sábado, 2 de julio de 2016

La Casa del Conde del Valle de Súchil Por Alberto Espinosa Orozco

La Casa del Conde del Valle de Súchil
Por Alberto Espinosa Orozco

A Don Alejandro Rivadeneira




I.- La Historia de José Ignacio del Campo Soberón y Larrea

José Ignacio del Campo Soberón y Larrea (1726-1782) nació el 30 de julio de de 1726, hijo de Gregorio del Campo Castaños y María Soberón y Larrea, todos ellos naturales de San Pedro de Galdames, en la provincia de Vizcaya, España. Siendo pequeño trabó amistad con Pedro de la Torre y Barco, con quien soñaba en aventuras novelescas, viajar al Nuevo Mundo para hacer fortuna, dados los relatos que escuchaban, pues habitantes  de su pueblo habían viajado al nuevo continente regresando con inéditas fortunas. Viajó en su mocedad al puerto de Cádiz, en el año de 1738, a los 12 años de edad, trabajando duro por un lustro, embarcándose hacia Veracruz en el año de 1745 para dar alcance a su amigo Pedro de la Torre que había partido dos años antes, llegando a la Nueva España a los 17 años de edad.
La figura del Conde del Valle de Súchil es propiamente la de un personaje novelesco y aun legendario: portador de un título nobiliario, conquistador de tierras y de una de las damas socialmente más encumbradas de la época en el norte de la Nueva España, forjador de una acrecentada fortuna que linda con las regiones de lo fabuloso, iniciando su actividad económica como un modesto proveedor de bastimentos, armas y municiones al Presidio de la población de Santiago  Mapimí, al norte de la Nueva Vizcaya, en el hoy estado de Durango. Se cuenta que ahí participó destacadamente, por sus servicios de reconocida valentía y desinteresados, en la campaña contra los indios Cocoyomes, apostado en el Presidio del Real de Minas de Santiago de Mapimí, en la región fronteriza del reino. En sangrientos combates comandó las campañas de avance en la frontera del reino, haciendo intermitentes incursiones en tierra adentro, llegando incluso a fundar las poblaciones de Nueva Bilbao y de Nuestra Señora de Begoña, con 50 familias españolas, caracterizándose por su celo en su actividad en las armas.
Antes de convertirse en el acaudalado minero, empresario y terrateniente que llegaría a ser, Larrea, nombre por el que le conocían sus contemporáneos y posteriores historiadores, casó a los 26 años de edad con la encumbrada dama de sociedad, Isabel Erauzo Ruiz, en la capilla de San José, en la Hacienda de Real de Avino, el 15 de agosto de 1752 –capilla que aun existe en el Municipio de Pánuco de Coronado, al norte del poblado de Francisco I. Madero, rumbo a la carretera de Gómez Palacio. Isabel era la hija del acaudalado minero de origen vasco Esteban de Erauzo y Leogarda Ruiz de Somosurco, quien a su vez era originario de Guipúzcoa y dueño de las ricas minas de Texamen, San José de Avino y de Nuestra Señora de Aránzazu de Gamón. Al óbito de Don Esteban de Erauzo, en el año de 1759, los principales beneficiarios de su inmensa fortuna fueron su hija Isabel y su yerno Don José del Campo, ya que su hijo Pedro Erauzo, debido a sus órdenes sacerdotales, se había alejado definitivamente de todos los negocios de su padre.  Con Doña Isabel el afortunado capitán Larrea procreó seis hijos: Ana María, maría del Carmen, José maría, Isabel, María Josefa y Teresa del Campo y Erauzo. De acuerdo a las costumbres de la época, logro que dos de sus hijas, Ana María e Isabel, casaran con dos de sus sobrinos, fórmula de los tiempos para conservar la posición social, el poder y la riqueza dentro de una misma familia. Novel aristocracia que se desempañaba en una sociedad dominada por figuras como la del Obispo de Durango, Don Pedro Anselmo Sánchez de Tagle (quien presidió la Iglesia de 1748-1758, para ser luego Inquisidor en la Nueva España), el mismo gobernador de la región, José Carlos de Agüero, que llegaría a la región en 1761, y  frecuentada por artistas de la talla del ensamblador y artista estípite Felipe de Ureña, discípulo directo del escultor y escenógrafo Jerónimo de Balbás, el increíble alarife Pedro de Huertas, el compositor Miguel de Sumaya (1678-1755) y el “Vivaldi” de Durango, Santiago Biloni (1700-1763), cuando Durango se erigía como uno de los centros musicales más importantes de toda América.



