sábado, 29 de octubre de 2016

Mictlán: Homenaje a Tomás C. Bringas Por Alberto Espinos Orozco (1ª Parte)

Mictlán: Homenaje a Tomás C. Bringas
Por Alberto Espinos Orozco
(1ª Parte)

“Que el milagro se haga,
dejándome aureola o trayéndome yaga.”
Ramón López Velarde

“Mas buscad primero el reino de Dios y su justicia
y todo lo demás os será dado por añadidura.”
Mateo 6.33

“Pidan y se les dará; busquen y encontrarán;
llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe,
el que busca encuentra y al que llama se le abre.”
Mateo 7.7-12





I
Con la Carpeta de Grabado In Memoriam (2016) un grupo de artistas de diversas partes de la república y el extranjero rinden tributo a la memoria de Tomás Castro Bringas (Santiago Papasquiaro 1961-Durango, 2015), uno de los maestros grabadores más activos, respetados y queridos del México contemporáneo, a un año de su partida.[1]
Siguiendo el espíritu de rescate de nuestros valores del maestro Tomás C. Bringas, la obra colectiva alude a una de las más hondas raíces tradicionales de nuestra cultura nacional: me refiero a la cosmovisión prehispánica del submundo y de la muerte. Constelación simbólica que sobrevive floreciente, aunque enterrada viva hasta nuestros días, en las figuras y emblemas más representativos de la mexicanidad: los esqueletos y las calaveras. Figuras preservadas, gracias a la memoria artesanal y a las costumbres populares, bajo todo tipo de presentaciones y materiales, de dulces, panes y juguetes, esculturas de cartón, grafitis, etc., expresando nociones metafísicas y existenciales muy hondas, arraigadas indeleblemente en el inconsciente colectivo del mexicano. La idea de la muerte resulta así la parte más viva de la cultura prehispánica, que se resiste a morir, presente y latente, impregnando las costumbres y maneras de ser más características del mexicano.
El emblema de la calavera mexicana pertenece a la constelación simbólica muerte-renacimiento, siendo por tanto equivalente de la iniciación: invitación a dejar atrás al hombre viejo, a dejarlo morir, para nacer de nuevo a la vida de la luz y del espíritu, a recordar que el hombre fue creado apenas un poco menos que los ángeles, ya que hay en su alma  un elemento de vida inmortal. Así, más que representar la imagen del diablo, que esclaviza a los hombres por el temor de la muerte, o los trofeos rituales de los antiguos guerreros para apropiarse de la sabiduría, el conocimiento, la energía y el poder depositados en el cráneo de los vencidos, por las creencias de la magia simpática de la contigüidad o de la metonimia que toma el continente por el contenido, la dulce calavera mexicana de un paso más allá, haciéndonos recordar la dualidad esencial de la naturaleza humana, compuesta de una parte animal, de un ser mortal por necesidad sujeto a la corrupción, y un espíritu o alma inmortal, imperecedera, entando así en consonancia, pues, con la tradición cristiana.



No se trata así del cráneo que junto con la marmita del mago o el caldero de la bruja sirve como instrumento de adivinación, a manera de la bola de cristal o el espejo mágico, menos aún de los actos supersticiosos o rituales para enlazar a los espíritus del inframundo o pera adquirir poderes de renovación y transformación mediante un pacto con la muerte, tampoco del fascinante vaso de la vida y del pensamiento, que hechiza a los espíritus fáusticos y hambletianos en la irresolución del ser o no ser o en el afán de grandes empresas, sino de la muerte psicológica de la vieja personalidad y de la carne, y del nacimiento de una nueva conciencia. 
El cráneo, como vértice del cuerpo o lo más alto y superior, con su forma de cúpula, es visto como receptáculo del alma y centro espiritual del ser humano, matriz de la inteligencia y del conocimiento, donde se deposita la fuerza vital del cuerpo y del espíritu. De acuerdo a la valoración vertical del cosmos, el microcosmos del cráneo, es análogo, en el macrocosmos, a la bóveda celeste. Cede del pensamiento humano, receptáculo de la vida en su más alto nivel y centro espiritual, el cráneo humano representa el cielo del cuerpo humano por su forma de bóveda celeste, siendo los ojos semejantes a dos grandes luminarias y el celebro a las nubes.    




