martes, 16 de agosto de 2016

A 130 Años de Ángel Zárraga: una Aproximación BIiográfica Por Alberto Espinosa Orozco

A 130 Años de Ángel Zárraga: 
una Aproximación Biográfica
Por Alberto Espinosa Orozco






I
Ángel Zárraga Arguelles nació en la ciudad de Durango, capital del estado del mismo nombre, el 16 de agosto de 1886, hace 130 años. Su padre, don Fernando Zárraga Guerrero, hijo de Juan Anto­nio Zárraga, de origen vasco, nació en 1861 en la misma ciudad de Durango, y se le reconoció como un prestigiado médico. En la Escuela de Medicina de la ciudad de México impartió las cátedras Obstetricia, Anatomía Topográfica y Clínica Quirúrgica, para luego fungir como director; también fue presidente de la Academia Nacional de Medicina, y años después, en el desaparecido Hospital Juárez, un pabellón llevó su nombre. Hombre de desarrollada sensibilidad artística, estimuló las bellas artes en sus hijos, especialmente en Ángel. Deseaba que se dedicara, igual que él, al estudio de la medicina pero, al advertir sus predisposiciones e intereses artísticos, lo impulsó para que llevara a cabo su vocación de pintor. El mismo Ángel Zárraga comentaba que tenía cuatro afectos: "su padre, un self-made-man, médico alto y fuerte, Tiziano, El Greco y Velázquez".




Por medio de su madre de ascendencia francesa, Guadalupe Arguelles, el pequeño Ángel obtuvo sus primeros conocimientos del francés, así como el acercamiento a las enseñanzas religiosas que, junto con las oraciones infantiles aprendidas en casa, lo acompañarían toda su vida y que sembraron en su carácter una profunda devoción cristiana presente en gran parte de su creación artística. A su madre debe Zárraga el aprendizaje del francés y del culto religioso –caminos del mundo y del ultramundo a los que fue fiel toda su vida.
Sus hermanos fueron Francisco, Guillermo, María e Isabel, así como Fernando, Guadalupe y Luz, quienes murieron de niños. También fue primo de los actores María de los Dolores Asúnsolo López-Negrete (Durango, agosto 3, 1905 a abril 11, 1983) y de José Ramón Gil Samaniego, mejor conocido como Ramón Novarro (Durango, 6 febrero 1899-30 octubre 1968), de quienes pintó sus retratos.[1] Apenas dos años mayor que el poeta zacatecano Ramón López Velarde, el pintor de origen durangueño se traslada con su familia a vivir a la Ciudad de México, en el año de 1893, a los 7 años de edad. Sobre sus años de infancia Zárraga rememoraba: “en esa recámara, mi madre, que se llamaba Guadalupe, como la virgen nuestra, tomaba mis manos infantiles y arrodillado me enseñaba aquellas oraciones [...] y era la oración a San Jorge para protegerme de las ponzoñosas [...] y era la oración al Santo Ángel de Mi Guarda, luz y compañía", guiándolo así por los caminos del mundo y del ultramundo.[2] Oraciones que rezan:

Ángel de mi Guarda

Ángel de mi guarda,
Mi dulce compañía
No me desampares
Ni de noche ni de día

Jesús, José y María
Asistidnos en todos
Los instantes de nuestra vida
Y en la última agonía.
Amén

Oración a San Jorge

San Jorge bendito,
Amarra a tu animalito
Con tu cordón bendito,
Y que no me pique a mí,
Ni a otro pobrecito.



         Especie sui generis de misionero y de caballero andante, encomendado desde pequeño a San Jorge y al Ángel de la Guarda, Ángel Zárraga templo sus pinceles y bruño su paleta recorriendo el mundo de su época moderna y a la manera de un geógrafo levanto la cartografía de su gestación, y absorbiendo sus movimientos contemporáneos fue precisando sus perfiles más nitos bajo la forma de presencias poderosas o revelando la esencia de sus estancias en sus luminosas y refinadas visiones, dejando con ello en sus lienzos, a manera de testimonio, un mapa de su esencia.
Sus primeros estudios los realizó en la Escuela Anexa a la Normal, la misma en la que iniciaron su formación otros destacados intelectuales mexicanos, como Alejandro Quijano y Jaime Torres Bodet. En 1899, a los 14 años de edad, ingresa a la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, en pleno centro de la ciudad, entrando al seno mayor de la por entonces floreciente cultura nacional, teniendo como maestros a José María Vigil, Justo Sierra, Manu Parra, Amado Nervo, el filósofo Ezequiel A. Chávez y al poeta y profesor de literatura clásica Pedro Arguelles, quien a la sazón era hermano de su madre Guadalupe y quien fuera bisabuelo del escritor e historiador de la cultura Guillermo Sheridan. En aquel entonces Zárraga escribía prosa y dibujaba algunas caricaturas y retratos sobre tarjetas postales, las cuales vendía cono éxito en la Casa Pellandini, solventando sus gastos con las ganancias.
     Hacia 1902 y 1903, cuando tenía escasos dieciséis años,  fue motivado por los grandes poetas Luis G. Urbina, J. J. Tablada y Amado Nervo para que publicara sus primeros versos en la Revista Moderna, publicación que agrupaba a los más excelsos escritores de la época. Tres años más tarde Rubén Darío incluiría, en la Antología de Poetas Hispanoamericanos, de Manuel Ugarte (1906), dos de sus poemas, escritos en Bruselas en 1905.También realizó diversas viñetas que ilustraron la afamada revista, la cual agrupaba a los más excelsos escritores y colaboraría con alguna epístola para la revista Savia Moderna. [3]  En 1902,  a los 16 años de edad, la Revista Moderna le publica el siguiente soneto:

Eucaristía

¡Y germinó dentro de mí! Sentía
mi corazón rompiéndose en pedazos
como si desgranada a martillazos
fuera una hermosa y rica pedrería.

 La inspiración surgió del alma mía
y era férrea mujer en cuyos brazos
creí morir; pero en aquellos lazos
seguir muriendo sin cesar quería.