        A la llegada de Juan Carlos de Agüero como gobernador del Reino de la Nueva Vizcaya, Larrea no demoró en trabar amistad con él,  siendo al poco tiempo nombrado Teniente del Gobernador y Capitán General del Reino. A partir de ahí Joseph del Campo Soberón comenzó a cumplir con un papel protagónico en la política del reino, llegando incluso a cubrir el puesto de gobernador en dos ocasiones, la primera de ellas de 1762 a 1764, gobernando la región por 19 meses, cuando el gobernador se ausentó para atender las diversas comarcas, y de 1767 a 1768, cuando Agüero fue en defensa del Castillo de San Juan de Ulúa contra los ingleses, en Veracruz, en la llamada Guerra de Siete Años (1756-1763).
Personaje distinguido de la sociedad y de la clase política, José Ignacio del Campo Soberón y Larrea dio lustre, realce y jerarquía cultural a la región, combinando su espíritu de empresa, nobleza y magnificencia con un carácter alegre, optimista, y la personalidad de un visionario.  Ganó el título de Vizconde de Juan de las Barcas y posteriormente se le concedió el título de Conde del Valle de Súchil, debido tanto a sus méritos en el campo de batalla como a sus exploraciones de tierra adentro, otorgado por el Rey Carlos III, expedido en el Palacio de Aranjuez, el 11 de julio de 1776, enviando al flamante Conde un árbol de olmo en una garrafa, el cual fue sembrado en patio de su hacienda  –lance por el que el ambicioso minero y fabuloso terrateniente pagó el impuesto correspondiente, llamado “Servicio de Media Annata”.[1]
Cabe aclarar que "Súchil" es el nombre de una población, que fuera antiguo señorío del primer Conde del Valle de Súchil, en los límites del Estado de Durango con el de Zacatecas. El término proviene del náhuatl que quiere decir "Flor". El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define el vocablo como el usado para designar un pequeño árbol de la familia de las apocináceas, de ramas tortuosas, hojas lustrosas con largos peciolos lechosos y flores de cinco pétalos blancos con listas encarnadas, cuya madera es usada para las construcciones. Acerca de la misma palabra, "Súchil", el Diccionario de Aztequismos, de Luis Cabrera, refiere que es el nombre por antonomasia que se le da al "Yoloxóchitl" y considera dos especies: el arbusto ornamental de las malváceas y el arbusto lechoso también ornamental de las apocináceas. Aparte del significado botánico, "Súchil" se denomina en algunos lugares, el final de una fiesta nocturna que termina al amanecer. [2]
 Además de la extravagante mansión en la ciudad de Durango, Don José del Campo, el Conde Larrea, fue propietario de grandes extensiones de tierra en el sur de la provincia de Nueva Vizcaya: de la Hacienda de Muleros y de la populosa Hacienda de San José de Avino, en San Juan del Río, donde se beneficiaba la plata extraída de la mina del Tajo de Avino y la cual contaba, a decir del Padre Morfi, con dos mil operarios, caballos, una profusa producción de trigo que abastecía a toda la región de Real de Sombrerete, y una capilla con capellán, habiendo realizado en ella costosas obras de acondicionamiento.[3] En el año de 1769 encontraron en su mineral de Avino una riquísima veta de oro y plata, por lo que contrató a 200 trabajadores para su explotación intensiva, extrayendo de ella una colosal fortuna a juzgar por el “Quinto Real” enviado a la corona española, equivalente a 200 mil pesos oro, sin contar con los 80 mil pesos de azogue que mandó comprar para beneficiar los metales.





