martes, 5 de julio de 2016

Ricardo Milla: El Río de la Temporaliidad Por Alberto Espinosa Orozco (8tava de 13 Partes)

La Cifra de las Horas y el Puente de los Años
Ricardo Milla: el Río de la Temporalidad 
Por Alberto Espinosa Orozco
(8tava de 13 Partes)



VIII.- El Río de la Temporalidad 
I
   Unidad cronológica de la vida humana es la naranja blanqui-negra, dividida en veinticuatro gajos, que el día con sus cambiantes horas. Por más que estemos moldeados por recuerdo y afectados por la prospectiva de lo futuro, el hombre vive, en realidad, día por día.
   Enseñanza central de los Evangelistas Mateo y Lucas es esa conciencia de vivir al día y no caer en la preocupación por el día de mañana, por la ansiedad del futuro o el engaño de las riquezas, pues al igual que aquel que se afana por su tamaño, no por ello podrá añadir a su estatura un codo, del mismo modo que nadie por preocuparse por el mañana podrá añadir un día más a su existencia. Por lo que tampoco vale caer en ansiedad por lo que comeremos o vestiremos el día de mañana, pues la vida es más que el alimento y el cuerpo es más que el vestido, y si Dios alimenta las aves, que no siembran ni cosechan, y vestido a los lirios, cuya vida es efímera, ¿qué no hará por nosotros, que somos para Él más importantes?  Por lo que hay que aprender a echar en Dios toda ansiedad sobre el futuro, aprender a confiar en Él, a reconocerlo como único rey y hacer el bien, a hacer lo que nos pide, sin exaltarse por el que prospera en su camino haciendo maldades, reconociéndolo en todos los caminos para que enderece nuestros senderos, confiando en Dios mejor que en la propia inteligencia, pues Dios concederá al justo, a su debido tiempo, los anhelos del corazón y dará, a su tiempo, todo lo que necesita. Idea cronoteolótgica de la vida humana inscrita en la tradición, o vista sub especie aeternitis, sintetizada en la idea de que no se puede servir a Dios y a las riquezas a un tiempo, sino que hay que buscar primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás nos será dado por añadidura.     
   Porque meditación esencial sobre el tiempo, sobre el mismo día humano, minuto a minuto, por decirlo así, es la que presenta Ricardo Milla como un horizonte de sentido que hay que recuperar minuto a minuto y palmo a palmo, pues la superación de la congestionada modernidad, viciada por sus propios cambios fluctuantes y sus fulgurantes novedades efímeras, nos invita a tomar en serio la propuesta del por definir nuestro tiempo contemporáneo. Reflexión, en efecto, que tiene como trasfondo la pregunta por nuestra era, siglo o mundo, que es la era moderno-contemporánea, entendida no tanto por lo que es coetáneo, sino por la universalidad de la estructura misma del tiempo humano, detectada tanto en el arte clásico como en la tradición, y que resulta por ello siempre vigente, actual, proyectando sus valores inamovibles como contemporáneos de todos los hombres –pues son ellos el horizonte y la guía de la verdadera modernidad: la búsqueda de  una época que ya no se mide tanto por o en relación a la fluctuación del tiempo y la historia, o por las infaustas mutaciones que produce la aceleración o el movimiento infatigable y hacia adelante de la modernidad mecánica y tecnológica y sus temibles aparatos, administrativos o productivos, sino justamente por lo contrario: por estar atravesada y hasta fundada por una serie de capas histórico culturales que no han dejado nunca de hablarnos al oído, y que todavía nos forman, modelan y corresponden.
   La obra de Milla nos invita así a realizar una meditación sobre el valor de la vida que se vive cada día, día con día, y que es dividido por la procesión de las horas, para darle un horizonte de sentido al tiempo –el cual, a fin de cuentas, y nosotros con él, desemboca, como el río que desemboca en el mar, en lo eterno, horizonte ya último del sentido o de la totalidad que no nos podemos representar sino onto-teológicamente.
