martes, 7 de junio de 2016

La Luz o las Tinieblas: Ricardo Milla Por Alberto Espinosa Orozco (6ta de 13 Partes)

La Cifra de las Horas y el Puente de los Años
La Luz o las Tinieblas: Ricardo Milla
Por Alberto Espinosa Orozco
(6ta de 13 Partes)




VI.- La Luz o las Tinieblas
   Los escenarios e instalaciones minimalistas de Ricardo Milla nos sumergen en una atmósfera donde pareciera converger todos los tiempos y, a la vez, rozar lo intemporal, que es lo eterno. Su obra, así,  al remachar mil veces un mismo clavo, al destilar la categórica gota de agua repetida, abre un pozo, un ámbito, propio para la reflexión conceptual que, al penetrar por el espacio contrastante de las luces y las sombras, nos remonta a las categorías básicas de la Creación y del espíritu. Sus mágicos recintos se presentan así como la recreación de un espacio cosmológico y, a la vez, como el ensayo en vitro de las manifestaciones simbólicas claves de la metafísica que está a la base de nuestra cultura toda.  
   Así, al subir por un elevador decorado con imágenes de relojes navegando entre  celajes, sentimos, materialmente, una elevación de espíritu que nos remota al cielo, a la manera de los ángeles, cumpliendo la función de aludir a lo que es por siempre, refrescando nuestra intuición y sentimiento de lo eterno, de lo inmutable, de lo que, aunque reprimido, sigue siendo, recuperando de tal modo un saber largamente olvidado por la modernidad, pero a la vez fundamental, por hablarnos de una realidad primera ligada inextricablemente ya no digamos a nuestra cultura, sino a la esencia misma de nuestro ser y destino todo como seres humanos.


   Capítulo, pues, para reflexionar en el momento propiamente creador del tiempo: el del fiat lux, que dijo Dios, cuando en la tierra todo era caos y confusión, la oscuridad cubría el abismo y un viento divino aleteando por encima de las aguas: “Que haya luz… y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas; a la luz llamó día y a las tinieblas noche. Atardeció y amaneció, Día primero.” (Génesis 1; 3-5). 


   Porque lo que hay al fondo del tiempo religioso es el misterio de esa separación de la luz y las tinieblas, creadora de los tiempos y, a la vez, del orden moral mismo del hombre –y que entraña paralelamente el misterio de la caída. 
   La naturaleza divina, que es el sumo bien, es simple y por tanto es inmutable. La naturaleza de Dios es la de la verdad y la luz, pues hay vida en él, y en el él no hay ningunas tinieblas. Por su naturaleza simpe todo lo que tiene eso mismo es, o no tiene algo que pudiera perder o que lo tiene. Por lo que ni tienta a nadie ni puede por nadie ser tentado. El padre engendró al Hijo unigénito, que es otro, pero no es otra sustancia, y ambos con el Espíritu Santo, que es la santidad sustancial y consustancial de ambos, del mismo modo inmutable y coeterno. Trinidad que es un solo Dios, de una sola cualidad o esencia, que resulta superior al entendimiento, y por lo tanto esencialmente incomprensible.