Se cuenta que las grandes extensiones de sus tierras se perdían en el horizonte. A sus posesiones hay que sumar siete haciendas contiguas que contaban con 103 sitios de ganado, habiendo sido dueño de una gran parte del sur del actual estado de Durango, comprendiendo su extenso caudal en 1771 la región de Poanas, el valle de Nombre de Dios y de Súchil. La Hacienda de Muleros (hoy Guadalupe Victoria) comprendía los ranchos de San Julián, Chinacates, San Antonio, Santa Teresa, San Rafael, Toboso del Norte y Toboso del Sur, Calera, San Ignacio, Mortero y San Juan, que topa con el Cerro del Escritorio y colinda con Sombrerete, Zacatecas.
En efecto, en el año de 1771, el capitán Larrea compró a  Don Joseph Gregorio Robles un inmenso latifundio al sur del estado de Durango, el cual comprendía prácticamente la totalidad del valle de Poanas y el valle de Suchil, justamente cuando la minería de la Nueva España se consolidaba como la mayor veta económica del reino, bajo cuya sobra se desarrollaba la ganadería, la agricultura y el comercio. El feudo rural se extendía por miles y miles de hectáreas, conteniendo las haciendas de: Cieneguillla, Concepción, Chachacuastle, Guadalupe del Salto (El Saltito), La Tinaja, La Galeta, La Rachia, Gomara, Ojos de Santa Ana, San Diego de los Corrales, San Pedro mártir, San Quintín, San Gregorio Magno, San Diego Mancha, San Miguel de Laborcilla, San Juan Bautista, El Tapil, San Amador del Mortero y San Antonio de Muleros (hoy Vicente Guerrero). Costumbre de la época era que la nueva aristocracia de la plata levantara suntuosos cascos de hacienda en sus propiedades, para evidenciar su poderío económico, a la vez concentrando la riqueza en unas pocas manos y desarrollando el modelo económico de la ganadería y la agricultura en las regiones. Así fue con Larrea, quien en su hacienda de San Antonio del Mortero, que fue su estancia preferida, encargó al fantástico alarife Pedro de Huertas la erección de una gran casona de dos plantas, amplios corredores, arquería de cantera y gran patio al centro con una hermosa fuente,  así como la capilla dedicada a San Antonio con una torre de columnas salomónicas. El casco de la hacienda exhibe una fachada magnífica, en cuya señorial portada puede verse el día de hoy el escudo de la familia De la Parra, que compraría el inmueble, y arriba el escudo de la casa condal, que aún se conservan. Se trata de uno de los cascos de hacienda más atractivos del norte del país.
     Destaca entre sus posesiones la gran casa en la Hacienda de San Amador del Mortero, donde vivía, la cual se encuentra a 8 km del actual poblado de Vicente Guerrero, en el municipio de Súchil, Durango. El 19 de agosto de 1849 la hacienda fue rematada por los descendientes del Conde, por adeudos al fisco y al Señor Bastarrechea, pasando a propiedad del capitán Vicente Saldívar y, posteriormente, a manos de Juan Manuel Asúnsolo Alcalde, para finalmente ser adquirida por Gregorio de la Parra, viviendo por temporadas en ella con su esposa, la famosa escritora de la revista Lágrimas, Risas y Amor, creadora de Memín Pinguin, y de numerosos dramas telenovelescos, Yolanda Vargas Dulché (1926-1999), quien se ocupó de restaurarla para que recobrara su antiguo esplendor. A la muerte de la “reina de las historietas” la inmensa casona de la Hacienda de San Amador del Mortero fue heredada por su hijo Iddar de la Parra Dulché, hermano del músico Mane de la Parra y de la directora de orquesta, Alondra de la Parra.




El Conde del Valle de Suchil, Capitán Joseph Ignacio del Campo Soberón y Larrea, falleció en su casa de la hacienda de San Amador del Mortero el 21 de diciembre de 1782, a los 56 años de edad, siendo uno de los empresarios, mineros, negociantes y terratenientes más grandes de la Nueva España y habiendo disfrutado de título nobiliario por escasos seis años.  Sus restos fúnebres fueron trasladados a la ciudad de Durango, siendo sepultados en el Templo de San Francisco, enfrente de su soberbio palacete, bajo el amparo de la Virgen de Begoña, patrona de Vizcaya. En los tiempos recientes la iglesia de San Francisco, junto con la plaza de San Antonio de Padua, junto con otras fincas virreinales vecinas, sufrieron los embates de la modernidad, siendo destruidos en el año de 1916 por órdenes del ocurrente gobernador liberal Gabriel Gaviria de Castro, dando con ello paso a la posterior construcción del horrendo conjunto funcionalista Multifamiliar Francisco Zarco Mateos, debajo del cual descansan, probablemente, las reliquias mortales de nuestro héroe.



