domingo, 17 de abril de 2016

Mea Culpa Por Alberto Espinosa Orozco

Mea Culpa
Por Alberto Espinosa Orozco




   El peor de todos los pecados, mortal por necesidad, es la soberbia. Espíritu de superioridad sobre todo, que es también distanciamiento radical de quien lo es todo -o sin relación de ningún tipo con Dios, del que sin embargo puede el soberbio, en su libre elección, incluso, blasfemar. Es el infierno propiamente el lugar de los soberbios, donde los espíritus puros han adquirido una individuación absoluta por el mérito de sus faltas, por su rampante subjetivismo caprichoso, capcioso, en virtud de sus bajezas. Los soberbios, espíritus sobrados, ampulosos, despectivos, medran así por la vía más equivocada de todas, siendo sus oscuros caminos pesados y sus argumentos farragosos, sus veredas extrañas, asechados en su soledad absoluta e incomunicable por la angustiante hipertensión, que los estrecha contra sí mismos, en abrazo mortal.
   Su escala de peldaños hacia lo hondo puede comenzar con la simple fruición de las manos: por la avaricia, que no es sólo el vicio del oro, corriente en comunes comerciantes y remontados gambusinos, sino el vicio de quien lo ama perversamente, atropellando por consiguiente a la justicia. Enfermedad de las manos, del tacto, que iguala al vulgar raterillo callejero con el más refinado y maquiavélico estafador.



   A pasos contados, el proceso de corrupción asciende de grado con esa enfermedad de los ojos a que llamamos envidia, que no es la simple tristeza por el bien ajeno y alegría por sus males, sino la acendrada pasión de los malos contra los buenos, por el sólo hecho de serlo. Pecado por el que Caín mata a Abel, la envidia, armada en su inconsciencia obtusa con la quijada de un burro, infecta entonces las manos y, después, corrompe por completo el gusto, pues es un fruto carnal que se enardece contra todo lo espiritual, por la impotencia de no ser ni poder serlo, pareciéndole entonces amarga la justicia y dulce la injusticia, desarrollando así el instinto roedor de la astucia que, frunciendo las narices, vuelve al hombre cauteloso y traicionero. Enfermedad que manifiesta la desemejanza entre los espíritus, motivo de la envidia, que en su discordancia radical lleva a la discordia, e incluso al fratricidio, enfermando el corazón marcándolo entonces con el estigma de la pretensión del encumbramiento de sí y el consecuente rebajamiento del otro.


   A lo que sigue la lujuria, que es el vicio no sólo del cuerpo, de las sensaciones y deleites corporales, sino de quien las ama perversamente, trasgrediendo en suma la norma moral, dando pábulo al desarrollo de lo contra natura o corrompiendo la buena naturaleza del hombre, volviéndolo por tanto malo. Decisión perversa es la lujuria también, pues implica abandonar la templanza, que, incluso en los cuerpos, prefiere los deleites espirituales, más suaves de suyo, más hermosos e incomparablemente más íntimos y duraderos.




    Un paso más y más abajo se encuentra la decidida jactancia, que no sólo es el vicio de amar la honra de los hombres sobre lo divino, sino el vicio de quienes aman ser elogiados por los hombres despreciando el testimonio de su propia conciencia. Culminante en la soberbia que, como recuerda San Agustín, no es sólo el vicio de quien ama conceder honores, sino el de quien lo ama honrando su propio poder y vilipendiando la voluntad más justa –negando, por tanto, la voluntad de Aquel que es más poderoso. Último detalle éste que no hay que desatender, pues es también soberbia la de quien ama tan temerariamente al bien que no se refrena para hacer lo malo dentro de lo bueno, de quien en nombre de la justicia, de la palabra o de Dios, en tono imperativo, deja sin la palabra a sus hermanos.
   Libertad equívoca, ápice de la hybris fáustica de nuestro tiempo y reveladora de la desmesura humana que, abandonada de la mano de Dios,  termina por devorar y esclavizar a sus practicantes, sumiéndolos en el más patético y ridículo de los egoísmos: aquel que, abandonando el imperativo del bien común, está dispuesto a sacrificarlo todo, nación, patria, memoria, familia, la propia honra, por una mezquina cuota de beneficio y satisfacción personal. 





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