sábado, 23 de abril de 2016

La Historia Moderna de San Jorge y sus Antiguas Fuentes Por Alberto Espinosa Orozco

La Historia Moderna de San Jorge y sus Antiguas Fuentes
Por Alberto Espinosa Orozco

“Nada habrá que antes no haya
habido;
nada se hará que antes no se
haya hecho.
¡Nada hay nuevo en este mundo!”
Eclesiastés 1: 9

“No hay nada nuevo bajo el sol”
Aristóteles

“Bajo el sol no hay nada nuevo.”
Baruch Spinoza



I.- Desconocimiento y Restitución  de San Jorge
   Durante años la creencia en el mito de San Jorge ha intentado ser conmovida por el espíritu materialista y escéptico de la modernidad, recurriendo para ello, si es necesario, incluso a la calumnia y al disparate histórico. El historiador inglés del siglo XVIII Edward Gibbon especializado en el estudio del imperio romano, por ejemplo, cuenta que en el breve reinado del sucesor de Constancio II, el emperador y filósofo Juliano (361-363), llamado el Apóstata por su filiación a la religión clásica, Jorge de Capadocia se hizo famoso al morir por manos paganas.
   Sin embargo, a partir de esa matriz común Gibbon añade un relato del todo desconcertante: que en ese periodo un ciudadano de nombre Jorge había amasado una gran fortuna como proveedor de tocino del ejército antes de descubrir una fidelidad repentina a la causa arriana y ocupar la cede eclesiástica del obispo Atanasio, desterrado de Alejandría por el emperador. Al poco tiempo, sigue fabulando el historiador, ese hipotético Jorge de Capadocia oprimía con mano dura a todas las facciones adversas a su credo, adquiriendo los monopolios de la sal, el papel y los ritos funerarios, y con frecuencia saqueando los ricos templos paganos de la ciudad. Cuando Juliano ascendió al trono imperial el Jorge fabulado por el ocurrente narrador fue enviado a prisión para  más tarde ser asesinó por una ultrajada turba de paganos.   El historiador británico quiere confundir en éste capítulo a las figuras, intentando hacer pasar a un comerciante de chuletas por la figura del mártir.




   Cabe agregar que a la muerte de Constantino I el Grande, el imperio quedó dividido entre cinco herederos. Además de sus sobrinos Dalmacio y Anibelino, quedaron al frente del poder imperial sus tres hijos Constantino II el Joven (337  a 340), dominando las Galias y Britania y muerto por su hermano  Constante (337 a 350) quien reinaba en Italia y África; y Constancio II (317 a 361), dominador en Asia Menor, Siria y Egipto, el cual favoreciendo el arrianismo confirió a su primo Juliano el título de César. Educado en Atenas con filósofos neoplatónicos, al subir al trono Juliano intentó restablecer el culto pagano movido por su aspecto estético, por la belleza de sus templos, tolerando de buena gana la saña del populacho pagano contra los cristianos debido al profundo odio que sentía por la nueva fe, llegando incluso a prohibir que se enseñara en las escuelas, rompiendo con ello la tradición romana de libertad de enseñanza. Tremendamente supersticioso el emperador y filósofo adoraba al sol por las mañanas y hacía sacrificar reses continuamente para apaciguar a los espíritus nocturnos, reflejando con ello todo un periodo en el cual el imperio se vio sacudido por la enfermedad de la magia y envuelto por la superstición y las prácticas adivinatorias. Muere Juliano el Apóstata finalmente en la frontera con Persia en una batalla en la que fungió por delante como simple soldado.