   Así, en el principio Dios creó a los ángeles de la luz. Dios hizo la luz porque era buena, porque el buen Dios hizo buenas obras. Y Dios aprobó la luz, pero no así las tinieblas, de las que dividió a la luz. San Agustín ha visto en tal aprobación un símbolo ontológico: que la luz significa la santa congregación de los ángeles, que resplandece con el entendimiento de las cosas inteligibles y de la verdad, hecha por Dios de luz para vivir sabia y felizmente. Que fue separada de las contrarias tinieblas, que son aquellas inteligencias abominables de los ángeles malos, que por su mala voluntad, por su propia culpa,  se desviaron de la luz de la justicia. Lo que significa que los ángeles pecadores perdieron la luz al desviarse la vida sabia y bienaventurada, al corromper la buena naturaleza por obra de su mala voluntad, y cuyas almas privadas de la luz de la sabiduría se oscurecen y se cubren y envuelven de tinieblas –que es el entenebrecimiento de su entendimiento, en justo premio a su perversión. El castigo de la caída se produjo entonces, por la malicia de los ángeles pecadores, que no perseveraron en el bien, en la verdad, perdiendo por su voluntad aquella luz de suma bondad, y privándose asimismo de la sociedad con los ángeles buenos.
   La división de la luz de las tinieblas significaría, así, que hay dos compañías angélicas: la que goza de la visión intuitiva de Dios, que residen en las sublimes moradas del cielo, que sin ser coeternos con Dios gozan de su eterna y verdadera bienaventuranza, que vive tranquila y pacífica en la luz de la verdad, mensajeros de la bondad divina que nos aconsejan y notifica de lo que conviene a la voluntad divina, que nos favorecen con clemencia y castigan con justicia, recogiendo piadosamente a los descaminados y peregrinos, y ; la otra compañía, desesperada por su soberbia y humeando de altivez, alimentada por la fuerza colérica de su naturaleza depravada, que camina turbada y borrascosa en la tiniebla de sus apetitos, con insaciable deseo de sujetarnos y hacernos daño, que anda reprimida y refrenada por al Altísimo para que no nos cause tantos prejuicios como quisiera. Por lo que, siguiendo la interpretación de San Agustín, se entiende en el Génesis bajo el nombre de luz y tinieblas, esas dos compañías angélicas, diferentes y contrarias, la una de naturaleza buena y de voluntad recta, la otra de naturaleza buena también, pero de voluntad perversa.
   La luz significa así también la imagen que ilustra la raíz del entendimiento de las cosas inteligibles, del entendimiento propio del hombre interior, con cuyo sentido distinguimos, sentimos, conocemos y diferenciamos lo que son las cosas justas y las injustas –las justas por su especie inteligible y las injustas por su privación. El hombre que ama lo bueno, sabe lo que es lo bueno, y mientras más rectamente ama más ama. La luz y tinieblas se oponerse también en el ámbito del amor, pues el amor que ama lo que debe amarse, con el que vivimos bien, es aborrecido por el amor con que vivimos mal o que ama lo que no debe amarse. A ésta oposición del entendimiento y del amor se refiere el apóstol cuando  dice: “Fuisteis alguna vez tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor.” Y También: “Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que el día os sorprenda como ladrón; todos vosotros sois hijos de la luz e hijos de Dios, pues no lo somos de la noche y de las tinieblas”.



   Así, pues, cuando Dios crió la primera luz, crió a los ángeles y a los espíritus santos, y los diferenció de los espíritus inmundos, privados de la luz de la verdad, en razón de su tenebrosa y pavorosa soberbia. Empero, los apetitos contrarios de los ángeles buenos y de los malos, deriva no de la diferencia entre sus naturalezas y principios, sino de sus voluntades y deseos. Porque en una compañía prevaleció constantemente en el bien común a todos, que es el amor al mismo Dios en sus eternidad, siendo la causa de su eterna bienaventuranza unirse a Dios, pues no hay otro bien con el que la criatura racional e intelectual pueda ser feliz eternamente, y alcanzándolo son eternamente felices, no por sí mismas, puesto que fueron creadas de la nada, sino por el Señor por cuya mano poderosa fueron creadas, y no con otro bien sino consigo mismos, puesto que no pueden a sí mismos perderse, gozando por tanto en la inmutable luz de Dios incorruptible.
   Los otros ángeles, en cambio, al ser rebeldes, deleitados y pagados de su poder, como si ellos fueran su propio bien, se apartaron del bien superior, beatífico y común a todos, volviéndose a sí mismos, teniendo como altísima eternidad el ostentoso fausto de su altivez y la astucia de su vanidad por verdad indefectible, así como la afición de su parcialidad en su caridad individual, haciéndose soberbios, seductores y embusteros. Siendo por tanto la causa de su miseria y su desgracia la caída, que significa el no poder ya unirse a Dios, lo cual es un vicio dañino y contrario a su naturaleza, no pudiendo llenar su vacío de creaturas, y casando en ellos los estragos de la mutación de su naturaleza que deja en ellos las horrendas huellas de la fealdad, de la deformidad.
   Ángeles apóstatas y enemigos de Dios, pues, cuya mala voluntad estriba en eximirse de las leyes del justo Dios, rehusando guardar el orden de la naturaleza, haciéndose por sus torpezas y pecados abominables en su propia deformidad. Ángeles infieles, que contradicen y resisten a sus mandatos, no por impulso de su naturaleza, sino por su voluntad de desobedecer y por sus vicios, que por más que ofendan a Dios, sin embargo, no le pueden hacer mal alguno, por ser Dios inmutable e incorruptible, sino que redunda en un mal para ellos mismos, pues el vicio estraga lo que tiene de bueno su naturaleza –y siendo de tan noble y pura la naturaleza de los ángeles infieles, que les resulta sumamente dañino no unirse con Dios, causa de su gran miseria y desgracia.
   Por lo que la soberbia aparece como el origen de todo pecado: no queriendo referir a Dios, que es sumo, su fortaleza, sino que antes de preferirle antepusieron lo que en realidad es menos –que es el primer vicio, el primer error de la naturaleza angélica: volverle las espaldas a Dios, por lo que vino a ser menos de lo que era y, por tanto, eternamente infeliz. Y tal es el modelo de la mala voluntad: dejar lo superior y convertirse a los objetos inferiores, apeteciendo desordenadamente la cosa inferior, siendo esa conversión propiamente perversa. Razón de ser de que la causa de la mala voluntad no sea eficiente, sino propiamente deficiente, no efecto, sino defecto.





