cuyo objeto era llegar a la perfecta conciencia de nosotros mismos, de nuestra alma nacional, cristiana y morisca y rayada de azteca. 
Salvación de las circunstancias culturales por la cultura misma, pues, cuya tarea fue la de potenciar nuestras posibilidades, interviniendo positivamente en ellas, en el rescate y conformación de la cultura propia, para llegar finalmente a la claridad de la realización cumplida. 
Ante tan hirsuto y agreste panorama, ante el agudo problema de la positiva indistinción de los valores, la estética del maestro Bringas imaginó así una rica e ingeniosa solución práctica, consistente en afinar el criterio de lo humano a partir de su propia personalidad, en el sentido de tener claridad de juicio, de entender, de discriminar ente bienes y males, al postularse conscientemente como un habitante o morador del mundo, sabiendo a la vez que no era más que un pasajero en tierra, un ser transeúnte, transitorio, finito, a fin de cuentas mortal, en búsqueda de la verdadera patria. Porque la extraordinaria personalidad del artista tenía, en efecto, algo del carácter del peregrino.





Habitar el mundo como ser humano, morar en la tierra como su hijo, implica el desarrollo de toda una antropología o filosofía de la persona, pero también de las circunstancias concretas y de lo mexicano, de lo que significa ser habitante de un lugar particular, para poder potenciar así tanto a las personalidades individuales como a las personalidades colectivas: para poder plenamente pertenecer. Porque lo que animaba íntimamente al maestro Tomás Bringas siempre fue la convicción del profundo valor de nuestra cultura y de nuestra alma nacional. Tarea positiva de fortalecernos como comunidad, labor crítica también, de conocernos a nosotros mismos para poder extirpar los temores, solecismos e impedimentas, para erradicar las rémoras que nos dañan e impiden avanzar, para así alcanzar el pleno desarrollo y la verdadera universalización de nuestros valores. 
El genio del maestro Tomás C. Bringas, estaba poblado por fuertes contrastes y ricos claroscuros, donde convivían en perfecta armonía el sarcasmo con la alegría, la gravedad con la sonrisa afable, la generosidad al brindar a otros sus conocimientos con el imparable empuje de su dinamismo, la férrea personalidad con el sentido lúdico y juguetón de la existencia, la curiosidad por todo con la abstracción en la labor debida. Compleja y rica personalidad, hecha de profundos pliegues y repliegues, cuyos valores antropológicos se resolvieron bajo la forma de la autenticidad y de la transparencia. 
Espíritu libre e independiente, del que manaba su encantadora personalidad y su paradójica humildad orgullosa, donde sin ceder al deseo de importancia ejercía una especie de abnegada solicitud, en medio de la cordial tenacidad de su ternura. Espontáneo espíritu de sacrificio que, combinado con su curiosa voluntad de tener que ver con los otros, miraba siempre de reojo el horizonte indescifrable del misterio. Empresa individual, que no se arredro ante las grandes dificultades, dando batallas cotidianas y atravesado escollos, demostrando con su entusiasmado empuje que en el arte de la gráfica todo puede suceder.
Porque su energía y dinamismo infatigable surgía de un deseo puro, de amor por la sobresignificación de la vida, donde su abnegación era un trabajo que manaba sin esfuerzo, por ser un fluir con la vida, haciendo una especie de vacío de sí para que, sin estorbarla, apareciera la verdad, que hace discernibles los valores ,obligando a quien los mira a hacerse también verdad –pero que se ocultan a quienes son mentira, a quienes simplemente no pueden reconocerlos porque no los ven. Actitud de deseo puro y de apertura, de aceptar vivir de manera transparente, que es aceptar crear, porque crear es hacer vivir algo y llevándolo a la luz. Creación que es a la vez hacer la casa y entrar en un templo, en un lugar sagrado. Arte con mirada, quiero decir, que responde y da cuenta de sí, que se explica, pero que a la vez nos necesita, puesto que pide a su vez que nosotros a su vez lo comprendamos y, por tanto, también a responderle.







III
Tomás Bringas cumplió con la misión de dotar a Durango de una obra gráfica de alto nivel  y a la altura de los tiempos, no sólo por la extraordinaria calidad artística y estética de su obra, sino también por haber sido un infatigable impulsor del oficio de la estampa en su región, siendo formador del relevo generacional y de los nuevos talentos con personalidad propia, por lo que su nombre ocupa ya un lugar de honor en la historia del arte durangueño.
El hombre es un ser de imágenes porque estamos hechos de memoria. Tomás Bringas cultivó el arte de la memoria a través de la imaginación y de la fantasía creadora, concibiendo el arte de la estampa en una de sus formas más altas: como un arte campesino que abre el surco de a tierra para sembrar en ella sus semillas de memoria, levantando simultáneamente una casa común y compartida. Su tarea fue, así, la de levantar de nuevo el mundo de los valores al hacerlos arraigar en tierra, quemando necesariamente la hojarasca dejada por la simulación y superficialidad, por el excentricismo y el subjetivismo extremo, característicos de nuestro tiempo en ruinas. Arte crítico, pues, que combatió con actos positivos el vacío espiritual y moral de nuestro tiempo, causado por la dilatada negación que conlleva la pérdida o inversión de los valores. 



Como el experto marinero sorteó los escollos dejados por el individualismo feroz, que a nombre de lo social pulveriza lo social en su raíz misma, creando desequilibrios de tal magnitud y alcance que vuelven a la superficie del camino inestable y fluctuante. Modernidad líquida, en efecto, doblemente desequilibrada, sin suelo estable donde poner la planta del pie, ni punto orientador al alcance de la palma de la mano. Tormenta axiológica de la modernidad, pues, donde, en medio de la aceleración tecnológica y del  vértigo informático, que dispersarse la atención en todas direcciones, fluctúan y zozobran los valores, hundiéndose en la bruma donde se vuelven indistinguibles de los contravalores, causando la ceguera moral generalizada (adiáfora), la insensibilidad respecto de la persona y la falta de discernimiento, la pasividad o indiferencia respecto del bien y el mal morales.
Ante tan intimidante panorama, Tomás Bringas tubo que herir con sus buriles y teñir con sus barnices la placa mineral hasta tocar el fondo, para que aparecieran las escorias y los escollos del trayecto y las sombras más densas y pesadas de la noche, poniendo en evidencia los falsos modos que tenemos de relacionarnos socialmente, lo mismo que nuestros atavismos y temores colectivos, purgado así las rémoras que nos impiden avanzar, para luego bruñir el espejo de cobre y dejar aparecer entre las carnes de algodón las luces más caras del espíritu. Labor crítica de autognosis, de conocimiento profundo de nosotros mismos como individuos y como nación, cuyo objeto constructivo fue el de llegar a la caridad de la conciencia de nuestra alma colectiva, revelando tanto los sueños, ideales y objetivos que tenemos como cultura, como los medios para realizarlos y potencializar nuestras posibilidades.    
El artista, guiado por la luz de su oficio, se ató entonces al timón de su barcaza, campeando la tormenta para fluir con la vida, sorteando la turbulencia axiológica contemporánea para llevar la nave a puerto seguro, concentrando luego su atención en el desarrollo de un arte campesino,  potente para fecundar la tierra. Su obra, todavía hoy en día poco valorada y que apenas comienza a ser reconocida, sorprende, vista un poco más de cerca, no sólo por el gran volumen e intensidad de su producción, sino por la altísima calidad y magnitud de sus resultados, realizados a partir de una energía que se antoja infatigable. Su arte puede calificarse así de campesino por acometer humildemente la tarea nada menor de activar valores y virtudes desarticulados y desacreditados por la modernidad triunfante, en una labor puesta fundamentalmente al servicio de su comunidad, íntimamente ligada al valor de la producción artesanal y el rescate de la dignidad de la persona. 



 Extraordinaria fertilidad creativa, pues, que manaba del centro radial de su personalidad, a la vez sarcástica y optimista, crítica y alegre, punzante y plena de generosidad, afable y no exenta de ternura. Espíritu eudemonológico fue el suyo, cuyo genio tenía como fuente inagotable de energía el deseo puro: el querer fervientemente el bien de su comunidad, a partir del cual su trabajo e imaginación creativa manaban naturalmente y sin esfuerzo. Energía hecha de entrega y de abnegación, es cierto, donde  fluir con la vida no era otra cosa que una actitud de apertura, a partir de la cual crear un espacio en blanco para dejar aparecer a la verdad. Hombre abierto y transparente, pues, que por la fe en la promesa del espíritu y la vislumbre de un horizonte futuro, halló el centro de gravedad en la autenticidad. De lo cual no podía sino desprenderse un arte esencialmente antropológico, cuya tarea fue la de cultivar el huerto de memoria, de hundirse en sus aguas superiores para traer de  sus pesquisas fabulosas sus más caras perlas y semillas prodigiosas, para luego con su arado sembrarlas y fertilizar la tierra, esperando su humedad para hacerla fecunda, hundiendo junto con ellas sus raíces hasta el fondo, para arraigar en un suelo firme como el suelo y así poder fundar la casa compartida, para en ella habitar, permanecer, para en ella morar y detenerse, participando luego en la contemplación del paisaje y en la germinación renovada de la vida. 
Así, al multiplicar la semilla del grabado, que a partir de una matriz da al vente, al cincuenta o al cien por uno, gracias a la incomparable magia de la estampa, Tomás Bringas desarrolló un arte popular y campesino, potente para hace llegar sus obras originales a bajísimos costos al mayor número posible de personas, contribuyendo así a desarrollar su sensibilidad y su buen gusto. Arte popular y campesino, pues, que incorporó a su visión estética los valores tradicionales del oficio de grabador, lo que se especificó en su obra como una serie de valores eminentemente artesanales.
En principio, el inestimable valor de la maestría del oficio, esa verdadera autoridad ganada con el paciente aprendizaje y la modesta práctica, cuyos productos están bien hechos, porque están hechos lentamente y a conciencia. Todo lo cual implica un servicio y una moral: es decir, una racionalidad como valor. Porque el valor artesanal del objeto se mide entonces, no por la eficacia de la producción y la ganancia, sino por su participación en un mundo humano, al estar la obra pendiente de su fundamento: porque nos responde y corresponde, porque es responsable y se aviene a explicarse, a dar razón de su hechura, de su producción y de su sentido. Porque la obra de arte artesanal, al incorporar la duración y reflejar las condiciones en que fue hecha, al registrar que su existencia está ligada a la tierra y al trabajo del hombre, a los materiales y herramientas a la mano con que fue elaborada, expresa que no está hecha para consumirse y ser tirada, o para su uso y destrucción, sino fundamentalmente para ser amada. 
Visión antropológica, poética y romántica del arte, que al incorporar los calideces artesanales a la obra es capaz de unir la apreciación estética a la caricia, y el buen gusto al realismo profundo donde, a partir del trato paciente y amoroso con la materia, puede extraerse de lo ríspido e hirsuto una dulzura, de lo agreste una suavidad y de lo lejano una proximidad. Trasmutación de los valores, pues, potente para hacer de la frugalidad una abundancia, de la restricción una norma niveladora, de la debilidad una fortaleza y de la pobreza una generosidad.  Racionalidad no de la jauría de la eficiencia competitiva, sino del valor, que destaca la excelencia de la manufactura ligada a las propiedades naturales del objeto, hecho para ser apreciado y conservado, acariciado y atesorado en nuestro corazón.   



Porque la práctica artesanal del grabado, consistente en hacer las cosas manualmente, en una labor a medio camino entre la técnica y la artesanía y entre el conocimiento y el don, implica la maestría del oficio y una idea moral del trabajo. Moral del oficio artesanal, cuyo valor de la maestría consiste en hacer las cosas a conciencia, despacio y bien, llevando tiempo su elaboración y reduciendo las ganancias a un mínimo, transformando lo que pierde por un lado en valores que ganar por el otro. El artista asumió así el contexto histórico del arte del grabado, que al sujetarse a la práctica tradicional del oficio artesanal impone por sus propios procedimientos una limitación y una traba, una dificultad y hasta una servidumbre, lo que implica una moral y una responsabilidad. Porque la obra de arte artesanal responde de su hechura, porque no está hecha para consumirse y luego tirarse, sino que está hecha para  servir: para ser contemplada y para ser amada.  Porque responde a los valores que intenta realizar, de servicio o de belleza, incorporados como valores naturales del objeto, en donde se registran las condiciones y limitaciones de su producción. 



               Obras que, al preocuparse por su hechura, responden de su legitimidad o fundamento y se comunican  con nosotros, y que al realizar los valores de la maestría y de la tradición se explican y se dejan comprender, pidiendo a la vez abiertamente una comunión con nosotros. Servidumbre artesanal del oficio del grabado, que visiblemente trabaja para nosotros, cuyos valores han quedado relegados por la industria de las artes plásticas contemporáneas, desacreditados  por la técnica moderna y al vértigo del mercado, cuyos valores dominantes se orientan guiados por la eficiencia productiva o por el éxito artístico. Porque las obras artesanales no buscan la eficacia del vertiginoso aparato productivo, que en vistas aumento de las ventas y de las ganancias nos proveen de multitud bienes materiales para su consumo, a costa de  manipular la demanda sin preocuparse de su fundamento. Tampoco se preocupa por la genialidad u originalidad de sus obras o por el éxito comercial, que desdeñando la moral y servidumbre del oficio abren de par en par las puertas a la rebeldía contra las normas del oficio y la excepción de las reglas estéticas del arte, quitando la traba a la responsabilidad fundamental de su trabajo, que ya no se aviene a comunicarse, ni a explicarse o a servir, con una clara pérdida de algo esencial, ya no digamos al arte, sino al hombre mismo. 
Direcciones equívocas de los valores sociales, que han dado por resultado ya seres excéntricos o salidos del centro interior de la persona -cuyos afanes de poder marchar al par con sus afanes de consumo, dejando a su paso un inmenso pudridero de detritus mezclados con los fragmentos diseminados de maravillas obsoletas-; ya artistas geniales, que con marcados déficits en materia de oficio y difíciles productos plásticos ininteligibles, desarrollan las estéticas convulsivas del gusto mórbido, que bien a bien no gusta, o del gozo formal y meramente abstraccionista que, al encerrarse sobre sí mismo e incurrir en la hedonista caída de hacia adelante de la libertad descendente, propiamente no goza. Racionalidad como eficiencia y operatividad de la originalidad, a cuya frivolidad y aceleración claramente se opone una racionalidad como valor espiritual, donde la humanidad entra en contacto consigo para comunicarse a sí misma como especie. 