   No fue sino hasta el reinado del emperador de origen hispánico Flavio Teodosio (379-395) que el cristianismo ortodoxo se aceptó como única religión de estado. En efecto, Teodosio, nombrado Augusto de Oriente en el año 379, tiene que luchar contra la restauración del paganismo propuesta por emperador Eugenio e impuesta por Arbogasto, el matador del emperador Valentiniano II, y Nicómaco, quienes habían devuelto la estatua de la Victoria al Senado, reiniciado los misterios de Isis y levantado la estatua de Júpiter en la Magna Mater. Son derrotados definitivamente en la batalla de Aquilea en 392 por Teodosio, con lo que los cristianos recuperan su supremacía en Roma definitivamente. El emperador entonces, a diferencia de sus antecesores cristianizados, atacó directamente al paganismo e hizo purificar los templos y santuarios de los antiguos dioses con el signo de la religión cristiana o fueron destruidos, anulando asimismo los privilegios del estado a los sacerdotes paganos. También reconoció la jerarquía católica con el papa Dámaso a la cabeza, reconociendo a la iglesia el derecho a decidir sobre cuestiones morales y religiosas.
   Sin embargo, en el siglo IV la decadencia de la administración romana se tradujo en la inaplicación de sus leyes, sumándose a ella la dispersión de las grandes bibliotecas y la pérdida de interés por la ciencia antigua que, al no proporcionar la paz del alma que encontraban los cristianos en las sagradas escrituras, movió a la deformación de la Historiografía misma –presionada por el imperativo de adquirir una conciencia universal de la Humanidad, sin distinción de razas o fronteras. Es en ese clima que Osorio escribe sus Historias contra los Paganos  y San Agustín, la mente más poderosa de la época, La Ciudad de Dios, libros en los que se vislumbra como los acontecimientos de la Historia se guían por el plan trazado por la providencia, anunciado ya por los profetas.



   Para el siglo XX, historiadores positivistas como Edward Gibbon fueron socavando la fe en San Jorge,  influyendo con ello en el Concilio Vaticano II, presa por ese tiempo de terribles dudas sobre los acertijos simbólicos de la historia, en donde finalmente se lo declarara un mito inexistente debido a los “excesos acumulados con el paso del tiempo”, llegando incluso al extremo de borrarlo del Martirologio Romano. En efecto, en 1969, el papa Paulo VI decretó eliminar a San Jorge del santoral de la Iglesia Católica, aunque no totalmente, ya que lo mantuvo en la hagiografía oficial a nivel facultativo (opcional). Insostenible posición, sin duda, debido no tanto a las reliquias muchas veces multiplicadas del santo, cuanto a su validez como figura religiosa, adoptada por cristianos, ortodoxos y aún musulmanes como santo y héroe, extendiendo su fama por toda Europa en el tiempo de las Cruzadas, siendo famoso por sus innúmeras apariciones e intervenciones milagrosas, convirtiéndose con el paso de los siglos en el patrón de  la corona de Aragón y Cataluña, Gran Bretaña, Lituana, Georgia y desde el año de 1746 también de Durango, en México. Así, a pesar de una parte influyente del clero romano que le era adverso, el Santo Jorge fue finalmente restituido en su honor y devuelto a los altares en el año de 2001, por el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el futuro papa Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, movido por las evidencias documentales y científicas sociales.


II.- Responsabilidad Moral
   El conflicto entre el paganismo y el cristianismo ha revivido en nuestra época bajo la especie del virulento antagonismo entre el pensamiento postmetafísco de la modernidad tardía y la defensa de la tradición. Por un lado, la tradición religiosa cristiana ha preservado durante milenios los remedios para una vida desesperada, abriendo la posibilidad de la salvación al articular, para la culpa y la redención, un rico entramado normativo de gran peso. Como ha subrayado Jùrgen Habermas en tal entramado se despliega, como en un magnífico tapiz, las nociones básicas de las que mana la fuerza de las razones del corazón, tales como: responsabilidad, autonomía, justificación, pero también la de historia y memoria; reinicio, innovación y retorno; emancipación y cumplimiento; individuo y comunidad; desprendimiento e interiorización, donde la absoluta dignidad de todas las personas está en correlación con la idea del hombre hecho a imagen y semejanza d Dios.[1] Por el otro, el relativismo ético del pensamiento postmetafísico se caracteriza, más que por su moderación, por la franca ausencia de cualquier figura o concepto generalizable de lo que sea una vida buena y ejemplar.


