jueves, 1 de septiembre de 2016

La Historian del Capitán Juan Joseph Zambrano Por Alberto Espinosa Orozco

La Historian del Capitán Juan Joseph Zambrano
Por Alberto Espinosa Orozco


“Es, por ventura, menos poderosa
que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte?
No la arguyas de flaca y temerosa.
La codicia en las manos de la suerte
se arroja al mar, la ira a las espadas,
y la ambición se ríe de la muerte.
¿Y no serán siquiera tan osadas
las opuestas acciones si las miro
de más ilustres genios ayudadas?”
Epístola Moral a Fabio
Anónimo Sevillano del Siglo XVI




I
El Capitán Juan Joseph de Zambrano y Amaya nació en el año de 1751, siendo su origen incierto, pues unos dicen que era de Alfaro, reino de Navarra, en la Rioja, España, mientras otros lo dan como de Atinal, reino de Castilla. Hijo legítimo de Don Manuel de Zambrano y de Doña María Manuela Amaya Calderón, llegó muy joven a la Nueva España, estudiando la carrera de las armas y graduándose como Capitán de las Milicias Provinciales. Siendo atraído por las noticias de los descubrimientos áureos en las minas de Nueva Vizcaya, se radicó en la ciudad de Durango, contrayendo matrimonio con Doña Ana María Gijón, sin tener la pareja descendientes. Luego de morir su primera esposa, contrajo segundas nupcias con Silvestra Pereyra, de cuyo matrimonio nació un único hijo, de nombre Ramón Zambrano Pereyra.




En el año de 1779, cuando Juan Joseph Zambrano tenía 29 años de edad, llegó a la región de San Dimas, lugar enclavado en la Sierra Madre Occidental, para establecerse en los Queleles, lugar llamado así por el ave de rapiña, parecida al zopilote, pero que es negra con manchas blancas. Por esas fechas la región, a 300 millas de la ciudad de Durango, era declara todavía “terra incognitate”, pues apenas había sido tocada por gambusinos y exploradores. Aún en el día de hoy es una tierra prácticamente inaccesible, apenas conectada con Durango por un estrecho camino de terracería. 
Zambrano, astuto comerciante, llegó acompañado por el fraile José Luis de los Ángeles Olbera, pues iba a la cabeza de un puñado de hombres intrépidos expedicionarios organizados por Don Desiderio Correa, de Durango, con la encomienda de establecer su cuartel general para explorar la zona en un lugar llamado “Humasen” (Guarisamey), a tres leguas de los Queleles. En los Queleles vivían tres familias numerosas, compuestas por los Huizar, los Rubio y los Olano; gente astuta acostumbrada a la soledad de la sierra, quienes quemaban piedras para la obtención de oro y plata, vendiendo luego los metales en la ciudad de Durango a Doña María Gertrudis Legaspia de Nevares y a Don Juan Nepomuceno Orestia de la Godonera. 
Zambrano, asentado en la región de Humasen, no tardó en poner una tienda de abastos y chácharas, en cuya miscelánea cambiaba su mercancía por trocitos de metal fundido a los gambusinos y lugareños. Sin embargo, ante las hostilidades del nutrido clan Quelele, los nuevos residentes consiguieron soldados del Rey de España para su protección, levantando un fuerte que luego sería la Hacienda de beneficio del Baluarte. Zambrano hizo primeramente sociedad con el Fraile José Luis de los Ángeles Olbera para explotar la Ollera de los Ángeles Correa, la cual pronto fructificó, máxime cuando el fraile casó con Teodosia Huizar, del clan Quelele.
Dice la leyenda que una noche Juan Josep de Zambrano comandando una recua de mulas descansaba con un punado de sus trabajadores en un borde sobre el río Piaxtla cuando, estando en compañía de Cayetano Flores y José Fernández, oyeron a un tecolote que cantaba en la punta de un huisache, algunos de sus empleados amagaron con disparar para abatir a la ave, pero que el comerciante intervino para salvarle la vida, haciéndoles ver que era una tecolota, y diciéndoles: “Esa Tecolota algo bueno o algo malo nos anuncia”. Y así fue que al caer la noche encendieron una hoguera en el lugar que estaban explorando, descubriendo a la mañana que los rescoldos de la lumbrera “graneaban”, viendo con gran alegría las perlas y el hilo de de plata fundida que resbalaba de la fogata, pues habían hallado un mineral, topando así por casualidad una mina de inmensa riqueza.