Se levantó el incienso en mis altares,
en lo alto vibraron los cantares
sus formidables notas de grandeza

 y al postrarse mi espíritu de hinojos
puso el Arte sus luces en mis ojos
y en mis labios su hostia, la Belleza.[4]





Posteriormente estudia en la Academia de San Carlos por un breve periodo de tiempo, de 1901 a 1903, teniendo como compañeros a José Clemente Orozco (Zapotlán, hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, 23 de noviembre de 1883-Ciudad de México, 7 de septiembre de 1949), Diego Rivera (Guanajuato, 8 de diciembre de 1886-Ciudad de México, 24 de noviembre de 1957), Roberto Montenegro (Guadalajara, Jalisco, 19 de febrero de 1887-Ciudad de México, 13 de octubre de 1968), Francisco Goitia (Fresnillo, 4 de octubre de 1882-Xochimilco, México, D. F., 26 de marzo de 1960) y Saturnino Herrán (Aguascalientes 1887-Ciudad de México, octubre de 1918).  Toma clases de de Dibujo de Perspectiva con José María Velasco (Temascalcingo, Estado de México, 6 de julio de 1840-Villa de Guadalupe Hidalgo, Ciudad de México, 26 de agosto de 1912) y de Dibujo al Natural (Desnudo) con Santiago Rebull (1829 - 1902), pudiendo contemplar los cuatro tableros de sus Bacantes, proyectadas para el Alcázar del Castillo de Chapultepec, reconociendo con los años que fue gracias  Rebull que se trasmitió y continuó en México la tradición del clasicismo francés de Jacques-Luis David y de Jean-Dominique Ingres, árbol imperecedero y frondoso vivificado por el color de lo nuestro. Tradición clásica que el mismo Zárraga sintetizaría como: la búsqueda de la perfección de la forma y del equilibrio compositivo, la primacía del dibujo como fundamento en toda práctica artística, el estudio constante del cuerpo desnudo, y la prevalencia de la figura humana como objeto precedente de representación. Principios de un credo estético inquebrantable que le sirvieron para contrarrestar, por derroteros tradicionalistas, las tentaciones bífidas de la vanguardia, a la vez atrayente y desconcertante. 
Orfebre del claroscuro, aprendió del maestro generacional Germán Gedovius, tanto como del paisajista José María Velazco y del neoclasicismo de Santiago Rebull. Empero, pronto se impregnó del simbolismo funerario de Julio Ruelas  (Zacatecas, 1870-París, 1907), formándose en los rigores más exigentes del oficio, lo que le permitiría desarrollar una técnica segura y triunfante. Zárraga le confesaría un día a Carlos González Peña no sólo que Julio Rulas fue su primer maestro, sino que tuvo el privilegio de ser su único discípulo. En efecto, por afortunado arcano, en 1903 se le otorgó al grabador zacatecano el Taller de Modelado en Yeso, donde por afinidades electivas imanta al joven Ángel Zárraga. Ruelas lo hacía dibujar durante días y días, con una paciencia de primitivo, una calavera. Con la sed de renovación propia de la juventud, en la fiebre de sus quince años, le hablaba a su maestro de las investigaciones impresionistas, que era el nombre de la vanguardia en aquella época, ante lo que no sin impaciencia Ruelas desechaba los “cuentos chinos”, haciéndole ver al joven artista que, por más que se hablara del abanico iridiscente de la luz, “un hueso es un hueso”.[5] Del maestro zacatecano aprendió así no sólo la disciplina dibujística, también la visión moderna del compromiso artístico de la imaginación desbordada, de la subjetividad radical, de la libertad para abordar la iconografía clásica y del regodeo en la exploración de los laberintos sombríos del erotismo, tomado así distancia de la moda por la perversidades culminantes en la obsesión y en la muerte. Enseñanza, pues en los secretos de la belleza oscura, que a la vez fulmina y estremece. Genio tortura que comunicó los ideales del modernismo en la revista Moderna, con una soltura de línea a la vez sinuosa y recargada. Al finalizar ese año Julio Ruelas marcha a Paris, donde muere de tuberculosis en 1907, a los 37 años de su bohemia edad.[6]
Julio Ruelas murió de tuberculosis en París, habiendo pedido que lo enterraran en el Cementerio de Mont Parnasse, donde también descansan los cuerpos de Charles Baudelaire, Guy de Maupassant, César Vallejo, Samuel Beckett, Emile Cioran, Julio Cortázar, Marguerite Duras, Eugène Ionesco, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre y Porfirio Díaz.[7] Sus amigos, el pintor Jorge Enciso y Don Jesús Luján, pagaron a Arnulfo Domínguez Bello la famosa escultura funeraria. Se cumplió la última voluntad del pintor y grabador zacatecano, quedando su tumba en la División 26, Línea Este 26, Tumba 16 Norte del cementerio parisino, cerca de la Rue Emile Richard, de donde, como él lo quiso, llega el repiquetear de los tacones femeninos caminado por las aceras de la calle.[8]







En la Academia de San Carlos, los nuevos pintores tenían dos certidumbres, dos testimonios de autenticidad: a Santiago Rebull y a José María Velazco. Su maestro, el pintor Adrian Unzueta, discípulo de Salomé Pina, le hizo palpar al joven aprendiz la pétrea realidad de José María Velazco, así como a respirar en medio de la inmensidad de la luz del paisaje mexicano. Gran escuela la de San Carlos en ese tiempo, en la que Zárraga encontró los cimientos clásicos de todo su pensamiento como artista. En 1903 realiza una sorprendente ora: Adán y Eva o El Pecado Original, copiando un fresco de Rafael tomado de la bóveda de la Stanza della Segnatoria, en el Vaticano –cuerpos perfectos en donde el oleo aspira al realismo de la carne y la piel. Se conservan también dos dibujos suyos de esa época: Figura humana con ciervo (El Fauno del cabrito) y Busto de Sócrates (Cabeza Humana).






Ángel Zárraga quedó marcado desde el principio por el simbolismo vanguardista en boga representado inmejorablemente por Julio Ruelas, pues tal corriente estética era una respuesta a la época y altura histórica, reaccionando en contra del racionalismo y materialismo científico positivista en boga, al expresar los estados del alma extremosos bajo el escorzo de los temas extremosos ellos mismos: la enfermedad, la muerte, la pasión sexual y los terrores ocultos de la crueldad o del pecado, hasta incursionar por los pasadizos y precipicios de lo sobrenatural, el misticismo y el ocultismo.[9] El joven artista queda inscrito al grupo del poeta y fiel amigo José Juan Tablada y para 1903 ingresa a la Revista Moderna como escritor y viñetista, gracias al reconocimiento de su primer maestro, el enigmático y perturbador grabador zacatecano Julio Ruelas, de quien aprendió los principios de una especie de exquisito simbolismo, de carácter fantasmagórico y alemán –en donde hay que buscar, junto con Clemente Orozco y su maestro Posada, las raíces y el humus del más profundo simbolismo mexicano.
Sin embargo, Ángel Zárraga, después de marchar a Europa en 1904, no regresó a vivir a México sino después de 37 años, siendo testigo de la destrucción moral y material de Europa al iniciar la Segunda Guerra Mundial. En ese lapso de tiempo visita su patria solamente en cuatro ocasiones: en 1907, 1910, 1914 y 1929, siendo esta última especialmente desafortunada por las turbiedades del clima político creado por sediciosos y calumniadores socialistas de buró, quienes en delirantes filosofías especulativas sospechan de su desarraigo para acusarlo de antinacionalista, clerical y hasta de cristero.
En 1907 traba amistad con los miembros de la Sociedad de Conferencias, presidida por Antonio Caso, Alfonso Reyes, Pedro Enríquez Ureña, Isidro Fabela y José Vasconcelos, la cual se convierte en 1909 en el renombrado grupo del Ateneo de la Juventud, perteneciendo así a la llamada Generación del Centenario. 