   Porque la sociedad liberal, que tiende a la secularización como programa cultural y social y a centralizar sus balances por medio del mercado y el poder administrativo, ha excluido el sentimiento de solidaridad social de cada vez mayores ámbitos de la vida, transformado a los ciudadanos en mónadas aisladas, guiadas cada una por su propio interés, las cuales utilizan sus derechos subjetivos unos contra otros. El desmoronamiento de la solidaridad social tiene su razón de ser en que cada vez más aspectos privados se orientan según preferencias individuales y en beneficio propio, disminuyendo por tanto el ámbito de lo que está sujeto a la legitimación colectiva pública en una especie de privaticismo ciudadano –siendo todo ello resultado de un programa de racionalización espiritual y social en sí mismo destructivo. Habermas no se equivoca cuando señala que el desgaste de tal modernidad sólo puede encontrar una base sólida para salir del atolladero si la comunidad vuelve a una orientación religiosa de referencia trascendental, aunado a una vuelta de la filosofía a sus orígenes religiosos y metafísicos;  es decir, a una comunidad de fe trascendente.
   Como ha señalado Mircea Eliade, el gran producto de la revolución francesa, el derecho a ser libre, tomó inevitablemente la forma de la libertad contractual, meramente externa. Los derechos de la libertad del de individuo, de libertad de conciencia y religiosa, se convirtieron así en un permiso para explorar los instintos individuales, para pensar lo que sea, para creer o no en Dios, en una especie de permiso de circulación que no comprometen ni moral ni socialmente, ni implican para nada la libertad interior del individuo. El miedo a la libertad ha llevado al hombre moderno a refugiarse infantilmente en los derechos abstractos, renunciado con ello a la responsabilidad. Pero cumplir actos que no pueden ser sancionados, hacer lo que a uno le venga en gana, claramente no significa ser libre. Imposible enumerar las trampas con las que el hombre moderno quisiera escapar de la ley moral: son innumerables. Ser libre, por lo contrario,  significa ser responsable para con uno mismo y estar comprometido con cada acto que uno realiza. Tal actitud moral de humanización permanente polariza la vida en dos extremos: volver la vida fértil, creando, o fallar en la propia vida fracasando en la fachada de las apariencias. Grave responsabilidad por tratarse de la propia vida. La libertad cristiana conoce, en efecto, una vivencia de la libertad más grande y solemne que la abstracta y meramente contractual, pues cada acto de la vida es visto como un compromiso de humanidad que puede llevar a la perdición o a la salvación.
   Así, las patologías de la sociedad moderna, cuya secularización se manifiesta “descarrilada” al erigirse la envidia como una virtud, y el orgullo y la avidez como norma niveladora,  se manifiesta como fracaso de la concepción individual de la existencia al dar por resultado formas de vida no creativas o estériles. Frente a ello la tradición ofrece bajo la especie de sus figuras heráldicas formas modélicas de libertad, al ser su expresión y sensibilidad claras y bien definidas –si exceptuamos de sus contenidos el cortante dogmatismo petrificante y la gazmoñería de la moralina.
   Un buen ejemplo de tradiciones autóctonas de raigambre ética, arraigadas en potentes cosmovisiones metafísicas y que han vinculado estrechamente a la comunidad, es el culto a la figura de San Jorge, que representado en diversas manifestaciones a lo largo y ancho del orbe nos hablan de un mismo ideal y de un orientación social bien definida que brota de una misma fuente de vida.
III.- Las Fuentes Literarias
   La primera aparición del ángel bueno como caballero guerrero de la que se tenga registro es narrada en la Biblia en los libros de de 1 Macabeos y 2 Macabeos: ocurrió en el año 165 a de C., cuando el rey griego Antiíoco, asentado en Antioquia, marchó a Persia a cobrar los impuestos en Babilonia, dejando a Lisias encargado de los negocios del reino, que iban desde el río Eúfrates hasta Egipto. Deseaba ardientemente aniquilar la resistencia de Israel y lo que aún quedaba de Jerusalén para borrar de aquella tierra incluso su recuerdo. Entonces Lisias escogió a los generales Tolomeo, Nicanor y Gorgias y los puso al mando de 40 mil soldados de infantería y 7 mil de caballería. Para invadir Judea y arrasarla el ejército fue reforzado con tropas mercenarias sirias y filisteas para exterminar al pueblo de Dios (1 Macabeos 3.38, 4. 28 a 52  y 5.18, y; 2 Macabeos 10.29 y 11.18).
   Fueron primero los idumeos los que hostilizaron a los judíos alzando una gran fortaleza con dos torres, mismas en las que Judas Macabeo mató a 20 mil enemigos. Timoteo reorganizó entonces el ejército que había formado Gorgias reforzándolo con la caballería traída de Asia para tomar Judea por las armas. Se trataba de paganos que hacían de su furor la guía del combate, mientras que los judíos ponían la garantía de su éxito y de la victoria en su valor y en el recurso al Señor. En lo más recio de la batalla los enemigos vieron en el cielo a 5 hombres majestuosos, montados en caballos con frenos de oro, los cuales se colocaron alrededor de Judas Macabeo y lo protegían con sus armas y lo defendían para que nadie o hiriera, lanzando también rayos y flechas sobre los enemigos que ciegos y aturdidos se alejaban en gran desorden. Aquella tarde 20 mil soldados de infantería y 600 de caballería fueron degollados. Timoteo bajó a la fortaleza de Gazer y fue degollado junto con su hermano Quereas (2 Macabeos 10. 29). 