   La vida de único hijo varón, José María del Campo y Erauzo (1787-1823), 2º Conde del valle de Súchil, tuvo un trágico desenlace.  Heredando la cultura del esfuerzo y el instinto visionario de su padre, compró la Hacienda de San Miguel de Guatimapé, enorme latifundio que a su vez incluía las haciendas menores de Chinacates (actual José María Morelos), Boca de San Julián, San Antonio, Santa teresa de Pinos, San Rafael, Toboso del Norte y Toboso del Sur, la Magdalena, Aliños, Torreón, Molino, Santiaguillo, Los Sauces y La Soledad. Había casado con Isabel Roig de Cevallos Villegas, no habiendo tenido con ella descendencia. A la muerte de ésta contrajo nuevas nupcias con Guadalupe Bravo, con quien tuvo ocho hijos: Esteban, Luisa, Isabel, Manuel, Juan, María del Carmen, Dominga y María Salomé del Campo Bravo.  Un mal día el 2º Conde del valle de Súchil salió de caza acompañado de algunos de sus caporales y trabajadores, sin sospechar siquiera la mala disposición para él de los arcanos. Cuando llegaron al cañón de “El Molino”, una gran osa, furiosa por la pérdida de sus cachorras, lo sorprendió desprevenido, alzándose en dos patas se arrojó sobre el desafortunado conde, mordiéndolo con sus afilados colmillos y rasgándolo la cara y el pecho con sus afiladas zarpas. Las heridas, a las que no sobrevivió por mucho tiempo, fueron de tal gravedad que llamaban al horror, pues le habían destrozado la garganta, al tal punto en que se le veía pasar la comida cuando ingurgitaba los alimentos. Murió en su hacienda de San Miguel de Guatimapé, según cuentan algunas leyendas luego de perder la razón pues, trastocada su conducta por tan horrible contingencia, vagaba de noche por sus habitaciones como un fantasma, hablando no más que puras incoherencias.   

II.- La Casa del Conde del Valle de Súchil

El palacete del Conde del Valle de Súchil destaca entre todas las construcciones de Durango por su imponente extravagancia ornamental, máximo lujo, deslumbrante belleza y refinamiento. Fue proyectada y construida por el arquitecto Pedro de Huertas, mulato procedente de la capital de la Nueva España. Al maravillo alarife Pedro de  Huertas se debe la conclusión de las portadas de Catedral Basílica Menor de la ciudad de Durango (en las calles de Constitución y Juárez), asombrosas por el equilibrio de sus partes y armonía de conjunto, que dan la impresión de una especie de robusta gravedad alada. Realizó también la edificación de otra importante casona, ubicada en la esquina de 20 de Noviembre y Zaragoza (en lo que ahora son oficinas del ITD), así como la imponente casona regularmente habitada por el Conde, en la Hacienda de San Amador del Mortero, la cual cuenta también con una capilla, consagrada a San José y el Niño y en la que existieron dos hermosos retablos labrados en oro bruñido, probablemente debidos al taller familiar artesanal de Felipe de Ureña
El Conde de Súchil, según se cuenta, poseía otra casona en la ciudad de Durango, de mala habitación, llamada irónicamente “El Escorial”, la cual, sin embargo, contaba con un gran viñedo y una bodega no menor para el vino que en su propia huerta se elaboraba, detalles que aluden al carácter, a la vez emprendedor, irónico y jovial, de su propietario.