II
Ángel Zárraga emprende pronto el viaje a Europa, a los 18 años de edad, siendo primero pensionado por su familia. Llega directamente a París, resintiendo las crudas condiciones climatológicas invernales, en el tiempo en que los primeros impresionistas recibían un reconocimiento apoteósico, desde las irisadas catedrales de Manet a los “accidentes” impresionistas en los que se debatía Cézanne, haciendo abstrusos esfuerzos para conservar su solidez, así como las invenciones de Toulusse Lautrec, que en un principio le parecieron a Zárraga malsanas. Al joven aprendiz mexicano se sintió en cambio más afín a los retratos de Renoir, sintiendo especial admiración por Degas. Visita la Ecole des Beauz Arts de parís, aunque el arte oficial le pareció sumido en un orden frío totalmente negativo, por lo que mejor se refugia en el museo del Louvre, para contemplar a los viejos maestros de antaño de la escuela francesa del Siglo XIX: a Louis David y a Ingres; pero también a los venecianos Ticiano, Veronés y Tintoretto. Para recuperar con ello el equilibrio. Se introduce en la cola del impresionismo con disgusto y desconcierto, por lo que decide quedarse en el clasicismo mexicano, más que nada por movido por el instinto del primitivo, de no comer lo que le hace daño.  No por ello deja de reconocer la tendencia en los diversos impresionistas hacia la paleta clara, hacia una luminosidad de ventanas abiertas a los campos gloriosos del sol. Por un lado, pues, el amor a la naturaleza; por el otro, el goce pictórico, el deslumbramiento y efectismo de las vibraciones luminosas y la intensidad cromática, de acuerdo a la doctrina teórica de la división primigenia del tono. La objeción a la nueva técnica, sin embargo, estribaba en complicar el procedimiento pictórico, lejos de simplificarlo, en razón de su divisionismo que, llevado al extremo llevaba a un simulacro de la naturaleza misma, o a un retroceso en el mero virtuosismo de poner pinceladas de color con paciencia benedictina, a partir de la pura luz, en ausencia de forma, que para colmo tendía a suprimir la más grande, la cualidad única del verdadero artista: la selección para encontrar lo expresivo.[10]  La convicción en la búsqueda de lo expresivo lo llevó a afirmar que el arte no tiene nada que ver con la naturaleza, sino que es solamente un tema conductor par humanizar y sintetizar colores, en rimas y ritmos, de la misma que lo hace el músico con las notas, el escultor con las líneas o el poeta con las palabras. Pues por la búsqueda de lo expresivo Zárraga no entiende otra cosa que la búsqueda de lo espiritual, a cuyo tema supedita el artista la línea, el color y el claroscuro.  
Encontrando un ambiente demasiado agitado en París decide trasladarse a Bruselas, buscando mayor tranquilidad  para su trabajo. Ciudad que era por ese tiempo un importante centro de difusión del arte contemporáneo, promovido por el círculo de “Los Veinte”, convertido ya en una sociedad que organizaba exposiciones anuales que eran acompañadas por conferencias de los intelectuales de mayor renombre en la época, celebrando 21 exposiciones entre 1894 y 1914, abriendo el paso a una estética libre, dominada por los impresionistas. Entre los artistas invitados durante ese periodo figuraron: Manet, Renoir, Pissarro, Seurat, Sisley, Sinac, Touluse Lautrec, Gauguin, Redón y Rodan, cobrando relevancia los neoimpresionistas de la escuela de Seurat, entre los que llegó a figurar el artista español Darío de Regoyos. Los artistas belgas más notables eran Vogger, Patazis, Verdhsen, pero sobre todo James Ensor, con sus geniales excentricidades, Clauss, con su arte equilibrado y profundo, Honen, del discípulo de Renoir, con sus mujeres de carne rosa y nácar, y un interesante artista, que Zárraga llama su maestro: Jean Toorop, mezcla de holandés y malayo, quien aunque aplicaba la teoría rigurosa de la descomposición primigenia de la luz de los impresionistas, practicaba una especie de simbolismo en obras de asunto religioso en las que luchaban las fuerzas del bien y del mal, el materialismo moderno y la espiritualidad trascendente, en una arte compositivo sinuoso y denso de dibujo impecable, lo que le había hecho colaborar en la producción de carteles estilo art noveau.
Ante el choque con multitud de estéticas del arte novísimo, el artista se impregna de la luminosidad festiva, el colorido rutilante y la soltura de la pincelada, herencia que queda en su fondo para ser usada muchos años después, en el Paris de los 20´s, luego de meditar largamente sobre el carácter propio de cada uno de los colores, que, aunque de efectos variables, se relacionan directamente con nuestros sentimientos, de la misma forma que la precisión de una línea puede sugerir un pensamiento. Y todo ello para crear una “obra”, que está en todas partes y no está en ninguna.[11] Aunque es admitido en la Academia de Brucelas, mejor prefiere frecuentar en los museos a sus héroes: contempla a los pintores flamencos primitivos Metzys y Patinir , y a los pintores barrocos Van Dyck, Jordaens y sobre todo a Rubens. 
En el año de 1905 viaja por las ciudades de Bélgica: Amberes, Brujas, Ypres, Amsterdam, para por fin instalarse en España en 1906, donde, por mediación de Ramón del Valle Inclán, es aceptado en los medios literarios y artísticos madrileños, que se reunían frecuentemente en os cafés, especialmente en el Levante y el Fornos. Pasa un tiempo en el taller del valenciano Joaquín Sorolla, pintor solar al que sin embargo encuentra superficial y hasta frívolo, sintiéndose más atraído por la pintura negra de Zuloaga, que retrataba también la España del norte, oscura y tremenda, ascética, mística y castellana, prefiriendo así su áspera expresividad. Atracción, pues, por la España “negra” de un Regoyos, sobre el que escribe para la revista Moderna en 1907, pero también sobre una obra que le encantó, la de Francisco Iturrino, el famoso acuafortista consejero de Zuloaga. Aunque llegaría a confesar que fue tan mal alumno en Madrid como lo fue en la Real Academia de Bélgica, lo cierto es que pasó por el taller del mismo Ignacio Zuloaga y que estudió grabado al aguafuerte con Ricardo Baroja, al que también frecuentaron Diego Rivera y Roberto Montenegro.  Es el tiempo en que los españoles reflexionan sobre la decadencia nacional, con desencanto sobre el presente, desecha la monarquía, envueltas las instituciones en la corrupción y los ciudadanos en la falta de compromiso moral. 
Zárraga había iniciado su peregrinaje europeo estudiando en Bélgica por un año, en la Academia Real de Artes y Ciencias de Bruselas (1904), más contemplando en los museos las antiguas técnicas pictóricas, para luego viajar a España donde, efectivamente  frecuenta los talleres de Joaquín Sorolla, de Ignacio Zuloaga, pero también el de Julio Romero de Torres, de 1905 a 1908.  Estudia en el Museo del Prado a El Greco, Tiziano, Goya y Velásquez.
Viaja a Italia para estudiar  los maestros del Renacimiento Florentino, especialmente a Botichelli y el Tinttoreto, de 1909 a 1910.  Recorre luego España, Italia y Holanda, pintando y dibujando sin descanso bajo la influencia de El Greco y Zuloaga, para desarrollar un personal simbolismo, el cual se expresa plenamente con las notas de un clasicismo romántico de elevada serenidad y espiritualidad.
Puede decirse del pintor que tuvo una madurez precoz. En las primeras obras maestras de Zárraga se muestra ya como todo un maestro del realismo costumbrista español… ¡a los 20 años de edad! De esa etapa son los lienzos Mujer de Sevilla, El Hombre del Paraguas, Retrato de una anciana (Toledo, 1906), La mala Consejera (Segovia, 1907), La mujer del espejo (1907),  El viejo del escapulario (1907), Estudio de Cabeza de Mujer (1908) y Retrato de Mujer (S/F). Telas en las que logró fijar y exteriorizar con una sensibilidad insólita el gran drama humano. Expresó como ninguno otro los diversos estados del alma española provinciana y pueblerina, sumida en el estancamiento histórico y en la decadencia espiritual. Tomó sus modelos de los tipos populares, registrando el carácter étnico en sus modelos callejeros, sumando al ascetismo de la pintura española la gracia florentina, para poder expresar una esencia histórica de la cultura peninsular y más aún: de la condición humana. Sus figuras no son así personajes cualesquiera, sino caracteres populares, que son más que tipos verdaderos arquetipos o figuras esenciales de un pueblo.
Expone primero en el Museo del Prado, en mayo de 1906, las telas Tierra Parda, Impresión de Castilla y los retratos La Fornarina (de la cupletista Consuelo Bullo) y de Ramón del Valle Inclán, que se venden de inmediato, a pesar de alguna crítica que fustigó al artista por su “enfática manera”, su “exótica pose” y su “burlesca pretensión”, rasgos de carácter sobre los cuales luego hablaría Picasso.
Se instala a vivir en la ciudad castellana de Segovia, tierra adusta igual que sus almas, penetrada de la neta vida española en toda su pureza, con todo su negro ascetismo, su cruel hosquedad y su sordidez misérrima. A la manera de su maestro Zuloaga toma como modelos a los campesinos encorvados por la  edad y la fatiga, a los torerillos y a los enanos, a los pordioseros y a los cretinos, patéticos representantes de la condición humana y de los aspectos más ásperos de la vida, poniendo de acuerpo a los personajes con los paisajes, que resultan así una proyección ampliada del alma de sus personajes, mostrando con ello toda su maestría, su profundidad de expresión y de carácter. Versión de la España aprendida también de la obra del divino Greco. De esa época, en la que Zárraga alterna su viaja a la ciudad imperial de Toledo y a una serie de pueblos y ciudades muertas, como Illescas o Zamonarola, entre 1906 y 1908, son un conjunto de cuadros, que han llamado desde entonces poderosamente la atención: El Hombre del Escapulario, La Mujer de Sevilla, Los Viejos del Asilo de San Juan de Dios, La Dádiva, Andrecillo, La Mala Consejera y La Bailarina Desnuda







