domingo, 24 de julio de 2016

Educación y Reforma del Entendimiento: la Crisis: Decadencia de la Conciencia Moral (12a Parte) Por Alberto Espinosa Orozco (12a Parte)

Educación y Reforma del Entendimiento: la Crisis: Decadencia de la Conciencia Moral
Por Alberto Espinosa Orozco
(12a Parte)





Vivimos una época caracterizada por su decadencia moral, la cual se deriva de la pérdida del sentimiento religioso profundo y de la corrupción del sentimiento de la vida (“una vida más vida”, cuyo biologisismo ha sido preconizado paralelamente al dictum de la estética de “el arte por el arte”). Por el abstracto principio rector de la pseudofilosofía del triunfo, del éxito personal a toda costa y de la eficacia competitiva, concebidos como una lucha implacable a costa del prójimo y como algo que nace íntimamente ya de la ambición personal ya del temor al rechazo o a ser excluidos.
El predominio del egoísmo, la predación de la agresión, la competencia innoble, la manipulación de las conciencias y la cosificación del otro en directo detrimento de la dignidad de la persona se postulan así como situaciones derivadas a la naturaleza inherente a los seres humanos (psicología evolutiva) –sosteniendo por tanto indirectamente que la religión y sus constantes principios morales no son más que una serie de ideales utópicos no aptos para orientar el destino humano y desechando por tanto la formación y el desarrollo de los sentimientos de cooperación y fraternidad (sirviéndose muchas para ello de las bárbaras doctrinas políticas contemporáneas, en boga desde hace un siglo, que exaltan la violencia entre los hombres).
   Así, lo que se busca, es lograr imponerse por la fuerza, ya sea mediante la manipulación del individuo (mediante la presión social y los prejuicios convencionales), ya sea de las masas (mediante el adoctrinamiento y el falso comunitarismo apelmasador de masas). Su primer objetivo: ensordecer los imperativos de la conciencia moral y el sentido de la responsabilidad del individuo, de independencia en materia política, menguando así el sentido de justicia del ciudadano (a quien cualquier atropello de pronto le parece “bien”, siempre y cuando o fortaleza o no debilite sus muy particulares intereses egoístas, adoptando por tanto la riesgosísima posición subjetivista del el relativismo moral, que tácitamente declara; “sólo es justo aquello que me conviene”). Actitudes todas ellas reforzadas por el temor del ciudadano de ser eliminado del ciclo económico, teniendo que sobrevivir así con la carencia de todo (exclusión), y condicionadas por la anárquica producción y distribución de bienes de consumo material. Actitudes que también apuntar a matar el espíritu de libertad y del pensamiento crítico; también la el sentimiento de solidaridad y cooperación en que se basa toda la vida de la cultura; minando por tanto el ennoblecimiento del individuo por medio de la extensión de la moral, del arte y la cultura; el imperativo de renunciar al uso de la fuerza bruta para conseguir un objetivo (principio democrático del diálogo); y finalmente socavando el ideal religioso de liberar al hombre de las cadenas meramente existenciales físico-biológicas para guiarle hacia la esfera de la libertad.
Error garrafal de la educación ha sido dirigir las potencias intelectuales solamente hacia la eficacia de la técnica y hacia lo práctico utilitario, creando con ello una serie de hábitos, propios del pensamiento materialista, que forman una atmósfera asfixiante, extendiéndose como una terrible helada sobre la consideración mutua entre los hombres, por erosionar profundamente el sentimiento moral entre los hombres.[1]
   Hay que destacar aquí lo que se ha llamado la “barbarie del especialista”, Se trata del producto propio de una educación orientada hacia la especialización, ya en materia técnica, ya en materia filosófica, psicológica o literaria, etc. Consiste básicamente en enseñar al hombre una sola capacidad mediante la instrucción o el adiestramiento. Pero instruir o adiestrar no son propiamente educar. Bajo tales condiciones el producto humano resultante no puede diferenciarse de una máquina útil –carente por tanto del sentimiento de intimidad de la persona, sin la menor compresión por tanto y sin la menor afinidad con los valores fundamentales de la persona, dando por tanto a colación personalidad o desequilibradas e inarmónicas o bien no desarrolladas.
   Es aquí donde resultan más dañinas las “doctrinas tecnológicas”, con su venenoso carácter ambiguo, pues apelan: por un lado, a la neutralidad y objetividad de la ciencia, que estudia al mundo sin valorarlo, de manera asentimental, presentándose así como doctrinas desprovistas de todo aspecto moral o ideológico; pero, por el otro, están prestas a influir en las decisiones morales. 