   Las horas empezaron por ser, en la figuración poética, diosas griegas, ministros de Zeus, que impartían el orden y la justicia, siendo así guardianas de la naturaleza y de las estaciones. Divinidades del clima, de las fasces regulares en que la naturaleza se manifiesta y que, por tanto, son dadoras de las diversas estaciones del año, especialmente de la Primavera y del Otoño (Carites), anunciando la prosperidad de todo aquello que nace, por lo que se presentan como protectoras de la juventud bajo el aspecto de bellas y saludables doncellas.
   En otro plano, sin embargo, la idea de las horas se sublima y aparecen como divinidades del mundo moral, de la ley y el orden, ejerciendo su influencia también en la vida humana, cuidando así de la estabilidad en el mundo social. Hijas de Zeus y de Tetis, las horas están entonces destinadas a crean las buenas leyes para la patria, trayendo con ello la justicia y la paz. Se les representa entonces bajo la forma de una triada, como las Moiras y otras deidades semejantes, formando primero, bajo su aspecto juvenil, parte del séquito de Afrodita: son las Gracias, que responden al nombre de Aglaya, Eufrosine y Talía, teniendo su correlato moral y normativo en las figuras de Eunomia, Dice e Irene, personificaciones de la ley.
    Luego de su institución mítica, la hora vino a significar, ya con los romanos y la cultura de la latinidad, más que nada, un límite en el tiempo –como la orilla, que es un límite en el mar, como la orilla en el río, o la orilla en el vestido. La hora, en efecto, es la orilla de una unidad cronológica, de un momento de duración determinada, más bien ancho o espacioso, en el que el hombre realiza sus actividades cotidianas. 
   Los egipcios vieron en la procesión de las horas el viaje diurno del sol, que se traslada de horizonte a horizonte, donde quedaban asociados los dioses Horus y Ra. Así, el gnomon, o reloj de sol, de procedencia egipcia, empezó a dividir al tiempo diurno en horas. Aparato de medición analógico, donde cabe la ambigüedad, por lo que para los egipcios y los romanos de la antigüedad las horas duraban de 75 a 45 minutos, pues atendían a la división por doce del transcurso del día, siendo más cortas y enjutas en los inviernos y más largas y esponjadas en los veranos, siendo de 60 minutos sólo en los dos periodos de los equinoccios –estabilizándose las horas, o haciéndolas todas iguales, por virtud del celo árabe por las matemáticas, hasta la llegada del siglo XVI, haciéndose extensiva tal homologación en la medición del tiempo hasta el siglo XVIII.  
   A los primeros romanos debemos también la división del día en grupos de tres horas, costumbre que fue heredada por el mundo medieval, adornada en algunos monasterios benedictinos por la liturgia de las horas, siendo sus nombres Prima (6 am); Tercia (9 am); Sexta (12 pm); Nona (3 pm); Vísperas ( 6 pm); Completas (9 pm); Laudes (12 am), y; Maitines (3 am) –reuniéndose los monjes para orar en la hora Tercia, Vísperas y Maitines. A los egipcios, en cambio, debemos la idea del peligro que conllevan las horas crepusculares, de los umbrales que se abren antes de que anochezca y antes de que amanezca, llamadas por ellos “las horas de Neftis”, por ser la diosa quien gobierna las horas anteriores a la noche, que no son la noche misma, y anteriores al día, que no son el mismo día, por ser aquellas donde asaltan con mayor poder los demonios de la lubricidad y se es propenso a resbalar y caer.






II
   La vertiginosa pendiente del día y la lenta caída de la noche representa, así, el mundo del más acá, de lo limitado y por tanto de la finitud. Es el tiempo de abajo, del siglo, del mundo, de la era: el tiempo del tiempo finito, el reino de lo sucesivo, análogo a un río que pasa: el territorio de lo que ocurre, y a lo que le sigue otra ocurrencia que, igualmente, pasa y se desvanece. Pues es el mundo el lugar de lo que dura por un momento, de lo trascurre y pasa.
