domingo, 26 de junio de 2016

Educación y Reforma del Entendimiento Por Alberto Espinosa Orozco (1ª Parte)

Educación y Reforma del Entendimiento
Por Alberto Espinosa Orozco
(1ª Parte)
“No abatir sino estimular:
No celos, sino generosidad;
No utilizar, sino servir.”
José GAOS


I
   Habría que empezar preguntando, en nuestra época post moderna de crisis profunda, terminal, de su ciclo histórico, cargada de sentimientos de insatisfacción y perturbación crecientes por la conspiración de fuerzas y potencias del mundo actual contra la persona humana; habría que empezar, decía, por preguntarnos: ¿Qué es la educación? ¿Qué significa, cual es la esencia, la naturaleza propia de la educación? Interrogación que pide por su formulación una teoría, una filosofía de la educación.  
   Es decir, la interrogación sobre qué es la esencia de la educación pide como respuesta adecuada una definición de la cosa. La definición es caso eminente de un tipo de lenguaje, que puede llamarse lenguaje sustantivo, pues se refiere a lo que las cosas son, en esencia, o a lo que “es”, siendo por tanto su elemento nuclear el verbo sustantivo –a diferencia de los verbos activos, constitutivos del los lenguajes narrativos. El resultado del lenguaje sustantivo es la definición y el saber teórico –mientras que el resultado del lenguaje narrativo es el saber histórico. La definición es, en realidad, la cifra de un saber implícito, que puede explicitarse, desarrollarse, por medio de la articulación teórica -en el marco de una filosofía y su procesión categorial. La teoría es, en efecto, el saber explícito del saber implícito encerrado en una definición –que es siempre definición de alguna sustancia, siendo la naturaleza del lenguaje y del pensamiento fundamentalmente sustantiva, sustancial o sustancialista, pues el pensamiento y el lenguaje que lo acompaña gravitan siempre sobre elementos sustantivos, de los cuales no puede prescindir el lenguaje narrativo, que es propio del saber histórico.  
   Si filosofía es teoría y teoría el desarrollo de una definición, la filosofía de la educación no puede consistir sino en la definición de la educación y en el desarrollo y explicitación de su definición –por más que de toda filosofía, realidad humana, no tengamos sino un saber histórico. Así, el saber teórico o saber por definición de la educación comprendería la explicitación o las explicaciones de su definición, que serían el desarrollo de su saber implícito. Pero, a la vez, la filosofía no existiría si no fuera su objeto una reforma del entendimiento, una reconstrucción teórica de nuestro modo de pensar el mundo, que afecta por tanto a todos los contenidos de la cultura, al ser la filosofía misma visión de la totalidad. Visión de la totalidad que, justamente, debe reformarse ante la enorme crisis contemporánea, tomando precisamente a la educación como elemento clave, como el gozne a partir del cual emprender una reforma del cabal entendimiento, en el marco de una reconstrucción ab integrum de nuestra idea del ser humano y del mundo que gira en torno.


   La educación es, así, toda expresión, mímica o verbal, que articule una situación de convivencia formativa. Las expresiones de la educación, en el proceso educativo, tienen como esencia o diferencia específica la formación humana. A la vez,  la formación humana se distingue por ser trasmisión, por comunicación en convivencia, de las formas y contenidos de una cultura, que permite entrar en un mundo simbólico de conocimientos, de hábitos y costumbres.    
   La función pedagógica o educativa de la vida es así una realidad parcial de la realidad total de la vida o convivencia humana. En la vida humana, que es esencial convivencia, entra un ingrediente de influirnos mutuamente los seres humanos, de conformarnos unos a otros, de co-educarnos unos a otros los humanos convivientes a lo largo y ancho de la vida, en un proceso que no acaba sino con el fin de la vida misma. En la realidad total de la convivencia entra, así, la realidad parcial de la educación, de la instrucción, de la pedagogía como parte esencial, definitiva, definitoria incluso del ser humano.
   Se puede definir al hombre, por tanto, por la educación. La educación es, en efecto, una exclusiva humana, una propiedad o un propio derivado de su esencia (la del ser o el animal racional). El hombre es así el ser educado –que no es equivalente simplemente a ser adiestrado o instruido, o meramente ilustrado. O, dicho de otra forma, la educación es lo más propio de su humanidad misma, desde el punto de vista del proceso de su formación y conformación, dando por resultado la persona humana, sinónimo del ser educado.
   La formación de la persona humana tiene, sin embargo, una doble vertiente. Por un lado, es formación de lo más propiamente humano de acuerdo a su naturaleza, buena de suyo, que es el desarrollo de su esencia específica,  entrañante de su espiritualidad, del cultivo y florecimiento de su alma y de su moralidad. Por el otro, la educación se adapta a la individualidad de la persona, en el sentido de formar sus particulares aptitudes y predisposiciones de carácter para algún  contenido de la cultura, que sería la vocación, signo de inequívoco del destino del individuo a ser alcanzado mediante las instancias sociales de la educación, cuya función sería, pues, las del desarrollo de las exclusivas humanas latentes en el individuo desde la infancia –pues hay quien nace para ser pintor, otro para abogado, otro más para literato o médico, etc.
   Formación de la naturaleza humana en razón de su propia estructura, pues el hombre no es un ser de naturaleza dada, como el animal, determinado por los instintos, o como Dios, inamovible, simple, estable, sino un ser de naturaleza doble, que tiene que armonizar. El hombre, en efecto, tiene que hacerse en lo humano, dominando su naturaleza o alma inferior y purificando su alma superior; es decir, tiene que descubrir y formar su humanidad –por un lado, adoptando las formas y contenidos de una cultura, por otra, desarrollando las exclusivas generales propias del hombre, y al ir especializando sus aptitudes y predisposiciones de carácter, para así, al humanizarse plenamente, llegar simultáneamente a sí mismo, al centro creador de la persona.
   La humanidad en el hombre, en efecto, no es automática, a diferencia de la animalidad o de los seres biológicos, sino que es una tarea, un hacerse hombre entre los hombres –pues la estructura del ser del hombre es la de un ser abierto, desde el principio ya en comunicación con los demás e incluso abierto a la comunicación con el espíritu. Un hacerse hombre, pues, en cada uno de los momentos de la vida. El fin de la educación, así, no puede ser otro que volverse reconocible entre los hombres; ser reconocido, que se integra a al grupo humano, y que, a la vez, se presenta como un ser reconocedor del otro, de los demás de sí mismo, pues la realidad de las personas consiste, no menos esencialmente, en la de ser un multiuniverso, la de una pluralidad de seres, cada uno de ellos con su tono y esencia personal. Y todo ello sobre el contexto de una comunidad reconocible y reconocedora también, de un mundo humano guiado todo él por la cultura y por la educación, por la tarea y el esfuerzo, por el amor y la ambición de formarnos en lo humano en la relación individuo sociedad, o en la que todos juntos cooperan al desarrollo de cada parte y del todo, 
II
   La educación tiene entonces que apoyarse en la filosofía como una profunda reforma del entendimiento que, a partir de la filosofía de la cultura, de la persona y de la antropología filosófica, pueda suturar la herida fatal en la estructura del hombre moderno, que ahora se desangra por la herida de lo irracional y puramente emotivo, concebido desde su inicio como mónada solipsista, escindido del cosmos, de los otros y de sí mismo. Triple escisión, pues, que ha llevado a la ruptura de la unidad primordial con el prójimo y con la comunidad, envolviendo al hombre en el engañoso espíritu de la envidia, de la división y de los celos, a la prioridad de los intereses egoístas y a las ideologías de la guerra, acabando por estratificarse en sistemas cerrados, abstractos y excluyentes, en los que propiamente no existe la realidad de la persona, donde se le omite o desconoce, estimativa y prácticamente, dando así licencia al espíritu del odio del ausentismo, de la indiferencia o del odio, que termina por proceder brutalmente con ella, dejando sin horizonte a la esperanza.


