martes, 3 de mayo de 2016

La Caverna: Sobre la Ceguera Moral Contemporánea Por Alberto Espinosa Orozco

La Caverna: Sobre la Ceguera Moral Contemporánea
Por Alberto Espinosa Orozco



   El reproche tradicional al positivismo, filosofía dominante del hombre moderno y de nuestro siglo, era o mundo, ha sido su ceguera para los valores –no tanto para los valores en general, pues acepta los suyos, a conveniencia, negándose a reconocer el de los otros, cuya expresión máxima es su ceguera y sordera para la metafísica, lo que no deja de implicar otra ontología, antropología y metafísica de peculiares valores sui generis.  
   El sociólogo Zygmunt Bauman, recientemente acaba de alertar sobre este crudo fenómeno del mundo contemporáneo y del hombre moderno. Lo que en el núcleo de la ceguera moral es lo que el pensador de origen polaco ha llamado “adiafora” moral, que se sigue a pasos contados de la “anedonia” vital, y que consiste en rehuir el juicio moral, en no evaluar éticamente los actos humanos, lo que no sólo implica una grave insensibilidad moral sino también, consecuentemente, dejar al hombre sin orientación moral alguna, puesto que la suspensión del juicio moral conlleva una suspensión del juicio respecto de los fines morales del hombre –todo ello en congruencia con el pensamiento débil que acosa por todas partes a la tardo modernidad, habiendo una programática sustitución de las humanidades y su valor educativo por el mero adiestramiento, capacitación o instrucción técnica en las universidades. Bancarrota de las humanidades. Sin embargo, hay que delatar a nuestra vez, que tomar los actos humanos como neutrales, indiferentes o indistintos moralmente no puede lograrse si antes no se ha reducido al hombre a lo meramente natural –naturalismo, a su vez, que implica una cierta concepción de lo humano que en poco o nada lo distingue de lo meramente animal o, en su defecto, de lo mecánico. 
   Los hombres, como en algunos cuadros de Edward Hopper, pasan a ser “inocentes bestias angélicas”, seres que pasan por la calle, apremiados por sus instintos e impulsos egoístas primarios, carentes de vida interior o interioridad, subsumidos en las esferas públicas, que van del trabajo y a la fábrica a las alas cinematográficas de esparcimiento, a los nocturnos cafés, donde se encuentran como los “Nighthawks” o “Halcones de la Noche”, que no son otra cosas que la prefiguración de la adiafora o insensibilidad moral desarrollada por Bauman, la que en otro registro también puede verse como un esteticismo apráctico.
   Porque no evaluar éticamente los actos humanos, especialmente los propios, no puede ser sino un fingimiento, una ficción. Propiamente se trata de zafarse del compromiso moral y, por tanto, actuar sin ningún compromiso moral o, yendo más lejos, de forma perfectamente irresponsable –actitud sólita en políticos, embaucadores y engañadores de toda laya, pero también en el esteta, permeando todo aquello hasta el hombre común. La falta de sentido o de entendimiento de los valores morales, con ignorancia del bien y hasta desprecio, no puede causar sino una profunda inestabilidad y desequilibrio axiológico que afecta a todos los sectores de la cultura y de la vida.
   El criterio de bondad moral es así sustituido por el de utilidad práctica, derivándose de ello éticas pragmáticas y utilitarias, en las que pretende darse una justificación moral al hombre actúa movido exclusivamente por sus intereses egoístas o su conveniencia, formándose con ello extrañas constelaciones de asociaciones, rarificadas por la comunidad de interés utilitarios o meramente existenciales, naturalizándose de tal forma toda la gama de costumbres desviadas que quepa imaginar y, por tanto, abriendo la puerta a que cada quien haga lo que se le dé la gana. De todo lo cual se deriva, no menos naturalmente, el permisivismo social, que va de la escueta inclinación a la pasividad e indiferencia respecto del mundo en torno hasta el franco y más decidido colaboracionismo en empresas de dudosos objetivos morales, y hasta abiertamente inmorales. Reino del permisivismo que es también el de la impunidad.
   En el fondo no se trata sino de la excarcervación del valor de la existencia sobre la esencia, o del existencialismo desviado, extremo, excéntrico, vanguardista, sujeto a la contingencia, contradicción y caducidad de la temporalidad, pero también a la angustia constitutiva de un ser que, entonces, al naufragar en el devenir no puede ser sino para …, para…., si, que no puede sino ser para la muerte. Que propiamente tal vez ya no puede llamarse hombre, al ser sin esencia, al no tener propiamente género o especie, sino solo existencia o mejor, historicidad. Preocupada por las menudencias inmediatas de la vida, ocupada en su proyecto personal de vida y por hacerse valer, haciendo con los objetos a la mano, y cuyo destino no puede ser otro, como el tiempo, que pasar, que dejar de ser. Pero sobre todo, al tener como único rasero de medición la existencia, donde ninguna vida resulta mejor que otra, más significativa, más sustancial, más necesaria, homologadas todas ellas por el valor horizontal de la vida, sin posible vector ascendente: donde son equivalentes el lépero, el crápula y le pendejo, al genio, al héroe o al santo. Donde no importa, por tanto, que razones dar, donde no interesa dar razón, donde no importa no tener razón.