   Mundo del tiempo pasajero, y nosotros con él, o que nos hace pasajeros a nosotros mismos, en el que, sin embargo, todo tiene su tiempo y donde para todo hay tiempo, pues, como recuerda el Eclesiastés: hay tiempo de nacer y otro morir; uno de plantar y otro de arrancar; un tiempo de matar y otro de curar; un tiempo para destruir y otro para edificar; un tiempo para esparcir y otro para juntar; un tiempo para abrazar y otro para abstenerse de abrazar; un tiempo de buscar y otro de perder; uno de guardar y otro de desechar lo guardado; un tiempo de romper y otro de coser; un tiempo de hablar y otro de callar; un tiempo para amar y otro para aborrecer; un tiempo de guerra y otro tiempo de paz.
    El mismo Dios todo lo hizo hermoso en su tiempo, poniendo también así la eternidad en el corazón de los hombres, la cual se vislumbra en la eternidad de la ley y que reposa dentro del corazón del hombre. Tiempos, pues, que cumplen sus leyes fijas, ya que “No hay nada nuevo bajo el Sol” –pues lo que una vez fue es ya, y lo que alguna vez ha de ser fue ya.
     En un primer sentido puede decirse que es temporal todo lo que viene a ser y deja de ser, o lo que es con principio y fin en el tiempo. Si menos perceptible en los seres de la naturaleza inanimada, relativamente más intemporales cuanto más puramente materiales, más perceptible con los seres de la naturaleza animada, desde la hierba hasta el hombre, de duración más o menos efímera, por lo se les ha comparado mutuamente, pues en definitiva son seres pasajeros, que pasan, que tienen un fin. Hermosa metáfora la que nos recuerda que el hombre es tanto como la humilde yerba, que pronto se acaba, y que nos insta a considerar, en lo alto, la ley y el tiempo eterno, que están en consonancia con el alma del hombre latente en su corazón.  
   En un segundo sentido la temporalidad puede verse como una duración propia del ser humano, como un tiempo exclusivo suyo, no sólo por vivir su tiempo como algo propio, como un tiempo suyo, objetivo, natural, real, sino también por saber de éste y reflexionar por tanto sobre él. Temporalidad humana y reflexión sobre ella que al estar montada sobre el tiempo mismo, sin consideración del factor eterno, metafísico, no puede sino resultar una reflexión meramente histórica, existencial, que define al hombre mismo no sólo como un ser histórico, sin esencia propia que no sea otra que la de su historicidad, sino incluso como un ser para la muerte.
   Por un lado, la temporalidad del tiempo humano remite a la del cuerpo humano, que es finito, es decir mortal. Por lo que pesa sobre el hombre, a pesar de ser espíritu, alma inmortal, la condena de la muerte. Por la otra, finitud de la temporalidad que ha de buscar su razón de ser, ya sea con la tradición en razón de la sanción y la condena por el pecado original, ya sea modernamente, en razón de causas meramente inmanentes del sujeto, a sus desequilibrios internos o puramente biológicos. La muerte, la finitud humana, que es la pena por haber nacido: el no poder ser inmorales e indisolubles –lo que entraña el riesgo de no poder ser simples mortales y disolverse, no ya según sea el uso de nuestra libertad de la concepción tradicional sino de modo irrevocable o absoluto.
   Paradoja esencial de lo humano, pues, porque el hombre es una naturaleza no simple sino compuesta, dual, o una síntesis entre alma y cuerpo unidos por el espíritu; naturaleza buena al ser su autor Dios, pero corrompida por el mal uso del libre albedrío, por la depravación de su voluntad, que no persevera en el bien común a todos, sino que por gustar del suyo propio y con desprecio de la voluntad divina, amoldándose a sí misma a sí misma se premia, con el pecado, y…. se castiga, corrompiendo de tal forma la naturaleza seminal, viciada por causa del pecado, turbando al alma por el mal con temores y tristezas en el alma, y sufriendo en el cuerpo graves pesadumbres y molestias, hasta morir éste y disolverse aquella.



