domingo, 17 de julio de 2016

Itzamna Reyes: Más Allá de la Utopía Por Alberto Espinosa Orozco

Itzamna Reyes: Más Allá de la Utopía
Por Alberto Espinosa Orozco









I
   La primera exposición individual del artista Itzamna Reyes, titulada “No Lugares” se presenta como una radiografía plástica de la postmodernidad, expresiva de los sentimientos de desolación y melancolía causados por un mundo despersonalizado, puramente técnico, mecanizado y oprímente, en el que propiamente hablando no hay lugar para la persona o donde no existe. Sobre todo, donde no cabe la interioridad y la intimidad humana.
   Paisajes efectivamente intimidantes son los suyos, paisajes de la periferia urbana impregnados de desolación y de fatiga, donde a la vez se realiza una especie de prueba de fuego a la utopía moderna. El topos, la urbe, lugar de la cultura y de la civilización, donde otrora se llamara al acuerdo en el ágora o se convocara a la poesía en los jardines, convertido en pesadas moles granito, en inexpugnables murallas de cemento, en frías cuevas que bajo la forma del puesto de alimento o del estanquillo de publicidad  revelan la presión histórica de nuestra época, que aplasta los valores humanos y al ser humano mismo por mor del incontenible vértigo de la producción en serie del aparato industrial, modelador de un mundo hecho a su imagen y semejanza.
   Lugares, pues, donde la utopía del hombre moderno, en los que el sueño de dominación de la naturaleza y de encontrar la felicidad y la satisfacción de las necesidades del hombre en las aplicaciones de la ciencia a través del progreso de la técnica, de pronto cambian de signo, dejándonos ver una de los rostros, acaso el más patente y despótico, de su apabullante poderío y de su monstruosidad totalitaria. Sueño que se desvanece como las ilusiones juveniles o como la nube llevado por el furor del viento y que se convierte, de pronto, en el reverso de la pesadilla, volviéndonos las víctimas pasivas, inermes e incrédulas, de un gigantesco engaño. 
   Paisajes que dejan una sensación de vacío, de pasmo y de estancamiento, en donde no hay nada de donde asirse o en que descasar la mirada, como si las escenas reproducidas por el artista tuvieran la concavidad de una superficie por donde la mirada resbala, al estar hechas con los materiales fugaces del instante. Donde no hay nada que decir, donde no hay nada, emblemas ambos de lo que es meramente contingente, del río del devenir, cuyas aguas corren hacia abajo, sin trascendencia metafísica alguna, y cuya sola existencia es pasar, es ser en fuga.
   Sus figuras urbanas delatan de tal forma la motivación radical urdida detrás del tejido de la modernidad: la aplicación de la ciencia de la naturaleza para hacer más eficientes y acelerar los movimientos del hombre, logrando con ello ganar tiempo, en el sentido de poder hacer más cosas en los mismos módulos temporales, y cuya mística, si no su metafísica, no es otra que la del afán de poder y dominación del mundo en torno por medio de la máquina, de los artefactos, de los útiles y procedimientos, ya no sólo de la naturaleza inanimada, sino de la naturaleza animada y del hombre mismo, afectando incluso a grandes bloques urbanos, convertidos ya en vertiginosos corredores al servicio de las máquinas, ya en desolados parajes momentáneos, donde las personas apenas se estacionan, reducidas a su mínima expresión, para seguir de prisa, engranándose de nuevo, al siguiente paso, con la marcha del despótico ritmo productivo.
   Paisajes sin vida, monocromos, reveladores de la angustia del hombre postmoderno y contemporáneo, abrumado por los productos de la técnica moderna y sus aparatos administrativos, usados no en función de la ciencia, de la saber y de las humanidades, sino en la relación inversa, usada la ciencia, ya sin las humanidades, en función de la técnica y del aparto administrativo.
   Repetida alegoría, pues, de un sueño que se esfuma, que encalla en las olas del devenir para herrumbrarse hasta volverse cárcel, o de hundirse en la inconsciencia de las sombras  y ser ceguera de caverna: lugar que no da lugar al hombre si no es en función de degradarlo, convirtiendo al tiempo, y al hombre con él, en algo puramente inmanente y pasajero.