         Al poco tiempo Zambrano denunció la mina, a la que llamó “La Tecolota”.  Cuenta la leyenda que aquella mina se denominó “La Tecolota” en honor a la segunda mujer de Zambrano, Silvestra Pereyra, quien por alguna misteriosa y extraña circunstancia no podía ver la luz del sol y vistiendo de negro sólo se dejaba ver de noche. Se decía también que aquella región era oscura, lúgubre, maligna, porque estaba dominada por los demonios Satán y Rabessa, por lo que se le consideraba un territorio prohibido.[1] Lo cierto es que con la gran riqueza que produjo la mina de La Tecolota, Zambrano pudo comprar las minas de Agua Caliente en Guarisamey y La Puerta en San Dimas, minas a las que hay que sumar la descubierta por un indio tributario que estaba bajo su servicio: Santiago Cayetano Flores, procedente Jalpa, jurisdicción de Guchipila, quien denunció la mina de Nuestra Señora de Guadalupe, como a veinte leguas de Agua Caliente, más acá de Yamóriba, en el Cerro de Gavilanes, el 24 de septiembre de 1786.[2] En el mineral de Agua Caliente se ubicó la Villa de Guarisamey, y en La Puerta el mineral de San Dimas. Para finales del Siglo XVIII las principales minas de la región pasaron a poder del activo minero emprendedor Zambrano. Así a La Tecolota se sumaron La Punta, Promontorio, San Luis, Arana, Cinco Señores y La Candelaria, mina que produjo enromes riquezas y que fue descubierta por el propio Zambrano, quien también halló la boca de El Hundido, riquísima veta metálica junto con Tapias, San Juan, El Muerto y Santo Tomás.  
Conoce entonces y se hace amigo de Don José Antonio Laveaga Churruchategui, a la sazón director del Colegio Real de Metalurgia de la Ciudad de México, quien había trabajado minas en Guanajuato y Puebla y era constructor de maquinaria metalúrgica. Traba sociedad con Laveaga al cambiarle la mina “La Tecolota” por la mina “La Señora de la Candelaria”, en Tayoltita, que era trabajada por los señores Leyva y el Sr. Vela, a quienes dio por el intercambio 20 mulas y mercancía varia. La mina de La Candelaria ha producido una inmensa fortuna, siendo explotada hasta el día de hoy por una compañía norteamericana.
El clan Quelele lanzó amenazas y practicó incluso en bandolerismo, celosos de su territorio, habiendo en la región constantes sobresaltos y peligros, pero terminar por primero vender su oro y después sus tierras a Zambrano, quien construyó una fortaleza en medio del territorio vedado, vendiendo grandes cantidades del áureo y argentífero metal en la ciudad de Durango, llevando la prosperidad a la aldea provinciana que en una década habría de pasar de ocho a veinte mil habitantes ya para 1828. Como Alcalde y regidor Zambrano impulsó el crecimiento de la ciudad, aumentando calles y cuadras enteras.
La primera veta del mineral de Nuestras Señora de la Consolación de Agua Caliente, en Guarisamey, fue denunciada por Zambrano en 1784, y junto con el señor José Navarro y Olea, visitador de la Nueva Vizcaya, establecen el mineral, correspondiendo a Zambrano dirigir a un grupo de mineros españoles. La expansión de comerciante se detonó al comprar, luego de la mina de La Candelaria, las minas de La Soledad y de Cinco Señores y La Zacatera, pero sobre todo al construir la Hacienda de Beneficio “El Baluarte”, en San Dimas, todo ello en sociedad con el Sr. Laveaga, la cual duró hasta finales del Siglo XVIII.
El ascenso de Zambrano fue meteórico: en menos de un lustro, para 1784, ya era dueño propietario de la mayoría de las minas de San Dimas, descubiertas y en parte explotadas sin descanso hasta 1816, en que murió; todo ello gracias a la red de alianzas y amistades que fue tejiendo tanto con hombres importantes, como Laveaga y el visitador navarro y Olea, como con los gambusinos españoles y los indios lugareños.  Tres décadas y media de labor que rindieron sus dividendos, ganando con ello el Quinto Real una fortuna hoy en día difícilmente calculable. En ese tiempo se abrieron un sin número de minas, debido a la riqueza notable de sus minerales.
En sociedad con la familia Laveaga, Zambrano desplegó sus actividades a los estados de Hidalgo, Zacatecas, Sinaloa y Durango. Primero con el Ingeniero Antonio de Laveaga y Churruchategui, y luego con su hijo, Don Miguel Laveaga, quien tomó las riendas, siendo sucedido a su vez por sus hijos, Don Clemente y Don Arcadio Laveaga, quienes se hicieron, para 1824, dueños de las  mejores minas de San Dimas. Para fines del Siglo XIX los dos hermanos Laveaga vendieron las minas de La Concordia, Cinco Señores y El Baluarte al Coronel Daniel M. Burns y otros extranjeros. Todas esas minas fueron absorbidas por una solo compañía norteamericana, entre fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX: Minas de San Luis, que produce un mil millones de dólares al año en oro.  
II
El Real de Minas de San Dimas se encuentra enclavado en un terreno abrupto de la Sierra Madre Occidental, sobre una garganta de inmensas y majestuosas montañas y caminos que vadean columnas y precipicios. Forma parte de la región de las Quebradas, de difícil acceso, que se caracteriza por la inmensa sierra de montañas que la rodean, por sus barrancas y profundo cañón, y su clima selvático y tropical, estando regada por los ríos Piaxtla, Los Remedios y Presidio que comprenden el Valle de Topia, Santa María de Otáez y Ventanas, en vecindad con Sinaloa, Y Nayarit, cerca de las poblaciones de San Ignacio y Culiacán. El territorio de San Dimas específicamente, está cargado de tensión, permeado con las emociones extremas de los hombres que ahí han habitado, que van del supremo entusiasmo de la alegría al más triste lamento del sufrimiento, la desilusión y la fatiga, pasando por el ensueño y la esperanza no menos que por la desesperación de los reclamos y los gemidos de las luchas, lo que impregna al paisaje de una extraña aura emocional extrema, que dan su coloratura al ambiente subjetivo. Tierra de exagerada riqueza prácticamente a flor de tierra, de magníficos cuarzos duros, a una profundidad de 300 varas máximo, proclive a problemas de inundaciones. Lo cierto es que Gurisamey, San Dimas y sobre todo Tayoltita, habían sido explotadas por gente pobre de la región, imposibilitados de comprar azogue para beneficiar los metales, por lo que tenían que vender sus hallazgos a precios ínfimos. Ciudades simpáticas enclavadas en un paisaje de grandiosas montañas, abismos y gargantas, surcados por graciosos ríos perfumados de flores.
El nombre de San Dimas hace alusión al buen ladrón que murió al lado de nuestro redentor Jesucristo. Sin embargo, sabemos que sus autoridades fueron abusivas, pues exigían a los gambusinos vender el mineral en láminas ya molidas y encabalgadas. En el rancho de La Puerta vivían unos aventureros desbalagados dedicados a robar el mineral de las minas, costumbre que luego se extendió a los lugareños esparcidos por el territorio y que ha sido tolerada por las autoridades, especialmente en las tres minas de Gavilanes, que son de muy buena ley. 





