sábado, 4 de junio de 2016

La Creación y Las Máquinas del Tiempo de Ricardo Milla Por Alberto Espinosa Orozco (5ta de 13 Partes)


La Creación y Las Máquinas del Tiempo de Ricardo Milla
Por Alberto Espinosa Orozco
(5ta de 13 Partes)




V.- La Creación y Las Máquinas del Tiempo
   Las instalaciones y fotogramas de Ricardo Milla son  escenarios sintetizados del espacio y el tiempo, tarjetas postales que tienen algo de móviles en el espacio, algo también de rebanadas cronológicas donde cintila lo mismo el neón de  las luminarias suburbanas que el oro añejo del atardecer del sol iluminando las canteras. Su modelo interactivo parecerá ser así una extraordinaria maquina que sirve a la vez como espejo de nosotros mismos que como invernadero del tiempo, donde se representa lo mismo el origen o principio que el fin del tiempo, el nacimiento del huevo cósmico que la apocalíptica guerra de las galaxias. Y todo ello diseñado para que la obra de arte vuelva a ser otra vez una contemplación: quiero decir, una meditación pública que tiene como objeto las cosas que nos pasan en el tiempo, en nuestro tiempo  –sobre lo que nos pasa íntimamente, a cada uno de nosotros, y a todos, a una, como comunidad.
   Meditación morosa, detenida, pues, donde aparece en primer plano el reloj como dispositivo o aparato mecánico, el cual tiene, como casi todos los aparatos de la modernidad, un carácter vehicular; no porque transporte el tiempo, lo acelere o lo retarde, sino porque transporta en sus manecillas, que giran hacia la derecha, el movimiento objetivo diurno del sol (que es el del movimiento de la tierra sobre su eje), estableciendo la medida fundamental del tiempo. Segmentado en unidades de tiempo, cada vez más pequeñas, la periodicidad del tiempo se divide entonces en 12  horas, de 60 minutos cada una, cada uno de ellos compuesto a su vez por los 60 segundos categóricos. Visor de la fuente originaria del tiempo, que tiene algo en su esfera de órbita solar, el reloj nos sirve, en la ronda de las horas, con sus indicativas manecillas, para orientarnos en el tiempo como móviles en el espacio, para fijar donde estamos en determinado tiempo y señalar a continuación a donde vamos. Linealidad de la continuidad del tiempo sobre la que establecer una secuencia de acciones, para organizar cronológicamente la jornada o seguir la orden del día.
   Movimiento uniforme del tiempo regulado con un péndulo comunicado por medio de ruedas a las agujas, el reloj como aparato mecánico tiene una antigüedad de cuando menos 700 años, e indica en su estructura misma, el carácter circular del tiempo, el abrir y cerrar ciclos, el irse, el dar rodeos y volver en incesante movimiento.



   Caída del tiempo, pues, que va más lejos, más allá, hasta hundirse y resurgir en la oscuridad del tiempo en el reloj de arena, símbolo del inexorable paso del tiempo, de la consumación de la vida, del cierre del ciclo del día y de la vida humana o de la muerte, que es como la caída abrasiva de la arena que, pasando por el delgado cíngulo del ahora, hace sus movimientos en el aire, para volverse un túmulo de polvo amontonado, cual cenizas yertas, en el primer movimiento que representa el paso del tiempo que viene de lo celeste a lo terreno. Paso también, en una segunda instancia, de lo terreno a lo celeste, que pone de manifiesto el ciclo inverso del tiempo que vuelve, que sube, para reintegrarse a la fuente de la vida en la reconciliación con Dios, pues aquello a donde vanos no puede ser sino aquello mismo de dónde venimos –o se resuelve, de lo contrario, en confusión atónita de la polvareda inútil.