   Muy poco tiempo después el griego Lisias reunió un temible ejército compuesto por 80 mil soldados de infantería y con toda su caballería avanzó contra los judíos para tomar Jerusalén. Llevando al frente 80 elefantes atacó la fortaleza de Bet-sur. Judas Macabeo se reunió con todo el pueblo y pidió al Señor que les enviara un ángel bueno para salvar a Israel. Cerca de Jerusalén se apareció  a la cabeza de la tropa un jinete vestido de blanco agitando unas armas de oro. Ayudados por su defensor celestial los judíos se lanzaron como leones sobre sus enemigos, derribando a 11 mil soldados de infantería y a 1, 600 de caballería, haciendo huir a los demás heridos y sin armas mientras que Lisias se salvaba huyendo en vergonzosa retirada (2 Macabeos 11.8).
   Entonces los judíos derribaron el altar sacrílego que habían mandado construir los griegos sobre el altar de los holocaustos de Jerusalén, rodearon el templo de altas murallas y fortificaron la ciudad de Bet-sur, mientras que el rey Antíoco, pagano salvaje que injuriaba a Dios con su conducta, moría de terrible tristeza en el país extranjero en el año de 163 a de C. Los judíos, después de purificar el templo, construyeron otro altar y celebraron 8 días la Fiesta de las Enramadas, llevando limones adornados con hojas y ramas frescas y hojas de hiedra, cantando himnos a Dios. La fiesta de las Enramadas se celebró así cada año a partir de aquel milagroso acontecimiento.[2]
   La narración más antigua referida al mártir es el texto griego del año 395 conocido como las Actas Apócrifas, redactado en el siglo VI, dando cuenta de su histórica pasión –la cual, empero, fue desaconsejada a los creyentes por el Papa Gelasio para el año 494. Otro manuscrito es el del diácono Teodosio, quien escribe el testimonio de su viaje de peregrinación a Lydda para visitar la tumba de San Jorge en el año 530. Posteriormente el historiador Aquilina consigna el alto número de lugares de culto musulmán y antes cristiano dedicado a San Jorge, venerado como el profeta Elías, tales como la mezquita de Lydda, erigida sobre la basílica del siglo IV dedicada a San Jorge, la mezquita de la ciudad de Duma (Educa), también levantada sobre un antiguo templo dedicado a San Jorge, y la mezquita de Al-Agsa en la parte vieja de Jerusalén.
   En la edad media Veneciano Fortunato lo menciona y Gregorio de Tours lo incluye en su Libro de la Gloria  de los Mártires del siglo XI. Así, a partir del siglo X en Oriente y del XI en Occidente comienza a ser representado como matador de dragones. En el siglo XI aparece en Alemania la “Canción de San Jorge”, que basada en precedentes latinos y redactada en alto alemán cuenta el martirio del santo. Es atribuida al primer poeta conocido en lengua alemana, Otfrid von Weißenburg (800 – 870) cuyo origen podría estar en el monasterio de Prüm, al que el emperador Lotario I (840–855) donó un brazo cercenado y disecado, diciendo que era una reliquia de San Jorge, lo cual  lo convirtió en el centro de veneración de los francos –aunque el poema indica un origen más, en la isla de Reichenau, probablemente porque hacia el siglo IX, gracias a la mediación del arzobispo de Maguncia y abad de Reichenau, Hatto III (891–913), llegaron desde Roma, entre otras reliquias, un cráneo que era atribuido a San Jorge, por lo que construyeron una iglesia en su honor la cual existe hasta la fecha.
   Sin embargo, la historia más acabada del mártir se debe a Jacobo da Vorágine, quien la recoge en su libro hagiográfico conocido como La Leyenda Áurea del año 1270, alimentando con ello la épica medieval y dando forma al ideal caballeresco del héroe que mata al réprobo dragón montado en perlado corcel para salvar a la hija del rey. Jacobo Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova (1230 – 13 de julio de 1298), en realidad escribió un libro titulado la Legenda Sanctorum, una colección de fábulas sobre distintos santos. La historia de Jorge de Capadocia destacaba entre otras y acuñando fortuna acabó conociéndose como La Legenda Áurea. Así, hacia el siglo XIII, la leyenda se extendió por Europa. La información contenida en sus 182 capítulos es de notable valor literario y a su profunda influencia se debe la extensión de la leyenda en Occidente, tanto a nivel popular como en la literatura y en la pintura de la Europa Medieval.