Valor del arte artesanal, que no sólo responde de si, sino que nos corresponde como un arte de servicio, dispuesto a trabajar para nosotros. Un arte abierto, pues, responsable, dispuesto a explicarse, a comunicarse e, incluso, a ponerse abnegadamente al servicio de nosotros. Vertiente estética cultivada pacientemente por Tomás Bringas y que halló su expresión más propia y la plenitud de su sentido tanto en la fundación de talleres como en la enseñanza del oficio, culminando su propuesta practica en la elaboración de hermosas carpetas de grabado y de libros objeto de arte. Arte campesino, de servicio, a la vez creativo y pedagógico que, a partir de la racionalidad como valor y de la servidumbre del oficio, permitió al artista incorporar una serie de valores superiores, espirituales, en la articulación de situaciones de convivencia estética y formativa. 
Porque la obra de arte artesanal del grabado, al preocuparse por el fundamento y legitimidad de la obra, se interesa esencialmente también por el diálogo con las obras de arte de otros tiempos, que no remiten a tanto a su pasado, sino a su permanencia, es decir, a su ser tradicional. Tradición que no es así una traba para la renovación, el cambio o el progreso estético y moral, sino la condición misma que posibilita su existencia. Tradición que no nos necesita, puesto que puede tranquilamente sobrevive sin nuestro auxilio, depositada como una semilla árida en las obras de la cultura, que sólo necesita del agua y la tierra para su germinación; pero que, en cambio, es necesitada por nosotros, por ser el borbotón de donde nace la memoria, la legitimación de nuestro ser y la posibilidad misma de nuestra subsistencia como especie.



Así, a partir del centro radial de su rica personalidad, Tomás Bringas expandió los rayos de un arte completo y de ricas resonancias poéticas y culturales, siendo a la vez un arte campesino y artesanal, pero también misionero y pedagógico. Arte campesino, por buscar en su propio suelo ser hijo de la tierra, bebiendo de la tradición cultural de su entorno y adaptándose con total entrega a las condiciones exiguas y de aislamiento de su medio. Búsqueda también de la patria perdida, es cierto, que a través del amor a la tierra y a la cultura en la que le tocó en suerte crecer, se especificó como un amor concreto a su comunidad, pueblo, raza y nación.  Arte trascendente, quiero decir, que en el reconocimiento de una madre-patria se encontró con la evidencia de estar los hombres hechos de tiempo, de tradición y de memoria: lugar propio de la cultura al que se entra, como a una estancia, identificándose el artista hasta la raíz con esa alma colectiva, a la que sin residuos quiso servir para pertenecerle plenamente. 





Habitar el mundo como ser humano, morar en la tierra como su hijo, implica el desarrollo de toda una antropología o filosofía de la persona, pero también de las circunstancias concretas y de lo mexicano, de lo que significa ser habitante de un lugar particular, para poder potenciar así tanto a las personalidades individuales como a las personalidades colectivas: para poder plenamente pertenecer. Porque lo que animaba íntimamente al maestro Tomás Bringas siempre fue la convicción del profundo valor de nuestra cultura y de nuestra alma nacional. Tarea positiva de fortalecernos como comunidad, labor crítica también, de conocernos a nosotros mismos para poder extirpar los temores, solecismos e impedimentas, para erradicar las rémoras que nos dañan e impiden avanzar, para así alcanzar el pleno desarrollo y la verdadera universalización de nuestros valores. 
El genio del maestro Tomás C. Bringas, estaba poblado por fuertes contrastes y ricos claroscuros, donde convivían en perfecta armonía el sarcasmo con la alegría, la gravedad con la sonrisa afable, la generosidad al brindar a otros sus conocimientos con el imparable empuje de su dinamismo, la férrea personalidad con el sentido lúdico y juguetón de la existencia, la curiosidad por todo con la abstracción en la labor debida. Compleja y rica personalidad, hecha de profundos pliegues y repliegues, cuyos valores antropológicos se resolvieron bajo la forma de la autenticidad y de la transparencia. 
Espíritu libre e independiente, del que manaba su encantadora personalidad y su paradójica humildad orgullosa, donde sin ceder al deseo de importancia ejercía una especie de abnegada solicitud, en medio de la cordial tenacidad de su ternura. Espontáneo espíritu de sacrificio que, combinado con su curiosa voluntad de tener que ver con los otros, miraba siempre de reojo el horizonte indescifrable del misterio. Empresa individual, que no se arredro ante las grandes dificultades, dando batallas cotidianas y atravesado escollos, demostrando con su entusiasmado empuje que en el arte de la gráfica todo puede suceder.
Porque su energía y dinamismo infatigable surgía de un deseo puro, de amor por la sobresignificación de la vida, donde su abnegación era un trabajo que manaba sin esfuerzo, por ser un fluir con la vida, haciendo una especie de vacío de sí para que, sin estorbarla, apareciera la verdad, que hace discernibles los valores ,obligando a quien los mira a hacerse también verdad –pero que se ocultan a quienes son mentira, a quienes simplemente no pueden reconocerlos porque no los ven. Actitud de deseo puro y de apertura, de aceptar vivir de manera transparente, que es aceptar crear, porque crear es hacer vivir algo y llevándolo a la luz. Creación que es a la vez hacer la casa y entrar en un templo, en un lugar sagrado. Arte con mirada, quiero decir, que responde y da cuenta de sí, que se explica, pero que a la vez nos necesita, puesto que pide a su vez que nosotros a su vez lo comprendamos y, por tanto, también a responderle.






IV
Ante la urgencia de responder a la pregunta sobre qué es ser hombre, de que significa ser un habitante, un morador del mundo  entre los hombres, el artista respondió dando testimonio de lo que hacemos entre nosotros, expresando aquello que nos ocupa, por lo que tuvo que hundir en la tierra su raíz de hombre para sembrar y cultivarla: para levantar de nuevo la morada y cultivar al hombre. Ser hombre es, esencialmente, vivir entre los hombres, realizar actos que por su propia naturaleza tienen a otros hombres por objeto: es convivir con otros hombres, no solo coetáneos, sino también distantes en el tiempo y lejanos en el espacio o disetáneos. A la vez, puede definirse al hombre como un ser de logos y memoria, que se educa en la palabra y en la imaginación al convivir con otros hombres. Función general de su existencia es educarse entre otros hombres, pues todos estamos educamos mutuamente en un proceso que no termina sino con el fin de la existencia.  Tomás Bringas potencializo la esencia social de la existencia humana especializando la función general pedagógica de la vida, pues asumió que tarea del hombre es a la vez la de un ser social que tiene que cumplir con una misión trascendente
El arte de Tomás Bringas puede calificarse así de campesino y artesanal, y a la vez como un arte misionero y pedagógico. Después de estudiar en la EPEA, marchó a la ciudad de México para titularse en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos de la UNAM (1984-1994), desarrollando luego profesionalmente su pasión y gusto por la estampa esencialmente como un arte de servicio social a su comunidad, con estricto respeto y apego a la memoria y a la tradición. 












Al cultivar con singular pasión y decidida entrega el oficio de grabador, abonando y sembrando con sus obras la tierra dormida de memoria, Tomás Bringas fue despertando a la par un arte misionero, no sólo en lo que tiene la estampa de cultivo de la sensibilidad popular, sino también poniendo su impulso decidido al servicio en la  formación de otros hombres, hasta llevarlos a las formas y contenidos más elevados del espíritu. Arte a la vez misionero y pedagógico, prácticamente franciscano, cuyo sencillo evangelio civilizatorio, fundado en la moral del oficio, no era otro que el de la fraternidad y el humanismo; el de la convivencia pedagógica diaria con otros hombres en la tarea común de incorporar calidades en la obra y, a través de ese proceso, lograr habitar naturalmente en el mundo ideal de los valores, logrando la participación del hombre en ellos o su encarnación: construcción, pues, de la casa del hombre, del cultivo del espíritu, de la casa cultural en que morar, en la cual participar y morosamente dilatarse y detenerse, y a la cual finalmente permanecer.
Desarrollo de la formación que va de abajo hacia arriba, de la enseñanza y aprendizaje de hábitos y destrezas técnicas, a la educación de los valores estéticos y morales indisolublemente unidos a una visión del mundo y a una jerarquía ontológica. Por un lado, formación del alma inferior, de los impulsos y las tendencias, mediante el desarrollo de la atención y la adquisición de normas interiores de conciencia, ligados a la hechura y discriminación de valores artísticos en el aprendizaje del oficio. Por el otro, la adquisición del refinamiento y el buen gusto a través de la adopción, asimilación, familiarización y recreación de los contenidos y formas de cultura estética del oficio de la estampa, enriquecedores del alma superior en el sentido de la libertad ascendente del espíritu.













El arte de servicio y pedagógico desplegado por Tomás Bringas estaba animado por la generosidad, propia  del eros pedagógico: por el gusto y afán de enseñar a otros, de compartir sus conocimientos, de ser padre espiritual, de ver crecer aquello que se sembró y desarrollar una personalidad propia, plena y totalizada. Hombree de servicio, cuya mayor satisfacción radicaba en articular situaciones de convivencia estética y formativa, desarrollando aptitudes y predisposiciones de carácter, descubriendo talentos e impulsando vocaciones -virtud, en efecto, que no tiene otro nombre de la generosidad. Orgullosa humildad, pues, que adaptándose a las condiciones del medio y superando la fatiga del esfuerzo, supo contagiar a otros el entusiasmo de su empresa, a la que se entrego enteramente, positivo y optimista y sin ningún resabio de amargura. Porque sorteando los escollos de la travesía y los rigores de la tormenta tardomoderna, supo siempre revertir las condiciones desfavorables y los problemas mediante fórmulas novedosas y creativas para salir adelante, haciendo de la necesidad virtud, de la rugosidad hirsuta del medio una tersura, haciendo, por decirlo así, rodar las piedras del camino.
Hombre de provecho, dedicado a servir a su comunidad, que asumió su tarea pedagógica como una alta misión de despertar conciencias, activar potencias, descubrir talentos y desarrollar vocaciones, el maestro Tomás Bringas impartió sus conocimientos en la Universidad José Vasconcelos de Durango, siendo de 2002 a 2015 maestro de la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías de la UJED (EPEA), donde impartió las cátedras de Dibujo, Fotografía, Medios Audiovisuales, Serigrafía y Escultura, encargándose también de desarrollar en ella el oficio de impresor y las nuevas técnicas de estampación.[1] Siguiendo el modelo del compañerismo y aun el de la fraternidad, el artista  siguió el método ancestral de la enseñanza del maestro-aprendiz, que pide la convivencia diaria en la adopción de habilidades, criterios y virtudes.
A Tomás Bringas se debe, así, el resurgimiento de los talleres de grabado y estampación en la EPEA, viniendo a tomar el relevo real en el tiempo a los viejos talleres de cerámica, vidrio soplado y textiles, que muy a  pesar de sus grandes logros a nivel nacional, fueron menguado, al ser dejados de lado por las autoridades en pro de las nuevas tendencias del arte contemporáneo. Gran animador de la comunidad estudiantil, el artista halló en sus últimos años, en la satisfacción en el cumplimiento de su deber como maestro, la coronación práctica de su carrera profesional. 
Su tarea como grabador e impresor, que se prolongó ininterrumpidamente por más de 30 años, estuvo siempre estrechamente ligada a su vocación educativa de formación de profesionales y del despertar de la conciencia estética. Su arte misionero y pedagógico están por ello ligado estrechamente a la fundación de un sinnúmero de talleres de grabado. Su labor como maestro de la estampa comenzó con la fundación del Taller de Grabado del Desierto de los Leones donde, teniendo como a asistente al artista Hermenegildo Martínez,  enseñó la magia y el respeto por el oficio a importantes artistas de su generación, quienes posteriormente desarrollarían esa veta en su expresión artística fundado sus propios talleres, como son: su paisano de Santiago Papasquiaro, el durangueño José Luis Corral (Taller Arteria), Marco Antonio Platas y Felipe Cortez, egresados de La Esmeralda, donde aprendieron los rudimentos del oficio con Ignacio Manrique, quien con Benjamín Domínguez y leo Acosta habían inventado el grabado abstracto en México, en el Taller Profesional del Grabado.