   Mundo, pues, peculiarmente frío, muerto, sin vida, o desordenado, desjerarquizado e inarmónico, desgraciado, degradado, decadente, subhumano,  feo y contradictorio o, en una palabra: inmundo. Donde vale igual una cosa que otra, una vida que otra, dando a colación la adversidad a la inteligencia y la crítica, las que sólo se ejercen presionadas por intereses y buscando conveniencia, empecinado correlativamente en la injusticia de mirar lo malo, en una especie de final perversión del gusto, de un gusto masoquista, sádico, que no gusta, mezquino, miserable, que destruye o embota al pensamiento. Mirado a gran escala, pariendo una sociedad deforme y embotada, distraída en todas direcciones por la inercia vertiginosa de los medios de comunicación, que así dejan de serlo, donde no es posible la reflexión porque no es posible detenerse a pensar por un momento, en una cultura crecientemente de imágenes.

   Donde el  cine, el internet, los Smartphone, la radio, la televisión bombardean a todas horas los sentidos, donde las cosas no pueden así valorarse concienzudamente o reconocerse en su propio valor, sino que son impuestas por el vértigo informático y el llamado arte del espectáculo, apelmazador de masas. Donde se vuelve una costumbre social ver representaciones de crímenes, horrores y de violencia, de destrucción o pornografía, de terror, en una especie solapada de espectáculo de la crueldad, que remata en el consumo de drogas, de anabólicos, de esteroides, de tranquilizantes, de estimulantes, de promoción del turismo sexual y de aventuras, acostumbrándose el individuo existencializado y sin verdadera vida interior, ya masificado, pues, a mirar lo vulgar, lo morboso, el sufrimiento o la abyección de otros, hasta el extremo de gustar de ello, en detrimento directo de la virtud de la templanza que nos insta a la contemplación de cosas superiores, más espirituales, y que constituye todo un complejo y carácter, de singular bajeza, de nuestro tiempo. 
   El antro, el bar de cavernícolas donde los estímulos sensoriales alcanzan su más alto grado estético en el “ruidísmo”, en el machacar de sonidos fabricados por las máquinas, inéditos, inusitados, que a todo volumen busca una especie de convulsión o conmoción corporal y que induce irracionalmente a refugiarse en la suavidad de los cuerpos entre las satinadas sábanas. Otra de sus expansiones se encuentra, finalmente, en el consumo de sensaciones y emociones intensas, de todo género y especie, que indican una concepción torpe de la felicidad, causantes de la insensibilidad moral respecto del entorno y de un pensamiento inexistente, de un irracionalismo que se antoja ya insuperable, de búsqueda compulsiva por el consumo de sentimientos cada vez más primitivos y hasta de puras sensaciones corporales, cuyo único valor estiba en la vivencia personal, profundamente egoísta en el sentido de ser excluyente de todo compromiso con el otro y por tanto abismadamente irresponsable. Concluyendo retozos y diversiones en la “anedonia”, que es el aplanamiento de los sentimientos y el valor de la existencia, manifiesto en no poder gozar de la vida o en la que sobrevienen los sentimientos de angustia o de fatal desesperación, de encierro, confinamiento e incomunicación.





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