   Por su parte, la esfera de los relojes con sus manecillas tiene algo de la linealidad fluida del tiempo, algo también de las órbitas planetarias. Imágenes que nos llevan a la reflexión sobre el acto de la Creación, unido al de la separación de la luz de las tinieblas, cuyo relato está presente eternamente en el Génesis. En primer lugar, la creación de las dos grandes luminarias celestes, que sirven para marcar el tiempo: por un lado las estaciones periódicas, pero también los días y los años: 
Después dijo Dios: “Que haya lumbreras en el firmamento del cielo para que separe el día de la noche y sirvan de señales para marcar las estaciones, los días y los años: para que den su luz en el firmamento del cielo y alumbren la tierra.” Y así se hizo. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para dominio del día y la lumbrera menor para dominio de la noche. E hizo también las estrellas. Y puso las lumbreras en el firmamento del cielo para que brillaran sobre la tierra y presidieran el día y la noche y dividiesen la luz de las tinieblas. Vio Dios que aquello era bueno, Hubo otra tarde y otra mañana: cuarto día.” Génesis 1.14-16
   Creación de las luminarias celestes: por un lado el Sol, admirable instrumento del altísimo, que se anuncia conforme camina con su ardor de fuego y su aliento quemante, que en su apresurada carrera despeja al día de las sombras, y es majestad en las alturas celestiales –para hundirse, como un héroe exhausto en el oeste, en las aguas refrescantes de la noche e iniciar con ello la otra media ronda de su vida, que es su viaje nocturno. Y como todas las cosas fueron hechas en parejas, asegurando cada una el bien de la del otro, la creación de la Luna, cuya lívida luz marca el ritmo de los meses, creciendo y decreciendo, haciéndose patente y desvaneciéndose según sus fasces. Instrumento de las huestes celestiales para alumbrar y dividir el tiempo, puesta en el cielo como eterna señal, que marca las épocas y determina los tiempos con un metro preciso, brillando en medio del resplandor de las estrellas y haciendo, en medio de su brillante desfile, la hermosura del cielo. Mientras que, desde su trono, el Altísimo sondea igualmente los abismos que los caminos del hombre y sus obras de justicia, mirando las señales del tiempo -sin olvidarse de los que hacen el bien.



   Introducción, pues en el gran misterio del hombre, que es el espíritu, cuya cima alcanza a lo intemporal o, sería mejor decir, a lo eterno, que es el reino del mundo sobrenatural de los espíritus puros y de Dios mismo. Porque por su misma eternidad, por la que jura, la visión del mundo que tiene el Creador es inmutable, al contemplar de de forma entera las cosas que hace temporalmente, comprendiéndolas en su presciencia: a las futuras que no son, a las presentes que son y a las pasadas que ya no son: contemplando las cosas temporales sin temporal noción y moviendo las cosas temporales sin mudanza temporal suya.
   En su umbral la obra de Ricardo Milla nos enfrenta así al gran enigma metafísico impreso en nuestra propia constitución o naturaleza: a la alusión analógica de la visión del tiempo eterno, que se distingue así del tiempo terreno, que todo lo devora, que lo subsume en las aguas violentas del devenir, o que es pasajero, como nosotros con él. Trasfondo religioso de nuestro mundo, telón de fondo sobrenatural, donde el tiempo es trascendente, permanente, detenido o intemporal, como un lugar de paz imperturbable, que no se retira, sino que permanece, estable y necesario, donde reina Dios desde su trono altísimo. Reino de Dios, que es eterno, que no muta o es inmutable, al que nada le puede suceder por tanto, que es mayor que todo cuanto existe, pues hizo todo y no fue hecho, que todo lo mueve sin moverse Él mismo, y cuya vida eterna está dentro del corazón del hombre, como el centro mismo de la existencia –por lo que quien deshabita su alma pierde a Dios, perdiendo su eternidad, aunque sólo pierde a Dios quien lo abandona, porque el Ser Eterno, es también paciente y misericordioso, no queriendo que ningún hombre se pierda, se da por todos medios a conocer, pues siendo bondad suma quiere que todos lo conozcan y vengan a reconciliación con Él.


   Los fotomontajes de Ricardo Milla, al dejarnos inermes ante su compleja maquinaria del tiempo, nos enfrentan de tal modo a la dualidad y suprema problematicidad del tiempo. Entonces, la cámara oscura y sus reflejos, al arrojarnos  a nuestra soledad desnuda ante el pozo insondable de la infinitud del tiempo, nos obliga atisbar, en sus arcanos mayores, una  analogía con el momento primigenio de la Creación del mundo, en el que el Hacedor, antes incluso de crear las dos grandes luminarias, flota sobre el abismo y separa la luz de las tinieblas.


Continuará…. 








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