Luego de pasar por el taller Editorial de la UJED, donde dejó muchas muestras de su calidad como artista en memorables carteles, libros folletos, tarjetas de presentación y anuncios, como fue el libro Cartuchos de Cañón del Dr. Enrique Arrieta Silva, estampado con viñetas a  manera de timbres postales en su portada envuelto en sobre amarillo añil,  o la revista “Fragua” del lingüista José Reyes González y Juan Manuel Almonte, prosiguió su labor magisterial con el Taller Experimental de Grafica, situado en los altos de un viejo hotel en la calle de Juárez, en la ciudad de Durango donde, teniendo como asistente a Nuria Montoya, impartía a todo el mundo lecciones abiertas del arte de la estampa. Viajó luego a Chicago, donde alterno el trabajo de constructor con la colaboración en el Taller Mexicano de Grabado (Mexican Print & Making Work Schop) en la década de los 90´s, al lado de los artistas mexicanos René Arceo y Nicolás Tesas, siendo parte clave de la exposición y carpeta de grabado y exposición itinerante titulada “Santitos”, que logrará importante reconocimientos internacionales en países como Alemania y Japón.





De vuelta a su Durango natal, Bringas continuó con la fundación de su talleres con el Taller Mexicano de Grabado, teniendo disímbolas sedes, siendo acogido más tarde por el IMAC, contando con el apoyo de Jesús Alvarado desde 2010, en donde fundó definitivamente, en el año de 2011, el Taller Perro Bravo, dándose a la formación de más de 30 aprendices. Periodo del 2010 al 2013 en el que el artista alcanzo granes resultados pedagógicos, organizando paralelamente una importante labor de difusión cultural con más de 18 exposiciones de grabado, destacándose a muestra “Cien Años del Grabado en México” en celebración a los 99 años del nacimiento de José Guadalupe Posada, que fue acompañada con la conferencia “La Mexicanidad Vista por el Arte”, y la exposición, en mayo de 2012, en honor al descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg, titulada “Tipo, Cali, Lito… Grafía”, celebrada en el ITD, siendo reconocida por la institución por la alta calidad técnica, expresiva y estética de las obras, estando actualmente la colección bajo el resguardo de las autoridades del IMAC. Actos que fueron rubricados por el maestro Bringas en el mismo periodo con el Curso Intensivo de Xilografía, dirigido tanto a profesionales como a los aficionados y al  público en general.  







Por último, aunque en la EPEA no tuvo propiamente la cátedra del Taller de Grabado, desarrolló un cerrado tejido de pedagogía  interdisciplinar, tanto en la experimentación como en la impresión de estampas y libros objetos de arte, poniendo así en práctica sus enseñanzas teóricas en las técnicas de xilografía, huecograbado o calcografía, punta seca, aguafuerte y aguatinta, mezzotinta, reducción, fotograbado, litografía, litografía en seco y grabado no tóxico. Enseñanza que combinaba con el respeto por la tradición y la enseñanza de la historia del arte -historia que no empezó con nosotros ni terminará con el individuo, punto de partida en radical contraste con nuestro época, tan enfrascada con su tiempo y con las frivolidades de su engolosinamiento vanguardista, que ha perdido incuso toda noción del tiempo. Producto de esas empresas es el libro Taller de Grabado “Perro Bravo”. Arte Joven. Catálogo, publicado por el IMAC en el año de 2015, volumen que refleja fielmente el logro de haber dotado a Durango, gracias a sus enseñanzas, de una memoria gráfica a la altura de los tiempos .[2]









Su método de convocatoria fue así el de una graciosa actitud incluyente y de generosa humildad, consistente en prestar ayuda y de pedirla; de brindar a otros generosamente sus conocimientos, para luego pedir su asistencia en un proyecto común, bajo esa otra forma de dar, que es el pedir, como quien invita a una celebración y a una fraternidad. Pedir, pues, que entrañaba en su núcleo el misterio de un regalo: en de la celebración de una fraternidad que baila ante un altar, que baila para celebrar el arte de la cultura, de la trasmisión de una tradición y el del despertar de una memoria. 
Arte de la convivencia, pues, que se presentó como una verdadero arte de la vida, su enseñanza dejó rápidamente atrás los convencionalismos constrictivos del academicismo, las abstracciones de los hueros vanguardismos, o los tallados tradicionalismos cacofónicos, encallados en saberes sordos  o muertos, heterónomos sin verdadera creatividad, estancados en su inútil roer sus huesos especulativos, para desarrollar entonces en la plena autonomía de su oficio una labor autentica  expresión y experimentación artística, ceñida fielmente al espíritu de la escuela y a la tradición. Libertad artesanal, quiero decir, que poniendo una limitación a la inventiva, una traba a la originalidad y una dificultad a la eficiencia, encuentra su legitimidad y fundamento en el trato amoroso con la materia, en la excelencia y pulcritud de la manufactura, en el logro de la perfección de la maestría que, pasando los grados de la competencia, la floritura y la excelencia en la realización e impresión de las imágenes, logren reflejar, como valor añadido, las condiciones escasas de su realización.





Continuación de la Escuela Mexicana, pues, no atenazada por dogmas y que se prolonga en el tiempo bajo un mismo espíritu tradicional y moderno, que afianza lo propio para alcanzar lo universal, respirando de las mismas enseñanzas, reglas y normas, pero sin repetir imágenes o actitudes fallidas, sino buscando en la periferia tanto como en el interior de la persona su validez y su verdad. Así, el profundo movimiento en el arte gráfico contemporáneo durangueño, detonado y dinamizado por el maestro Tomás Bringas al través de la enseñanza en inúmeros talleres y en la EPEA, se especificó así como una tarea esencialmente antropológica y civilizadora, pues el artista cumplió con la misión de sembrar en otros el gusto por el conocimiento de su disciplina artística, creando y desarrollando, en la concentración de la atención, hábitos y destrezas artísticas y refinamientos estéticos, decantados en la adquisición de una conciencia despierta y en la sencilla adopción del buen gusto, tanto como en la maduración del propio estilo, que son las metas más altas que se pueden alcanzar en la formación y dignificación de la persona.















[1] Los orígenes de la EPEA se remontan al año de 1952, cuando en septiembre se iniciaron las clases de dibujo en los altos del Edifico Central de la UJED por parte de Francisco Montoya de la Cruz. A la cátedra de Dibujo se fueron sumando las de Pintura, Modelado, Historia del Arte, Dibujo Constructivo y Anatomía, convirtiéndose pronto en un gran polo de atracción y expresión para la sociedad durangueña. La EPEA fue reconocida oficialmente el 10 de febrero 1955, cuando era director de la UJED el Lic. Ángel Rodríguez Solórzano y Gobernador de Durango el Lic. Francisco González de la vega. La escuela, obra maestra de Francisco Montoya de la Cruz, de la que fue inventor y director activo de 1955 a 1988, se preocupó desde un principio por las artes populares, consideradas generalmente como menores o aplicadas, al grado de incluir una serie de talleres artesanales, principalmente el Taller de Fundición para la Escultura, a cargo del propio Montoya de la Cruz,  y el Taller de Talla Directa, pero que fue incluyendo al Taller de Cerámica, el Taller de Textiles y el Taller de Vidrio Soplado, junto con el Taller de Decoración, a los finalmente se sumaron el Taller de Vitrales y el Taller de Estampado. El 15 de junio de 1962 se inauguraron las nuevas instalaciones de la institución educativa por el presidente Adolfo López Mateos y el gobernador Francisco González de la Vega. Junto con ello, en lo que ahora son las nuevas instalaciones de la EPEA, Carretera a Mazatlán, Anillo Circunvalación S/N, se fueron desarrollando los Laboratorios de Investigación Química, desarrollando de la mano del propio Francisco Montoya de la Cruz, profundas investigaciones sobre arenas y pigmentos, aplicados luego tanto a las resinas epócsicas de la pintura como a la decoración de hermosas jarras y vasos trasparentes, que fueron símbolo por muchos años de la manufactura durangueña y que, junto con los zarapes regionales, todavía se alcanzan a ver el Kiosco de la Plaza de Armas, conocido también como Salón de Exhibición y Venta “Los Tlacuilos”, de la señorial ciudad norteña, que el mismo Montoya acondicionó para la distribución y venta de los productos elaborados en la escuela. En 1968 se creó, como foro de exposiciones de la EPEA, la Galería “Los Tlacuilos”, desde el 2002 denominada, “Francisco Montoya de la Cruz”, en la calle Bruno Martínez número 137 Sur, y en 1974 se comenzó a editar la revista “Andamios”. La escuela ha tenido posteriormente como directores a Donato Martínez (1988-1993); Marcos Martínez Velarde (1993-2000); José Candelario Vázquez (2000-2012); Irma Leticia Ontiveros (2006-2012), y; José Manuel Jiménez (2012-2016). Siguiendo la revaloración de lo propio llevada a cabo por la Escuela Mexicana de Pintura, pero también inscrita en las raíces mexicanistas de la UJED, la EPEA se encuentra bajo la advocación del dios prehispánico Huehuetéotl, ostentando la escuela una escultura monumental de la arcaica deidad teotihuacana. Huehuetéotl, el Dios del Fuego, es el Dios Viejo, muy venerado por los antiguos mexicanos, que lleva sobre la cabeza un inmenso brasero o Tecuil,  es el dios del centro donde se cruzan las cuatro regiones del cosmos, teniendo una relación vertical con los tres mundos, con el cielo por su relación con el sol, con la tierra por su poder fertilizador y de transformación, y con el inframundo por su relación con la muerte. Está íntimamente relacionado con Xuihcóatl, o la serpiente de fuego, deidad que lleva un cuerno en la nariz y está rodeado de siete estrellas, quien transporta al sol en su camino por las estrellas y que se identifica con el mismo Huehuetéotl, apareciendo en el Calendario Azteca bajo la forma de una doble serpiente. Patrono del fuego, está relacionado con los ciclos mexicas de 52 años, indicando entonces la regeneración de la vida y del mundo y la restauración del orden social, siendo así símbolo de un agente purificador. Se relaciona también con Huitzilopochtli como símbolo del día, y con Tezcatlipoca como símbolo de la noche. También se le asocia al conocimiento y a la libertad humana, que al decidir por sí mismo se separa de los dioses. Fundador del mundo  se le asocia y aún se le identifica con Ometéotl, entidad generadora y sostenedora del universo y que habito bajo la forma dual de Ometecutli y Omecíhuatl el 13avo cielo. Se le llama entonces solemnemente Tateo Innan Tateo Inta: Madre y Padre de los Dioses; o Tocanla, Padre Unitario. Huehuetéolt se relacionaba en Teotihuacán con el mito de Nnahuatzin, sacrificado para transformarse en el astro rey, en su acepción de Tota, que la valencia macho y fertilizadora o Nuestro Padre. Dios de la vitalidad que concede la cohesión familiar, Huehuetéotl es entonces el dios de hogar, por estar sentado en el centro del universo, sitio del poder regenerador, por lo que también está ligado a los momentos precisos de transición, donde se abren los periodos de purificación, transformación y regeneración, relacionado por tanto a los tiempos específicos de cambio el mundo.  Es entonces el fuego como elemento sacralizado, que define y enlaza los diversos ciclos y procesos sociales, naturales, rituales y míticos.
[2] Taller de Grabado “Perro bravo”. Arte Joven. Catálogo, Perro Bravo Artes Gráficas Ed.  IMAC y Ayuntamiento de Durango. 2015.











V
La obra de Tomás Bringas estuvo siempre esencialmente preocupada por la maestría del oficio artístico, especificándose en él en el oficio de grabador. Junto con José Luis Calzada, el maestro grabador e impresor Tomás Bringas ha contribuido al fortaleció el conocimiento, el gusto del grabado en su región, y como nadie al logro de su profesionalización en la enseñanza. Artistas a los que hay que sumar a Oscar Mendoza y a Rogelio Rodríguez Ángel, pero también al pintor oriundo de Santiago Papasquiaro José Luis Corral con su Taller Arteria, y a la grabadora Coral Revueltas, maestra muy activa en la enseñanza y difusión de la estampa, primero en varias escuelas y universidades de la ciudad de México y ahora encargada del Taller de Grabado en la Universidad Autónoma de Cuernavaca. Pioneros de la estampa contemporánea durangueña, a los que se han ido agregando los aprendices y discípulos del maestro Bringas, como son: Israel Torres, Thor  Reveles, Melanie Peña, Antonio Gándara, Liliana Cortés, Abraham Valles, Arturo Ávila y Ricardo Villareal, entre muchos otros.







Su método de trabajo comenzaba por su concepción del artista como un observador de su realidad o mundo en torno, lo que no lo exime de registrar los comportamientos y prejuicios de quienes lo rodean. Porque el artista, en efecto, comienza por percibir, por sentir y sufrir,  el mundo de una forma más intensa y sutil que el resto del mundo, siendo de suyo más perceptivo, teniendo más despiertos los sentidos, captando incluso valores específicamente estéticos, de calidades visuales, táctiles o pictóricas, que pasan a los demás inadvertidas. 
A partir de un tema común propuesto, huyendo de los tropismos y del lugar común, dejaba que los aprendices dibujaran o trazaran espontáneamente  en la placa, para así revelar los arquetipos del inconsciente colectivo, las imágenes prístinas y los símbolos analógicos de la realidad psíquica, individual o colectiva, fijando con ello, en términos de imágenes analógicas o costumbristas, el sentido disperso o espolvoreado de lo social, expresando sus temores y angustias, sus esperanzas y sus sueños más profundos. 
Lenguaje analógico o simbólico, pues, porque el símbolo sirve para figurar  lo que no se piensa o expresar lo no dicho, pero que se encuentra latente en la imaginación, escapando al control y a la censura o represión de la conciencia. La imagen sirve entonces como radioscopia o diagrama de la altura histórica de nuestra edad, denunciando tanto reclamos sociales como los desequilibrios propios de nuestra era, siglo o mundo, dando con ello un reflejo fiel de lo que hacemos, de lo que nos ocupa y  de lo que nos preocupa, por lo que sus imágenes vienen a ser espejos lúcidos de nosotros mismos.     
El artista es también un ordenador en busca de armonía. Por lo que la ordenación compositiva y estética de la obra, guiada por el artista mexicano con estricto apego a la propia tradición, se mueve a medio camino de la creación, de la contemplación y de la reflexión crítica, presentándose a la vez como diagnósticos de nuestra situación y como vía de sabiduría, que son los pasos conducentes a la clarificación y fortalecimiento de un verdadero carácter nacional. Vía, pues, para valorar positivamente nuestra cultura y a nosotros mismos en ella insertos, por medio de la observación de nuestro entorno, por la estimación de nuestras costumbres y crítica de nuestros prejuicios, y por el conocimiento de nuestra historia nacional, con la actitud de una franca superación de nosotros mismos, no tanto para alcanzar alguna supremacía o poder mundial o cultural, sino en el sentido de trabajar por el progreso estético y moral de la humanidad toda en su conjunto.  