San Dimas fue un pueblecito exótico, raro y remoto, de sorprendente belleza, famoso por sus minerales áureos y de argento. El camino de Agua Caliente fue mandado hacer por el visitador Don José Navarro y Olea en el año de 1795, con lo que por fin pudieron entrar a la región la sal, los víveres y el tan codiciado azogue, cobrando dos reales por cada carga de mula y ahorrándose con ello dos días de jornada. Su plaza, de escasos 80 m2, sembrada de naranjos, comunicada con calles empedradas de tres metros de ancho hechas con las pomas redondas del arroyo, conduce a una iglesia mandada construir por la familia Laveaga, decorada con frescos, santos feos y algunas reliquias, de la que hoy en día tan solo queda una ruina. De la Hacienda de Beneficio El Baluarte, antiguo fuerte militar, apenas sobrevive una silueta de su antigua grandeza y sobriedad, junto con una antigua colección de armas y arcabuces. 
La región está ligada históricamente al auge económico de Juan Joseph de Zambrano y Amaya, quien arrancó a la tierra más de mil millones de pesos (catorce millones de esa época), siendo considerado uno de los hombres más ricos de la Nueva España y estando su nombre asociado al primer gran impulso minero en Durango. La explotación de las minas en aquella región, probablemente más ricas que las de Guanajuato o Pachuca, establecieron a Durango como la 3ª potencia mineral de México.
El gobierno en aquellas tierras pertenece en realidad a la era feudal, siendo despótico, autoritario y salpicado de actos de arbitrariedad, en donde sólo las compañías que ahí operan tienen derecho a denunciar minas, siguiendo la tradición antigua de jefes o caciques, por lo que no ha sido infrecuente la impiedad. Los pueblos mineros son un buen ejemplo de la inestabilidad de las cosas humanas, pues su vida suele ser corta, marcadas por el súbito crecimiento y el su dramático decrecimiento y extinción, luego de de un periodo de creciente explotación de la tierra y de los hombres. La mina de Tapias es un negro ejemplo de la explotación de los seres humanos, sometidos a esclavitud y malos tratos, pues mandaban a esa boca a los presos, remitidos de Durango, los que sin obtener retribución alguna por su trabajo eran reducidos a ininterrumpidos malos tratos, sufriendo los horrores de la inanición, las enfermedades, la falta de luz y finalmente de la muerte. La promoción del vicio y de la ignorancia, de los juegos de fortuna y los albures,  junto con el permisivismo sexual, es un factor más a tener en cuenta al considerar la posterior ruina de la región. También la costumbre de limitarse a repetir lo dicho, de no hablar, así como la nula intervención del centro en los conflictos regionales. 
Cerca del Real de Minas de  Nuestra Señora de la Consolación nació y murió el pueblo de Guarisamey, asentado sobre una pequeña meseta a orillas del río Piaxtla. Su nacimiento se remonta a las primeras exploraciones  y expediciones de españoles que en 1754 encontraron riquísimas vetas metálicas en el mineral de Agua Caliente. El real de San Pedro de Guarisamey o Real de Agua Caliente llegó a tener 8 mil habitantes en su etapa de auge, a finales del siglo XVIII, engendrando fabulosas fortunas. Contó con una parroquia y alcaldía, con una plaza de toros y los inevitables billares y cantinas, que hacían un pueblo bullanguero. El Varón Alexander Von Humboldt visitó la zona en la lejana fecha de 1802, asentando el primer examen de las formaciones geológicas y mineralógicas: “Asombrosas montañas. Moles gigantes de pórfido diorítico que ni diez siglos bastarían al hombre para arrancar de sus entrañas tan incalculables riquezas.”[3] Por su parte San Pedro de Guarisamey, cercano a las bocaminas de La Prieta, La Cayetana y El Reliz, cambió muchas veces de nombre, siendo conocido como Real de Agua Caliente y Real de San Pedro de Gurisamey, teniendo como vecinos otros poblados: San Pedro de Gavilanes, Nuestra Señora del Pilar, la Hacienda de Valderrama y el Real de Tayoltita. Un poco más allá, el Real de San Antonio, el Real de San Cayetano y el Real de Mala Noche. Su población estaba dividida por castas, determinantes de la categoría social de personas, gente y gentuza: españoles iberos o criollos, mestizos, indios, mulatos y calpamulatos, y en donde no faltaban los “coyotes”, los “saltapatrás”, “de dónde vienes” y “no te entiendo”. La autoridad legítimamente constituida constaba de juez, alcalde, notario, alguacil y sereno; la iglesia, organizada canónicamente, contaba con el cura propietario, teniente de cura, vicario, capellán y servicios religiosos con “cruz alta” y “cruz baja”.
 Cuando el poblado de Guarisamey desapareció un día por la crecida del río Pixtla, luego de un escaso siglo de vida, sus habitantes, que llegaron a sumar más de 8 mil almas en su época de bonanza, tuvieron que emigrar a las poblaciones de El Pilar, Gavilanes y Tayoltita. Principalmente emigraron a San Dimas, asentamiento fundado en 1786, cuya autoridad civil, trasladada de Guarisamey en 1853, era designada desde la ciudad de Durango, ejerciendo el mandato de forma patriarcal-dictatorial, beneficiando más a los designados que a la población civil, llegando a ser el pueblo principal de la región de las quebradas de 1883 a 1943. En 1833 el gobernador del estado Francisco Elorreaga declaró a San Dimas Cabecera de Partido, cuando la bonanza de la mina La Soledad producía 55 millones de aquellos pesos, dejando no menos de 11 millones por concepto del Quinto Real, mientras que la Abra, que no declaraba ganancias, era más rica que la anterior –a pesar de que la Independencia de México causó el derrumbe de la minería en general, junto con una serie interminable de guerras civiles, innumerables trastornos sociales, de éxodos e inmigración.
Por más que se organizaron mejor, contando con una escuela primaria, correos, telégrafos y alumbrado público en su época de mayor auge, San Dimas terminó por convertirse también en un pueblo fantasma, apoderándose de la ciudad el silencio, la soledad y la miseria. El templo estilo neoclásico, construido en el año de 1849, fue arrojado también al abandono, junto con la hacienda de beneficio llamada “El Guamuchil”. La extinta población conserva, hacia el poniente, el cementerio particular de la familia Laveaga, sobre 28 m2, con tres tumbas lúgubres, pudiéndose leer en alguna de ellas: “Miguel de Laveaga. Natural de España. Fallecido el 24 de agosto de 1874 a los 73 años”. Lo cierto es que las minas de San Dimas apenas han sido tocadas, sin que esa región se haya trabajada y desarrollada para ocupar el primer lugar que le correspondería por sus fundos en la producción de oro y plata a nivel nacional. Cuenta le leyenda regional que cuando se oiga el silbido de la locomotora llegar, Guarisamey y San Dimas renacerán, llenando de riqueza y esplendor a la nueva ciudad con obras más grandes.
 Guarisamey como San Dimas son el día de hoy, en efecto, dos poblados fantasma, habiendo contado la primera con 5 mil habitantes y la segunda con 8 mil, en sus épocas de mayor esplendor. Luego de la fabulosa fortuna extraída en la región por Juan Joseph de Zambrano, la familia Laveaga quedó como dueña de muchas minas en la zona, que fueron vendiendo con el paso del tiempo a partir de fines del Siglo XIX: Nuestra Señora de la Candelaria, Cinco Señores y El Baluarte a Daniel M. Burns y a Mr. Green, quienes fundaron la Mexican Candelaria Company; San Luis y Arana, Bolaños y Dolores a Mr. Hagging y Mr. Herst, el famoso y excéntrico millonario, quienes fundaron la San Luis Mining Company, compañía norteamericana que a principios del Siglo XX absorbió a las demás empresas mineras norteamericanas para transformarlas en la poderosa firma Minas de Sal Luis.
Otras minas fueron vendidas a diferentes gambusinos y personajes de la región: La Tecolota a Gurrola y Garrido; Remedios a J. M. Yañez; La Castellana a D. Gutiérrez, al igual que  San José de Ánimas, que quedó en manos de D, Gutiérrez y N, Rubio; María Guadalupe a J. M. Regato; La Luz y Los Reyes a manos de A. Osorio; San José de la Renta paso a poder de J.J. Millán; Nuestra señora del Pilar a L. Quiroz, y; La Abra a manos de I. Manjarrez.
El Coronel Daniel M. Burns, al comprar las minas de San Dimas, organizó la Durango Mining Company, en Nueva York, compañía original de cuyo tronco salió la rama  de la Candelaria Mexican Silver Gold Mg. Corporation, y luego la Mexican Candelaria Company. S.A. es probable que la compañía de Mr. Burns haya iniciado sus trabajos en San Dimas en el año de 1870, pues se sabe con certeza que en 1871 era cuando menos propietaria de la mina de Bolaños, extendiendo sus posesiones probablemente a la mina de la candelaria y luego de muchas más.