II
   La obra del artista Itzamna Reyes constituye así una visión vertiginosa de los nuevos objetos plásticos del mundo en torno, y que al retratar los grandes volúmenes de la realidad objetiva e inmediata, productos de la sofistica industria y tecnología moderna, nos hace sentir la insensibilidad de un mundo que pasa por arriba del hombre, de un mundo inhumano quiero decir, a tal grado impersonal que pareciera gobernado por las máquinas –o por una voluntad tiránica, demoniaca, que maquina el dominio absoluto y la perdición del hombre.
   Concentración, en efecto, en una serie de objetos modernos, nuevos, que sin embargo aparecen afectados de masividad y gigantismo, en los que hay algo del vértigo y del automatismo de su producción en serie, ininterrumpida, de la industria pesada. Símbolos, más que cosas mudas, de poder; pero de un poder peculiar, marcado con el estigma de lo inhospitalario, de lo es hostil al hombre, donde no se encuentra un remanso de verdura donde poder descansar la mirada. Estética de los objetos prefabricados, de láminas y lonas ensambladas, de moles tectónicas apostadas en las zonas periféricas urbanas, cuya deslumbrante novedad se ve de pronto ensombrecida, maculada por el mismo peso de su prisa en fuga. La luz inerte y sobra renegrida; luz enceguecida por el fulgor efímero de su propio resplandor que hace invisible al hombre mismo, vuelto carne de cañón o anémico bagazo desechado.
   Imagen de un mundo no sólo desalmado, en cierto modo inanimado o muerto, sino en el cual la técnica misma acusa un desenfreno que, al romper sus objetos técnicos toda unidad o coherencia interna, amenaza llevarlo todo la caos. Sensación, pues de irrealidad, de visitar un mundo abstracto donde las cosas apenas toleran un residuo mínimo de significación, o significan cualquier cosa. Mundo sin alma, es cierto, al que propiamente no es posible pertenecer. Donde la relampagueante novedad, en un principio deslumbrante y bello, se convierte al otro día en charco maloliente, en mancha de aceite revuelta con el fango,  en pútrido rincón abandonado o en sombra esquiva. Espacio vacío, desalojado a fuerza del silencio estruendoso de la mudez. Mundo falto de alma, abstraído de lo habitable, donde propiamente no hay posibilidad de identificación alguna, homologable a cualquier ciudad, y al que no se puede, propiamente, pertenecer. Mundo del exilio y la orfandad del hombre, cuya pretendida neutralidad es la de una indiferencia hiriente, mundo de espaldas, maquinal, cuyos aparatos vehiculares maquilan la automatización y mecanización misma del ser humano o su deshumanización.
   Paisajes pues de los objetos hiperrealistas, que se elevan sobre el hombre hasta el grado de hacer desaparecer a la persona para volverla objeto, bólido o móvil en espacio, confinando en sí mismo al punto de lo incomunicable. Mirada que penetra a tientas expresando una realidad densa e impenetrable, donde la materia toma el sentido de resistencia pura, trazando de tal suerte la visión de un mundo interior , donde reina, en medio del confinamiento, la desolación y la agonía mortal del alma. En medio, el cuerpo, la carne humana, marcada con los estigmas del desgaste y la fatiga. Mundo humano, pues, sin verdadera intimidad, desfoliado hasta el extremo de la desforestación, en medio de cuyo vacío crecen las sombras de la malignidad y del nihilismo.