El desequilibrio o la falta de desarrollo en la personalidad de hombre contemporáneo se debe básicamente al predominio de los impulsos egoístas sobre los sentimientos y valores sociales –de por sí más débiles, más delicados en proceso de constante deterioro, que dejan la impresión de espíritus cada vez más vacíos y enfermos. En formula de Max Scheler: el instinto es lo menos valioso, pero lo más fuerte (strum und drang); mientras que el espíritu es lo más valioso, pero lo de menor poder.
Así, el deterioro de la naturaleza moral del hombre, desbalanceada hacia el predominio de las tendencias e impulsos egoístas e individualistas sobre los sentimientos sociales, es promovido día con día por la publicidad, que crean el embeleco, la ilusión, de que es posible llevar una vida feliz y sin ataduras, huyendo del dolor y buscando la sola satisfacción personal –quedando el hombre finalmente confinado en los caprichos egoístas de sus deseos inconscientes o de su egoísmo, indiferente e incluso hostil al grupo del que forma parte. Sin embargo, puede replicarse, invitar abiertamente al egoísmo es también invitar al abuso social, es decir, la maleamiento de la conciencia social, pues el éxito y el triunfo a toda costa no tiene otro objetivo que el recibir mucho de la sociedad, incomparablemente más de lo que le corresponde por el servicio prestado a la comunidad –cuando la medi9da que debería imperar ería el ser medido por lo que se es capaz de dar, no de recibir. Espíritu del egoísmo ciego, pues, que va rindiendo finalmente los individuos al llamado de los impulsos más elementales, vencidos por el alma inferior, para hacerlos luego solidarios de los niveles más bajos de la creación.
Nos encontramos así, efectivamente, ante el agotamiento de la época actual, expresado en términos no sólo de desconocimiento de la persona en cuanto tal (en el sentido no sólo de tener pocas nociones sobre la persona, sino sobre todo en un desconocimiento práctico activo, estimativo, del aprecio que se deben las personas entre sí unas a otras), sino también en los fenómenos de excentricidad y extremismo, .en el sólito espectáculo de personas sacadas de su centro, motivadas más que por sentimientos por impulsos y tendencias, llevadas éstas al extremo de solidarizárselas con las formas más bajas de la creación y donde, por tanto, hay un claro declinar de las nobles tradiciones del espíritu y del espíritu mismo o de las humanidades.
La época actual resulta por lo tanto extremadamente confusa y extremadamente degenerada. Tiempos de río revuelto donde florece la semilla del mal: la rebeldía, volviéndose más fuertes las cadenas de esclavitud y confinamiento a las que conducen sus misceláneas actitudes. Tiempos sobre todo de invencible sordera –porque sordera es lo que hay y sordera es desamor.
Cuando a su vez se alcanza tal extremo suele producirse cíclicamente una inversión: una vuelta a los valores, un regreso a la tradición, un retorno a un centro más estable de la persona que trae a su vez aparejada la liberación.
Toca ahora marchar por los vericuetos del camino, por la senda que lleva al país quebrado y de los lugares ásperos, estudiando al contemplar su panorama las figuras de la rebeldía, buscando en ellas las notas esenciales de los actos vergonzosos y reprobables del rebelde o que tienen desde un punto de vista moral justificación.
Vergüenza es palabra derivada de “verecundia”, y tiene el sentido de reserva, pudor, pero también de respeto. Se trata así de un sentimiento que mueve al hombre a no trasgredir los límites, a no ir más allá de las normas, a contenerse modestamente, a cumplir con el deber en una palabra, en todo y del todo. Aspiración a la perfección y a la grandeza, la vergüenza se relaciona entonces con el sentido de la reverencia, a inclinarse, pues, en símbolo de lealtad ante las figuras más altas o dignas de respeto, que por proteger un valor o una causa se encuentra precisamente al frente, presidiendo  en su sede a un agrupo o estando sentado al frente –cosa que implica cierta liturgia y cierta solemnidad que nacen espontáneamente del sentimiento mismo de deber, las cuales puede por supuesto falsificarse y vaciarse en el mero ritualismo inane o en el formalismo de la palabra huera.
Nuestro tiempo puede caracterizarse por la angustia de la inmanencia. Tiempos inmanentistas son los nuestros, que se agotan en si mismos sin trascendencia posible y que así se angostan, se estrechan, presionando y de deprimiendo a las personas, las cuales reaccionan muchas veces con movimientos de fuga o de embotamiento, en una marcha hacia los extremos y excéntricos de la propia personalidad.
El moderno inmanentismo es, en efecto uno de los grandes caracteres de la edad contemporánea. Su manifestación a su vez más característica es la llamada “Tradición de la Ruptura”, que halla su expresión más aplaudida en las vanguardias estéticas contemporáneas, pero no sólo en ellas, sino que es un rasgo sobresaliente y acaso predominante del pensamiento contemporáneo.