Artista completo, creativo, sencillo y trabajador, Tomás Bringas fue también un artista compartido, deseoso de hacer participar a otros de sus hallazgos y resultados, los cuales decantó en la concepción estética de una serie de hermosas carpetas de grabado y de fabulosos libros objetos de artista, que llevaran la impronta de nuestra cultura y de las condiciones artesanales de su realización. Así, integrando a disímbolos profesionistas, organizó grupos de trabajo interdisciplinario para el logro estéticos de sus objetos artístico-artesanales, consciente de que para ser universal basta expresar los rasgos propios, siendo lo más nacionales que nos sea posible. Tarea, pues, de frenar el vértigo de la aceleración moderna y sus fuerzas centrífugas de disipación y distracción, que amenazan succionarnos en las aguas procelosas del devenir, de lo que no tiene trascendencia metafísica, para recordar quienes somos, de que piedra fuimos desprendidos, refrescando así la tradición de nuestro rico arte disímbolo y nuestras plurales bellezas geográficas, étnicas y culturales, en un claro proyecto esencial de rehumanización.  
Sus libros objeto contemplan la participación con un grupo plural de trabajo, convocando primero y luego integrando en la ejecución de la obra a: escritores, ebanistas, carpinteros, talladores, pirograbadores, encuadernadores, viñetitas, impresores, serígrafos y editores, enderezados todos para el logro de un objetivo común, contado en todos los casos con el apoyo de su esposa e inseparable colaboradora Paola B. Moreno. Labor de inventor y organizador, que tomó sus modelos del desarrollo propio de la industria del libro antiguo y decimonónico, en un proceso de contribución a la consolidación de nuestra propia identidad como durangueños y mexicanos, dentro de los requisitos estéticos de la alta calidad y la composición artística. Bestiarios, breviarios, bitácoras de navegación, anecdotarios, herbolarios, prontuarios, monografías, diccionarios, cancioneros, etc., fueron entonces sus modelos guías de inspiración.[1]



Entre sus libros de arte pueden enumerarse: Breviario de Neologismos y Arcaísmos, de 2008, compilación de voces usadas en Durango y otras expresiones diversas mexicanas, donde el maestro exploró novedosas técnicas de la gráfica contemporánea, hecho por el itinerante taller del Perro Bravo, el cual se presentó en varias partes del interior de la república, como Tijuana, Aguascalientes, Nayarit y en la Ciudad de México.; Juego de Lotería, de 2009, inspirado en el grabador José Guadalupe Posada, con textos y grabados litográficos originales de varios autores, alumnos de la EPEA, entre los que cabe mencionar a Israel Torres, Liliana Cortez, Melanie Peña, Thor Reveles y Antonio Gándara y estampas de Tomás Bringas, con un tiraje de 50 ejemplares;  Breviario de lo Insólito e Inesperado, de 2010, con textos de Paola Moreno y grabados de Thor Reveles, Israel Torres y el propio Tomás Bringas, con un tiraje de 50 ejemplares; Diario de Calle de 2011, que es un registro de las tribus urbanas en la ciudad de Durango y que fue acompañado de un video en su presentación; Breviario de lo Insólito y lo Inesperado de 2012; el breviario Entre el Amor y la Costumbre, presentado el 25 de abril de 2013, trabajo artesanal realizado con diversas técnicas de impresión, realizando poco después una serie de carpetas de grabado en el IMAC con los alumnos del Taller Perro Bravo Thor Reveles, Melania Peña, Antonio Gándara, Othón Garría, Israel Torres, Francisco Galeana, Ricardo Villanueva y Leticia Cortés, Abraham Valles y Martín Peña; Crónicas al Servicio de una Causade 2014, impreso en los talleres de grabado de la EPEA, con textos de Paola B. Moreno, y; Sotol: La magia del Desierto Liquido, de 2015, con grabados de Tomás Bringas e Israel Torres, textos de Abigail Salazar, Mónica Tarabilla, Alerto Espinosa, diseño de portada de Karen Rivas e impresión serigráfica de Liliana Cortés y Divonne Maldonado, presentado en el Museo Pancho Villa el mismo día de su fallecimiento, 18 de octubre del 2015. Un libro caja objeto de arte más está por aparecer llamado: Mictlán: Homenaje a Tomás Castro Bringas, del 2016, coordinada por Paola Moreno, con un texto de Alberto Espinosa Orozco, un gradado original de Tomás Bringas acompañado por 22 estampas más, las que constituyen la exposición que se presenta en el Museo Palacio de los Gurza a un año de su fallecimiento.[2] Porque Tomás Bringas no sólo fue un incansable maestro grabador e impresor, sino también, desde un principio, un integrador y articulador de equipos de trabajo, a los que supo contagiar su entusiasmo por la belleza y la cultura propia.



Joyas bibliográficas artístico-artesanales a las que hay que sumar un sinfín de carpetas de grabado, en las que colaboró o de las que fue directamente autor, preservadas entre las reliquias materiales de su inmensa producción gráfica. Proyecto de libros objetos artesanales y de colecciones de grabados que abrió una ventana al cosmos en la evolución editorial artística en Durango.[3] Porque las obras editoriales de arte del maestro Tomás Bringas constituyen una valoración abierta de nuestra cultura y de su profundo arraigo a la maestría del oficio artesanal, por la participación que el grabado tiene, en su fidelidad al principio de autenticidad, con un mundo humano, con el sentimiento, calidez y expresión que deja el sello de la mano humana y la riqueza incomparable de su factura. El reconocimiento de valor de la maestría tiene entre sus funciones reforzar el sentido estético, de la distinción, del orden y de la jerarquía, pero también invita a ver lo que tiene el oficio de meditación sobre la materia, sobre la relación del hombre con las sustancias del mundo y la acción simbólica del trabajo, donde se mezcla el arte con el rito y el modo de combinar y repartir realidades -combatiendo de tal forma no sólo el atroz subjetivismo y la temible inversión y degradación de los valores contemporáneos, sino también la voracidad del consumismo que simplifica hasta el extremo de lo artificial a las sustancias mismas. 
No por ello el artista se arredró en el terreno de la investigación y de la enseñanza ante las llamadas imágenes de segunda generación, generadas por computadora, reconociendo que, tanto en la experimentación como en la enseñanza, no se pueden dejar de lado los procesos digitales, pese a su vibrante frialdad y a la indiferencia y lejanía causada en el artista y en el espectador por su masa indiferenciada, carente de aura, consistente una serie de de adiciones y sustracciones, asumiendo así el deber de tender un puente de prudencia entre el oficio tradicional del grabado y el proceso de asimilación de las nuevas tecnologías creadas por los medios electrónicos, tolerando todas sus modalidades, por más que resulten tan democratizadoras como avasallantes.[4]         





Los resultados de sus acuciosas investigaciones teóricas e históricas en materia de grabado, visibles tanto en la enseñanza del oficio como en sus prácticas experimentales y producción plástica, sujetándose a las limitaciones y servidumbres propias de su oficio artesanal, abrieron sin embargo las ventanas del futuro a la gráfica durangueña, vislumbrando toda una gama de posibilidades inéditas para su revaloración y resurgimiento. Arte visiblemente relegado por la modernidad tecnológica triunfante que, sin embargo, constituye todo un bastión de humanismo y de resistencia cultural y espiritual en nuestro tiempo, que Tomás Bringas ayudó como nadie a fortalecer, tanto en la integración de grupos disímbolos de trabajo como en su difusión en otros sectores sociales y de la cultura, precisando de su decidido auxilio para la viabilidad y consolidación de su permanencia, en vistas de la primavera futura que se anuncia, con brillantes timbres de clarines propios, desde la lejana provincia del noroeste mexicano. 
Es así que el impulso y despertar de la gráfica durangueña está ya desde hoy presidida por la inolvidable figura y las enseñanzas de Tomás C. Bringas, la que alcanzó bajo su comando niveles de excelencia, tanto a nivel  nacional como internacional, hallando soluciones ingeniosas y originales para su  producción, desarrollo y distribución, apreciación y mercado.










[1] Caso modélico es el libro Los mexicanos pintados por sí mismos, tipos y costumbres nacionales, de Hilarión Frías y Soto y otros. 1855. Obra redactada por algunos de los más famosos escritores mexicanos de mediados del siglo XIX, como Hilarión Frías y Soto, José María Rivera, Juan de Dios Arias, Ignacio Ramírez, Pantaleón Tovar, el español Niceto de Zamacois. Los grabados que ilustran los textos son obra de Hesiquio Iriarte y Andrés Campillo, notables grabadores litógrafos de aquel tiempo. Esta nueva edición destaca por la belleza y precisión de las imágenes originales, coloreadas a la usanza de la época; asimismo en beneficio de nuevos lectores, se repuso la tipografía original con la finalidad de suplir los caracteres heridos y las carencias propias de la época, y se ha modernizado la ortografía. Sin duda, esta obra nos presenta la riqueza del pluralismo ideo­lógico de los mexicanos en una sola identidad. Hay una reedición de Miguel Ángel Porrúa, de noviembre de 2011, que suma textos de Andrés Henestrosa.
[2] Hay que destacar que ese mismo año del 2014 circuló la carpeta “Historia Viva”, sobre la Toma de Zacatecas y Pancho Villa, impreso en los Talleres Pentágono de Zacatecas, y que sirvió como base de la exposición 100/100, celebrada en conmemoración de la famosa batalla, presentada en el Museo de la Ciudad de Zacatecas el 8 de agosto del mismo año.  
[3] Ejemplo que ha sido continuado por su discípulo más cercano, Israel Torres, con la publicación de XURAVET, en marzo del 2016, libro de artista sobre un ritual que se hace en San Pedro de Xícora, Mezquital en los límites de Durango con Nayarit que se suma a dos libros anteriores hechos en Guerrero, con  Atsajsilistle y YolkampanXURAVET contó también con la participación de los artistas Evangelina Galindo Reyes, David Villa Cumplido, Brasileira López Villa, Verónica de la Cruz reyes, Prisciliana Reyes Solís, Imelda Victoriano de la Cruz, Miguel Ángel, Lincer Reyes, Ignacio Mendoza Javier, Norberto de la Cruz Ciriano, estando la impresión y la encuadernación a cargo de Liliana Cortez y Norma Leticia Martínez, compuesto por 11 grabados en linóleo y 11 textos bilingües impresos en serigrafía, con un tiraje de 50 ejemplares.
[4] Para el estudio de las técnicas de grabado y los procesos de estampación puede verse el libro de Tomás Humberto Castro Bringas, Memoria Gráfica. La Fibra y las Telas en las Artes Visuales, tesis de grado con la que recibió su título en la ENAP de la UNAM en enero de 2012.  Capítulo de gran importancia es el dedicado a las nuevas técnicas no tóxicas del grabado, debido a la beligerancia y agresión para la salud de las sustancias y métodos tradicionales de trabajo, constituyendo sus propuestas, tanto en la implementación escolar de normas de seguridad como en la práctica y experimentación profesional, expedientes pioneros que irán volviendo más segura a la disciplina de la estampa  en el futuro próximo.           https://issuu.com/tomasbringas/docs/memoria_uno







VI
El amor de Tomás Bringas por la estampa y la enseñanza del oficio estuvo siempre íntimamente unido al amor por la cultura nacional, por el alma suya en la que depositó sus mejores frutos, por el alma a la que sin resabios de amargura perteneció, participando y renovando sus contenidos y entregándose a ella enteramente, al alma suya a la que sirvió y que es también la nuestra. El arte de Tomás Bringas puede calificarse así de antropológico, tradicional y nacionalista, al estar fundado en una filosofía de la persona en toda su situacionalidad concreta, y en una filosofía del mexicano que, purgando las remoras de nuestro carácter y las formas desviadas de relacionarnos socialmente, sea potente para incluir a los otros y articular  e integrar a una comunidad a escala nacional, siendo así su tarea una doble labor universalista de civilización y humanización. 