   La leyenda ha sido relatada en diversas partes de Europa y Asia Menor como propia. Comienza con un dragón que hace un nido en la fuente que provee de agua a la ciudad, por lo que los ciudadanos debían apartar diariamente el dragón de la fuente para conseguir el líquido vital. Para ello ofrecían diariamente un sacrificio humano que se decidía al azar entre los habitantes, hasta que un día resultó seleccionada la princesa local. El rey, su padre, pide por la vida de su hija, pero sin éxito y cuando está a punto de ser devorada por el dragón aparece San Jorge, quien regresa de uno de sus viajes a caballo, se enfrenta con el dragón, lo mata y salva a la princesa. Los agradecidos ciudadanos abandonan el paganismo y abrazan la verdadera fe cristiana. La historia contiene un rico simbolismo religioso, pues en la antigua interpretación cristiana del mito San Jorge sería la figura del creyente cuya fundamento firme es la fe, representada por el caballo blanco, siendo la dama la figura de la Iglesia y el dragón la imagen idólatra  del paganismo, de la tentación, el pecado y la muerte o la quintaesencia de Satanás.
   Por lo que respecta a Durango, hay que recordar que la Nueva Vizcaya fue el centro cultural más importante del norte de México durante el siglo XVIII. En efecto, durante el Siglo del Esplendor Durango fue cede del Episcopado, del Seminario y del Colegio de los Jesuitas, siendo la cultura escrita de la región la más importante del territorio septentrional. Entre su contribución literaria, rica en opúsculos, panegíricos, informes y crónicas de teólogos, misioneros y abajados, naturales y residentes, cabe destacar aquí dos escritos conservados en los Archivos de la catedral Basílica Menor de Durango: 1.- la “Jura de San Jorge”, en las Actas Capitulares, Rollo 2, expedida por los Comisarios del Ayuntamiento y el Cabildo Eclesiástico, en México, Durango, el 11 de febrero de 1749, y; 2.- el importante “Panegírico del Glorioso Mártir de Cristo, San Jorge”, de 1751.[3]