III
Hombre de varios mundos (la sierra, las minas, la corte y la política, la empresa y la hacienda), el capitán Juan de Zambrano se había dedicado no sólo a la explotación minera, sino también al gran comercio, pues junto con una factoría de tabaco contaba con otros edificios en la ciudad destinados a operaciones comerciales. Al grado que, debido a sus relaciones e influencias económicas y sociales fue nombrado Regidor y Alférez Real de la ciudad de Durango hacia a fines de siglo XVIII y en 1800 se le nombró Alcalde Ordinario. Mandó construir un soberbio palacete conocido como el Palacio de Zambrano, el cual se edificó de 1795 a 1800, ocupando prácticamente la totalidad de la manzana, sobre una superficie de 6 200 m2, siendo hasta la actualidad el edificio residencial más suntuoso que se haya construido en la ciudad de Durango. El Portal de los Diamantes, también conocido como el Portal de las Gallinas, que ocupaba todo el frente de la manzana del Banco, entre las calles de Bruno Martínez y Constitución, sobre 5 de febrero, fue construido por el mismo arquitecto que levanto su imponente palacete, a juzgar por las pilastras del frontón, que son idénticas, por lo que no es improbable conjetura que albergara diversas negociaciones del mismo acaudalado minero. 
Se dice que perteneció a la Orden de Santiago, ostentado el título de Conde, y aunque efectivamente fue conocido como el Conde de Zambrano, el título en realidad nunca pudo obtenerlo rectamente. Cuenta la leyenda que para el bautizo de su único hijo, Ramón, mandó poner dos hileras de barras de plata que iban de la iglesia a la Iglesia del Sagrario Metropolitano (San Juanita de los Lagos), pero que el Ayuntamiento le prohibió tal ostentación por órdenes directas del Virrey. 
Zambrano inició sus trabajos mineros, en efecto, en la mina de Guarisamey (cuyo nombre significa “Mesa rodeada de Pitayos”), enclavada en la Sierra Madre Occidental, donde luego de algunos años logró acumular un cuantioso capital y con las décadas una increíble fortuna. Llegó a ser dueño de enormes latifundios en la región lagunera, como la Hacienda de Ramos, la Hacienda de Avilés, la de San Juan de Castas y otras más bañadas por el río Nasas. 