De la Escuela Mexicana de Pintura, extendida vigorosamente en los dos brazos del muralismo y de la gráfica, del arte público y del arte popular, Tomás Bringas cultivo la idea del artista obrero y misionero, avocado a llevar la historia y la cultura al pueblo sin distingo de clase. Arte nacional, pues, que, huyendo del sobado tradicionalismo cacofónico, del folklorismo trascendental y del desgastado estancamiento del nacionalismo, abrevó de las raíces de nuestra historia: de José Guadalupe Posada y Manuel Manilla, redescubiertos por Jean Charlot en el inicio de los años 20´s, pasando por el acuafortista zacatecano Julio Ruelas muerto en Paris en 1907, Francisco Días del León, fundador de la Escuela de las Artes del Libro, Leopoldo Méndez y el Taller de la Gráfica Popular, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo, Alfredo Salce y Luis Nischisaua, José Moreno Capdevila y la Sociedad Mexicana de Grabadores. Ideal de llevar al pueblo el conocimiento de nuestro pasado, con un sentido crítico de nuestra historia, para saber de nosotros mismos a través de la estampa difundida a bajos costos, con el objeto de despertar conciencias, adquirir pautas de conducta y formar un público sensible, llevando al pueblo y a todo el mundo nuestros valores, reflejando lo que hacemos, lo que nos ocupa y lo que somos en un espejo fiel y visionario en el cual reconocernos.  
El grabador labró así un arte social y campesino, por habitar entre los hombres estando cerca de la tierra, y un arte misionero y social, por su espíritu de servicio y entrega a una comunidad, en el sentido de la enseñanza y la educación, de la formación pedagógica de las personas, de difusión cultura  y del cultivo de la ayuda mutua entre los hombres, como símbolos de identidad y de pertenencia a una misma alma nacional. Quintaesenció también la estética del humanismo, al vivir y habitar como un morador entre los hombres, sublimando en su esencial la actitud de servicio y de compañerismo bajo la forma más alta de la convivencia, que es la de la fraternidad.


Su sencillez sincera, su auténtica generosidad y natural alegría llevó al artista santiaguero a reconstruir desde dentro la casa del hombre, que es lo que da ese tono tan íntimista y antropológico que perméea la totalidad de su obra y de su trayectoria, particularmente interesada en la formación de la persona sobre las bases de la familiarización y renovación de las formas y contenidos de cultura patria. Arte critico, misionero, campesino, pedagógico, antropológico y mexicanista, cuyo desarrollo dirigió sirviendo a una comunidad concreta en su patria chica, que por su propio aislamiento y alejamiento del centro conserva viva el alma de la nación. Patria pobre e intimista, fiel a sus costumbres, resistente y solidaria, apegada a una manera de vivir y de morir, a un estilo tradicional de amar y de convivir, de cantar y de rezar. Escuela de humanidad y de humanismo, quiero decir, que vio en la ciudad provinciana la obra urbana mayor de la civilización, pero también  la obra de arte maestra de la cultura misma. Solución de la circunstancias culturales por la cultura misma, mediante la valoración de nosotros mismos, y por su reconocimiento como comunidad de fe  que, salvando los escollos y torbellinos del aparato ideológico y despejando los letargos y petrificaciones ínsitas a nuestra raza, logre la superación de la propia cultura nacional y su elevación a cultura universal.
Amor por un arte nacional, pues, entendido sobre todo en lo que tiene de formación de la conciencia propia, fiel a una tradición social de educación, de solidaridad y de ayuda mutua, donde el todo coopera a la totalización de las partes, pues cada individuo es distinto de los otros en el sentido de su intimidad, de su mundo interior y su conciencia de sí; pero también  como potencialización de esa realidad social misma, pues el individuo sólo es real en la convivencia con otros o en la realidad social, cuando el individuo humano es formado por la humana sociedad, que es la realidad plural de la relación entre personas, que conducen al individuo, en la sociedad de ellos, al mundo de los valores.




Arte nacional y la vez humanista, potente para llevarnos a la plena conciencia de nuestro ser y cuyo sentido social radica, no tanto en la participación como individuo de una sociedad, donde la sociedad misma se pulveriza en los intereses materiales, particulares y egoístas de sus individuos, sino en la participación con un todo que, sin trascender a los individuos como un principio a priori, los funda como una totalidad orgánica sui géneris en el seno de la convivencia y  que, sin uniformarlo o anularlos en lo social, los une por un valor común que los trasciende, en una comunidad de fe, dando con ello un sentido positivo a su existencia. Porque para ser real, el hombre necesita ser habitante de un mundo compartido, desarrollando así el sentido histórico de la existencia: sabiendo de su pasado, a partir de ingredientes relacionales dinámicos, de integración y de totalización. Participación del individuo en una sociedad, pues, que es real solo como sociedad de individuos, donde la convivencia coopera a que cada individuo realice su interioridad como intimidad o conciencia de sí. Principio de individualidad, es cierto, que sólo se totaliza y realiza históricamente en el seno de la convivencia, como concreción del individuo en la sociedad de ellos, pues el individuo sólo es real como realidad social en el hacer de la convivencia con los demás, al través de la cual la sociedad misma alcanza la plenitud de su sentido y se totaliza. 
El artista es antes nada el hacedor, el que pone manos a la obra. También el que hace mejor que otros o con mayor perfección. La visión social del arte de Tomás Bringas fue así la de un arte artesanal, que incorpora al ideal de la maestría del oficio el valor del servicio, puesto que es un arte que todo el tiempo trabaja para nosotros y no para el mercado. Porque su deseo puro e incondicionado fue el motor de un hacer lleno, pleno, que puso las manos a la obra hasta el fondo, en un hacer habitado, como un hacer en la luz. Su labor fue así completa, uniendo a la par los quehaceres de la técnica y los del arte. Como técnico fue constructor, ingenioso hacedor de instrumentos, inventor y fabricante (nunca mero operario o controlador técnico); como artista fue creador de objetos de belleza puestos al servicio de los demás. Porque el artista se postulo desde un principio como el dilatado constructor y el moroso habitante de una casa humana, hecha para acoger a otros y morar en el mundo  sirviendo e iluminando a los otros, pues concibió a la belleza como sentido de orden y de jerarquía, como equilibrio y armonía, y como verdad que habita un cuerpo, es decir, esencialmente como vida y como justicia.




Así, hubo en Tomás Bringas algo de la humildad previsora de la hormiga, algo también del herrero primordial que es a la vez el alquimista. Hombre activo e industrioso, trabajador, servicial y honesto, como la hormiga tenía el poder de fecundar la tierra y, con los ácidos mordentes de su ironía, combatir el letargo. Como el herrero y el forjador, sabía el secreto cosmogónico de constituir y transformar el ser a partir del no ser, de fundir en un crisol el cielo y la tierra para transformar y reformar el mundo: de disolver y destruir al hombre viejo al coagular y levantar al hombre nuevo, separando la vileza de los metales deleznables para transmutar la materia en el aurum non vulgui, también para unir el agua y la fuego, el yin y el yang, para llegar a la unidad de la conciencia  (solve et coagula). Proceso alquímico de limpiar y renovar, de quemar la hojarasca y disolver la escoria, de barrer y limpiar lo anquilosado, de soltar y desprenderse de lo viejo, cuyas aguas estancadas hunden en las sombras de la melancolía o en el río cenagoso de la angustia, para dejar aparecer así la verdadera sustancia permanente, inmortal e inatacable. 
Encargado de esculpir con su buril las imágenes de los antepasados y los genios, había en el grabador algo del mediador y pacificador social, que puede recorrer el par el mundo de los vivos y los muertos, siendo por tanto jefe de cofradías iniciáticas. Por un lado, campesino metafísico con el poder de bajar del cielo las simientes para organizar el mundo creado; por el otro, artesano que enseña las técnicas y forja las armas para vencer a los poderes infernales e inferiores de la noche, siendo por ello el “cerbero de los dioses”, concentrado en la imagen del "Perro Bravo". 
Igual que el gallo, que anuncia con su canto la salida del sol, Tomás Bringas anunció y activó el resurgimiento del grabado en su región, en su amada patria chica de Durango. En su figura había, en efecto, algo de la apostura, seguridad y orgullo del gallo, también algo de su energía solar y luminosa, eficaz contra las malas influencias de la noche, siendo símbolo de vigilancia guerrera, que es rasgo esencial también del perro bravo. Porque velando en la punta de un fresno, el gallo se presenta como protector y guardián de la vida, evocando entonces la supremacía de lo espiritual en la vida humana y la vigilancia del alma atenta, que percibe en las últimas tinieblas de la noche los primeros albores de la luz del espíritu, que ya amanece, siendo el vigoroso acento de su canto emblema de la iluminación salvífica o de Cristo en su aspecto de luz y resurrección. 
Maestro de urbanidad y ejemplo de las virtudes civiles, el artista compartió con el ave solar ser también símbolo de bondad y de confianza e imagen de la evolución de la vida interior, de la personalidad integrada en unidad armoniosa, donde se equilibra el espíritu y la materia. Ave favorable y de buen augurio, consagrada al sol y a la luna, que recorre los tres niveles del cosmos, asociado naturalmente al arte de Tomás Bringas, donde hay también la visión que recorre los tres niveles verticales del mundo, propia también del elefante, efigie que se asocia a la fuerza, la paz, la estabilidad y la inmutabilidad, por ser el memorioso cuadrúpedo un animal cosmóforo o sostén del mundo, que recorre los niveles cósmicos dominándolos desde su centro real, siendo por tanto símbolo del conocimiento, del despertar y del crecimiento, siendo instrumento de la acción y bendición del cielo asociado a la lluvia, y por tanto a la fertilidad, pero también al pudor y a la castidad. 
Alquimista de la estampa y de las trasmutaciones psíquicas, Tomás Bringas descubrió así en el hombre la imagen de un árbol, cuyas raíces penetran en la tierra de memoria para arraigar en ella, para irrigar las venas y activar el querer y la voluntad con su sabia generosa, formando los nervios de las manos y adiestrándolas para hacer que sus actos sean obras que son frutos, también para, al extender y alzar los brazos en la mitad del aire, participar y formar parte natural del paisaje al crecer verticalmente hacia lo alto. Descubrió también que en la frente del hombre, ser de imágenes, crece hacia adentro un árbol invertido, que hunde sus raíces  de sombra en el cielo y las estrellas, volviendo a él iluminadas, circulando por sus venas para encender en su corazón las hojas en mil imágenes de ojos, hinchando entre sus poblados ramajes los frutos celestes de la luz, que son los pensamientos. Imagen del hombre que, en efecto, es análogo a un árbol,  por ser hijo de la tierra y, a la vez, del sol y las estrellas.  


Artista de la tradición y el despertar de la conciencia, sembrador de luces y armero contra las insidiosas sombras de la noche, la tarea del moderno orfebre de la estampa fue la de bruñir el espejo de memoria, para disolver en sus honduras y borrar en sus profundidades las escorias y fantasmas que nos impiden avanzar,  para transportar y fijar también en los relieves de algodón los claros reflejos y los brillos de los arquetipos más puros e íntimos de nosotros mismos.  Para despertar, pues, con el gallo, del sueño de la materia bruta, que ata a las fuerzas regresivas de la noche, para salir de la gélida caverna oscura del ocioso devenir intrascendente y los deseos engaños de la muerte,  Tomás Bringas se reconoció así como hijo de la tierra y como heredero de un pueblo de artesanos y de una tradición,  saliendo al encuentro del sol para morar en la luz, donde estaremos todos juntos cuando logremos reconciliarnos con nuestra historia y reconocernos  a nosotros mismos. Así, dejando como rastro y testimonio de su estancia entre nosotros un puñado de astillas luminosas, que chisporrotearon en la noche luchando con las sombras, Tomás Bringas adivinó la gloria que hay en el brillo inmutable de la estrella, cantando, desde su centro estable, al amanecer del día que se anuncia.
El alma grande y generosa de Tomás Bringas se sirvió tanto de la función pedagógica de la vida, como de la recuperación de las huellas de memoria dejadas por la tradición, para entrar a un lugar y habitar morosamente en él, para pasear y detenerse, para entretenerse en sus fabulosas estancias luminosas, reconociendo que el hombre no se define por las cosas que tiene (pues la propiedad y la posesión sólo pueden aspirar a una felicidad tenida o apropiada, pero que no puede habitar en la luz porque, como el vicio, nos posee o está muerta, siendo así una felicidad  deshabitada o desgraciada), sino por los lugares a los que entra, en los que está y con los que dialoga: por entrar a ese lugar donde está lo mejor de nosotros mismos, de nuestra alma individual y colectiva.
Su preocupación por habitar y ser morador del orbe humano lo  llevó así a una detenida reflexión por el mundo, el ultramundo y el inframundo, trazando toda una constelación de símbolos encargados de dibujar la comba de la totalidad de la esfera, lo que entraña una jerarquía ontológica, una escala de los seres y de los valores y, por tanto, una metafísica completa. Reinos sobre los que es indispensable reflexionar, para suturar la herida más visible que aflige al hombre contemporáneo, cuyo tremendo núcleo de vértigo y angustia consiste en una triple escisión, que divide al ser humano del cosmos, de los otros y de sí mismo. 




