domingo, 3 de julio de 2016

Oscar Mendoza: las Raíces Eternas y la Fuente de la Vida Alberto Espinosa Orozco

Oscar Mendoza: las Raíces Eternas y la Fuente de la Vida
Alberto Espinosa Orozco 





   Ante la cruda experiencia insensata de la noche del mundo presidida por el sol negro de la melancolía; ante la vivencia  de la cercanía tenebrosa y pululante de la presencia del mal en todo y de la ausencia angustiante de la diafanidad y lo sagrado en el mundo, el artista Oscar Mendoza ha buscado un retorno simbólico a los orígenes del mundo, para llevar a cabo mediante las impresiones de sus lienzos en busca de belleza, no menos un diagnóstico y de los síndromes de nuestro tiempo que un nuevo paisaje para el alivio y la curación de nuestro tiempo histórico, gastado por el correr del tiempo, a través de la renovación de la imágenes y de una reactualización de el tono de la vida así como de sus valores primordiales.
   El arista ha sondeado entonces las últimas raíces de la vida para regenerar la cosmología primera. Sin embargo, antes de acudir a las imágenes tradicionales de la mitología astronómica (macrocosmos), mejor ha experimentado con la materia prima y sus sustancias corporales (microcosmos), sirviéndose de ella en lo que tiene de tesoro psicológico y a la vez  de inmediato material expresivo, de líquido fondo azul indeterminado por lo que hay en el de anhelo de mar y confusión de cielo en su líquida dureza de topacio o de jacinto, hechos de pronto cicatriz o estandarte al ser cortado por rieles de un amarillo sol teñido por el fuego en medio de una durangueña luz como de azufre.  
   Así, entre las grietas y los intersticios del aire o entre su torbellino de polvo o debajo de una roca el artista ha dado con las invisibles llaves extraviadas del camino, encontrado a tientas en el mundo de la reflexión abstracta una espléndida puerta de luz, que es a la vez sendero y remolino, cuya abierta vereda conduce al interior donde gravitan las imágenes prístinas eternas. Así, en su trayecto el pintor desembocado en una estancia privilegiada del espíritu: el de la fertilidad iluminante, en donde el Universo entero respira desde un centro que a la vez está en todas partes, respirando por ende también en el interior de la persona.



   Su concepción del arte, a la vez magnánima y austera, lo ha llevado entonces a “un modo de ver”, que lejos de encerrarlo en los ojos de sí mismos o en el reflejo del lago aplaudido por un grupo, es la expresión cordial de quien solicita en los otos la apertura, para así poder  entrar con espíritu de cuerpo a las profundas corrientes subterráneas y a las mareas aéreas más altas de la vida. Búsqueda, es verdad,  de las epifanías y los misterios de la naturaleza, también de los hiatos incomprensibles por donde el alma y el cuerpo se intercalan estrechando sus lazos y hermanándose, a la manera en que gravita el astro haciendo el esplendor del cielo sobre el mundo consagrando con su sangre al fuego. Manto y recinto, crisol y bóveda en cuyo interior habita la blanca piedra de agua, la reflexión pura de la luz como la luna, o cueva en cuyo dentro todo vive lo mismo peces que conchas que perlas blancas o negras para el deleite de los ojos.



   Inmersión en el primer ser de la creación, en donde el artista al registrar el pulso de la vida se modela por las formaciones que a un tiempo calca y elabora por la reverberación de transparencias repetidas, en la decantación de la humedad del aire vaciado en cántaros de voces o a partir de la conformación de la atracción, del choque o la repulsa en la imantación polar de la materia. Exploración del reino elemental donde el plasma de la sangre y la ingravidez espiritual comulgan. Transportación de inconsútiles imágenes y aladas donde se fragua la concepción y la fertilidad del mundo. También captación del logos que flota sobre el agua en vibración de aire y que despierta la llama de la forma en el pozo de fuego de la escucha –para volver a ser aire y agua y fuego en la fragua del ojo del artista,  que en términos de tierra lo traduce nuevamente en forma pura.



   Porque Oscar Mendoza, al caminar sobre la delgada película perceptible en la materia, ha sabido dar en sus abstracciones con los corpúsculos sensibles que fielmente recogen su sustancia al rastrear el hilo de su vida, instrumentando para dar expresión a sus encuentros un lenguaje universal capaz de hacer resonar las cuerdas de las formas y consonar con los arquetipos psíquicos más antiguos del hombre.  Así, ha sabido también articular un paleolenguaje, donde lo que balbucea es el romper auroral de una iluminación, en cuyos primigenios pastizales repercute desde siempre  el hueso mineral de las edades.




  No el encuentro con la determinación del ser y la comunicación inequívoca, sino la búsqueda del comienzo en la indeterminación del ser y la participación en la correspondencia analógica del mundo, abierto a lo presente y a la resurrección de las presencias -para hermanar con ello a los doloridos seres materiales con los seres de las formas sin memoria.


    Solución a la vez iconista y filosófica al problema del desgaste y deformación de los símbolos por la acción y envejecimiento del tiempo en su carrera. Porque lo que ha encontrado Oscar Mendoza en sus pesquisas formales y compositivas es el hilo envolvente de una sustancia espiritual, que como un Guadiana primordial mana desde tiempo inmemorial, naciendo siempre eternamente para activar la sabia interior del hombre nuevo, como si de un manantial de luz y un perenne surtidor de aguas fontanales  tratara.








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