Cuentan las leyendas de Guarisamey que en un domingo soleado, en que el viento acariciaba las mejillas atenuando los rigores del sol rubicundo, como a eso del medio día, el Conde Zambrano conversaba en la pequeña plaza del lugar con algunos amigos, cuando un grupo de vecinos se acercaron para invitarlos a oír la Santa Misa. Sin embargo el Conde los rechazó airadamente, exclamando entre grandes carcajadas. “¿Para qué rezarle a Dios?”; y recorriendo con la aguda mirada las tierras de los alrededores, ya con la voz colérica y ensoberbecida, dictaminó: “¡Todo esto que tengo ni Dios me lo puede quitar!” A poco tiempo de celebrarse la misa negras nubes amenazantes encapotaron el celaje, empezando primero una ligera lluvia que se fue convirtiendo en una temible tormenta acompañada de truenos y relámpagos. La lluvia arreció y los vecinos corrieron a refugiarse en sus casas. A eso de las tres de la tarde la corriente del río comenzó a crecer y a crecer hasta salirse de cauce e inundar las viviendas, por lo que todos abandonaron sus pertenencias para correr hacia las partes altas. La fuerza de la corriente del río fue tal que destruía las paredes de adobe como hojas de hojaldre, arrasando la hacienda de beneficio de El Baluarte lo mismo que árboles y animales doméstico, llevándose entre sus aguas a hombres, mujeres y niños, muebles, hierros y todo lo que se ponía a su paso. La serpiente del río saltando por cuestas y derrumbando muros, arrastró río abajo tierra, árboles y personas. Zambrano se paró sobre una alta roca mirando como enloquecido como desaparecían todas sus posesiones, quedando enterradas bajo toneladas de lodo y  rocas, llorando de desesperación por la pérdida de su inmensa fortuna. Para las cuatro de la tarde del floreciente Gurisamey no quedaba sino un pueblo totalmente destruido y reducido a escombros. Ante aquella manifestación del poder de la naturaleza el Conde de Zambrano perdió la razón, siendo llevado unos días más tarde por sus familiares a la ciudad de Durango donde, sin recobrar el juicio por aquella terrible impresión, falleció en su inmenso Palacio el 17 de febrero del año de 1816.[4]



IV
Si bien es cierto que las minas de Guarisamey se llenaron de agua, se afirma en la región que no sucedió lo mismo con las minas inmediatas, las cuales permanecieron secas y no se hizo ningún trabajo u obras de desagüe, por estar a considerable altura del río, como es el caso de La Tecolota, Santa Rita, Promontorio y La Trinidad, lo que menos aún pudo haber sucedido con las minas de Arana, Cinco Señores, San Luis y Candelaria. Datos todos ellos inciertos, pues sabemos que, por una carta autógrafa del Ing. José María Regato del 11 de fe febrero de 1844, el futuro gobernador de Durango trabajaba la mina de La Candelaria, escribiendo al H. Ayuntamiento de la ciudad de Durango que: “Debido a la hecatombe que azotó aquella región, y por la intensidad de las lluvias en proporciones inconcebibles, le ocasionaron gravísimas pérdidas materiales. Que todos sus esfuerzos de cinco años quedaron reducidos a nada. La inundación que sobrevino en tal magnitud destruyó en parte la hacienda del “Baluarte”, que derribó muchas casas de la población y que la mina de la “Candelaria” se llenó de agua hasta la boca.”[5] 
Esa segunda inundación histórica de mina de La Candelaria ocasionó al Ing. Regato no sólo el gasto de más de veinte mil pesos en obras muertas, pues la quebrada de San Ignacio (el río Piaxtla) al no dar vado impidió introducir los elementos vitales que venían por vía de San Ignacio; también, lo que es el punto formidable en la repetición del fenómeno, la pérdida de dos fincas que eran de su propiedad: una de ellas con valor de 19 mil pesos y otra más, ocupada por el Gobierno, que era ni más ni menos que el Palacio que fue mandado construir por el Capitán Juan de Zambrano, sobre la cual pesaba una hipoteca, valorada por el Ing. Regato en 40 mil pesos, ofreciéndola en remate por 30 mil al H. Ayuntamiento, construcciones que así ofrecía al estado para cubrir algunas sumas y créditos de algunas cuentas que adeudaba al mismo gobierno. Interesante confesión, donde se asientan dos fundamentalmente dos cosas: que el Ing. José María del Regato era el propietario del palacio de Zambrano en 1844, y; que a pesar de que la mina La Candelaria se encuentra a sobre una montaña a más de cinco mil pies sobre el nivel del mar, al igual que otras en la región de San Dimas, sufre periódicamente (cada 10, 15 o 20 años) las lluvias torrenciales de las regiones costeras,, desprendiéndose entonces de los cerros, normalmente  estériles y sin señas de corriente alguna, enormes chorreras que abren canales que la misma agua forma para darle salida, precipitándose así las culebras a las bocas de las minas, cuyos tiros servían entonces, a manera de embudos,  para llenar las minas hasta la boca, con lo que explica que la mina de La Candelaria haya permanecido inundada por muchos años.
El desfonde la mina de La Candelaria no ocurrió sino hasta el año de 1878, cuando la compañía del Sr. Mr. David M. Burns, la Candelaria Mexican Silver Gold Mining Company, encargó la tarea a los gerentes Agustín D. Temple y su hermano Don Arturo. Desagüe que se llevó a cabo primero de botas de lomo y siguiendo el método primitivo de la “escalera”, que era un grupo de veinte o treinta hombres acarreando votos hasta vaciarlos abajo en el cañón; luego se “picó” el cerro, aunque como dos pisos arriba del fondo, por lo que no se desaguó la mina totalmente, causando sin embargo la empresa alarma y sorpresa entre los habitantes, quienes inopinadamente vieron cómo una enorme serpiente de agua se precipitaba por la cañada del Camposanto hasta topar con el arroyo de La Pólvora, arroyando a su paso cuento encontraba, rebasando el arroyo de san Dimas, frente a la Hacienda de San Antonio.  Las labores se reiniciaron entonces a cargo de los señores Laveaga, quienes por lo pronto habían rentado o venido la mina. El comprador no fue otro que Mr. Daniel M. Burns, quien llegó a San Dimas alrededor de 1880 para emprender trabajos en dicha mina de La Candelaria, encontrando al poco tiempo de sus exploraciones un fabuloso “clavo” de metal de muy buena ley, a cuya labor se llamó San Pedro. Para el año de 1888 el empresario norteamericano instaló plantas hidráulicas para obtener fuerza eléctrica, compresoras de aire para las máquinas perforadoras, sistemas de panes con capacidad de 65 toneladas diarias, con lo que las obras de Santo Tomás y San Carlos se modernizaron y formalizaron considerablemente. Por las mismas razones La Candelaria logró moler en ese mismo año 8, 931 toneladas de mineral, obteniendo el Coronel Burns ganancias líquidas por 700 mil pesos en ese sólo año y de esa mina sola.  El genial emprendedor norteamericano creo entonces varias compañías más, para explotar La Puerta, que no tuvo éxito, y la Estaca Mining Company, para explorar las minas de La estaca y de la Contra Estaca, encontrando en ellas clavos y cuerpos minerales bastante formales, con altas leyes de oro y plata, sosteniendo desde entonces una producción estable, ensanchando progresivamente las platas de fuerza para explotar las minas a una escala más amplia.  