Por un lado, al igual que en los géneros artísticos del Vanitas o del Memento Mori, la representación pictórica de la clavera nos recuerda la finitud de la vida humana, la limitación esencial de ser hombre, de que vamos a morir, idea que cierra con ello el paso a la soberbia y a las vías de perdición, restringiendo, pues, tanto la disolución de la vida en los placeres mundanos, como limitando el deseo de poder, actitudes que caracterizan a toda verdadera religiosidad, preservándonos de tal manera las aguas tumultuosas, agitadas y caducas del devenir, carentes de trascendencia metafísica. Símbolo del futilidad de todo lo material, de los placeres y del saber humano, recordatorio del “Vanitas vanitartis et omnia vanitas” del Eclesiastés, la monda calavera nos recuerda así la temporalidad finita de la vida y la inutilidad de la vanidad humana, esa flor que pronto se marchita, ese fruto que pronto se pudre, su finitud en una palabra, que nos enfrente al misterio de la inexistencia y finalmente de la nada, indicando la calavera y el mismo esqueleto entonces un vacío de ser, la igualdad que elimina al sujeto individual, que lo reduce a un montón de huesos desindividualizados, que son de cualquiera por no ser de nadie, por ser una mera estructura ósea del hombre ya sin identidad ni nombre propio.
Por el otro, el decorado colorido de su imagen señala el camino de la verdadera vida, pues a diferencia del mundo inmanentista de la época moderna, profundamente materialista, irreligioso, sin idea de trascendencia o necesidad de ascesis espiritual y sin sentimiento profundo del alma como entidad ontológica,  la imagen de la calavera, a la vez que recuerda nuestra precariedad y limitación como seres mortales, nos invita a la purificación de lo más profundo de nosotros mismos: a romper con los apegos materiales y con la avaricia individualista, enseñándonos que la vida no consiste en las cosas que se tienen, sino en los lugares a donde entramos y que habitamos, donde hacer el bien no se pierde y brota de la eterna fuente el agua inmortal de la memoria, siendo el cráneo entonces semejante a la concha del caracol marino.
La imagen de la calavera abre, así, el ciclo iniciático, siendo la imagen del crisol alquímico, de la muerte corporal, donde el hombre viejo se disuelve y se reduce finalmente a la nada, condición para dejar salir al hombre nuevo o símbolo del reinado del espíritu. Imagen que recuerda al símbolo Quetzalcóatl, al fuego de la serpiente que devora completamente al hombre para transfigurarlo, cubriendo al cuerpo de alas, que es la emplumación del alma, que se vuelve similar a un pájaro (Platón, Fedro). También al horno o atanor alquímico, donde se lleva a cabo la putrefacción final del cuerpo, donde se masera la carne y se disuelve finalmente el deseo equívoco del errar o el error. En su valencia de crisol, la calavera representa entonces la perfección espiritual: la muerte total, la reducción a la nada y destrucción del alma inferior, que equivale a una limpieza o purificación, abriendo el camino a la trasmutación de la vida más plena del alma superior y del espíritu. Símbolo del espíritu, pues, dislocado de cuerpo y sus pasiones.      

Porque si la muerte a todos los hombres nos iguala, llevándose democráticamente con su afilada guadaña igual a ricos que a pobres, a niños que a ancianos, a güeros que a morenos, también es cierto que la calavera y el esqueleto son símbolos de cambio y regeneración. En la carta número XIII del Tarot figura, sin nombre alguno, bajo la forma del esqueleto cuya cabeza en forma de media luna mete su guadaña en el campo rebanando lo mismo hierbas secas que cabezas humanas. Arcano mayor que nos indica la fuerza regresiva de la noche que llega para cortar todo lo malo y dejar salir lo bueno, indicando con ello un cambio violento y repentino o el fin de un ciclo que abre otro mejor. Inicio o principio de un cambio interno radical, inesperado y positivo. Símbolo de trasmutación, de transformación o renovación y de limpieza profundo que nos invita entonces  romper con nuestros malos hábitos, a dejar atrás en el pasado los falsos apegos y los afectos malsanos, estando por ello asociado al fin del invierno y al inicio de la primavera, al surgimiento de nueva florescencia y a las nuevas ideas. Aviso, pues, de una profunda regeneración interior a cuyo cambio no debemos resistir, la muerte indica entonces el paso de la noche oscura del alma y de las aguas pútridas del estancamiento y su actitud de duelo hacia una actitud positiva del espíritu y de mejora de la autoestima, en un proceso de iniciación, pues, que nos invita a la simplificación del núcleo más íntimo de la persona.






[1] In Memeoriam, obra de arte de carácter colectivo, en muestra de reconocimiento a la infatigable labor y trayectoria artística de Tomás Castro Bringas, gran impulsor de las artes en su estado, fue coordinada por Paola Moreno, en la que participan los grabadores: Alán Altamirano, Alexy Lanza, Antonio Valverde, Candelario Vázquez, Carlos Nájera, Cristina Saharrea, Cuauhtémoc Contreras, Daniel Tectli Morales, Edgar López, Eduardo Juárez, Elisa Suárez, Francisco Plancarte, Hermenegildo Martínez, Israel Torres, Jesús G. de la Barrera, Jesús Ramos, Leopoldo Morales Praxedis, Mizraim Cárdenas, Pedro López Recéndez, Rebeca Moreno, René Arceo, Roberto Martínez y del propio Tomás Bringas, con un texto introductorio de Alberto Espinosa Orozco. La exposición de los grabados tomó el nombre Mictlán: Homenaje a Tomás Castro Bringas y se inauguró el 18 de octubre del 2016 en el Museo Palacio de los Gurza de la Ciudad de Durango, dentro de las actividades del Festival Revueltas 2016.  







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