viernes, 2 de septiembre de 2016

El Demonio Rabessa: el Viento del Oeste Por Alberto Espinosa Orozco

El Demonio Rabessa: el Viento del Oeste
Por Alberto Espinosa Orozco




El demonio Rabessa o Rabassa está ligado al mar primordial asexuado y, por tanto, a la homosexualidad o androginia, siendo su figura la de un monstruo marino bisexual. Por un lado, se le asocia a la hija del diablo, a Naamah, el ángel de la prostitución, por lo que se relaciona también con Lilith, la primera mujer de Adán en la tradición hebrea, caracterizada por ser infantilmente envidiosa y esencialmente contraria a Artemisa (Diana).
Se trataría de la sustantivación de los poderes femeninos opacos, o del aspecto negativo del alma inferior. Su estampa sería la de una figura serpentina de apariencia horrible: alada, de cabellos desordenados, de rostro verdoso y reluciente, a la que se conoce como La Verde y, también, como La Egipcia –imagen que evoca claramente a la Médusa, la terrible y petrificante Gorgona de la mitología griega. Monstruo, en efecto, relacionado con las Gorgonas, las Arpías, las Sirenas, las Náyades y las Ninfas. En su aspecto masculino se le llama Rabisú, o Habisú, que significaría el vagabundo, el que asecha o el merodeador. Deidad asirio babilónica que hace apariciones inesperadas o se esconde en rincones oscuros; peligroso demonio que provoca trastornos y enredos entre los habitantes de una casa.




Se le relaciona con variados demonios, como Dybbuk, conocido como El Aferrado, que es una entidad perversa y un espíritu errante que vaga entre los mundos de la vida y de la muerte al querer escapar de su castigo, que no tiene cabida en el cielo o que no sabe cómo llegar a él. Se trataría de un espíritu maligno que se apodera de otro para poder vivir, o que se apodera de otro aprovechando problemas emocionales o fisuras psíquicas. Se le considera causante de afecciones fuertes como la ceguera, la sordera, las obstrucciones de la garganta y el asma, la locura y el dolor corporal, así como de las migrañas.
A Rabassa o Rabisú se le menciona también con los nombres de Abyzou, Obizo, Obizuth y Bysou, nombres todos emparentados con el griego Abyssos, que significa “abismo”, que es el foso sin fondo del Infierno. Contrafigura de Diana y antítesis de San Rafael, Rabassa tiene miles de nombres y de formas, pues otros pueblos y culturas la llaman Gylu, Amarohus, Abysu, Karkhoz, Brione, Berdellos, Algiptione, Borma, Kharkanistea, Akida, Myia, Petomene o Antora. En todos los casos se le asocia al viento contrario que viene del mar.




Probablemente se trata del mismísimo monstruo marino llamado Rahab, el ángel caído a las profundidades del mar.  Del hebreo “Râjâb” o “Râhâb”, que significa "ancha o grande", en griegos “Rhajáb” o “Rhaáb”, donde significa "tormenta", "violencia”, “tumulto" o "arrogancia”, “insolencia". Sería también la babilónica deidad Tiamatt, el femenino del agua, que es su  parte salada, dividida por el Creador en el mito de la parte masculina, Apsu, la otra deidad siria, que corresponde al agua dulce. La diosa mexicana Coatlicue sería la escenificación escultórica de ese drama mitológico, donde los dos principios del agua primordial quedan enfrentados en una sola entidad bajo la forma de dos colosales serpientes.
El Testamento de Salomón lo presenta como un demonio que vaga por el mundo buscando mujeres para estrangular a sus hijos recién nacidos, o que hace morir a las madres. Se cuenta que Salomón mismo la encadenó en la entrada del Tempo y la colgó de sus cabellos como castigo. Su culpa, nada menor, sería la de apartar a los hombres de Dios por medio del llamado al adulterio y la fornicación, alejándolos así de las buenas obras. Sería también una artista del simulacro y de las imágenes supersticiosas. En hebreo se le llama “Tehau”, en Asiria “Apsu” y en Siria “Abzu”, que se refiere al mar no diferenciado de antes de la creación, al mar caótico y oscuro. Aunque vencida, no desaparece, sino que vaga por el mundo ajena a la lealtad y, siendo estéril, es la portadora de la envidia y del mal de ojo. En su aspecto masculino se le relaciona entonces con un ser sin cabeza, que necesita robar una para poder ver, oler, oír, mirar y comer, aunque se dice que San Miguel lo pisotea con los cascos de su caballo. En este registro se le relaciona también con Belcebú o Belial (Baal Zebub), conocido como El Rojo, patrono de la magia y caracterizado por su envidia y sus celos por Cristo, por lo que se dice que acompañó a Judas Iscariote a la horca. Enemigo del Señor Bueno, caracterizado por sus grandes genitales, se le asocia también al cojo dios griego Saturno (Cronos, devorador de sus hijos), cundido por la melancolía.