III
   Del misterioso tiempo nos hacemos múltiples representaciones y además contradictorias.   Como una entidad diferente de las cosas temporales, como un continente o recipiente cuyo contenido son las cosas, relacionadas e integradas al tiempo junto al lugar que ocupan las cosas en el espacio. También como una cualidad, como algo que es de las cosas o en las cosas: como un vacío homogéneo en sí, de consistencia o estructura eterna, hecho de momentos instantáneos, absolutamente homogéneos entre sí, pero afectados de una múltiple heterogeneidad. Estructura, pues, cuyo núcleo es el momento presente, que es una especie de puente, único real o que realmente es. Porque el momento presente tiene o goza de una cierta extensión, menor o mayor, que es lo único realmente existente, pleno, ya que las cosas pasan al pasado, donde ya no son, dejando de ser, viniendo del futuro, donde todavía no son, adviniendo al ser –por lo que no dejan de tener cierta realidad en el presente. O el presente como algo roído por el no ser, pues adviene al ser habiendo sido futuro, y deja de ser habiendo de ser pasado.
   El misterioso tiempo, que por la aceleración de la velocidad creciente puede llegar a vivirse bajo la especie de la reducción máxima de la unidad del tiempo, ya no digamos del que vive minuto a minuto, sino por  instantes, a la manera de la puntualidad del tiempo, que deja también con la sensación de la máxima superficialidad del tiempo, que es el de su fragilidad y fragmentación, donde se pone a prueba la irracionalidad máxima de la vivencia del tiempo como algo en sí mismo dado pero sin razón de ser: que arroja a bailar sobre el abismo en medio de la fragilidad del tiempo distorsionado por la deslealtad de los sentidos, que es el tiempo vivido como esencialmente modificado por la heterogeneidad de los instantes, vueltos por lo mismo discontinuos, que dan lugar a la irregularidad del azar y a equivocidad de la contingencia.
   Por otro lado, los hombres han visto en el tiempo un río, pues el tiempo se siente como algo de suyo fluido, que corre, que pasa, que cambia y que es el mismo río naciente de fluyente fuente. El tiempo, visto, pues, como una entidad de existencia cinética o dinámica, en donde los momentos aparecen, sin embargo, con una estructura más bien estática, en una posición o actitud determinada –como reflejaría mejor que nada el arte de la pintura, pero también de la memoria, que se presenta o donde se representa  al tiempo como una serie de estampas fijas, inmóviles.
   Representación del tiempo, pues, como algo unidimensional y lineal, como algo rectilíneo, longitudinal, de velocidad uniforme, y a la vez infinito o sin principio ni fin –o como un movimiento viniendo y yendo desde o hacia lo infinito. Representación espacial del tiempo también, ligada por tanto al movimiento que transcurre, a la mudanza y a la mutación, al que le da su coloración  propia el movimiento de la luz entre las horas, determinantes del clima y a otros de los caprichos del tiempo que de ello se derivan, como la temperatura, sequedad o la humedad, etc.
   Por lo que al movimiento del tiempo, de velocidad uniforme, las cosas le comunican su propia velocidad, acelerándolo, o haciéndolo más lento, retardándolo. Y así, en las horas del hastío o del tedio, el tiempo tarda en pasar; en otras horas, en cambio, pasa velozmente, como las ilusiones, que no podemos sujetar. Porque, de hecho, las cosas son en el tiempo, en una relación espacial, material, de las cosas al tiempo. No las cosas en el tiempo, sino el tiempo que es en las cosas. Es el tiempo real, inevitable, que se individualiza con la persona: pues el tiempo soy yo –pero si el yo es una estructura abierta a los otros, el tiempo no sólo soy yo sino que, más bien, somos nosotros, comunicándole al tiempo también su cualidad, pues cuando somos buenos, los tiempos son buenos con nosotros, y que si malos, entonces son los malos tiempos.
   En las cosas finitas el tiempo es su movimiento finito. De ahí el sentimiento de fragilidad, de caducidad del tiempo, de brevedad e inmanencia de la vida: de vanidad. Porque en la representación que vuelve estrecha la correlación del tiempo con las cosas, sin tomar al tiempo en su eternidad como un continente e entidad infinita, diferente de las cosas, nos arroja a la playa estéril de su mero pasar, volviendo a las cosas o vagamente espectrales, o meramente mecánicas. Porque si el tiempo es en las cosas, no puede ser en las cosas finitas sino su movimiento finito, único real: el tiempo concreto con las cosas, que no puede ser otro que el movimiento de las cosas, de los seres móviles, que el ser mismo de estos seres, reducibles a su vez a sus movimientos mecánicos.