La robusta mansión de Durango se construyó en terrenos heredados al Conde de Súchil por la familia Erauzo, y a media cuadra de la residencia de su cuñado, Pedro de Erauzo, entre la calle Real (hoy 5 de Febrero) y la calle de San Francisco (hoy Francisco I. Madero), teniendo su vista al convento de San Francisco y a la plaza de San Antonio de Padua, hoy en día ya desaparecidos. En 1763 su edificación estaba muy avanzada, habiendo sido comenzada en 1759, sirviendo para 1778 como Caja Real de la ciudad, al ser en ese tiempo el Conde del Valle de Súchil el encargado de administrarla. Se cuenta que al ver su magnificencia el gobernador José Carlos de Agüero la codició, sin ninguna consecuencia, deseando infructuosamente convertirla en Casa de los Gobernadores. A diferencia de otros aristócratas que construían sus palacios en la ciudad de México, Larrea decidió arraigase en la capital de la Nueva Vizcaya y construir en la ciudad de Durango su fastuosa residencia, gesto que no carece de espíritu visionario y de amor por la tierra que lo había acogido arrojado con singular magnificencia, siendo arrojado así al azar de las vicisitudes del tiempo o del olvido.   
         El palacio, construido en sillera de cal y canto, comunica sobre todo el valor de la grandeza, asociada a la fama de su dueño, pero también los símbolos de la riqueza y el poder. En la monumental construcción barroca puede leerse, como si de un libro se tratara, el carácter y el temple de su dueño: sus fantasías ornamentales constituyen  toda una lección de lujo y urbanidad, pero también de galanura. Sus afamados alardes estructurales reflejan el temple arrojado de su propietario, pero también el de toda una civilización empeñada en colonizar las tierras norteñas y áridas del país; mientras que sus caprichosas, aunque contenidas fantasías, el carácter jovial y desenvuelto propio de la prosperidad. Por un lado, se trata de uno de los primeros grandes palacios privados proyectados con magnificencia en la floreciente urbe. La ciudad empezaba con ello a coronar su carácter, postulándose de tal manera como un verdadero centro de cultura en el norte de la nación y de expansión de la civilidad, de refinamiento en las costumbres y del cultivo de las cosas propiamente pertenecientes a la mente y al espíritu. Por el otro, el palacio representa, a través de la obra y empeños de un individuo ejemplar, los fabulosos alcances del espíritu edificador, y aún católico, cristiano, de toda una civilización, era y mundo: la Novohispana del Siglo XVIII. Gracias a un censo mandado hacer por el Virrey Antonio maría Bucarelli en 1778, sabemos que la ciudad de Durango contaba con una mayoría de edificaciones de adobe con elementos decorativos de cantera. Junto con el pueblo de San Juan Bautista de Analco, la ciudad contaba en ese tiempo con: 14 templos, 3 conventos, 14 ermitas o capillas de hacienda, 11 casas de piedra y 1 543 casas de adobe.[4]  
La arquitectura de la gran casa, calificada incluso de quimerária por algunos de sus alardes arquitectónicos, constituye toda una exhibición de ingenio e inventiva, tanto por sus soluciones estructurales originales y atrevidas como por sus refinados adornos, siendo uno de sus mayores encantos el arco suspendido del patio central, no menos que el salón principal que cuenta con tres balcones y una fachada con chaflán que resultó de lo más novedosa. Se trata, en efecto, de una excepcional casa de dos plantas y dos patios, el principal y el secundario, en donde se encontraba la cochera y la caballeriza, las bodegas y la cocina. El hermoso palacio contaba en su planta baja con estancias espaciosas y sitio para las oficinas administrativas, para el despacho, el archivo de la hacienda y las accesorias, cocina, bodega y talleres. En la planta noble, el salón de entrada, el oratorio, el salón del dosel, el salón de asistencia, los dormitorios, el comedor y la cocina. A pesar de que todos sus muebles se perdieron, todo al interior del inmueble nos habla de una vida formal, la cual se enriquecía en la sociedad con la complejidad propia de la exhibición de las galas, de los modos refinados y de los coches –vida, por otra parte, proclive a caer en el formalismo del lucimiento y aún en el ritualismo de las costumbres.






El palacio, de sabor afrancesado, aunque de volumen exterior robusto, guarda en todo un cuidadoso equilibrio, destacando su portada, de esmerado diseño mixtilíneo, y la disposición cerrada del inmueble, de franco esteticismo barroco. La portada principal tiene una fachada ochavada, también llamada fachada en chaflán (pancoupé) o en esquina,  la cual ostenta un tapiz mixtilíneo del más desarrollado estilo, saturado de adornos tipográficos, viñetas de cestas, medallones y hojas. En el marco de la puerta del balcón central u hornacina central destaca un nicho con la figura de San José, joven, de pie, posado sobre un globo terráqueo, el cual a su vez se asienta sobre una casa, y sostiene en los brazos al Niño Dios, imagen que despertó una gran devoción en el México Novohispano del siglo XVIII. En la parte inferior de la puerta hay asimismo un escudo con un busto de la diosa Ceres.[5] Las demás puertas de la casona están hechas de ricas maderas tropicales, las cuales van del rosáceo al grisáceo verdoso hasta llegar al negro del ébano, destacando ésta última, en la cual las decoraciones fitomorfas de flores de acanto forman rostros de viejitos, todas ellas traídas de Filipinas por la Nao de Chína. 