   Dejar la unión con lo que es sumo por lo que es menos, es así empezar ya a tener mala voluntad. O, dicho de otra manera, cuando los seres creados, formados de la nada, obran bien por causas eficientes; pero cuando faltan tienen causas deficientes, obrando perversamente y no haciendo más que vanidades. No siendo malos los malos por su naturaleza, que es buena y creada por el Señor, sino por su propia voluntad mala, siendo la causa de lo malo el haberse desviado y separado de lo bueno. Siendo, por lo contrario, lo propio y peculiar de los ángeles y de los hombres buenos unirse con Dios, quien llena su vacío de criaturas racionales, siendo su bien y su bienaventuranza, teniendo con el Señor, con el que comunican y participan, con el que se unen, una compañía santa, un templo vivo, que es la Ciudad de Dios –siendo la parte de los hombres mortales peregrina en tierra en pos del Señor al que, según las Escrituras, todas las gentes y naciones habrán de dar entero crédito y fe.    
   Los fotogramas de Ricardo Milla nos hacen así reflexionar sobre el tiempo propio del templo, particularmente sobre el escenario trascendente del tiempo eterno, que es sin tiempo o, mejor dicho, que es siempre y todo el tiempo. Sobre lo que siempre es, incluso antes de la creación del tiempo, como constitución primigenia de la que estamos hechos. Visón de otro orden, de otro universo, que está sobre nosotros, que es el de la eternidad, y en donde el tiempo es infinito o ilimitado. Mundo de lo sobrenatural, del más allá y los espíritus puros, que resulta a la vez mayestático, parcialmente inteligible, aunque  incomprensible en su cabalidad.
   Cifra, pues de la constitución misma de la eternidad de Dios y de su ley perpetua, del ser que vive por siempre, lo que equivale a tener un tiempo infinito, siendo infinito Él mismo y que sólo puede concebirse como luz y su reino como iluminación. Lo eterno, el otro polo del tiempo, el tiempo metafísico, resulta así el tiempo luminoso, que promete a los bienaventurados una vida eterna, por siempre.  Y así, el sentido de la Creación es Dios mismo: pues por el Señor vinieron a ser las cosas creadas de la nada,  y si el Señor las creó, son para el Señor.