IV.- Los Combates Medievales y Modernos
   Por otra parte se han conservado numerosas noticias históricas de las apariciones de San Jorge en medio de los combates entre cristianos y sarracenos durante las cruzadas, sobre todo en la Cataluña medieval. Sabemos que se apareció a los cruzados durante la toma de Antioquia en 1063 y que ayudó a Pedro I de Aragón en la batalla de Alcoraz durante el asedio a Huesca en 1096, año en que las huestes del rey Sancho Ramírez de Aragón asediaban la ciudad de Alcoraz, cerca de Huesca. Tras recibir ayuda desde Zaragoza, los asediados consiguen matar al rey, pero ganan la batalla de Alcoraz gracias a la aparición de San Jorge. Posteriormente el rey Pedro I de Aragón conquista Huesca tras invocar la ayuda del santo. En efecto, todos los cronistas de las cruzadas atestiguan que en 1096, cuando Balduino du Buró, hermano de Godofredo de Boullon, luego de expulsar a las tropas de Tancredo y de tomar Antioquia, vio como las tropas celestes vestidas de blanco vinieron en ayuda de los soldados cristianos capitaneados por Balduino de Boulogne, entre cuyas huestes se encontraba una vanguardia de Lotaringia compuesta por algunos de los futuros caballeros templarios. La cruz de San Jorge aparece en el tercer cuartel del Escudo de Aragón, junto con cuatro cabezas de moros, representando con ello la victoria de Pedro I en la batalla de Alcoraz, el primer gran hito de la reconquista y donde 40.000 hombres lucharon por Huesca en 1096.
   Jaime I el Conquistador en su Libre dels feyts  redactado entre 1244-1274, relata que los sarracenos dieron fe que durante la conquista de Mallorca se apareció un caballero desconocido enfundado en reluciente cota blanca junto a la armada catalana. Pedro II de Aragón funda en 1201 la orden de San Jorge para defender la costa entre Cambrils y Tortosa de incursiones piratas sarracenas. Jaime I el Conquistador cuenta que en la conquista de Valencia apareció el santo: “Se apareció San Jorge con muchos caballeros del paraíso, que ayudaron a vencer en la batalla, en la que no murió cristiano alguno”. Más tarde, el rey Jaime cuenta de la conquista de Mallorca que “según le contaron los sarracenos, éstos vieron entrar primero a caballo a un caballero blanco con armas blancas”, que él identifica con el caballero San Jorge. Pedro IV de Aragón funda a su vez una orden laica de caballeros a su servicio dedicada a San Jorge. Pedro II, tomado en cuenta la carga simbólica y militar del mártir en el proceso de reconquista, hace transportar reliquias del santo a Cataluña, siendo así la divisa de los reyes de Aragón (de la misma suerte que los Capetos en Francia utilizaron la figura de San Denis).  



   En las canciones de gesta se registra un elevado número de apariciones de San Jorge en la economía del nudo narrativo, sobresaliendo en este rubro la Canción de Antioquia en la que Suleiman sitúa a San Jorge como uno de los barones que dirigen los ejércitos cristianos junto con San Demetrio,  San Dionisio y San Miguel, señor de todos ellos (“sir del tost”).
   Según relata Robert Graves en su libro Adiós a Todo Eso una de las últimas batallas en las que se tiene noticia de la aparición de San Jorge tuvo lugar en la ciudad belga de Mons, cerca de la frontera francesa, durante la primera Guerra Mundial. En efecto, en abril de 1914 las tropas expedicionarias británicas llegaron al importante núcleo de carreteras que cruzan sus caminos en  Mons y que llegan a la frontera francesa, resistiendo así a las fuerzas expansionistas germanas del poder central, pues los alemanes, violando la neutralidad de Bélgica en el conflicto, invadieron el país para rodear la defensa francesa. La caballería teutona obligó a los ingleses a replegarse al tomar la ciudad de Mons –que no sería liberada sino cuatro años más tarde por el ejército canadiense. Fue entonces cuando sucedieron una serie de acontecimientos sobrenaturales: medio pelotón  de ángeles tomando la forma de arqueros salvó a las tropas británicas de ser aniquilada cuando las milicias alemanas rodearon a la unidad inglesa para aplastarla  Se cuenta que una compañía de ángeles se colocaron entre ellos y la caballería germana, aterrando a las monturas que se negaban a avanzar, permitiendo con ello la huida de los ingleses. Durante la retirada el batallón fue escoltado por más de 20 minutos por un grupo de jinetes espectrales que flanquearon ambos lados del camino mientras un caballero envuelto en una misteriosa luz montaba en un caballo blanco al frente. Algunos testigos lo identificaron como el mismísimo San Jorge y a los jinetes con los arqueros ingleses muertos en la batalla de Agincourt durante la Guerra de los Cien Años en el año de 1415.
   Alguna de las historias más recientes sobre el misterioso jinete se refieren al revolucionario mexicano Emiliano Zapata (quien nació el  8 de agosto de 1879 en San Miguel Anenecuilco, Morelos y falleció asesinado el 10 de abril de 1919 en Chinameca, Morelos), el Caudillo del Sur, quien era devoto del Padre Jesús, imagen venerada en la parroquia de San Miguel Arcángel en Tlaltizapán. Es sabido que solía encomendarse a él antes de cada batalla y existen testimonios de gente de Morelos que asegura haber visto al Padre Jesús, como aparición, en las ancas del caballo de Zapata cuando éste se encontraba en peligro.