V
En lo que respecta al Capitán Juan Joseph de Zambrano y Amaya, sabemos que vivió en su casa con su familia, su esposa, su hijo y un hermano, con muchas y hasta exageradas comodidades, haciendo incluso alardes desmedidos de ostentación. A su muerte, ocurrida a consecuencia de aquel fatal fenómeno meteórico de 1816, el hombre fuerte que se había asentado en la capital del estado de Durango, entonces capital de la Nueva Vizcaya, llegando a ser uno de los diez hombres con mayores caudales de toda la Nueva España al finalizar el siglo XVIII, dejó a sus herederos y familiares en una frágil posición económica, desbaratándose con su ausencia la intrincada red de relaciones sociales y comerciales que había urdido durante su vida, sujetas sus propiedades a la codicia de unos y a la astucia administrativas de los restantes.
A un escaso año de su muerte, en 1817, ya la familia más cercana de Zambrano había tenido que abandonar el suntuoso palacete, arrendando el inmueble al flamante gobierno independentista, que inmediatamente la dispuso para instalar sus oficinas administrativas, y el Intendente de Provincia para trasladar ahí su residencia. Hubo también un largo litigio por aquella codiciada propiedad, el cual duró la friolera de 21 años en resolverse, debido seguramente a la inestabilidad del país asolado por las guerras civiles, siendo finalmente legalmente adjudicada la mansión a los herederos del segundo matrimonio de Zambrano, su viuda Silvestra Pereyra, “La Tecolota”, y su único hijo Ramón Zambrano Pereira, lo que no sucedió sino hasta el año de 1837. 
Sin embargo Atanasio Saravia refiere que José Ignacio Gallegos le envió una copia del testamento del señor Zambrano, quien testó sus bienes libremente en Durango el 13 de febrero de 1816, disponiendo, como albacea de su primera esposa, Doña Ana María Xijón, con quien en el tiempo de su matrimonio había recibido la herencia de su padres, se entregase la casa de su morada o palacio de Zambrano, , la casa de la Factoría de Tabaco (habitada por el licenciado Don Rafael Bracho), el Coliseo y las casas y accesorias de la plazuela a los hijos de Juan Miguel Subízar y de Doña María Josefa Quintero: Doña María Ignacia, Doña Fernanda, Doña María de la Luz, Don Manuel, Don Juan, Don Pedro y Don Esteban, si las ganancias cabían, pues se había declarado en quiebra. Atanasio Sarabia, (Apuntes para la Historia de Nueva Vizcaya, Obras IV. UNAM. México, 1993. Pág. 115.) 
La familia arrendó el edificio a un año de la muerte de Zambrano al gobierno, convirtiéndose en la casa del Intendente de Provincia, oficinas de la Corona Española y comercios. Como quiera que fuera, la posición de la familia heredera fue empeorando, por lo que antes de 1844 el palacete fue vendido al Ing. José María Regato por una cantidad superior a los 30 mil pesos, quien les compró también las minas de Guarisamey, entre otras aquella mina legendaria de La Candelaria, así como la Hacienda del Baluarte, entre otras muchas propiedades. Luego de la tromba que arruinó su actividad minera en San Dimas, el Ing. Regato quedó endeudado hasta los ojos con el gobierno, en razón de impuestos, pero también de créditos e hipotecas que había pedido al Estado, por la que ofreció la regia mansión al gobierno, pignorando su costo en 40 mil pesos,  pero ofreciéndola en 30 mil pesos, junto con otra finca de su propiedad en la misma ciudad de Durango, cuyo costo ascendía a los 19 mil pesos, por lo que se deduce que la deuda contraía con el gobierno era altísima, pues ascendía a no menos de 50 mil pesos. Tales aciagas circunstancias llevaron al Ing. Regato a perder las dos fincas, así como las minas enclavadas en el mineral de San Dimas. La lujosa residencia fue finalmente expropiada por el gobierno en el año de 1857, consolidándose el monumental edificio como sede de los poderes del estado, despacho del ejecutivo y residencia de los gobernadores.[6] Quedó así en el olvido el proyecto de un Palacio del Ayuntamiento realizado ex profeso, que a principios del Siglo XIX le fuera encargado al famoso arquitecto e inigualable artista Manuel Tolsá, ambición que no superó la realidad virtual que hay en los planos y mapas arquitectónicos, los que finalmente también desaparecieron. En el recuerdo, en cambio, permaneció como indeleble huella del fenómeno de súbito encumbramiento y no menos súbita ruina de Zambrano, poniendo así de manifiesto con tan singular ejemplo la inestabilidad de las cosas humanas.