En el Museo del Prado estudia las obras de El Greco, Rivera, Zurbarán y Velázquez, usando por entonces una sobria paleta castiza, de ocres y grises, de blancos y negros, en paisajes de cielos borrascosos, de mirada respetuosa hacia los humildes y de una religiosidad profunda.
Enamorado de Toledo, donde puede admirar el lienzo del Greco “El Entierro del Conde de Orgaz”, en el año de 1906 visita el Asilo de San Juan de Dios, modulando la miseria de los viejos mendigos con la gran riqueza plástica de las atmósferas españolas, haciendo valer entre tonos oscuros y pardos el lujo de los negros. En el Salón de los Independientes de Madrid de 1906 expone El Hombre del Paraguas (1906) y El Viejo del Escapulario. 






Llaman especialmente la atención los lienzos, pintados en Toledo, Los Viejos del Asilo de San Juan de Dios y La Vieja del Asilo, por su poderoso realismo y su bien lograda austeridad. 


En la exposición del Salón Internacional de los Independientes de Madrid alterna con Ricardo Baroja, Rusinol, Regoyos y Julio Romero de Torres, logrando el reconocimiento unánime de su valía, siendo desde entonces internacionalmente incluido en la escuela española de pintura. Los Viejos del Asilo de San Juan de Dios viajaría a México junto con el artista en 1907 para la exposición anual de la Academia de San Carlos, en la que muestra más de 20 obras (entre oleos, dibujos, pasteles y aguafuertes), causando admiración y alcanzando un éxito considerable. Admiración por haber logrado una síntesis en que recrea la solides artística de Zurbarán con las técnicas de “visibilidad” de los modernos. Posteriormente participa en la Bienal de Venecia y en la muestra de la Pizalle Donatelo de Florencia en 1909. En Venecia expuso colectivamente junto con Zuloaga, Zubiarre y Chirico.[12]


Tiempo sin tiempo preciso, también, en el que el artista, inspirado, tocado por una suerte de perfección y pureza, firma algunos de sus lienzos con las siglas “N.S.A.E” (Non Sapiens a etatum); es decir, no se sabe la fecha. Tiempo, también de las excursiones con Ramón del Valle Inclán que, a la manera de los peregrinos, marchaban en comitiva con antorchas para visitar a El Greco. Zárraga pinta en esa etapa dos cuadros de interés: La Peregrinación y La Purificación (1908-12). También es de esa fecha el imponente lienzo, cargado de moderno hieratismo, titulado La Novia (1910). 



Influenciado por Rivera, Velázquez, El Greco, Zurbarán y Zuloaga, es reconocido por su temperamento, por la recuperación del vigor castizo, por el valor de la modelación clásica, por beber de las fuentes del arte auténtico en una palabra. Dos cuadros son destacados por su expresividad y notable factura: El Hombre del escapulario y El Hombre del paraguas, donde se muestra la decadencia de dos recios hidalgos venidos a menos, pero que conservan en su porte las actitudes que los definen, siendo, a pesar de los pesares, altaneros y desdeñosos, sobreviviendo en ámbitos parduscos y sofocantes. Se trata, pues, de toda una investigación en que se empeño aquella generación, de cómo ser modernos sin dejar de ser españoles. Búsqueda, pues, del suelo primordial católico, y de toda una cultura estratificada en el subsuelo de la vida cotidiana, poblada de hábitos y costumbres y creencias ancestrales permeado en los pueblos y en la vida rural, entre la gente humilde. Búsqueda, es verdad, de “la sal y tierra”, donde se garantiza la continuidad de los valores eternos y de la raza española. Pueblo español debatido, como el nuestro mexicano, entre el apremio de la realidad y el misticismo de un san Juan de la cruz, de un fray Luis de León y Fray Luis de Granada, de una Santa Teresa de Jesús. Brazas que, contra los peligros omnipresentes de la intrahistoria, empuñaron escritores como Azorín, Unamuno y Valle Inclán, en la pintura artistas de la talla de Zuloaga, Regoyos y el durangueño Ángel Zárraga.
También son de esa época: Peregrinación a Toledo (1910); La Dádiva (1910), lienzo aplaudido por Rubén Darío y José Juan Tablada; Las Alegrías de Otoño o El Cuerno de la Abundancia (1910), y: La Mujer del Espejo.[13] 