Reflexión que llevó en efecto al artista a la sutura del hombre consigo mismo a través del cultivo de la interioridad humana y de la intimidad de la persona, que equivale al despertar de la conciencia, a la salida de la engañosa caverna cenagosa que lo mantiene prisionero del alma inferior y de los vapores narcóticos expelidos por la pesadez de la materia, para entrar en los ámbitos donde la luz reposa, donde se adquiere la conciencia de sí y de la libertad ascendente del espíritu. Conciencia de sí, pues, en cuya estancia se da la posibilidad de la autenticidad, de la apertura, de la transparencia y de la fraternidad, del reconocimiento de los otros y de la comunidad. Reconocimiento también de la madre tierra, de la que somos hijos, hasta elevarse a una reconciliación con el cosmos, por amor al cielo, al sol y a las estrellas mediante la reconciliación con el padre al fin reconocido, con el Padre eterno que está en los cielos. Conciencia de sí y de comunidad, pues, en el reconocimiento y valoración de nosotros mismos; con nuestra raza disímbola, cristiana  y morisca y rayada de azteca, por el amor a la patria,  al alma nuestra a la cual pertenecemos, hasta llegar a la reconciliación de nuestra alma nacional con la tradición en todo lo que ella tiene de verdad, es decir, de universalidad.
    Ante las intimidantes aguas desbordadas del devenir contemporáneo con su vertiginoso materialismo de la aceleración del aparato productivo y de la vida toda, que al hacerlo todo rápidamente, en el menor tiempo posible, para vivirlo, experimentarlo y verlo todo ya, ha desembocado en la falta de tiempo para todo y ninguno para la reflexión de la vida del espíritu, ante la intemperancia y el endurecimiento del corazón y de la nuca que orgullosamente se dejar ir hacia adelante, arrastrados por la engañosa dicha de los tediosos deleites carnales y los gozos de la sensualidad abotagada, ante la indistinción de los valores morales y estéticos, verdaderos a priori del hombre, y ante la indiferencia respecto de la persona en cuanto tal, en el sentido de su desconocimiento estimativo y practico no menos que gnoseológico, el maestro de la estampa durangueña respondió respondió poniendo en el centro de su obra la reflexión de la vida creadora que acrisola la conciencia de si, distinguiéndose su estética por su referencia decidida a los otros, a su tradición y al alma nacional. Distinción, en efecto, en la calidez en el trato hacia los otros, marcado por su generosidad y su querer tener que ver, en brindarse generosamente, entero y sin residuos, a su causa artística de grabador, que bien sabía era de todos. Diferenciación también en su manera de hacer las cosas, recurriendo al pago en especie, al trueque, a la trácala, a la marrullería de´punta de ser necesario, con tal de que su proyecto de sensibilización y de enseñanza no quedara varado o en un rincón deshabitado. Diferenciación histórica también, por su modo tan suyo de enfrentar la pavorosa crisis contemporánea con una energía sonriente, de la que manaba una especie de orgullosa gracia humilde y de alegre justificación. La seguridad con que pisaba el suelo se debía a virtud de la tradición cierta cuyo cause proseguía, sujetando confiado su timón y navegando en el sinuoso río del tiempo como quien vuelve a casa. Distinción de la persona y diferenciación del tiempo, pues,  por los que desarrolló un sentido certero de la historia, alimentado por el amor a su comunidad de fe y al valor irrefragable de su empresa, acompañado siempre por la esperanza en la justicia futura, que es en si misma ya era una muestra radiante de su plenitud.     
Tomás Castro Bringas se distinguió, en efecto,  por sus maneras de hacer y de acuñar memoria, por lo que puede considerarse uno de los logros distintivo de la cultura durangueña, dejando tras de sí una estela luminosa y ejemplar de hábitos de trabajo y pautas de conducta. También por la diferenciación histórica en sus maneras de hacer, plenas de originalidad e inventiva, llenas de calidez y de sentido, motivadas por su deseo puro e incondicionado de valorar la realidad y de habitar con plenitud la vida. Porque al morar deseando fervientemente el bien de su comunidad, en actitud abierta y de servicio, el artista tocó sembrar alegremente los granos de esperanza que a otros tocará cosechar. Sus renuevos irán con el tiempo revelando la entraña que llena y con que late la verdad de nuestra alma nacional: en los latidos de la conciencia de sí y de la libertad ascendente del espíritu, de la reconciliación con la tierra y con nuestra raza plural, en el amor y reconocimiento de los otros y de la comunidad, y en la reconciliación con la totalidad del cosmos.
Al homenaje a Tomás Castro Bringas, consistente en el reconocimiento de las virtudes sociales de su causa y de su obra, y en su valoración como artista logrado, no es diversa al reconocimiento de la novedad de la patria. Sólo resta ahora, por el juramento hecho de solemne fidelidad a su persona, la celebración de una magna muestra retrospectiva de su obra, que nos dé una idea completa de su trabajo artístico como maestro de la estampa. Porque el hijo distinguido del Valle del Guadiana, oriundo de Santiago Papasquiaro, supo poner en alto el nombre de su tierra, con el sello característico de su originalidad creativa, de su fluir en congruencia con la vida y del amor a su comunidad en actitud abnegada de servicio. 









VII
Con la Carpeta de Grabado Mictlán (2016) un grupo de artistas de diversas partes de la república y el extranjero rinden tributo a la memoria de Tomás Castro Bringas (Santiago Papasquiaro 1961-Durango, 2015), uno de los maestros grabadores más activos, respetados y queridos del México contemporáneo, a un año de su partida.[1]
Siguiendo el espíritu de rescate de nuestros valores del maestro Tomás C. Bringas, la obra colectiva alude a una de las más hondas raíces tradicionales de nuestra cultura nacional: me refiero a la cosmovisión prehispánica del submundo y de la muerte. Constelación simbólica que sobrevive floreciente, aunque enterrada viva hasta nuestros días, en las figuras y emblemas más representativos de la mexicanidad: los esqueletos y las calaveras. Figuras preservadas, gracias a la memoria artesanal y a las costumbres populares, bajo todo tipo de presentaciones y materiales, de dulces, panes y juguetes, esculturas de cartón, grafitis, etc., expresando nociones metafísicas y existenciales muy hondas, arraigadas indeleblemente en el inconsciente colectivo del mexicano. La idea de la muerte resulta así la parte más viva de la cultura prehispánica, que se resiste a morir, presente y latente, impregnando las costumbres y maneras de ser más características del mexicano.
El emblema de la calavera mexicana pertenece a la constelación simbólica muerte-renacimiento, siendo por tanto equivalente de la iniciación: invitación a dejar atrás al hombre viejo, a dejarlo morir, para nacer de nuevo a la vida de la luz y del espíritu, a recordar que el hombre fue creado apenas un poco menos que los ángeles, ya que hay en su alma  un elemento de vida inmortal. Así, más que representar la imagen del diablo, que esclaviza a los hombres por el temor de la muerte, o los trofeos rituales de los antiguos guerreros para apropiarse de la sabiduría, el conocimiento, la energía y el poder depositados en el cráneo de los vencidos, por las creencias de la magia simpática de la contigüidad o de la metonimia que toma el continente por el contenido, la dulce calavera mexicana de un paso más allá, haciéndonos recordar la dualidad esencial de la naturaleza humana, compuesta de una parte animal, de un ser mortal por necesidad sujeto a la corrupción, y un espíritu o alma inmortal, imperecedera, entando así en consonancia, pues, con la tradición cristiana.



No se trata así del cráneo que junto con la marmita del mago o el caldero de la bruja sirve como instrumento de adivinación, a manera de la bola de cristal o el espejo mágico, menos aún de los actos supersticiosos o rituales para enlazar a los espíritus del inframundo o pera adquirir poderes de renovación y transformación mediante un pacto con la muerte, tampoco del fascinante vaso de la vida y del pensamiento, que hechiza a los espíritus fáusticos y hambletianos en la irresolución del ser o no ser o en el afán de grandes empresas, sino de la muerte psicológica de la vieja personalidad y de la carne, y del nacimiento de una nueva conciencia. 
El cráneo, como vértice del cuerpo o lo más alto y superior, con su forma de cúpula, es visto como receptáculo del alma y centro espiritual del ser humano, matriz de la inteligencia y del conocimiento, donde se deposita la fuerza vital del cuerpo y del espíritu. De acuerdo a la valoración vertical del cosmos, el microcosmos del cráneo, es análogo, en el macrocosmos, a la bóveda celeste. Cede del pensamiento humano, receptáculo de la vida en su más alto nivel y centro espiritual, el cráneo humano representa el cielo del cuerpo humano por su forma de bóveda celeste, siendo los ojos semejantes a dos grandes luminarias y el celebro a las nubes.    




Por un lado, al igual que en los géneros artísticos del Vanitas o del Memento Mori, la representación pictórica de la clavera nos recuerda la finitud de la vida humana, la limitación esencial de ser hombre, de que vamos a morir, idea que cierra con ello el paso a la soberbia y a las vías de perdición, restringiendo, pues, tanto la disolución de la vida en los placeres mundanos, como limitando el deseo de poder, actitudes que caracterizan a toda verdadera religiosidad, preservándonos de tal manera las aguas tumultuosas, agitadas y caducas del devenir, carentes de trascendencia metafísica. Símbolo del futilidad de todo lo material, de los placeres y del saber humano, recordatorio del “Vanitas vanitartis et omnia vanitas” del Eclesiastésla monda calavera nos recuerda así la temporalidad finita de la vida y la inutilidad de la vanidad humana, esa flor que pronto se marchita, ese fruto que pronto se pudre, su finitud en una palabra, que nos enfrente al misterio de la inexistencia y finalmente de la nada, indicando la calavera y el mismo esqueleto entonces un vacío de ser, la igualdad que elimina al sujeto individual, que lo reduce a un montón de huesos desindividualizados, que son de cualquiera por no ser de nadie, por ser una mera estructura ósea del hombre ya sin identidad ni nombre propio. 
Por el otro, el decorado colorido de su imagen señala el camino de la verdadera vida, pues a diferencia del mundo inmanentista de la época moderna, profundamente materialista, irreligioso, sin idea de trascendencia o necesidad de ascesis espiritual y sin sentimiento profundo del alma como entidad ontológica,  la imagen de la calavera, a la vez que recuerda nuestra precariedad y limitación como seres mortales, nos invita a la purificación de lo más profundo de nosotros mismos: a romper con los apegos materiales y con la avaricia individualista, enseñándonos que la vida no consiste en las cosas que se tienen, sino en los lugares a donde entramos y que habitamos, donde hacer el bien no se pierde y brota de la eterna fuente el agua inmortal de la memoria, siendo el cráneo entonces semejante a la concha del caracol marino.
La imagen de la calavera abre, así, el ciclo iniciático, siendo la imagen del crisol alquímico, de la muerte corporal, donde el hombre viejo se disuelve y se reduce finalmente a la nada, condición para dejar salir al hombre nuevo o símbolo del reinado del espíritu. Imagen que recuerda al símbolo Quetzalcóatl, al fuego de la serpiente que devora completamente al hombre para transfigurarlo, cubriendo al cuerpo de alas, que es la emplumación del alma, que se vuelve similar a un pájaro (Platón, Fedro). También al horno o atanor alquímico, donde se lleva a cabo la putrefacción final del cuerpo, donde se masera la carne y se disuelve finalmente el deseo equívoco del errar o el error. En su valencia de crisol, la calavera representa entonces la perfección espiritual: la muerte total, la reducción a la nada y destrucción del alma inferior, que equivale a una limpieza o purificación, abriendo el camino a la trasmutación de la vida más plena del alma superior y del espíritu. Símbolo del espíritu, pues, dislocado de cuerpo y sus pasiones.      


Porque si la muerte a todos los hombres nos iguala, llevándose democráticamente con su afilada guadaña igual a ricos que a pobres, a niños que a ancianos, a güeros que a morenos, también es cierto que la calavera y el esqueleto son símbolos de cambio y regeneración. En la carta número XIII del Tarot figura, sin nombre alguno, bajo la forma del esqueleto cuya cabeza en forma de media luna mete su guadaña en el campo rebanando lo mismo hierbas secas que cabezas humanas. Arcano mayor que nos indica la fuerza regresiva de la noche que llega para cortar todo lo malo y dejar salir lo bueno, indicando con ello un cambio violento y repentino o el fin de un ciclo que abre otro mejor. Inicio o principio de un cambio interno radical, inesperado y positivo. Símbolo de trasmutación, de transformación o renovación y de limpieza profundo que nos invita entonces  romper con nuestros malos hábitos, a dejar atrás en el pasado los falsos apegos y los afectos malsanos, estando por ello asociado al fin del invierno y al inicio de la primavera, al surgimiento de nueva florescencia y a las nuevas ideas. Aviso, pues, de una profunda regeneración interior a cuyo cambio no debemos resistir, la muerte indica entonces el paso de la noche oscura del alma y de las aguas pútridas del estancamiento y su actitud de duelo hacia una actitud positiva del espíritu y de mejora de la autoestima, en un proceso de iniciación, pues, que nos invita a la simplificación del núcleo más íntimo de la persona.







[1] Obra de arte de carácter colectivo, en muestra de reconocimiento a la infatigable labor y trayectoria artística de Tomás Castro Bringas, gran impulsor de las artes en su estado, coordinada por Paola Moreno, en la que participan los grabadores: Alán Altamirano, Alexy Lanza, Antonio Valverde, Candelario Vázquez, Carlos Nájera, Cristina Saharrea, Cuauhtémoc Contreras, Daniel Tectli Morales, Edgar López, Eduardo Juárez, Elisa Suárez, Francisco Plancarte, Hermenegildo Martínez, Israel Torres, Jesús G. de la Barrera, Jesús Ramos, Leopoldo Morales Praxedis, Mizraim Cárdenas, Pedro López Recéndez, Rebeca Moreno, René Arceo, Roberto Martínez y del propio Tomás Bringas, con un texto introductorio de Alberto Espinosa Orozco. La exposición de grabados Mictlán: Homenaje a Tomás Castro Bringas se inauguró el 18 de octubre del 2016 en el Museo Palacio de los Gurza de la Ciudad de Durango, dentro de las actividades del Festival Revueltas 2016.  