   Por el contrario, los seres eternos aparecen como inmutables en correspondencia con el tiempo, pero siendo estáticamente, intemporalmente, mientras pasan las cosas pasajeras; o más allá del principio y el fin de las cosas pasajeras, a lo largo del tiempo, en un tiempo perdurable, sin principio ni fin. Misterio de lo eterno: que todo el tiempo tiene historia; misterio de la historia, que puede postularse sin el principio de lo eterno o ignorando la misteriosa historia de la eternidad actuando en el tiempo.
   Así, los seres móviles serían distintos, o de diferente ser, por el ritmo de tiempo acompasado a sus movimientos. Las cosas celestes, aparece así como menos temporales y más duraderas, como más inmóviles en su intemporalidad. Los seres móviles, en cambio, serían distintos por su movimiento o temporalidad, siendo el hombre el más temporal de todos los seres por darse en el tiempo su principio mismo de individuación. O los seres humanos están gravados con un destino histórico en razón del su complejo proceso de individuación, hasta llegar a su acabamiento, a su perfección, o a su fin en el tiempo.
   Flor de un día, el hombre se presenta así en el tiempo como viniendo a ser y durando poco, como siendo y dejando de ser en el tiempo. Como ser, pues, esencialmente pasajero, que va de paso, que se va y no vuelva, con el consecuente sentimiento de angustia que conlleva su fragilidad, su caducidad, su ser en el tiempo con un principio y un fin, dándose cuenta de ese principio y de esa finitud y reflexionando sobre ella. 
.  El tiempo de las cosas naturales, el tiempo objetivo de la vuelta del sol a los mismos puntos de su trayectoria, afectan nuestra vida en cada día, con el pasar de los días, pero como función recíproca los actos de nuestra vida afectan también la temporalidad de las cosas naturales. Cuando el hombre vive sin metafísica ni mística trascedente en el horizonte, el tiempo, sin embargo, se transforma: presentándose como mero tiempo ligero y sin espíritu, como duración nuda, es decir: como mera fugacidad, que habiendo sido futuro habrá de ser irremediablemente pasado: esto es, como un puro movimiento, como cambio, mudanza, mutación, de consistencia dinámica o estructura cinética… evanescente. O bien como un mero pasar: como un abrirse ´paso, como un salir adelante, como un avanzar hacia el futuro, con una especie de prioridad concreta del presente, que integra al pasado y al futuro en la representación de sí.
   Dinámica que contrasta con la otra dimensión del tiempo, que es la eternidad –que ahí está, a la manera de una entidad estática, en un presente perpetuo, donde se dan como momentos inmóviles el presente, el pasado y el futuro o donde todo está fijo, dada la imposibilidad de que el tiempo sea de otra manera o a la irreversibilidad del tiempo.




IV
.  El tiempo humano difiere esencialmente del tiempo eterno: porque el hombre, al estar grabado con un destino histórico, al desarrollarse y definirse en el tiempo, al individualizarse en él como un recurso finito, tiene siempre que hacer algo con su tiempo. No es posible no hacer nada con el tiempo, ya que el tiempo es mortal para el hombre, y si no hacemos algo de provecho con él nos deshace, nos mata. Dejarlo simplemente correr, dejar pasar simplemente el tiempo, hacer vanidades en el tiempo, sería una distracción, un no darse cuenta cómo es que, de arrojarnos a sus brazos, nos mata el tiempo. Porque incuso cuando se está muerto de hastío, de tedio, no es posible no hacen nada con el tiempo, que así nos mataría, y procedemos entonces a distraerlo, a matar el tiempo. Porque no podernos no hacer nada con el tiempo, porque no podemos dejar que simplemente nos mate. Por el contrario, tenemos que hacer algo con el tiempo todo el tiempo y, en todo momento, actuar, hacer algo con él, aunque este hacer no consista en otra cosa que deshacerlo, distraerlo, matarlo. Porque la actividad es ya una forma de concentración en uno mismo y de atención en los otros, por lo tanto de concentración del tiempo –para que el tiempo, y nosotros con él, no se dispersen, ni se disipen, no se disuelvan. Porque si no hacemos nada estamos ya haciendo lo que no debemos o no siendo mejor de lo que éramos, o empeorando, viniendo a ser peor de lo que fuimos, dejando infiltrarse en nuestro tiempo las causas deficientes del vicio, que nos quitan, que nos vacían de tiempo, para no hacer, en definitiva, otra cosa que entregarse al vacío de lo deficiente, resuelto finalmente en vanidades.