Presenta su obra con gran éxito en España, Francia e Italia. Etapa marcada por una especie singular del género Vanitas, donde se muestra, por contraste, el tema recurrente de la brevedad de la vida en conjunción con la idea de las etapas acaso más distintivas de lo humano: la juventud y la vejez. Por un lado los desnudos, expresivos de suyo de la lozanía y dulzura de la carne; por el otro, la vejez, marcada por los gestos amargos, por las arrugas y caducidad de la piel humana: cabos o putos extremos de la vida, donde la primavera y los últimos otoños o el invierno se muestran claramente como alegorías de nuestro tiempo, pasajero, veloz, que marca al cuerpo humanismo con su paso, poniendo en nuestros cuerpos un sello de radiante esplendor, contemporáneo de la belleza, para luego hacernos ver lo tiene la duración de estrago de las formas, y la vida de fugacidad. Son también de esa época dos cuadros que hay que contemplar juntos: La Bailarina Desnuda (1907) y La Mujer y el Pelele (1907-1910), éste último inspirado en la novela homónima de Pierre Louys que causó furor en sus adaptaciones teatrales. Sobresale la figura fatal de mujer, ya como tentación irresponsable junto con la vieja impávida, ya como fuerza succionante y malévola, dispuesta a esclavizar, despersonalizar y chupar al hombre, ya vacío de voluntad,  como una araña chupa a una mosca. Belleza terrestre, acaso Pandémica, dispuesta a seducir al hombre para luego llevarlo a la ruina.



              La crítica mexicana de su tiempo no pude ser más favorable; se reconoció al artista por sus signos de modernidad, por la firmeza, solidez y seguridad de trazo, por la verdad en la materialidad de la expresión y en las actitudes de sus personajes, también por ser un autor íntimo, subjetivo, por el poder de su observación, por su gran sentido de la realidad, por el estudio del valor psicológico de sus personajes y su identificación con ellos; en fin, por sus altas dotes como pintor y por la fecundidad de sus esfuerzos. Con ello comenzaría su periodo de madurez, arrojando al tablado universal un puñado de obras maestras, en una fase que, a pesar de su marcado costumbrismo, bien puede calificarse de moderno-simbolista.  Viajando por España, Francia e Italia, su obra tiene buena acogida en los principales focos del arte contemporáneo: Florencia, Venecia, Munich, Paris, Nantes, Lieja. En 1909 expone en Roma, habiendo alcanzando en Europa un desarrollo artístico meteórico en el que alcanzó a temprana edad la maestría técnica y la madura experiencia de un estilo propio.  Búsqueda infatigable de una curiosa modernidad, tal vez la verdadera, en la que se ocupa, con fervor, en encontrar una vía simbólica para recuperar la espiritualidad perdida, sin la cual el hombre se cosifica, degradándose en las místicas inferiores, que al hacerlo partícipe de los meros instintos los sumen también en la contingencia del devenir,  sin posibilidades de trascendencia metafísica.
III
En 1909 realiza viajes itinerantes por Italia, adquiriendo entonces su paleta mayor claridad y sus lienzos una luminosidad casi jovial, de un colorido espléndido, impregnándose de su obra de ensueños, manteniéndose sin embargo a distancia del eclecticismo perturbado y del simbolismo meramente ornamental, adquiriendo su obra una voluntad arcaizante en cierto modo prerafaelista. Admira en ese tiempo a los pintores del Quatrocento y del Cinquecento: Fra Angélico, Benozzo Gozzoli, Ghirlandaio, Boticheli, Leonardo.
Es notorio el arte clásico, de carácter renacentista, en sus desnudos y figuras, no menos que su declarado modernismo simbolista, logrando así una estética clasicista, a la vez mediterránea e internacional. La fórmula de Zárraga en aquel entonces es: estudiar a los antiguos para llegar a lo moderno –en cuya paradoja se encuentra la dificultad no sólo de su arte, sino de nuestra época toda, que en su fase tardía ha desdeñado tanto la gloria ardiente del oficio y la maestría como la profundidad del símbolo, lanzándose así a tientas a un subjetivismo carente de estructura, de ideal e incluso de belleza.
Marcha a estudiar en la Academia de Bellas Artes de París (1910), ciudad en donde se  establece definitivamente para el año de 1911. Menos de una década después de aquel afortunado inició espiritual con Julio Ruelas, pinta su Martirio de San Sebastián (1911), tomando como modelo a su amigo Modigliani, con una curiosa leyenda a manera de Ex Voto que reza: “Señor, no se celebrarte como el poeta con versos complicados, pero acepta Señor esta obra, áspera humilde, que he hecho con mis manos mortales. A. Zárraga”.  Amadeus Modigliani también posa para su lienzo El Pan y el Agua, cuadros donde las figuras idealizadas y alargadas tienen algo de ingravidez, y por los que se le comparó con Fra Angélico y Tintoreto.[14] 



Artista cuya severa disciplina le permite mezclar el sensualismo y el misticismo, la expresión de la carne con la del sacrificio del amor sagrado, pudiendo expresar así emociones de mayor grado de complejidad y las modalidades más ricas de los sentimientos, que van del amor sexual al amor divino, por más que su Ex Voto haya sido calificado de trasgresor, y hasta de sacrílego e impuro.
Los lienzos La Dádiva y Ex Voto o San Sebastián fueron presentados por Zárraga en el salón de Otoño de París en 1911, dando cuenta de una gran originalidad en la que mezclaba la gracia florentina con el esplendor veneciano, en lo que ha sido calificada como la etapa italianizante del artista, llena de luminosidad y de vivo colorido, concentrado en la belleza de los cuerpos desnudos de carácter renacentista, estructurados sobre las bases de un dibujo ceñido y a la vez suntuoso de linaje modernista, abundante en detalles, al parecer nimios, que recuerdan la estética virreinal lo mismo que las artesanías populares.
En ese mismo año expone en México, cediendo a la Academia de San Carlos La mala Consejera (1907) y el gobierno compra Las alegrías del Otoño y cuatro dibujos, siendo ya Zárraga un artista reconocido y de renombre en los círculos europeos, de grandeza indiscutible. Su obra agrega, sin embargo un elemento netamente mexicano, al que Zárraga se aproxima con el concepto de “ensueño” (reverie): una especie de mística laica que se aleja del vigor español, y que hace a nuestro arte menos claro, por exuberante en su impreciso simbolismo. Tiempo que aprovecha para contemplar el arte colonial y las imágenes novohispanas de nuestra tierra.   
En esa misma etapa, en la que domina en su obra una especie de luminosidad de grandiosidad atmosférica y profunda transparencia, da la luz un suntuoso lienzo, cargado de símbolos modernistas y de hieratismo: La Adoración de los Reyes Magos, que fue la admiración del Salón de Otoño de París en 1912, sólo comparable con las obras de los más altos maestros del género: Gustav Klimt, Gustave Moreau y Dante Gabriel Rossetti, pues en él logra la difícil conjunción entre la modernidad y su necesidad de riqueza (de gloria terrena o en el sentido del lujo), con sus enseñanzas del simbolismo en su fase espiritualista: el de la evocación y apoteosis de la gloria en la inmortalidad de lo divino.