III
   Ir tan lejos como se pueda en una de las direcciones de lo humano, con el propósito de trascender su ser, ha sido la tentación de las diversas eras históricas de la humanidad.  Revuelta contra la tradición, reguladora de las costumbres, por el atractivo de la novedad y el cambio en  el sentido de la velocidad, de la aceleración de los movimientos del hombre,  que tal ha sido la ambición de la modernidad. Movimiento, novedad, cambio que, sin embargo, al intentar ir más allá de lo que no es el centro estable de lo humano, ha terminado por trasgredir los límites, identificándose incuso con lo excéntrico, con lo extremista, con lo excesivo, sujetándose por tanto al  riesgo de la mutación y el hibridismo de las formas, estilizadas al grado de perder su consistencia, sustantividad o esencia propia.
   Las imágenes monocromas de Itzamna Reyes, discípulo del maestro Luis Argudín, dan cuenta en la masividad de sus espátulas del espacio masivo de las pesadas construcciones urbanas, anuladoras de la persona en cuanto tal. A la manera de “La estación de gasolina” de Edward Hopper, lo que retrata el artista es lo que hay detrás de los inventos de la técnica moderna de dominación de la naturaleza inanimada: la sombra o el fantasma que acompaña a los sueños de la razón instrumental, creadora de aparatos, útiles, artefactos, máquinas y procedimientos: la dominación del hombre mismo, arroja a un mundo donde lo reina es la fatiga, el vacío y la  desolación. Visión, pues, de los límites ya últimos del ideal del desarrollo y el progreso en su etapa tardomoderna de decadencia, si no de ruina final, pues, absorbido el ideal, junto con el hombre mismo, por la abrasiva tolvanera muda que deja a su paso, en la periferia de la urbe, con todo el peso de su paso y su sordera. Retrato de la ciudad amortajada, es cierto, que al poner de relieve los caracteres de la edad contemporánea, como son la tecnocracia y su publicismo, nos muestra también un aspecto del hombre, sacado de su centro o excéntrico y extremista por la anulación de su propia personalidad, porqué al ser usado o ingurgitado por las obras de la publicidad o de la propaganda queda reducido no sólo a sus aspectos puramente exteriores de lo mecánico, de lo maquinal y automatizado, por el trabajo manual del obrerismo, sino anulado también en su vida interior o ya sin ella, siendo presa fácil de los instintos, impulsos y tendencias inmediatas de los deseos, modelados en el sentido de satisfacer las necesidades inmediatas, prácticamente animales, de la sexualidad y la alimentación, o inmerso en un proceso de proletarización creciente, tendiente a la anulación de la vida íntima, privada y personal de la persona.       
   Al igual que otros visionarios artistas de su generación, como son Adriana Mejía y Joaquín Flores Rodríguez, las imágenes arquitectónicas y casi abstractas del pintor Itzamna Reyes se presentan, a la vez, como un diagnóstico o radiografía de nuestra altura histórica y como una crítica de las  apariencias, que toma distancia de su objeto justamente por encontrarlo infectado de nihilismo y voluntad de dominio. Mundo o era donde los productos artificiales producidos por la técnica se presentan simultáneamente en el realismo industrial de su fuerza inhumana y la patencia de su resistencia impenetrable, pero también  en lo que tienen de símbolos de aquello que los promueve: donde el foco más alto del arbotante urbano es a la vez el ojo vigía del gigante, de mil ojos y mil brazos, que a la manera del monstruo de hierro del que habla Daniel en los profetas, tritura con sus fauces al mundo entero, pisoteando con furia los desechos. Porque la idea del hombre como ser meramente natural, sujeto a la sola fuerza de sus recursos propios, aparejados a las potencias fáusticas de sus desmesurados proyectos existenciales, al dejar fuera de su esquema conceptual la guía moral y el amparo de la instancia sobrenatural o la metafísica, lo pone a la vez de hinojos ante otras potencias, acaso sobrenaturales también de lo inhumano; desecando en campo el campo fértil de los símbolos más vivos y más caros del hombre mismo, y succionando su sabia nutritiva.
   Mundo de las cosas útiles a gran escala que, sin embargo, tiende a la abstracción de lo meramente estético, que cifra su inhumanidad al estar sus objetos, más que nada, referidos con exclusividad a sí mismos, vueltos por tanto cosas mudas carentes de referencia o significación humana. O mundo de la técnica que no potencia tanto al hombre como a la tecnocracia misma, en una circularidad del sentido que, en medio de la fatiga de sus signos y del agotamiento de las fuerzas humanas que parasita y de las que alimenta, convierte de pronto a la misma ciudad en un lugar hostil, poblado por las sombras de los vicios, roído de miseria y sin sentido. Mundo que horada lo habitable con sus automotrices pistas, con el peso de sus pisos, dobles pisos y mezquinos tendejones o con sus mercadotécnicos toldos de degradada acrópolis de circo, violentando con ello las moradas, ya desbaratadas y relegadas a los márgenes, impresentables, que desaparecen de la vista entre veredas cenagosas, como símbolos también de la extinción de las costumbres, donde lo humano no sólo pierde forma sino que así se ausenta. Emblemas de la desolación interior, pues, donde no hay el cultivo de lo humano, ni de las cosas pertenecientes al espíritu, sino la adoración de ídolos vacíos, que en justo pago vacían también a sus adoradores hasta volverlos nada.    

   Mundo de vehículos, de procedimientos en serie, de seres pasajeros inficionados de marginalidad y temporalidad, de caducidad y de contingencia, aplanados al extremo de lo fantasmal y meramente aparente, en cuyo ritmo de vértigo y aceleración. Mundo de estaciones donde se estanca la utopía y se pudre la esperanza, donde se estaciona la desesperanza, en el  que el artista que es Itzamna Reyes, sin embargo, de pronto hace una pausa y toma un respiro, levantando los ojos hacia lo alto para mirar lo que cubre como un manto al bosque petrificado por la ausencia y la fatiga: es el cielo, cuya luz entonces se difracta en los colores para llenar el aire de una esperanza cierta, que envuelve a la ciudad entra entonces en sus brazos para revivificar así a los símbolos y a los lenguajes del hombre. Acento o nota final del colorido, que es el símbolo la poesía y la promesa, que nos recuerda la potencia inmarcesible del misterio y la verdad eterna del camino, que viene del cielo para volver a él, dejándonos sin embargo en el cuenco de las manos un  sorbo de agua cristalina y en el corazón una semilla de reconciliación con la natura y con nuestros semejantes todos. A la manera de una postal o aviso último, que por un instante rinde exaltación a la luz, imparcial y benéfica, del medio día -antes de que el tiempo de lo propiamente humano muera de inanición o anemia en nuestros brazos.    


* Exposición de Itzamna Reyes "No Lugares". IMAC, Durango, Julio de 2016. 








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