    Tenemos que hacer algo con el tiempo, asimismo, porque la vida es constante urgencia de vivirla, más no sólo por la inminencia de la muerte, de la cesación, del fin de la vida, sino por la urgencia de definirnos, de individualizarnos ante los otros, de adquirir nuestra propia personalidad entre los otros… y con los otros definir también así una personalidad colectiva, en el acabamiento de la personalidad propia en la personalidad colectiva, que a su vez es arrojada a las reverberaciones del río del tiempo.
    Imperativo de la temporalidad es así hacer algo con el tiempo, con nuestro tiempo, puesto que dejar de hacer equivale a dejar de ser. Así, en la vida se gana el tiempo o se pierde el tiempo; el hombre hace tiempo para matarlo, para perderlo, o simplemente para pasa el tiempo, cuando no tiene otra cosa mejor en que pasarlo; o se gana tiempo, acelerando sus movimientos llegado el momento de la acción, o para recuperar el tiempo en otro tiempo perdido.
    Le sobra o la falta tiempo es el estigma más característico de nuestros tiempos extremosos, radicales, en que se desperdicia tanto tiempo, ocioso, y en el que para todo falta tiempo, por la misma aceleración de la civilización moderna toda, donde no parece haber tiempo suficiente para nada y a la vez se encuentra el tiempo viciado, vaciado de sus valores y emociones espirituales profundas.  
   El ser humano está, así, limitado por el no ser –puesto que no es creador de sí mismo, sino engendrado, según la relación de generación, y a fin de cuentas creado de la nada: pues polvo somos y en polvo nos convertiremos. Porque el hombre tiene, en efecto, un tiempo limitado, finito, siendo su vida una vida mortal –en donde constantemente nos desvivimos para poder vivir; o donde vivir no es sino un morir, un ir muriendo a tientas. A diferencia del ser del animal, que tiene un ser dado y no puede ser de otra manera, que no puede subir en la escala del ser; y a diferencia de Dios, que al ser perfecto no puede cambiar, ni bajar de su sitio sitial ontológico para ser como los mortales; el hombre tiene un ser temporal, finito, mortal, que entraña el no ser. Dualidad ontológica del hombre: el ser que es en parte y que en parte no es ser, no es. La naturaleza doble o intermediaria del hombre, debatido entre el ser y el no ser, roído, consumido su ser por el no ser, es el precio de nuestro ser histórico, temporal, en  que tenemos también, sin embargo, la posibilidad de perfeccionarnos, de redimirnos de la culpa esencial, para llegar a ser nosotros mismos y, por tanto, para llegar al Ser.
Nuestro ser, marcado por la duración de nuestro tiempo, de nuestra vida, por tener un tiempo finito, un tiempo nuestro e intransferible, se cifra en el hecho final último, definitorio, de tener que morir. Por lo que hay que perseverar en todo tiempo en vistas de lo que tenemos que hacer o haciéndolo, con conciencia del valor del tiempo, viviéndolo, para que no se derrame, se filtre o escape de entre los dedos como arena –para no vivir así en la muerte, en la finitud, en la mera inmanencia de la temporalidad,  que sería vivir sin conciencia, sin darle su valor al tiempo, viviendo agónicamente en el puro presente discontinuo, en la espuma del instante o sobre la cresta de la ola, o en la culpa, muriendo; que sería irse viviendo fácticamente, de hecho y sin razón de ser, cuando se vive meramente en función de la muerte –que más que un ser es un ir siendo y un perecer, un dejarse ser para dejar de ser, o un mero irse siendo, dejando de ser y pereciendo.