Ángel Zárraga, hombre de inspiración razonada, de carácter místico e incluso metafísico y de vocación cosmopolita, supo vislumbrar un foco orientador simbólico de carácter religioso, desarrollando una especie válida de mística artística, de excelentes cualidades técnicas y de manufactura superior, que no desdeña las excelencias del arte más opulento, ni se vende al irracionalismo del extremismo vanguardista de su tiempo, sino que cultiva una razón “onto-teológica”, de acendrada reverencia y respeto hacia el misterio y lo sobrenatural, que a la vez sabe dar su lugar a los seres de la creación, aún a los más humildes, según un orden a la vez piadoso y jerárquico.
Desde temprano dominó el arte del retrato, el cual consiste para el pintor en trasportar la expresión psíquica del retratado al resaltar un rasgo sobre los demás, que surgen amortiguados o atenuados, contribuyendo a realzarlo en la unidad de un carácter. Pintó no sin piedad las misteriosas congojas y pésames inevitables del pueblo español (El Viejo del Escapulario) y las atmósferas de maleficio de la jadeante miseria (La mala Consejera, La Mujer del Espejo), no menos que cifrando en algunas de sus figuras la divina gracia de la radiante esperanza que no muere aún en la resignación irónica (Estudio de Cabeza de Mujer). En efecto, bajo la dirección e influencia de Sorolla y Zuloaga alcanza sus más perfectos retratos psicológicos o de tipos humanos, logrando la majestuosidad del claroscuro, siendo comparado en Europa por ello con el Españoleto.
   Se ha dicho que lo luminoso o lo auroral es lo esencial en la obra de arte. Es verdad. Porque a pesar de que en esa primera época española el pintor revela los terrores y profundos secretos del alma española, no hay que obviar el hecho de tratarse de uno de los sentidos de la cultura mexicana, siendo por ello sus pinturas poderosos cristales de refracción de nosotros mismos, de una de nuestras raíces, es cierto, muchas veces sumidas en las sombras de la decadencia española, a las que suman el recuerdo de la caída de la grandeza conquistada y la explotación, muchas veces desmedida, en  las colonias de ultramar. Sombras, pues, en donde rompe apenas en el lejano horizonte la aurora del mañana, vislumbrada por el maravilloso pintor durangueño en términos de una síntesis superior de la cultura, donde se alían la verdadera modernidad del arte con nuestras viejas tradiciones espirituales, mestizas y religiosas.  Obra teatral, abundante en escenas grotescas e incluso macabras, pero cuyo tenebrismo, el de las horas más densas de la noche, no es sino la preparación para el que pacientemente espera el anuncio de la luz.  
IV
         A los 30 años de edad, en 1917, Ángel Zárraga inicia uno de los capítulos más emocionantes y extremos de su vida artista, al tomar las riendas, junto con un grupo de amigos pintores, de la vanguardia mundial, conocida mundialmente como la “Escuela de París”, en cuyo movimiento dan con una forma extrema de representación plástica: el cubismo. Matiz experimental de las innovaciones estéticas era el París de aquellos años, en el que dominaban dos grupos de artistas que desarrollaron el nuevo hallazgo del cubismo: por un lado Picasso y Braque, llamados los “Cubistas de Salón, que hacían roncha aparte; por el otro Zárraga, Utrillo, Juan Gris y Diego Rivera, presididos por Metzinguer, denominados los “Cubistas de Cristal”. 







De ese año es el retrato cubista de Juan Ramón Jiménez, que es uno de los más preciados emblemas del movimiento cubista. Sin embargo, el crudo facetismo del cubismo, que disociaba quirúrgicamente los planos visuales, causo efectos psicológicos indeseables en algunos de sus experimentadores directos, por lo que Zárraga se ve precisado a zafarse pronto del movimiento, ya para 1919.


Huye a la Provenza, a la casa de su amigo Pierre Bonnard, donde realiza una serie de paisajes y naturalezas muertas, volviendo así la figuración realista de un Renoir y, sobre todo de Cézanne.













 Realiza en este tiempo un espléndido retrato psicológico del artista del gozo de la vida: Auguste Renoir (25 de febrero de 1841-3 de diciembre de 1919), ya viejo, justo en el año de su muerte, apuntando, en tonos sepias, la figura del artista como la un hombre crítico, reflexivo, también como el sabio consejero de los jóvenes artistas que lo frecuentaban. Zárraga dejó impresa su opinión sobre el gran artista en una carta dirigida  al Señorita Lombroso, en la que expresa: “Qué don que milagro el de este hombre, que juega como con un teclado encantado con todos esos tonos, con todos esos maticéis, con todas esas gamas que se renuevan en cada tela y que tienen el aspecto de ser inesperados”. El magnífico óleo de su amigo el pintor Pierre Bonnard (Fontenay-aux-Roses, isla de Francia, 3 de octubre de 1867 - Le Cannet, Provenza, 23 de enero de 1947), con quien fue a visitar a Renoir, fue expuesto en la prestigiosa galería de Berenheim Jeune, en el Boulebard de la Madeleine, el 22 de junio de 1920. Galería codiciada por todos los artistas de la época, por ser emblema del reconocimiento social y comercial, disputando  por exhibir en ella los pintores del momento como Seurat, Cézzane, Matisse o Gauguin. 