   Cuando el conflicto entre la Iglesia y el Estado llamado la Guerra Cristera (1926-1929), se cuenta en Santiago Bayacora que los soldados del gobierno se quejaban amargamente, diciendo que los cristeros eran todos hechiceros, porque tenían un general muy valiente, que andaba en un caballo blanco y con una mujer vestida de color café, que andaban con los cristeros, y que cuando abría fuego contra ellos, se les caían por completo los brazos y no les podían tirar, pero que no les podían hacer nada, porque se les ponía un nublinazo, y cuando se quitaba aquello ya no había nada de los “indios”, de tal modo que ellos les ganaban. Sin embargo, en el ejército de Santiago Bayacora no hubo nunca ningún caballo ni una mujer, y que el general del caballo blanco y la mujer que se les arrimaban eran Santo Santiaguito y la Santísima Virgen en persona, que andaban con ellos –aunque los cristeros no los podían, porque no  lo merecían.[4]



   Por último sólo cabe añadir que la vasta hagiografía sobre la que se asienta el culto de San Jorge pone de relieve el hecho de que los matadores de dragones son muy raros. La singularidad del héroe sauróctono, sin embargo, nos afecta a todos por despertar en la imaginación un arquetipo del inconsciente colectivo: el de la figura prototípica del orden santo en su combate contra la anarquía del mal. En la Biblia aparece en algunas ocasiones la figura héroe combatiendo al gusano enemigo de humanidad. (Génesis, Libro de Ester, Isaías, Judas y el  Apocalipsis).[5] 









[1] Jùrgen Habermas y Joseph Ratzingger. Entre Razón y Religión. Dialéctica de la Secularización, FCE, Col. Cenzontle, México, 2008, Pág. 27. 
[2] En la Ley de las Sagradas Escrituras se dice que Dios ordenó a Moisés que, durante las fiestas religiosas del mes séptimo,  que es el de la recolección de la siembra, los israelitas debían vivir por siete días bajo enramadas. Cuenta Nehemías que luego de reunirse con el maestro Esdras, dio nuevamente  la voz por Jerusalén y todas las ciudades israelitas de que salieran a los montes a buscar ramas de olivo, sauce, arrayán o palmera o cualquier otro árbol frondoso para hacer las enramadas en las azoteas y en los patios y en el atrio del tempo de Dios y en las plazas, costumbre que se había interrumpido desde el tiempo de Josué. (Levítico 23,  33 a 36 y 39 a 43, y  Deuteronomio 16, 13 a 15).  Sin embargo, la fiesta de las Enramadas se reintegró al culto para consagrar el fuego que apareció cuando Nehemías reconstruyó el Templo y el Altar de Jerusalén (Nehemías 8. 13-18). Cuenta la historia que, cuando los antepasados judíos fueron llevados a Persia, los piadosos sacerdotes que había entonces tomaron el fuego del altar y lo escondieron en una cisterna sin agua. Pasados muchos años, en el momento dispuesto por Dios Nehemías fue a Judea enviado por el rey de Persia y mandó a los descendentes de los sacerdotes a buscar el fuego escondido, encontrando en su lugar un líquido espeso. Cuando lo sacaron y rodearon con él la leña del sacrificio el sol encendió un gran fuego y luego absorbió la luz. El líquido que Nehemías y sus compañeros usaron para quemar a los animales lo llaman “neftar”, que significa purificación, y que entonces sirvió para la purificación del templo, sin embargo, la mayoría de la gente lo llama “nafta”.
[3] Ver, Atanasio Saravia, La Ciudad de Durango, 1563-1821, y José de la Cruz Pacheco, Intelectualidad Neoviscaina.  
[4] Jean Meyer, Guerra Cristera. Relatos de Francisco Campos. UJED, México, Pág. 34.
[5] Específicamente el combate de San Miguel contra el dragón aparece en la Biblia cuando menos en tres ocasiones: en Daniel (10.13), cuando junto con San Gabriel luchan contra el ángel príncipe de Persia y el ángel príncipe de Grecia; en Judas (9),  en la lucha por el cuerpo de Moisés, y en; El Apocalipsis (12.7-9) cuando el arcángel precipita al dragón del cielo, en relación a la hora del mundo angustiosa y sin par (12.1 y 7.14); lucha a la que también se refieren Mateo (24.21) y Marcos (13.19).




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