V
   Hay para el hombre así el tiempo trascendente que nos mira, que es lo eterno, pero también el mero tiempo inmanente del devenir, cuyas revueltas aguas no conocen la dimensión metafísica del tiempo; hay los tiempos buenos, cuando somos buenos, y hay también los tiempos malos, cuando somos malos; tiempos de abundancia y de vacas gordas, y tiempos escasos, de vacas escuálidas y de aridez. Hay también los tiempos futuros, los tiempos prometidos, los que vienen, corriendo, a cumplirse. Porque además de la urgencia de la vida en el presente, por la misma urgencia de su finitud, de la conciencia de la muerte, de la inminencia siempre latente de su fin, la vida tiene otra orientación hacia el futuro, no hacia la muerte del ser temporal que se reduce a ser mortal,  al tener un tiempo finito, sino en su relación, espiritual, con lo eterno, con Dios, con el borbotón natal del tiempo, con la fuente fluyente de la vida.
   Que tal es la imagen que tiene como oriente el peregrino en esta Ciudad Terrena, que marcha en pos de la Ciudad de Dios, de la Ciudad Eterna, en donde finalmente convivir, en el tiempo trascendente con una sola compañía, con la de las almas y de los espíritus inmortales, cuya vida no es temporal o no es finita, no teniendo por ello propiamente que hacer algo, porque están ya hechos, perfectos, individualizadamente –por más que sepamos que Dios y su Hijo, junto con el espíritu, trabajan todo el tiempo. Porque el verdadero  tiempo humano no es otro, mirado incluso desde la vertiente de su humanidad, desde el humanismo, que el anhelo de participación final en la plenitud de las formas, que coincidiría, así con el de su final acabamiento.  
   Plenitud de las formas, porque la individuación del hombre se efectúa en el tiempo como diferencia interior, cualitativa, espiritual. El hombre es el ser que, por el principio de individuación en el tiempo, se singulariza al máximo de todos los demás seres, teniendo que pagar el precio de su singularidad con su soledad ontológica y su incomunicabilidad irreductible en su último ápice.
   Sin embargo, sobre el fondo del tiempo fluido, que se escapa, lineal, rectilíneo, pasajero, el hombre ha sentido que hay también una fuente del tiempo de la que participa: que el tiempo emerge, surge, brota, y que es así, en su doble corriente, dador de la muerte o de la vida. Y es el borbotón natal del tiempo, el lugar donde el tiempo nace, donde brota, donde debemos reconocernos también no sólo como los individuos irreductibles que somos, sino esencialmente también como ya en relación con los demás, que es el tiempo humano de la fidelidad filial a la memoria y a la hermandad también que ello significa.
   Descubrimiento de otro tiempo que también nos constituye, que es el tiempo donde despiértala memoria del recuerdo. Porque ser humano consiste fundamentalmente en ir construyendo una memoria, que a la vez descubre y lo descubre: porque la memoria es una apertura al ser, un sitio que entre la espesura del olvido abre un claro de belleza para el encuentro, donde edifica un lugar para el diálogo, que a su vez está hecho de tiempo y de recuerdo.  Porque por la memoria el hombre, enfermo, estragado por sus vicios, por su olvido de ser, puede volver a los orígenes, a beber de nuevo de la fuente de la vida, en una especie sui generis de inversión del tiempo. Pues la memoria es un lugar a donde vuelve el tiempo y donde se da el paso de lo terreno a lo celeste, al bien eterno que nos preside y no se pierde.
   Tiempo de la memoria, activo, en lucha contra el tiempo del olvido detenido, del tiempo atorado que se estanca, que enturbia de pesadumbre al alma por la insistencia en la inercia de la molicie del cuerpo, impidiendo recordar el rumor de cristales y de cantos de la fuente luminosa primigenia.  Lucha contra el tiempo del presente detenido, que pasa sin huella al paso del olvido, como materia en bruto, sin poder llegar a moldearse en el recuerdo y acuñar las esferas cristalinas de memoria. Tiempo diluido, sin intimidad e intimidante, tiempo colmado por las sombras en las que olvidamos nuestros nombres verdaderos y donde ya no nos reconocemos.
   Lucha, tensión, contienda contra la escala descendente de las horas horadadas por los accidentes del azar y erosionados por la contingencia -amparados por el tiempo eterno que nos mira, por el espíritu, que funda el templo de lo que es todavía y es siempre y todo el tiempo. 





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