VIII
         El homenaje póstumo al maestro Tomás Castro Bringas ha tenido diversas manifestaciones por parte de la comunidad cultural de Durango, en muestra de gratitud, reconocimiento y cariño a su infatigable labor pedagógica y como animador de la cultura local. La esplendida Exposición de Día de Muertos en el flamante Centro de las Bellas Artes de la UJED (Negr4te #700), en conmemoración y rememoración de su trayectoria y entrega profesional, es una muestra de los logros alcanzados por el impuso, por el amor e influencia de su magisterio, tanto por el imperativo de profesionalización de los oficios y el refinamiento en el tratamiento de los temas, como por la continuidad en el desarrollo experimental de las viejas y de las nuevas técnicas de estampación y el alto nivel logrado en el desarrollo del dibujo, la pintura, la fotografía, el grabado, el diseño gráfico, la cerigrafía y el demás técnicas aplicadas al oficio artesanal, sumándose a ello un clima de afabilidad e integración cultural, que casi me atrevería llamar de unidad, entre sus discípulos y alumnos. Reconocimiento de su valía como persona, pues, al que se suma, en la sala de exposiciones del Teleférico de Durango, en el Cerro del Calvario, un Altar del Día de muertos en honor de su memoria y de su decidido proyecto de conservación y renovación de nuestras más queridas tradiciones, que dan al mexicano un inconfundible sello de identidad.  











Las innúmeras expresiones estéticas del día de muertos, muestran que el temor a la finitud de nuestra existencia es contrarrestado por el mexicano mediante el humor, la fiesta y la alegría de las tradiciones populares. La calavera y el esqueleto, objetos de fascinación que al mismo tiempo atraen y repelen, son entonces llamados “la Flaca”, “la Pelona” y “la Huesuda”, apareciendo lo mismo en escenas de baile que en versos panteoneros, en el sentido del carpe diem horaciano, de aprovechar el tiempo de alegría que nos taca en suerte vivir, de disfrutas los placeres de la vida sin confiar demasiado en el mañana, que es incierto, pero también en el sentido práctico de hacer lo que podamos hacer hoy, sin postergarlo para el mañana. 
La muerte, ángel que todo lo inmoviliza al rozarnos con su vahara fría, queda de pronto también neutralizada en la festividad del día de muertos mexicana del 1º de noviembre, o alza el ponzoñoso aguijón de su estile para hacernos reír con los versos llamados “calaveras”, también llamadas en el siglo XIX “panteones”, que en las vísperas del día muertos la imaginación  popular pergeña a manera de epitafio, ensañándose sobre algún pasado de vivo tratándolo como si estuviese muerto, expresando así verdades difíciles de expresar en otro contexto, sirviendo la situación fúnebre para las razones que justifican que a una persona se lo lleve finalmente la “Tiznada”, que son las cenizas, o la “Flaca”, que es la huesuda, manifestando de tal forma que cada quien muere como vive. Las famosas calaveras literarias van generalmente acompañadas por un grabado, viñeta o dibujo, remontándose su tradición a la segunda mitad del liberal siglo XIX, cuando una serie de artistas como Constantino Escalante, Santiago Hernández, Manuel Manilla y José Guadalupe Posada comenzaron a hundir sus buriles hasta radiografiar al mundo, viendo a los vivos como si estuvieran muertos, interpretación que cobró fuerza por medio del muralista Jean Charlot y que se difundió plenamente gracias al Taller de la Gráfica Popular de Leopoldo Méndez. 








Mundo en el que campea la corrupción y poblado de muertos en vida en el que el mismo José Guadalupe Posada detectó el arquetipo de la “Calavera Garbancera”, hoy conocida como la “Catrina”, mujer de sobrerefinamiento afrancesado (dandizzete), que al seguir la moda puede llegar a la elegancia, parando sin embargo muchas en lo contrario, que es lo cursi, presumiendo de una posición que no se tiene o renegando de su propia raíz, resultando una alegoría entonces de la inautenticidad o de lo snob –figura de la cultura superficial e imitativa, pues, la que aparece frecuentemente también en los papeles de china picados que adornan los altares del día de muertos. 
Género de crítica literaria aplicado también a la pintura, que igual desnuda los cadáveres de nuestras miserias sociales, materiales y morales, que punza las desviaciones y atavismos de nuestras enfangadas costumbres o falsos modos de relacionarse entre nosotros,  que exhibe las vergüenzas y quistes de las rémoras políticas. 






Por su parte, las ofrendes del día de muertos, compuestas en los altares estéticamente con flores de cempasúchil, hierbas de olor, cañas, panes de muerto, calaveritas de amaranto, chocolate o azúcar, licores y braceros, tienen como función la purificación de las almas. Remiten a los altares prehispánicos dedicados a los seres queridos en el más allá, cuya tradición se resistió a morir, y que se estructuran en tres niveles, pues es creencias que el día de muertos se abre un portal que comunica los tres niveles cósmicos del cielo, la tierra y el inframundo. Las ofrendas así tienen como función fortificar a las formas sin fuerzas de los muertos, que viven en la estación grisácea del pasado y necesitan de nuestro recuerdo, de nuestras oraciones y ayuda espiritual para sobrevivir en el inframundo –exorcizando de tal modo de la memoria los horrorosos Tzompantlis que acumulaban en hileras ensartados en palos los cráneos de los guerreros sacrificados en la plaza mayor del México Tenochtitlan.


Fiesta que es a la vez motivo de duelo y de celebración, en la ceremonia contradictoria mexicana hay una nota optimista: el recuerdo activo de los seres queridos que toca una nota metafísica, ligada a una antigua y rica cosmovisión del ser humano o a una filosofía en la que se entretejen elementos prehispánicos y cristianos: me refiero a la trascendencia o sobrevivencia del alma humana, de la tellolia mexica o el ol maya, en el más allá, en espera del juicio final y la resurrección de los muertos, o la vida en el mundo futuro. Sincretismo religioso que insiste en que el alma de los muertos requiere tanto de alimentos como de ayudas espirituales, simbolizadas por las flores, el incienso y las hierbas de olor, para concluir exitosamente su viaje de cuatro años en la región de los muertos y  descansar en paz en sus moradas.        













IX
 En la cosmovisión mexicana la Teyolía es la esencia sustancial del ser humano, la entidad anímica o conciencia del ser humano, el soplo de vida inmortal o aliento divino que radica en el corazón y abandona el cuerpo humano al morir. Idea metafísica de nuestros antepasados prehispánicos, estrechamente relacionada con su visión de la muerte en el más allá, la Teyolía es la entidad anímica que otorga vida a los seres humanos y que es fuente de la fuerza y da la vida, pero también del conocimiento, de la memoria y de la voluntad, estando por tanto ligada a los instintos, las tendencias, las afecciones y las apetencias del individuo. Significa la “vida de alguien” (de “te”= vida, y “yolía”, derivada de “yoi” = vida), estando íntimamente relacionada con la palabra “yolotl” o corazón. Entidad anímica que otorga vida a los seres humanos, la Teyolía es la parte del hombre que permanece después de la muerte, quedándose en la tierra por unos días, y que es inmortal. La cultura española la asimiló a la idea cristiana del ánima, alma o espíritu, estableciéndose la equivalencia en el Vocabulario de la lengua castellana y mexicana de Alonso de Molina en el año de 1571.[1]
Los antiguos mexicas, sin embargo, distinguían 5 partes en el ser humano: la primera de ellas es el cuerpo físico, que es una materia pesada. En segundo sitio está la Teyolía o alma sustancial, que reside en el corazón, siendo el centro, la semilla o el núcleo de la persona, asociada a la emoción, al movimiento, a la energía de la persona individual, pero también a diversas formas de conocimiento y a cualidades anímicas como la tristeza, el esfuerzo, la constancia y la libertad. En tercer lugar los antiguos náhuas distinguían la Tonalli, de “tona” o calor, hacer sol, y “itonal” o irradiar”, que es la segunda de las sustancias vitales, siendo el receptáculo de las fuerzas residentes en la cabeza y que anima a las personas en el sentido de la valentía, estando ligada al vigor, al calor y al crecimiento, estando determinada  por el día de nacimiento y a su signo. La Tonalli es así esa esencia luminosa que llamamos “aura”, ligada a los procesos racionales y las fuerzas psíquicas de la mente (“itonal”), que podía perderse y abandonar el cuerpo momentáneamente debido a un espanto, a un susto, a un sobresalto, a un mal sueño, a una caída o al miedo, emociones negativas relacionadas con el frío que la ahuyentan, como sucedería también en el coito o durante el sueño. En cuarto lugar se encuentra la Ihiyotl, entidad etérea y fría asociada con el hígado y ligada a las emociones, que se vacía y debilita con la violación de las normas o de las transgresiones morales, siendo fortalecida mediante la penitencia. La Ihiyotl corresponde al aliento o espíritu vital, siendo el último de los centros de la vitalidad física y afectiva. Es concebida como un “hilo de aire” o un gas frío, luminoso u oscuro, usado por los brujos para provocar el “mal de aire” (mal de ojo), que se disipa y pierde tras la muerte, o que vaga por un tiempo por la tumba o por los lugares frecuentados por el difunto, en algunos casos espantando a los vivos bajo la forma de un fantasma luminoso o de una sombra oscura. Por último, en quito sitio, se encuentra el nahualli, que es un animal ligado a la vida y a la personalidad del ser humano.





Luego de la muerte del hombre, su Teyolía o alma sustancial tenía que efectuar un viaje al Mictlán o región del inframundo, caverna creada por el dios Quetzalcóatl presidida por Mictlantecútili, el temible señor del lugar de los muertos, de la oscuridad completa, representado como un esqueleto y una calavera de muchos dientes, de cabellos negros encrespados y ojos estelares, quien cargaba sobre las espaldas un sol negro y que calmaba su cólera reclamando pieles de personas desolladas, siendo sus sacerdotes o Tlamacazqui, quienes realizaban los abominables sacrificios humanos, comiendo su carne y bebiendo la sangre que depositaban en grandes jarrones.







Llevando una vida misteriosa entre el crepúsculo y la aurora. Mictlántecutli, también es llamado Popocatzin, el señor humeante o ardiente, y Tzontemoc, el que cae de cabeza como el sol nocturno. Mictlántecutili está asociado en el calendario a los signos del perro y de la muerte, siendo representado por un cráneo descarnado. El dios del submundo estaba estrechamente relacionado con Tezcatlipoca (el espejo Negro que Humea), dios de la noche, de los brujos y de las tentaciones, que domina el lado norte del universo o Mictlánmpa, que es el rumbo de los muertos, a quien se le llama “yáotl” o el enemigo, pues representaba la maldad –deidad oponente de Quetzalcóatl, quien tuvo que bajar al Mictlán para robar los huesos de ancestros y crear al hombre bañándolos con su propia sangre.[2]
La Teyolía o alma del difundo tenía que viajar al inframundo para limpiar las marcas impresas en su corazón debido a su comportamiento moral, pero también a los ataques sufridos por seres sobrenaturales y brujos que afectan el comportamiento ético de la persona, hasta logar volver a ser como una semilla renovada, libre de toda historia personal y de toda mancha. Al Mictlán o inframundo se entraba por una gruta al norte de la tierra, cuyas insaciables fauces se consagraban a la pareja de dioses ctónicos o terrestres principales Tlaltecuhtli y Tlalcihuatl.[3]




Sitio a donde todos van, región de los descarnados, donde subsiste de algún modo la existencia del ser humano, corriendo el riesgo de perderse en las regiones oscuras, en el Mictlán abundaban los insectos y las sabandijas, los ciempiés, los alacranes y las arañas, los murciélagos y los tecolotes, cuyo canto era fatal para el que lo escuchaba, o plantas que extravían, como el peyote. Por su honda caverna descendente también deambulaban una serie de tristes figuras, sombrías y abstractas, como la Muerte (Miqiztetl), la Tumba o Sepultura (Miccapetlacalli), las Cenizas (Nextepehua), el Miedo (Nexoxcho), el Sueño (Xoaltentli), la Discordia (Necocoyaotl), o el Desierto (Teotlate). En el noveno círculo del Mictlán, llamado Chignauamictlán, era habitado por la pareja de dioses de la muerte Mictántecutli y Mictáncihuatl, quienes hablaban y exhalaban muerte.   
Al Mictlán, región oscura, fría y terrible, consistente en nueve círculos descendentes o planos verticales orientados hacia el norte, contraparte de los trece cielos en la cosmovisión vertical del universo prehispánica, iban a parar los hombres muertos de muerte natural. Las acciones del hombre en este mundo quedan fijadas por la muerte, que les da su acabamiento final. Finitud y mortalidad humana que, sin embargo, da paso al viaje del alma humana al reino de los muertos y al fabuloso tema dantesco del descenso a los infiernos.
Por un lado, especie de registro de lo que hay en esta vida pasajera de muerte, de pavorosa angustia y de las pruebas que hay que superar en esta vida para no ser tragados en la otra por la nada. Visión, en efecto, de lo que tiene esta vida de plano superpuesto con la otra, o visión del más allá, que sin cruzar el Aqueronte nos revela el irrefragable hecho de que cada día visitamos varias veces el cielo y el infierno, dando cuenta así de lo que en esta vida hay de alivio y gloria o de caída y condena, pero también de lucha espiritual contra los oscuros poderes de la nada. Por el otro, figuración del proceso tanatomórfico o de putrefacción y descomposición del cadáver del ser humano, analógicamente enderezado en el sentido de la purificación y elevación de nuestros estados de conciencia coronados por la liberación mística del alma en su integración con el todo.