Excentricidad y extremismo propios a la extremosidad de nuestro tiempo cuya presión no sólo histórica sino también generacional  lleva inevitablemente al abuso y a la trasgresión de límites, desechando así o desoyendo los consejos de la moralidad tradicional –llevando por tanto pues o a la apostasía o la indiferencia total en materia de religión, postura que se presenta como un terreno fértil para abonar las semillas inconscientes de un oscuro paganismo.
La rebeldía aplaudida y agasajada de ambiciosos, oportunistas de toda laya, de los agitadores agitados y de los adelantados de la modernidad conduce, sin embargo, a la enajenación, a la alienación del hombre –que es precisamente el extravío de la persona: perder la oportunidad de reconocerse. Así, si el imperativo filosófico prescribe conocerse a uno mismo, encontrar el propio límite para alcanzar nuestras potencialidades de universalidad, implica también respetar el valor y a uno mismo. Por el contrario, el desconocimiento, el extravío de la propia personalidad implican perder el respeto a lo valor, el haber sido derrotados en la batalla por preservarlo, impotentes de resistir a las fuerzas que intentan erosionarlo o minarlo,  y por tanto una cierta cobardía, donde se pierde el respeto debido a uno mismo.
         Todo ello da a colación el doloroso extravío del ser humano. Por más que sea humano revolcarse el propio error ello no constituye sino un callejón sin salida, del que no cabe salir sino echando marcha atrás.
El rebelde contemporáneo da la impresión de querer tomar el cielo por asalto –ya sea para tomar un lugar, usurpar el poder o imponer jerarquías o falsas o arbitrarias, corrompiendo por tanto o anulando de alguna manera el sentimiento de respeto. Pues se encuentra siempre latente el intento de la rebelión de los abajo, de los moralmente inferiores, de los subnormales e infradotados –cuyo espacio topológico es precisamente el infierno, es decir, lo que se haya más abajo. Mundo, pues, donde el infierno sube pero el cielo no baja, cuya manifestación más notable es el autoritarismo y la prohibición –por un lado, el abuso de autoridad debido a la usurpación del comando, por el otro el miedo que inmediatamente engendra reglas para lograr un espacio protector cerrado y amurallado.
Su figura es la del dictador, y paralelamente la del adoctrinador, que por un mandato meramente formal obliga, si no al respeto de su figura (cosa muchas veces imposible) al menos si a su obediencia, es decir, o al servilismo de la abyección o la manipulación técnica de los automatismos psicológicos. Porque si bien es cierto no puede haber mando sin obediencia, puede sin embargo haberlo sin sentimiento de respeto
La rebeldía puede caracterizarse por principio como una especie de subjetivismo extremo, donde se confunde la autonomía de la voluntad (consistente en la no cohersión exterior de nuestros actos, que han de ser voluntarios y libres), con el capricho personal, con el hacer la “gana”, la propia conveniencia, que es una especie de anarquía de la conducta moral.
Voluntad al garete, el rebelde niega una tradición, guiada sólo o por la conformidad de la convención social y sus lugares comunes asociados de cómoda complicidad (presiones históricas y generacionales) o por la conveniencia personal dictada por el egoísmo. En ambos casos dando como resultado almas esquivas, evasivas de la realidad objetiva, en un subjetivismo tendiente a escabullirse de la propia responsabilidad moral –sumiéndose ya en la mas de lo subpersonal, ya en el aislamiento del confinamiento existencial. Mundo de automatizados robots, de existencialistas anárquicos, de enajenados, de excéntricos vanguardistas o de cabezas… de ganado en los que se delata un hoyo en la conciencia moral: vivir en ausencia del sentimiento de respeto –dado también por ello mismo el cuadro tanto del hombre de doble ánimo o dubitativo, como del inconstante o del franco ausentismo.
Nada más característico del rebelde que el intento de abolir una jerarquía para inmediatamente reclamar a todas luces la autoridad y tomar su lugar, diciendo perder lo que ha todas luces intentan ganar o confiscar –ejemplos, la vanguardia que se alza contra la tradición y la academia para acabar siendo un academicismo más, reclamando incluso un lugar en la tradición; otro, el del rebelde agasajado que termina por no hacer sino una carrera política; finalmente, el del hereje metido a redentor.
Sin embargo, vale la pena recordar la estructura del infierno, ese lugar destinado a los rebeldes, donde cada demonio le dice al otro: “Non serviam” –es decir, no seré siervo.  





[1] Albert Einstein, “Decadencia moral”, en Mi Vida y mi Pensamiento. Ed. Dante, Mérida, Yucatán. México, 1987. Pág. 14. Ver también la nota “Ciencia y Religión”.



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