Es por ello que otros lo asocian al demonio Asmodeo, el diablo cojo y deforme, amante impetuoso y melancólico, que es además deshonrado. Demonio a la altura de los tronos y de las Serafines que luego de la rebelión desobediente y la caída se enfanga en las turbias aguas de los pecados capitales de la carne, siendo el ícono de la lujuria y de la ebriedad. La tradiciones populares lo retratan siendo aventado del cielo, quedando zambo al estrellarse contra el suelo (Vulcano), teniendo que usar muletas o bien afectado con una pata de gallo. Señas todas ellas de una imperfección ontológica radical, que lo hace un ser marcado por la fealdad, que al ser el estigma de una falta o falla axiológica lo convierte a perpetuidad en un ser desdichado, conocido por la cultura vernácula como el “diablo cojuelo”.



Se cuenta que los ángeles buenos comunicaron a Salomón ciertos conocimientos secretos, junto con un anillo que le regaló San Miguel, en cuyo poder estaba el poder dominar a los demonios. Armas con las que logró convocar a los espíritus impuros para la construcción del Tempo y que luego empleó para encerrarlos en una botella, menos al diablo cojuelo, que se le escapó, logrando posteriormente liberar a sus secuaces del encierro.
Espíritu del mal, ser que cojea o al que le falta una pata, pues, que maximiza su iconografía bajo la forma de un ser con voz de dragón, cabeza de león, cola de serpiente y pies de gallo. En otras ocasiones se le pinta con tres cabezas, de cuervo, de toro y de ogro. Espíritu maldito por el Creador al que se le atribuyen poderes mágicos asociados a la música, el drama y la danza, siendo su imagen la de un juglar que practica la magia amorosa. Es identificado también con el demonio de la ira o de la cólera del pene, cuya tarea es la de cambiar las leyes de los sabios y de perturbar a los hombres con los deseos sexuales.





En otras ocasiones se le considera como jefe de los archivos del Infierno. Es entonces Baalberit o el llamado Baal de la Alianza, el conservador en jefe de los archivos del Infierno, encargado de revisar todos los documentos que están consignados los pecados de los hombres, los cuales transcribe en un libro grande con caracteres deformes –a diferencia del pequeño libro de la vida en que con luminosos caracteres se asientan las acciones buenas de los mortales. Puede decirse, por último, que al estar íntimamente ligado a la envidia y al mal de ojo se le relaciona asimismo con el apocalíptico Abaddon, el demonio de los abismos sin fondo, Señor de las langostas que se dejó sentir en las lluvias que arrasaron a Egipto.
Su manifestación más patente se encentra en el fenómeno conocido como el Viento del Oeste, que se extiende bajo la forma de potentes ventarrones en tierra adentro preñados de malignidad, que golpea a las personas al doblar las esquinas para extraviar y perder a las conciencias.







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