Lugar de donde no se vuelve, le llamaban, donde el mundo cambiante del devenir encuentra su fin y abre sus fauces la insaciable boca del infierno para, en el sueño de la muerte, entrar en el reino de Xólotl, el señor oscuro, imagen personificada de Venus vespertina, reino que divide al mundo de los de los vivos y de los muertos. El muerto es entonces acompañado por un perro xoloiscuincle de color marrón o parduzco que sirve como guía o psicopompo en los infiernos del Mictlán, para poder pasar hasta el noveno nivel, que representan los ocho pisos o pruebas mágicas o iniciáticas que debe superar el alma para su final liberación. Los pasajes, que van siguiendo el recorrido nocturno del sol, comienzan en el lugar de los perros o Izcuintlan, región que se encuentra a la orilla de un río caudaloso llamado Apanohuacalhuia o Chignahuamictlán, custodiado por una iguana gigante  llamada Xochitonal, que hay que atravesar –quedando varados a la orilla los hombres no dignos de seguir adelante, que son aquellos que en vida maltrataron en vida  los perrillos, imagen del alma humana.
  De ahí se pasa a la segunda región o lugar donde se juntan dos montañas, llamado Tepeme Monamictlán (Tépetl Monicyan), donde se corre el peligro de ser triturado, regido por el Señor de la montañas, de los ecos y los jaguares, llamado Tepeyóllotl. 
La tercera región es un complejo llamado Itzehecáyan, presidido por Itztlacoliuhqui, conocido como el señor del castigo, quien antiguamente había sido el dios de la aurora, pero que fue cegado por haber atacado a Tonatiuh llevado por los celos. Nivel en el que hay que escalar un cerro, Iztépetl, azotado por fuertes vientos, que despoja a los muertos de sus pertenencias, quienes son desgarrados y heridos por filosísimas puntas de pedernal.
En bajando se entra a la cuarta región llamada Cehueloyán, lugar de ocho collados abruptos donde cae la nieve y es acosado por un viento cortante como la obsidiana. Región presidida por Mictlecáyotl o Mictanpehécatl, que es el viento frío del norte, fuerte y violento carácter, que lleva el invierno a la tierra, dominado la infernal sierra desolada de hielo y de orillas cortantes, desierta y de difícil movimiento.[4]
  Más allá empieza la quinta región, llamada Panuetlacaloyán, que es el octavo collado, lugar sin gravedad a merced de los vientos donde la gente vuela y se voltea como bandera, girando de un lado para otro, sin poder salir. Imagen de los hombres que han sido presa de la dispersión, de la superficialidad o de la vanidad, que al perder el centro de gravedad del espíritu encarna la figura del distraído, que es el traído y llevado de acá para allá, de la Ceca a la Meca, en un vai-ven tan inconstante como fútil, propio de los espíritus inconstantes, filisteos o advenedizos que divagan con ligereza de la curiosidad por la cultura a la frivolidad de la moda o a la pesca política, rebajando de tal manera la intimidad personal a favor de lo actual, dando por resultado seres que dan la impresión de lo poco compacto o falto de fundamento, de lo incoherente o volátil, de lo vacío, vacuo o vago, de lo ocioso o sin verdadera personalidad. Analogía con nuestro mundo contemporáneo que da le impresión de ser un mundo de muertos en vida, por ser un orbe poblado por hombres descentrados, sacados de su centro o excéntricos, desequilibrados hacia los extremos polares en qué consiste la naturaleza humana, zozobrantes en la marea de la vida psicomental y sin conciencia del verdadero estado de su alma como entidad ontológica.
El en sexto nivel se entra por un extenso sendero llamado Temiminalóyan, lugar donde la gente es herida por agudas flechas, lanzadas por manos invisibles, que son la saetas perdidas en las batallas que acribillan a los muertos, donde las almas mueren desangradas –y que en este mundo equivale a las habladurías, calumnias, burlas y dardos verbales esparcidos en dichos sin autoría propia todo tipo de malentendidos y delaciones, repetidos como malsanos ecos, que se filtran por las paredes en todas partes, a la manera de rumores rencorosos, cuya fuente propiamente hablando es la de nadie, esparcidos por ese ser sin rostro que es ninguno, y cuyo objeto es el ninguneo de otro, el de su anulación, que lanza al prójimo, a manera de esputo, mediante el bajo recurso de la sanguijuela chupasangre, el venablo mortífero y beligerante de su propio venenoso vacío interior.
En la séptima región llamada Teyollohualoyan se encuentra la jauría de jaguares que desgarran el pecho de los muertos para comer sus corazones, que sería el octavo círculo de los desalmados, donde rige Tepéyóllotl, dios de las montañas, los ecos y los jaguares.
El octavo nivel es una gran laguna de aguas estancadas y negras, que tiene ser cruzada por los muertos, y que analógicamente significa el quedarse atrapado en el apego al pasado, preso de las nostalgias y congojas, de la negra melancolía malsana. Sitio merodeado por la iguana gigante Xochitonal, que amenaza devorar el alma de los dolientes, de los muertos sin corazón que se debaten por salir a flote y alcanzar la desembocadura de la laguna en el caudaloso río Apanohuacalhua, que cierra de tal modo todos los círculos con una vuelta simbólica al principio. Valle de la niebla grisácea que enceguece a los muertos. Lugar de los nueve ríos hondos, afluentes del Apanohuacalhua, en el que las almas corrían el peligro de perderse o de morían ahogadas.  
Camino por el que se llega al noveno círculo o Chiconahmictlipan,habitado por los dos temibles demonios de Mictlantecutli y Mictalncihuatl, y en donde el alma podía alcanzar la final liberación, cuando los dioses del inframundo pronunciaban las solemnes palabras: “Han terminado tus penas. Vete, pues, a dormir tu sueño eterno.”.









       Revelación también de los nueve estados de conciencia cifrados en las nueve pruebas iniciáticas, pues para los mexicas era patente que cada quien muere como vive o que la muerte es el signo final de la vida que ha llevado el hombre en la tierra, pero también que los muertos no somos sino nosotros mismos, pues la vida en la tierra es semejante a la vida en el Mictlán. Las primero cuatro estancias corresponden así al orden interno: el primero significa la lucha por sobrevivir, en donde hay que valorar el esfuerzo de otros muertos para mejorar la propia situación; la segunda prueba se refiere al mal de actuar sin mente, a la enajenación del alma consistente en dejarse regir por los condicionamientos mecánicos, sin aplicar el pensamiento a lo que se hace; la tercera trampa nos advierte sobre los deseos mundanos de dominar a otros, que es la ceguera del poder, que requiere de vencerse a uno mismo para alcanzar la prosperidad interior; ceguera que continúa en la cuarta prueba, que se manifiesta como la oscuridad de no tomar en cuenta a alguien que estaba ahí en necesidad, lo que se combate con la claridad de la mente despejada, que aclara la meta y dirección de la vida, superando así la quinta prueba, referente a nuestra realización externa; profundizando hacia la vida interior, la sexta prueba nos habla de la importancia de sostenerse entre otros, a la ayuda mutua, de ayudar a otros y de pedir ayuda, pues cuando se ha alcanzado el éxito de la propia realización se puede fortalecer a otros; de donde se pasa a la séptima prueba se refiere a pasar los ríos sin quejarse, con lo que sólo se lograría empeorar la situación; la octava prueba conduce al estado de plenitud interna, a la conexión con todo lo que nos rodea en la tierra o al fluir de la vida; mientras que, por último, en el noveno plano se llegaría a la unidad final, en la que no hay división entre dentro y fuera, abolida la existencias separada, llegando a ser uno con todo y se deja de padecer.
Por último, estaban exentos de pasar por el Mictlán los guerreros muertos a filo de obsidiana, ya fuera en combate o en sacrificio ritual, junto con las mujeres muertas en la lucha del parto, quienes iban a la Casa del Sol o Tonatiuhtlan, y los muertos en las aguas, que llegaban al Tlalócan o Casa del Táloc, en las regiones celestes. 



Filosofía de la muerte, pues, que es también una sabiduría de la vida, que a la vez que nos hablan de los procesos de cuatro años de transformación de la materia muerta o del proceso tanatomórfico de regresión orgánica, figura las dificultades mortales de la vida en su relación con los compromisos ontológicos del alma con el otro mundo,  previendo que la seca muerte no nos encuentre sin haber hecho lo suficiente para la liberación del alma o Teyolía, en una visión mística del mundo que constituye una de las esencia más notables de la mexicanidad. 
Porque hay en la vida del hombre, en efecto, un ingrediente mortal o tendencia regresiva que lo jala hacia abajo, ya hacia el duelo del auto abandono, ya hacia costumbres desviadas por entregadas a la muerte. Es el darse a la muerte por decepción, por melancólica nostalgia de haber podido serlo todo y en venganza dejarse llevar por la nada; es el ceder al hechizo y fascinación de los inmensos ojos negros de la muerte, esas cuencas fijas, vacías, dejándose vencer por la miseria material o espiritual al ceder al instinto de perdición, que por temor a la vida se arroja entonces en los brazos de la muerte, que en las cantinas, luciendo mil llamativos colores, va besando a los huérfanos de amores.
         Visión de las pruebas de que hay que sortear en la otra vida, en el mundo de abajo, y de simultáneamente de lo que tiene esta vida de muerte: planos paralelos, pues, que tienen cierta comunicación entre ellos. Por una parte, educación que invita a reflexionar en lo que hay en el camino de la vida de peligros mortales; por el otro, visión de esta vida como una preparación para la muerte, como querían los estoicos.
Cosmovisión en contraste notable con nuestra vida moderna, puramente inmanente o sin idea metafísica del mundo y  hasta con abierta evasión de todo más allá y de la idea de la muerte, que al comparar al hombre con lo inferior, con lo meramente natural, no puede sino ver en él sino un ser meramente orgánico que nace crece, se reproduce y muere, como un ser meramente contingente debatido entre la angustia, la desesperación, la vanidad y el sin sentido, en un tiempo polarizado hacia el lado opuesto de la filosofía y del espíritu. Era de mitificación de la ciencia, pues, para la cual no hay propiamente valores, ni lo bueno ni lo malo, ni religión, la cual es literalmente incientífica, y que con ello contribuye al oscurantismo de la edad. Mundo sobrenatural, así, que tampoco puede ser sustituido ni por las aparatosas construcciones idólatras y tentaciones del estado totalitario o autoritario contemporáneo, ni por las místicas inferiores que trucan la auténtica metafísica por la sexualidad, el materialismo, la lucha de clases, la Atántida o el disfrute místico del arte por el arte.  









[1] Los modernos mexicanos la llaman “yolía”, “yolo”, teyotl” o “yuhui”.
[2] Las cuatro regiones del mundo horizontal están regidas por los dioses creadores, hijos de Ometecutli y Omecihuatl, Mictlámpa al norte, regido por Tezcatlipoca: Cihuatampa al oeste, regido por Quetzalcóatl; Tlahuiztlampa al este, regido por Xipetotec, y; Huititlampa, al sur, regido por Huitzilopchtli.En el eje central del mundo se encontraba el Calpulli, resguardado por la pareja de dioses del fuego y del tiempo, Xiuhtecuhtli y Xantico. .   
[3] Tlaltecuhtli sería una antiquísima diosa de la tierra que en un principio, antes de la creación, encarnaba el caos bajo la forma de un monstruo serpentino, especie de peje lagarto llamado “cipatli”, siendo partido en dos por Quetzalcóatl y Tezcatlipoca para dividir el cosmos y  formar en centro de la tierra o Tlltipac y el cielo y las estrellas. El culto a la diosa de la tierra Tlatecuhtli era exclusivo del clero sacerdotal, consistente en reverenciarla con sacrificios humanos y ofrendas, pues exigía ser bañada en sangre y corazones humanos para calmar su llanto, siendo el emblema o signo de su rito el llevar el dedo cordial a la boca luego de pasarlo por las cenizas mortales del suelo, en señal de supremo secreto. Se le representaba como un monstruo que tenía muchos ojos en todo su cuerpo o con muchas bocas, una en cada articulación de su cuerpo, que mordían salvajemente con sus filosos colmillos para descarnar los cuerpos. Su cabellera era de color rojo rizado y algunas veces se representaba su rostro bajo la forma de un cráneo, estando su boca compuesta de dos hileras de ocho dientes cada una que dejaba asomar la larga lengua que bebe la sangre de su propio vientre, estando su vestido compuesto de cráneos y huesos cruzados, teniendo por manos y pies poderosas garras con grandes uñas afiladas. Es característica su postura decúbito ventral o dorsal, y en forma de batracio o de alumbramiento, recordando la posición del acto sexual o de la derrota en el sacrificio bélico. Su vagina dentada tiene como función devorar cadáveres, pues se  alimenta de carne y de sangre, representando el descenso de los muertos a una cueva o hendidura de la tierra que comunica al Mictlán, donde el alma de cada persona inicia el viaje infernal de expiación y purificación de la conciencia. Siendo su apetito de carne y sangre insaciable, Tlaltecuhtli devora cada noche al Sol o Tonatiu, cuando en el poniente desciende el astro rey a la noche por las fauces de la deidad, renaciendo cada por las mismas fauces de la diosa cada amanecer. Hay que agregar que el 2 de octubre del 2006 se encontró en el Tempo Mayor de la Ciudad de México un gran monolito representando a la deidad, descubrimiento arqueológico sin paralejo en los últimos 30 años.      
[4] Los hermanos de Mictlecaáyotl o Viento del Norte son el Viento del Oeste o Cihuatecáyotl; el Viento del Este o Tlalcuztecayotl, y; el Viento del Sur o o Huiztecáyotl. 






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