[1] El distrito de San Dimas fue reportado como minero en 1757, su producción histórica es sobre 654 millones de onzas de plata y 9.4 millones de onzas de oro. Ramón Amón Larrañaga Torróntegiui afirma que los curas de la época la consideraban una zona maligna, de difícil acceso y nativos conflictivos, altamente peligrosos. Por su parte un padre de apellido Figueroa aseguraba que los indígenas eran Humas pero que hablaban lengua Xixime y fueron los que realmente estaban establecidos en la zona de Guarizamey. Cuando los Tepehuanos se rebelaron su cabecilla lo llamaban Gogoxito y será el gobernador Alvear quien le da muerte. En 1630 llega el padre Pedro Gravina quien muere en 1663. Para 1663 comienzan a llegar los Jesuitas, vía rio Piaxtla estableciéndose primero en la misión de Santa Polonia, luego funfdaron la misión de San Geronimo de Ajoya, la de San Agustín, San Javier, la misión de Guaymino (Frente al actual poblado de San Ignacio), Cabazan, San Juan y se menciona entre ellos a Cristóbal Robles (FILOSOFÍA MARISMEÑA/ TAYOLTITA, DURANGO. Jueves, 1 Octubre 2015). Por otr parte, el demonio Rabessa o Rabassa está ligado al mar primordial asexuado y, por tanto, a la homosexualidad o androginia, siendo su figura la de un monstruo marino bisexual. Por un lado, se le asocia a la hija del diablo, a Naamah, el ángel de la prostitución, por lo que se relaciona también con Lilith, la primera mujer de Adán en la tradición hebrea, caracterizada por ser infantilmente envidiosa y esencialmente contraria a Artemisa (Diana). Se trataría de la sustantivación de los poderes femeninos opacos, o del aspecto negativo del alma inferior. Su estampa sería la de una figura serpentina de apariencia horrible: alada, de cabellos desordenados, de rostro verdoso y reluciente, a la que se conoce como La Verde y, también, como La Egipcia –imagen que evoca claramente a la Médusa, la terrible y petrificante Gorgona de la mitología griega. Monstro, en efecto, relacionado con las Gorgonas, las Arpías, las Sirenas, las Náyades y las Ninfas. En su aspecto masculino se le llama Rabisú, o Habisú, que significaría el vagabundo, el que asecha o el merodeador. Deidad asirio babilónica que hace apariciones inesperadas o se esconde en rincones oscuros; peligroso demonio que provoca trastornos y enredos entre los habitantes de una casa. Se le relaciona con variados demonios, como Dybbuk, conocido como El Aferrado, que es una entidad perversa y un espíritu errante que vaga entre los mundos de la vida y de la muerte al querer escapar de su castigo, que no tiene caída en el cielo o que no sabe cómo llegar a él. Se trataría de un espíritu maligno que se apodera de otro para poder vivir, o que se apodera de otro aprovechando problemas emocionales o fisuras psíquicas. Se le considera causante de afecciones fuertes como la ceguera, la sordera, las obstrucciones de la garganta y el asma, la locura y el dolor corporal, así como de las migrañas. A Rabassa o Rabisú se le menciona también con los nombres de Abyzou, Obizo, Obizuth y Bysou, nombres todos emparentados con el griego Abyssos, que significa “abismo”, que es el foso sin fondo del Infierno. Contrafigura de Diana y antítesis de San Rafael, Rabassa tiene miles de nombres y de formas, pues otros pueblos y culturas la llaman Gylu, Amarohus, Abysu, Karkhoz, Brione, Berdellos, Algiptione, Borma, Kharkanistea, Akida, Myia, Petomene o Antora. En todos los casos se le asocia al viento contrario que viene del mar. Probablemente se trata del mismísimo monstruo marino llamado Rahab, el ángel caído a las profundidades del mar.  Del hebreo “Râjâb” o “Râhâb”, que significa "ancha o grande", en griegos “Rhajáb” o “Rhaáb”, donde significa "tormenta", "violencia”, “tumulto" o "arrogancia”, “insolencia". Sería también la babilónica deidad Tiamatt, el femenino del agua, que es su  parte salada, dividida por el Creador en el mito de la parte masculina, Apsu, la otra deidad siria, que corresponde al agua dulce. La diosa mexicana Coatlicue sería la escenificación escultórica de ese drama mitológico, donde los dos principios del agua primordial quedan enfrentados en una sola entidad bajo la forma de dos colosales serpientes. El Testamento de Salomón la presenta como un demonio que vaga por el mundo buscando mujeres para estrangular a sus hijos recién nacidos, o que hace morir a las madres. Se cuenta que Salomón mismo la encadenó en la entrada del Tempo y la colgó de sus cabellos como castigo. Su culpa, nada menor, sería la de apartar a los hombres de Dios por medio del llamado al adulterio y la fornicación, alejándolos así de las buenas obras. Sería también una artista del simulacro y de las imágenes supersticiosas. En hebreo se le llama “Tehau”, en Asiria “Apsu” y en Siria “Abzu”, que se refiere al mar no diferenciado de antes de la creación, al mar caótico y oscuro. Aunque vencida, no desaparece, sino que vaga por el mundo ajena a la lealtad y, siendo estéril, es la portadora de la envidia y del mal de ojo. En su aspecto masculino se le relaciona entonces con un ser sin cabeza, que necesita robar una