   Rémoras todas ellas derivadas de una falsa concepción o idea del ser humano prohijada por el racionalismo ilustrado de la modernidad, consistente en comparar al hombre con lo inferior, con lo biológico , abriendo así las compuertas a la predación competitiva, a la salvajería de la adaptación al medio y a la moral del más fuerte, en un mundo que codifica y promueve toda suerte de formas subliminales de agresión al prójimo, que van de la indiferencia, que es una forma simbólica ya de la agresión, a la dominación, pasando por la intimidación y el adoctrinamiento –emblemas todos ellos de la contra educación, incluso de la inhumanidad, donde se encuentra más conveniente ser fuerte que ser deseable, y donde se corre el grave peligro no sólo de la superficialidad de las formas y contenidos de la cultura y en el comportamiento todo del sujeto, sino de acuñar a la anti persona, peligrosa en sí misma por lo que entraña de dejar ser propiamente humana.
   Así, en el contexto de la ceguera para los valores del mundo contemporáneo y del sólito fenómeno del desconocimiento de la persona humana en cuento tal, que está llegando en nuestros días a sus expresiones más dramáticas y exasperantes, no queda sino volver a la consideración de la educación como formación humana, destacando el hecho definitivo que lo humano sólo existe como significación y como valor. Esencialmente, pues, como el valor y la significación que las personas tienen unas por otras, entre sí, y también como comunidad. De lo que se derivan los valores propios del humanismo: la consideración mutua, la deferencia, la atención en un sentido estimativo y práctico, categorías a las que hay que añadir la del respeto, la del reconocimiento de la humanidad y ser mismo del otro, la de su aceptación y por tanto la de la confirmación de su ser.
   Porque en el hombre hay algo más, llámese alma o espíritu, que tiene siempre que ser buscado y rescatado, teniendo a la función educativa de la vida como su órgano rector, todo lo cual se manifiesta como producto acabado y logro distintivo en la cultura, que es una clara ruptura con la animalidad, como un freno al alma inferior humano y una sublimación de su alma superior, la cual puede comunicar con el espíritu.

   El hombre se forma, en efecto, en medio de una cultura que le precede y le sucederá. La educación consiste así, esencialmente, en la transmisión de ese mundo y bagaje cultural, en la adopción, familiarización y recreación de sus lenguajes y sus símbolos, donde el individuo humano se gesta como en una segunda matriz. Matiz cultural, pues, donde se cultiva el ánimo, el alma, el espíritu de cada persona, acuñándose de tal forma también una personalidad colectiva, cuyo fruto es la cultura universal, aquella que habla “la verdadera lengua”, distante tanto de los usos y costumbres relativos de las culturas históricas u oníricas como de la barbarie. No queda así sino considerar la formación humana como el fenómeno fundamental de la educación y a la educación misma como el eje central del sistema filosófico y de la cultura o como visión del mundo en su totalidad y que, reversiblemente, nos proporciona una alma colectiva en la que reconocernos -que se vislumbra articulada en el horizonte como símbolo inequívoco de la patria buscada, querida, formada, y como símbolo también de nuestro desarrollo humano futuro, de inclusión y de pertenencia. 


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