En la decoración del recinto se encuentran como motivos recurrentes las hojas de acanto y las piñas, y también unas gárgolas. En la puerta de salón principal se encuentra una extraña españoleta, en forma de sirena, siendo su patio central uno de los más elegantes de todo el país.
Aunque la frugal decoración de sus muros se encuentra hoy incompleto, destacan algunas fantasías  de pintura mural, las que todavía pueden apreciarse en el descanso de la escalera principal, siendo su diseño el de una serie de roleos con motivos vegetales, de color azul oscuro sobre fondo blanco, de fantástica riqueza ornamental.[6] Sobresalen también la factura de sus puertas, todas ellas originales, algunas de ellas esmeradamente talladas combinando diferentes tipos de maderas preciosas de diversas partes del mundo. Suntuoso edificio en el Larrea invirtió fuertes sumas de dinero, usando los mejores materiales, teniendo como resultado un modelo de edificación, combinando a la perfección todas las funciones para las que fue ideado, tanto de utilidad, como de elegancia y comodidad. Se trata de una verdadera joya arquitectónica, de una imaginación a la vez desafiante y perfectamente contenida, al grado de ser considerada como el edificio colonial más hermoso de todo el norte de México.  




La solución del arco suspendido entrando por el zaguán de la puerta principal que conduce al patio central constituye, a la vez, un alarde técnico y una espectacular fantasía decorativa. La originalidad del arco suspendido o pingante se repite, para la delicia del observador, en el doble arco de la escalera, pues se encuentra igualmente suspendido en el aire, adornado con un ensortijado motivo vegetal. Los arcos y las columnas pendientes en el aire nos hablan así tanto del arrojo de una civilización cuanto de su afán de singularidad, estando marcado el barroco mexicano por un ideal que combina simultáneamente motivos locales con la exigencia clasicista de universalidad. El patio, emplazado en diagonal, con claves colgantes sin columnas, es único en su tipo, y está flaqueado por una fila de columnas estriadas con llamativas líneas zigzagueantes, recorriendo los cuatro zaguanes de la planta baja.  








La magnífica mansión permaneció por algún tiempo en manos de los descendientes del Larrea, siendo su última propietaria su nieta Guadalupe Yandiola del Campo, ya en pleno México independiente, quien la vendió poco antes de su muerte, donando el resto de su riqueza al la Iglesia. El palacete pasó en 1850 a manos de un súbdito alemán, protestante, de nombre Maximiliano Damm (1858-1928), quien se casó con una mujer española de nombre  Josefa Palacio de Iglesias, abuela de Josefa Palacio Flores, cuya familia conservó el palacio por 70 años, de 1858 a 1928, usándolo como residencia y como tienda, en un tiempo en que desapareció la capilla de la residencia. El edificio fue comprado posteriormente por diversos hombres de negocios dándole diversos fines comerciales. Primero fue adquirido por la firma “Calixto Burillón e Hijos”, importadores y comerciantes de telas. En los años 30´s del siglo XX fue adquirida por el comerciante Anacleto García, quien puso el famoso negocio “El Gran Número 11”. En 1950 la casa fue adquirida por neoleonés Jesús H. Elizondo,  quien había hecho fortuna en Durango, padre de Rodolfo Elizondo Torres, Secretario de Turismo por los gobiernos del PAN, quienes pusieron ahí el negocio “Centro Comercial Plaza de los Condes”. Los señores Elizondo la vendieron en el año de 1985  al Banco Nacional de México, del banquero Roberto Hernández Ramírez, siendo el inmueble restaurado en 1988, formando parte hoy en día de las Casas de Cultura de Banamex.[7]