para poder ver, oler, oír, mirar y comer, aunque se dice que San Miguel lo pisotea con los cascos de su caballo. En este registro se le relaciona también con Belcebú o Belial (Baal Zebub), conocido como El Rojo, patrono de la magia y caracterizado por su envidia y sus celos por Cristo, por lo que se dice que acompañó a Judas Iscariote a la horca. Enemigo del Señor Bueno, caracterizado por sus grandes genitales, se le asocia también al cojo dios griego Saturno (Cronos, devorador de sus hijos), cundido por la melancolía. Es por ello que otros lo asocian al demonio Asmodeo, el diablo cojo y deforme, amante impetuoso y melancólico, que es además deshonrado. Demonio a la altura de los tronos y de las Serafines que luego de la rebelión desobediente y la caída se enfanga en las turbias aguas de los pecados capitales de la carne, siendo el ícono de la lujuria y de la ebriedad. La tradiciones populares lo retratan siendo avenado del cielo, quedando zambo al estrellarse contra el suelo (Vulcano), teniendo que usar muletas o bien afectado con una pata de gallo. Señas todas ellas de una imperfección ontológica radical, que lo hace un ser marcado por la fealdad, que al ser el estigma de una falta o falla axiológica lo convierte a perpetuidad en un ser desdichado, conocido por la cultura vernácula como el “diablo cojuelo”. Se cuenta que los ángeles buenos comunicaron a Salomón ciertos conocimientos secretos, junto con un anillo que le regaló San Miguel, en cuyo poder estaba el poder dominar a los demonios. Armas con las que logró convocar a los espíritus impuros para la construcción del Tempo y que luego empleó para encerrarlos en una botella, menos al diablo cojuelo, que se le escapó, logrando posteriormente liberar a sus secuaces del encierro. Espíritu del mal, ser que cojea o al que le falta una pata, pues, que maximiza su iconografía bajo la forma de un ser con voz de dragón, cabeza de león, cola de serpiente y pies de gallo. En otras ocasiones se le pinta con tres cabezas, de cuervo, de toro y de ogro. Espíritu maldito por el Creador al que se le atribuyen poderes mágicos asociados a la música, el drama y la danza, siendo su imagen la de un juglar que practica la magia amorosa. Es identificado también con el demonio de la ira o de la cólera del pene, cuya tarea es la de cambiar las leyes de los sabios y de perturbar a los hombres con los deseos sexuales. En otras ocasiones se le considera como jefe de los archivos del Infierno. Es entonces Baalberit o el llamado Baal de la Alianza, el conservador en jefe de los archivos del Infierno, encargado de revisar todos los documentos que están consignados los pecados de los hombres, los cuales transcribe en un libro grande con caracteres deformes –a diferencia del pequeño libro de la vida en que con luminosos caracteres se asientan las acciones buenas de los mortales. Puede decirse, por último, que al estar íntimamente ligado a la envidia y al mal de ojo se le relaciona asimismo con el apocalíptico Abaddon, el demonio de los abismos sin fondo, Señor de las langostas que se dejó sentir en las lluvias que arrasaron a Egipto. Su manifestación más patente se encentra en el fenómeno conocido como el Viento del Oeste, que se extiende bajo la forma de potentes ventarrones en tierra adentro preñados de malignidad, que golpea a las personas al doblar las esquinas para extraviar y perder a las conciencias. 
[2]  Luévanos Becerra, José Antonio. Coordinador. Tayoltita. Centro Minero de las Quebradas. Guraisamey. San Dimas. Ed. Minas de San Luis. Durango, México. 1996. Págs. 30-31. El Sr. P. Lares aclara que el indio analfabeta Santiago Cayetano Flores registró en la ciudad de Durango la mina “Nuestra Señora de Guadalupe”, registrando simultáneamente, de manera perfectamente formal, el plan para fabricar hacienda con agua o artes para beneficiar metales en la zona, siendo cosa de justicia, alegando no ser de malicia y todo lo necesario, ayudándolo a firmar el documento Juan de Arritola en solicitud admitida y registrada en la misma fecha del 24 de septiembre de 1786. Cosa que probaría que no fue el susodicho indio el descubridor de la mina de Agua Caliente, como haría pensar Everardo Gámiz en su libro Durango Gráfico, la cual habría sido en realidad descubierta 29 años antes, en 1757, por exploradores españoles que la explotaron am muy baja escala.    
[3] Op. Cit. Pág. 30.
[4]  Op. Cit. Pág. 26.
[5] Op. Cit. Págs. 32 a 34
[6] El Poder Legislativo en cambio ocupó por muchos años como sede la Casa Real, hoy Hotel San Jorge, hasta que fue comprada por el rico hacendado Juan Nepomuceno Flores Alcalde.  








2 comentarios:

  1. Primeramente les felicito por tremendo documento de informacion.
    Mi nombre is Jose J. Alvarez
    soy originario de Durango Dgo.
    emigre ase 42 anos y al leer esta historia me trasportaron a mi Durango, Felicidades.

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    1. Gracias Don José, vuelva pronto, se está poniendo muy bonito Durango, gracias por sus comentarios ...!!!

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