La muestra, que constaba de 40 obras, entre paisajes, retratos y naturaleza muertas, fue un éxito en la crítica, que hacía notar la gran calidad artística y estética de su obra, pero también en venta, pues once de los lienzos habían sido colocados antes de la inauguración, con la cual el artista mexicano celebrara quince años de estancia ininterrumpida en París, trabajando discretamente, solo y en silencio, alejado de los artistas decadentes de la inquerida bohemia parisina.
Al año siguiente, en 1921, se lleva a cabo una exposición de su etapa cubista, con cuadros pertenecientes ya a colecciones privadas. Pablo Picasso, entrevistado por Octavio Paz y Rodolfo Usigli en año de la muerte de Ángel Zárraga, en 1946, nos dejó un retrato hablado del pintor mexicano: “Tuve un amigo mexicano que quise mucho. Un hombre inteligente, fino, culto. Muy amable y excelente persona. También era pintor.[…] Ángel Zárraga. Un caballero. Un honnette homme. Era muy mundano y un poco cursi. De esos que en el salón tienen un vaso de cristal con un pétalo de rosa flotando en el agua. Sí, Ángel Zárraga…”.[15]
En el año de 1918 el artista mexicano sufre en París una aguda psicológica, resultado no sólo de sus experimentaciones vanguardistas extremas, sino de su combinación con la tensión social provocada por las atrocidades de la Primera Guerra Mundial. Por lo que a principios de 1919 se casa con la maestra polaca de danza rítmica Jannette Ivanoff (Jeane Moots), quien además practicaba el futbol, llegando a ganar el campeonato francés femenil de esa disciplina. Mujer fuerte, vasta y vigorosa que protegería al pintor, casi puede decirse que físicamente, dándole además los temas de para siguiente etapa pictórica: el futbolismo y las escenas en la playa de las bañistas. 














En la época en que comienza asimismo a incursionar en el muralismo, en el tiempo en que Diego Rivera humilla a todos sus contemporáneos mexicanos con la realización de la decoración masiva de los muros de la SEP. Decora al fresco primero la casa de uno de sus coleccionistas, el Dr, Van der Hearst; entre 1922 y 1929 se dilata en pintar carios muros en el Castillo Vert Coeur, de René Philiphon, cerca de Versalles. Su primera obra para la iglesia la realiza en la Capilla de Nuestra Señora de la Salette, en Sunenes, en el año de 1924. En 1925 pinta a los Cuatro Evangelistas en la Iglesia de los Mínimos, en Rethel, Ardenas.













En el año de 1927 Alberto J. Pani le encarga 18 tableros para la  legación de México en París. En ese mismo año es propuesto por André Honnorat para ser nombrado Chevalier dans l’Ordre de la  Légion d´Honneur (Caballero de la Legión de Honor), reconociendo el gobierno francés sus méritos en 20 años al servicio del arte, a los 40 años de edad, siendo promovido en 1935 y recibiendo la Roseta de Oficial. Debido a la política del gobierno mexicano y sus escollos ideológicos revolucionarios no es sino hasta el año de 1934 que es aceptado como consejero de la Legación de México en París, distinción que solicitaba el pintor desde los tiempos de Alfonso Reyes. En el mismo año de 1834 casa con la bella rubia suizo-alemana María Luisa Gysi.








En la Iglesia de Fedhala, en Marruecos, pinta tres murales, con los temas de Santiago Apóstol, San Pedro y San Pablo. En la Alta Saboya, en el Sanatorio de Cristo Redentor la serie cristológica de: la Anunciación, la Redención, la Bienaventuranza y su famoso Vía Crucis. Pinta también en el Sanatorio Martel de Janville y en la Mansión del Café en París, en la Plaza de la Opera. Luego realiza murales en la Sala de Consejo de la Unión de Minas de París, y para la Compañía de Fosfatos de Constantine.
Para la Capilla de Malpaso en Mégrive pinta al fresco temas mitológicos griegos y en el templo de Saint Ferdinand des Ternes, las Vidas de Santa Teresa de Ávila y Santa Teresa de Lineaux.   En la Iglesia de Saint Martín, en el castillo de Meudón, realiza temas de las Fábulas de La Fontaine. Por último, en la Capilla de la Ciudad Universitaria de París pinta al fresco, de 1937 a 1939, la Pasión de Cristo, tomando los mismos modelos que había usado para decorar el Sanatorio del Cristo Redentor en la Alta Saboya.[16] 
Durante su estancia en Francia, Zárraga conoció de cerca todas las guerras y revoluciones que cada década sacudieron a Francia; supo también a la distancia de las que en el mismo tiempo sacudieron a su patria. Ante ello el artista mexicano respondió con un proyecto cultural de radicalismo y laicismo de inspiración francesa, que trasplanta en términos de la filosofía cristiana los ideales de la fraternidad universal entre los pueblos, la libertad del individuo y la igualdad de todos los seres humanos.Vuelve definitivamente para instalarse a vivir en México en el año de 1941, y muere un lustro más tarde, en el año de 1946, en Cuernavaca, cuando pintaba uno de sus murales más importantes en la Biblioteca México de la Ciudadela.
V
Al finalizar el año de 1941 parte de Francia y al inicio de 1942 desembarca en el puerto de Veracruz, acompañado de su esposa María Luisa y su hija Clarita. En México pintaría, en menos de un lustro, un kilómetro de pintura mural más. Inicia en los Laboratorios Abbott, desarrollando el tema opuesto de La Salud y la Enfermedad. Por instancias de su viejo amigo, el acaudalado hombre de negocios Arturo J. Pani, es contratado para un mural en el Bar del Club de Banqueros, en el edificio Guardiola, donde pinta la Alegoría de la Riqueza y la Abundancia, La Miseria y el Placer y El mito de Dánae y Perseo. Por instancias de su antiguo condiscípulo en la Escuela Anexa a la Normal,  Jaime Torres Bodet, se integra al Seminario de Cultura Mexicana como miembro prominente y de excelencia, efectuando conferencias magistrales sobre la pintura francesa contemporánea, el cubismo, leyendo sus notas personales acerca del arte religioso y publicando estudios sobre pintura, siendo posteriormente nombrado vicepresidente.
A mediados de los 40´s concluye a la encáustica la ábside y tres tableros en la Catedral de Monterrey, en Nuevo León, donde pinta las ocho bienaventuranzas separadas por unas filacterias que contienen textos de los evangelios, terminándola por cábala del destino el mismo día de la victoria aliada sobre la Alemania Nazi, por lo que la firma con la leyenda “Aleluya. 6/X/45”, diez meses antes de entregar su cuerpo al Creador.







Finalmente, termina uno de los cuatro murales ideados para de la “Sala de lectura José Vasconcelos” en los Talleres Gráficos de la Nación, hoy Biblioteca México, en la Ciudadela de la ciudad de México, alcanzando a concluir La Voluntad de Construir, dejando en proyecto los frescos El Triunfo del Entendimiento, El Cuerpo Humano y La Imaginación. Al igual que el genial compositor durangueño Silvestre Revueltas, Ángel Zárraga muere de una pulmonía mal atendida el 23 de septiembre de 1946, en Cuernavaca, Morelos, a los 60 años de su vanguardista y vertiginosa edad.[17]