El gran empeño del Conde del Valle de Súchil, Don José del Campo Soberón y Larrea fue, en aquellas tierras áridas del norte mexicano, la del injerto, asimilación y aun invención de  todo un estilo de vida, ligado a las ideas, costumbres y hábitos de alta cultura novohispana, de acuerdo al ideal de la época del refinamiento en las costumbres, la intrincada relación entre las clases y el espíritu de empresa y prosperidad material.
Personaje que dio realce a la jerarquía social, debido a su temperamento, el cual combinaba a la valentía el arrojo y la audacia, el alarde de la riqueza entendida como muestra de las refinadas manifestaciones del gusto y del buen vivir, introduciendo como norma ideal en la Nueva Vizcaya las reglas más estrictas de la cortesía y de la generosidad, siendo no solo un celoso administrador de su casa sino también un reconocido anfitrión –todo lo cual dio carácter y rumbo a la idiosincrasia caballeresca regional.
Hombre de fuerte genio, temperamental y a la vez enérgico, educado en la escuela de la nobleza y milicia de los señores, cuyas fuertes características eran afirmadas por las diversiones viriles de la época: la caza de lobos del monte y el juego de apuesta en la baraja. Su mansión es así la de una exhibición señorial donde, sin embargo, cabe la inclinación al refinamiento y al placer estético, siendo su ostentación la de un manantial de utilidad colectiva, que suavizaba la áspera rudeza y precariedad del medio, siendo a la vez un tributo colectivo a la dignidad de su capacidad personal y arrojo individual.
Por las especiales circunstancias geográficas y económicas de la Nueva España, la ciudad de Durango había limitado su desarrollo, el cual sufrió de innúmeros contratiempos desde su fundación, al estar enclavada en los territorios áridos y llanos del norte mexicano, y abruptos y quebrados de la sierra, cundidos de alacranes ponzoñosos, distante de los centros de importancia y asediada por las tribus nómadas insumisas, cuyas tribus salvajes de “chichimecas” recurrían a la traición y al robo para hacer sentir su agresiva presencia. Durango, en efecto, había llevando desde su fundación una vida aislada, siendo su crecimiento vacilante, al grado que a finales  del siglo XVII la ciudad estuvo a punto de ser abandonada por completo, impidiendo el gobierno del virreinato su desaparición debido a su importante posición defensiva y su estratégica localización geográfica.
         A partir del descubrimiento de riquísimas vetas de minerales preciosos en la región, también cambió la suerte de la ciudad, retomando su primera razón de ser: la vocación de riqueza y prosperidad que, intermitentemente, han estado a punto de convertirse en un mero espejismo en el desierto.
Luego de la segunda mitad del siglo XVIII empiezan a construirse masivamente en Durango los grades palacios y a definir su imagen urbana, constituyendo hasta el día de hoy los emblemas arquitectónicos de su indudable grandeza arquitectónica y encanto colonial. Tiempo en el que se completan las cúpulas de los templos que estaban inacabadas; se termina la construcción del templo de la Compañía de Jesús, en cuyo monasterio destaca la soberbia fachada de cantera ornamentada escultóricamente, habiendo sido la cúpula de la Iglesia a San Juanita de los Lagos la bóveda más grande en la región, desafortunadamente perdida; se reconstruye la Catedral Basílica Menor; se construyen los palacios del Conde del Valle de Súchil y de Juan Joseph de Zambrano, así como otras magníficas residencias. Obra que se completó durante el porfiriato con la construcción del Palacio Municipal de Escárzaga, el Palacio del Poder Judicial, la Estación de Ferrocarril, el Arzobispado, El Hospital Nuevo (luego Internado de Primera Enseñanza #8), la Penitenciaria del Estado y el Teatro Principal (hoy Teatro Ricardo Castro).  A las que hay que sumar residencias privadas de gran magnificencia, como el Palacio de Escárzaga, la Casona de los Gurza y el Edificio de las Rosas (también conocida como La Casa de las Lágrimas).[8]
   Símbolo arrojado al tiempo es la hermosa casa del Conde del Valle de Súchil, enclavada en una ciudad lejana y hermosa enclavada en las inmensas regiones del norte de México y apartada del centro, que es la ciudad de Durango, en el extremo oeste del Camino de la Plata, a la vez punto de avanzada y sede del Obispado.  Expresión de prosperidad producto de la cultura del esfuerzo, del franco espíritu civilizador dispuesto a resistir todas las adversidades del medio, el palacio nos habla de un momento de esplendor de la ciudad de Durango, en el que se desarrolló un estilo arquitectónico único y especialmente valioso, correspondiente al barroco tardío de la Nueva España. A partir de ahí surgirían, para finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XX gran número de regias edificaciones, cuyo logro es el de una síntesis de gran riqueza, donde se amalgaman elementos e ideas italianas, francesas, inglesas y españolas incorporándolas a las tradiciones constructivas mexicanas. Tiempo, en efecto, en el que se erigieron “lucidísimas fábricas” que dieron gran brillo y magnificencia a la ciudad, que luego fue arrinconada y abandonada a su suerte.  Durango monumental que durmiendo en el pasado, sin embargo, poco a poco comienza a despertar y a resurgir de entre el polvo y las cenizas, resurgiendo de nuevo, ante el asombro de nuestros ojos, para volver a ponerse a la altura de otros tiempos, donde triunfara el gusto estético y la intensidad de la vida económicas y artística entre la población. Porque Durango ha conservado como un agua siempre viva la semilla latente del espíritu, guardada en su seno y sus entrañas como su más caro tesoro, por su amor constante y devoto a los trajes y a las fiestas, a la literatura y la música, así como a las expresiones más altas de la cultura toda universal en la que algún día habrá, con el esplendor de su siempre pújate originalidad, de victoriosamente reinsertarse.   