   Lo primero que viene a recordarnos las instalaciones de Ricardo Milla, más allá del tenebrismo contemporáneo, es la dualidad, el claroscuro de las categorías morales de la luz y las tinieblas, que impregna toda la historia del arte, como impregna toda nuestra visión ético religiosa del mundo. Porque lo que en cierto sentido pone el artista ante los ojos, directamente, es sus ejercicios conceptuales, es el escenario de la lucha espiritual entre dos tipos de hombres radicalmente diferentes: unos determinados por la aspiración a la Jerusalén celestial, los hijos de Sión, los hijos de la luz, que aman el orden, la tranquilidad y la paz, guiados por el mandamiento del bien, por la caridad y el amor fraterno, que trabajan por la bondad, por la justicia y la verdad, que serían los renacidos del espíritu o los hombres nuevos, y; los otros, determinados por las tinieblas de los deseos de la carne, guiados por la envidia y la vanagloria del mundo, ampulosos por el orgullo de su levadura, que se aferran al paganismo del hombre viejo, a la rebeldía y desobediencia de los mandatos y cuya naturaleza, desprendida de la comunicación con Dios, es roída por el pecado y la zozobra, por la confusión y el caos, dado del predominio de las tinieblas en ellos sobre la luz. Hijos del Sinaí, que aman al mundo y las cosas del mundo, haciendo las obras infructuosas de las tinieblas, que no pueden sino resolverse en vanidades.
   Porque son hijos de las tinieblas los hombres que se aman a sí mismos y se exaltan a sí mismos antes que a Dios, y que por su espíritu de rebeldía viven en el error y andan en tinieblas: en los deseos de la carne, en la concupiscencia y la  corrupción del mundo.  Hijos de las tinieblas, pues, que tienen cegados los ojos para el amor y la verdad, consumiendo su tiempo en vanidades y frivolidades de la vida. Hombres incrédulos también, destinados a una eterna separación de Dios. Almas esclavas de sus pasiones, sensuales, que no tienen al Espíritu Santo, sin verdadera libertad, que andan con el entendimiento entenebrecido, incapaces de distinguir ni el bien ni la justicia, y que son quienes causan divisiones entre los hermanos, siendo murmuradores y querellosos, blasfemos y negadores de Dios, que sin saber a dónde van son como nubes sin agua empujadas por la tormenta, como fuentes secas, como estrellas errantes proyectados a la negra oscuridad, o como árboles secos que dan frutos escasos y amargos. Porque lo que significan las tinieblas es estar cegados para el bien, cegados por la mentira y el pecado, por el deseo de la carne y de los ojos, por amar más a los cuerpos que al espíritu, volviéndose así esclavos de la pasiones, dominados por el alma inferior, que no participa de la luz, ni del amor, ni del bien.  
   Los que habitan en la luz, en cambio, son quienes hacen la voluntad del Padre, los que aman al hermano y que procuran andar como Jesús anduvo, siguiendo su ejemplo de fraternidad y santidad. Quienes por medio de la contrición y el arrepentimiento de sus faltas procuran andar limpios de toda maldad, reconociendo, pues, las faltas, y purgando y expiando las culpas, desterrando las sombras del corazón y el pensamiento alejándose de toda maldad. Porque son tales los hijos de la luz, que dan frutos dulces, siendo amables, aspirando a las cosas elevadas, teniendo en ellos la fuerza santa, celestial, misericordiosa, siendo obedientes, mansos y justos. Porque estar en la luz es perseverar en la verdad, guardar los mandamientos, confesar nuestros pecados y, sobre todo, amar al hermano, al prójimo, para tener comunicación unos con otros, participando de la verdad del Padre y del Hijo y en la gracia del Espíritu Santo. O dicho en una expresión: estar en la luz es cumplir los mandamientos,  de  esforzarse en no pecar y practicar la verdad, siendo fuertes para vencer al maligno. En una palabra: de seer espirituales y sin mancha, siendo guiados por el espíritu de verdad, del espíritu de Dios, que es luz y que es desde el principio. 
    Visión de lo eterno que reina sobre lo temporal, que es la ley de Dios, que es la ley y Dios eterno, como el otro polo de la mundanidad, de la temporalidad, sin lo cual no se entiende la moralidad ni, propiamente hablando, todo el conjunto espiritual de las significaciones humanas. Vuelta del tiempo, pues, a sus orígenes que, a la vez, perfila la forma del futuro inmediato: la del renacimiento de una sociedad de fe trascendente en donde se cifra la salud moral del hombre y la luz del mundo: la luz del amor, el perdón, la esperanza y la alegría, que ya despuntan, como en una alborada, en el horizonte del porvenir.   








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