[1] Dolores del Río a su vez estaba emparentada con el escultor Ignacio Asúnsolo y con el director y guionista durangueño Julio Bracho Gavilán (17 julio 1909 a 26 abril 1978), quien  fue un mexicano director de cine y guionista Su hermana Guadalupe Bracho Pérez-Gavilán hizo conocido como Andrea Palma. Hijos de Julio Bracho y Zuloaga y su esposa Luz Pérez Gavilán, la familia se trasladó a la Ciudad de México en 1913. Primo también de la activista social María Asúnsolo.
[2] El “Mensaje a Durango” fue enviado a los durangueños a través del poeta Carlos Pellicer. En donde dice al final: “Amigos míos, gente de Durango, ésta mi fe, ésta mi esperanza son los dones únicos que os traigo, porque mi obra en telas y muros es cosa deleznable y por ende perecedera, pero inmortales son la esperanza y la fe en mi México indio, español y católico, y en mi Durango indio, vasco y católico”. “Mensaje a Durango”, en Archivo Carlos Pellicer, 1942.
[3] Ángel Zárraga practico la poesía desde aquel entonces continuando sus ejercicios en París donde, junto con su amigo Guillaume Apollinaire, desarrolló una especie de catolicismo modernista. Se publicaron en aquella ciudad sus libros de poesía: Oda a la Virgen de Guadalupe (1917), algunos de cuyos versos aparecieron en la revista mexicana de Contemporáneos; Tres Poemas (1934); Oda a Francia (1938) y; Oda a la Victoria (1939). La editorial de la Revista Ábside publica su libro Poemas 1917-1939 con prólogo de Alfonso Reyes. En México fue asiduo articulista en la Revista Moderna de México, en Savia Moderna y, posteriormente, en Revista de Revistas.
[4] Ángel Zárraga, “Eucaristía”, Revista moderna, Arte y ciencia, año 5, núm. 14 ( 2° quincena de julio de 1902), pág. 212.
[5] Ángel Zárraga, Aprendizaje. Conferencia sustentada en el Palacio de Bellas Artes el 10 de octubre de 1941. Ediciones de la Secretaría de Educación Pública, México, 1942. pág. 9.
[6] Carlos González Peña, “Hablando con Ángel Zárraga”, Arte y letras, 29 de enero de 1911; recogido en el libro de Xavier Moyssén, La crítica de arte en México, 1896-1920, 2 tomos, México, Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1999, tomo I,  pág. 478.
[7] Julio Ruelas murió en una habitación del Hotel de Suez, en el boulevard de Saint Michele, en donde había muerto 7 años antes Oscar Willde. Afirma alguna versión que al lado de una mujer anónima, rodeado de botellas de champagne, en medio de la inquirida bohemia parisina, el 16 de septiembre de 1907. El día 17 de septiembre del mismo año, su amigo Don Jesús Eugenio Luján compró la fosa donde ahora reposas sus restos mortales, sosteniendo otro relato que éste en compañía de Julio Sesto y Jorge Enciso lo asistieron en sus horas finales, pues se asfixiaba por la tuberculosis teniendo una muerte angustiosa. El pintor, decidido a no volver a México, murió, en efecto, en París, afligido por las criticas lesivas que hacían en su patria de su obra, especialmente dirigidas por el Dr. Atl, con la salud mermada y el temperamento atormentado por la depresión. La escultura “El Dolor”, también conocida como "La Musa del Pintor", obra que Arnulfo Domínguez Bello labró para la tumba del pintor Julio Ruelas en el Cementerio de Mont Parnasse, en París, expresa el dolor y el abandono padecido en el fondo del alma modernista, como si fuera el alma misma del artista zacatecano Julio Ruelas, de punzante imaginación fantasmagórica, doliente y mórbida.
[8] La tumba consiste en una escultura en mármol de Carrara de una mujer vencida, con los cabellos revueltos y desdichada, que representa al alma o a psique, que llora desolada ante la muerte del artista, cerrando para siempre los ojos -conjuntando a la seriedad doliente y el cansancio de la vida las ambiguas perturbaciones del modernismo, que callan ante el definitivo silencio de la muerte. La estela o dolmen de granito que respalda el monumento tiene grabado en la piedra una viñeta de Ruelas, donde un fauno trepado en un árbol toca ante un cuervo su flauta de siete carrizos.
[9] Para descifrar los misterios del simbolismo Julio Ruelas (1870-1907) tuvo que viajar en 1892 a Alemania, becado por Justo Sierra, para estudiar dibujo en la Academia de Artes de Karlsruhe, profundizando en el estudio del grabado al aguafuerte en la capital francesa en taller del grabador Joseph Marie Cazin. A su regreso Ruelas se refugió en la Revista Moderna de José Juan Tablada, Amado Nervo, Luis G. Urbina y Rubén Darío, dirigida por Jesús E. Valenzuela, desarrollando la imaginación sombría en sus viñetas macabras, donde desfilan el dolor de la angustia y el tormento de los suplicios fantasmales que roen el alma para dejarla en ruinas.
[10] Ángel Zárraga, “Algunas notas sobre pintura”, Savia Moderna. Número 4, julio de 1906.
[11]  Se trata de la misma idea de Pascal: "Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna". Así reza una de las descripciones simbólicas de la esfera, que es también una  manera de concebir el simbolismo en general, que se halla disperso en el tiempo y el espacio. Se trata de una forma cifrada de aludir a la universalidad de los símbolos, a la aparición, bajo diversas galas  o entonaciones de ideas seminales y ancestrales en el devenir histórico de las culturas.
[12] Por el año de 1910 se encuentra en España con su condiscípulo Diego Rivera, quien luego de perder un volado con Roberto Montenegro para ser pensionado por Justo Sierra para perfeccionarse en el viejo continente, pero logra un arreglo que le permite viajar y alcanzar a sus compañeros de la Academia de San Carlos. Entre ellos hay que incluir a Alfredo Ramos Martínez, quien despilfarraba su pensión en París, y a David Alfaro Siqueiros, quién llega la Ciudad Luz años más tarde, becado por el Ministerio de Guerra.
[13] En 1910 marcha a la ciudad de Toledo, compartiendo por un tiempo su departamento con Diego Rivera a Angelina Beloff, (San Petersburgo, 23 de junio de 1879 – México D.F., 30 de diciembre de 1969), decidiendo marchar a París a vivir. De esa época son los cuadros de Diego Rivera paisaje de Toledo (1910) y de Zárraga Peregrinación a Toledo (1912).  Estricto contemporáneo de Diego Rivera (1896), existe una fotografía de los dos artistas en su departamento de Toledo, acompañados por Angelina Beloff y María del Pilar Barrientos.
[14] En recientes fechas postmodernas, en cambio, se ha querido ver en su San Sebastián la tentación de la carne, acusándolo incluso de homofílico, hablando así de la eficacia del cuadro en términos desviacionistas de lo lindo concupiscente, sentimiento que, sin embargo, como advierte Schopenhauer en su estética, debe caer por completo fuera de la esfera del arte.
[15] Octavio Paz, Los privilegios de la Vista. El Arte de México. México en la obra de Octavio Paz. FCE. México, 1ª Ed. 1987. Pág. 200
[16] El famoso Vía Crucis.
[17] El proyecto para la ornamentación de la Catedral de Cuernavaca quedó inconcluso, salvándose sólo unos dibujos de tamaño mural.



















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