[1] Con ello se creó prácticamente el condado y futuro municipio de Súchil, junto con el vizcondado previo de San Juan de las Barcas, en el sur de lo que hoy es el estado de Durango. El 2º Conde del Valle de Súchil lo ostentó su hijo José María del Campo Erauzo. Sin embargo, el título cayó en desuso a partir del fallecimiento del 2º Conde, en 1823, ya que ninguno de sus ocho hijos reclamó la sucesión del título. Fue rehabilitado poco antes de un siglo más tarde, por Alfonso XIII, quien lo otorgó en 1919 a José María de Garay y Rowart (1869-1940). El 3er Conde, quien en 1922 y 23 fuera alcalde de Madrid, y por quien una calle y una plaza de la metrópoli peninsular llevan el nombre del Conde del valle de Súchil. Casó con María de Garay y Corradi, dejando al morir en 1940 el título de 4to Conde a su hijo Eduardo Garay y Garay, quien casó con María de la Concepción Despujol y Rocha, obteniendo el título en 1954, que pasó a su hijo Ramón de Garay y Despujol,  5to Conde del Valle de Súchil, el cual casó en primeras nupcias con Belén de Aguilar Baselga y en segundas nupcias con María de las Cuevas Purón, reclamando el título de 1986 y ostentándolo hasta  la fecha.
[2] En el Diccionario de México, su autor Juan Palomar, afirma que en Oaxaca, "Súchil" designa a una serpiente de cascabel.
[3] Morfi, J. A. Viaje de Indios y Diario de Nuevo México. México: Manuel Porrúa Ed. 1980.
[4] Alberto Ramírez Ramírez, “Arquitectura de la Ciudad de Durango”, Cuadernos Patrimonio Cultural y Turístico. Pág. 189.
[5] Hay en México solamente otros cuatro palacios que cuentan con la original solución de la fachada con chaflán: el Palacio de la Inquisición en la ciudad de México, construido entre 1733 y 1737, del arquitecto Pedro de Arrieta; la Real Caja de San Luis Potosí, construido de1760 a 1770 por Felipe de Cleere); la “Casa Chata” de Tlalpan, de finales del siglo XVIII, y; el Colegio de San Nicolás de Hidalgo en Pátzcuaro, de finales del XVIII.
[6] María Angélica Martínez Rodríguez, Momento del Durango Barroco. Arquitectura y Sociedad en la segunda mitad del siglo XVIII, 1996. Ed. Grafo Empaques/Urbis Internacional. Monterrey, Nuevo León, México. 495 Pp.; “Un Palacio en el norte de México: el Palacio del Conde del Valle de Súchil” (2007, Octubre-Diciembre) y, de la misma autora con Lorda Iñarra, J. “La Catedral de Durango”. Rizoma. Revista Cultural. Monterrey, Nuevo León.
[7] La sede de Fomento Cultural de Banamex se encuentra en el Palacio de Cultura Banamex, mejor conocido como Palacio de Iturbide, antes Palacio de Moncada, soberbio edificio de arquitectura civil barroca del Siglo XVIII novohispano, construido por el arquitecto Francisco Guerrero y Torres entre 1770 y 1785. La institución cuenta además con tres casas señoriales en la provincia: en Mérida con la Casa Montejo, edificada entre 1542 y 1549 por instrucciones de Francisco de Montejo, siendo la única casa civil de estilo renacentista en México; en San Miguel de Allende, con la Casa del Mayorazgo de la Canal, del siglo XVIII, siendo su estilo barroco sanmiguelense, y; en Durango, con la Casa del Conde del Valle de Súchil, de estilo barroco miguelangelesco. 
[8] La Casa de las Rosas se construyó en el Siglo XVIII por órdenes de su primer propietario, el acaudalado minero Silvestre Arana, quien la vendió a Francisco Rojas y Ayara. Fue remodelada en el porfiriato con un estilo afrancesado, destacando su fachada ornamentada con conchas, perlas y rosas y sus columnas corintias acanaladas. La inmensa propiedad, que abarca toda la cuadra de de 5 de Febrero, entre Juárez y Victoria, fue fraccionada con el correr del tiempo, encontrándose hoy en día entre sus propietarios al diputado Jorge Salum del palacio y Federico Schroeder Rama. 























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