martes, 5 de abril de 2016

Hipocresía o Tecnocracia Por Alberto Espinosa Orozco



Hipocresía o Tecnocracia
Por Alberto Espinosa Orozco
      



I

   El pretexto de la modernidad ha sido, en muchos casos, la bandera alzada por incrédulos, pecadores y herejes de toda laya, para reptar y medrar a sus anchas en medio de una escenografía inmanentista, delante de cuyos entretelones se levanta el coro universal de los antiautoritarismos, que de forma antisolemne ruidosamente reclaman para sí la autoridad más prístina, queriendo a todas luces ganar lo que proclaman a voz en cuello perder, revelándose contra los valores de la tradición y lo venerable para ser venerados ellos mismos.   
   Así, la primera manifestación de su falta de espíritu se expresa por esa enfermedad de los ojos a que llamamos envidia. Sentimiento maligno, cuyos valores sombríos de indiferencia, ignorancia, burla y desprecio se dirige principalmente hacia aquellos que tienen esperanzas de redención, moral y religiosa, que es el núcleo de la metafísica cristiana. Porque la envidia, aunque tiene manifestaciones de celos, de mirar con malos ojos lo que hacen los otros y de incoar el mal en las entrañas, resuelto en el espíritu innoble de la competencia entendida como la sobrevivencia del más fuerte en la lucha por la vida, está movida en el fondo por la desesperación de quienes han abandonado las veredas personales de la fe, alejándose del camino recto de la justicia, y que, lastrados de materialismo y lastimados por los excesos de su sensualismo, ven escapar la esperanza de otro mundo, que se insinúa tras de este mundo, el cual se les esfuma entre los dedos como el puño de arena, volviéndose incapaces así para interpretar los dichos y analogías que bajo innúmeras formas se presentan, todo el tiempo, en la existencia del hombre y en la naturaleza. Envida, pues que se dirige principalmente al espíritu poético, pues, rompiendo así los lazos de correspondencia y complementariedad con la naturaleza, con lo que a la vez declara la inexistencia del prójimo, la nulidad de la fraternidad y de la solidaridad, borrando en su mundo todo temor de Dios, asintiendo simplemente a este mundo tal cual es, curándose de las preocupaciones del futuro por mor de la fuerza vital, impositiva o reptante, reduciendo el espectro de sus experiencias a la monocroma cromaticidad, ya sin figuras propias, puesto que el prójimo propiamente ha desaparecido, de la vitalidad abyecta o pujante.

   El envidioso se declara así hijo de la técnica, actuando abiertamente como mercenario del cosmos que, como ser meramente inmanente, condenado sólo a este mundo y encadenado a esta vida, se deja animar por el espíritu fáustico, mefistofélico, de la voluntad de poderío y de la lucha por la vida, pero sobre todo, para hacerse valer por medio de las grandes empresas, que requieren para su logro de sus jugosos contratos materiales promotor del eficiente concurso de las maquinas, del gigantismo omnipresente de la técnica,  que es la tecnocracia. Ambición maquinal, en cuya especie de armonía preestablecida, encuentra el pretexto ideal, entretelones, en el conocimiento y en la ciencia aplicada al dominio de la naturaleza inanimada, transformándola para sus propósitos propios, sin cuidarse de la naturaleza propia de las seres, sino actuando sobre ellos al manipular lo que tienen de mensurable, de película sensible, mediante los artefactos, herramientas, máquinas y procedimientos, para respondan los propósitos y fines propios de su empresa.

   Yendo más lejos, aplicando los mismos métodos y procedimientos técnicos de la naturaleza inanimada sobre el hombre, para su control y dominación, al enrrolarlo primero en el manejo, uso, operación de tales mecanismos politécnicos, pero luego subsumiéndolo en el control del hombre mismo, con total indiferencia o absoluto desprecio a las aptitudes de ánimo y predisposiciones de carácter de los hombres para los diversos contenidos de la cultura, quedando unos y otros, hombres y contenidos, anulados o enclenques, y por tanto, agostados en su propia naturaleza y sin desarrollar. Dominio también sobre el tiempo, reducido a la fuerza homologable a la fuerza abstracta de trabajo humano para la realización de una mercancía, en cuyo operar monótono, especializado y desindividualizado se desnaturaliza al hombre y al tiempo, deshumanizando a aquel y vaciando y consumiendo agotadoramente a éste en razón directamente proporcional de la aceleración del aparato productivo –y en cuyo seno se desarrolla el chancro de la hostilidad hacia la autorrealización y plenitud del otro, creciendo la mezquindad del frustrado alacrán, que no se afana tanto por ser sino porque el otro no sea.   



II

   Indiferencia, pues, respeto de la educación y del humanismo del hombre fáustico y moderno, del hombre de la técnica, que no se cuida ni se preocupa por la verdad, por la justicia, o por el bien del prójimo, para quién propiamente no existe, pero que tampoco se afana por los sentimientos de la belleza o por la unidad del cosmos. Llevado por el espíritu fáustico de las grandes empresas, deslumbrado por el poder económico, político o religioso, necesitando esencialmente del sentimiento de fortaleza y dominación que da el poder, el hombre moderno, fáustico, el hombre de la voluntad de control y dominación del mundo en torno, natural y humano, lleva a cabo entonces un extraño mutis axiológico: la abolición del sentimiento moral, ligado esencialmente al estético, escapando así a la necesidad de arrepentirse o ser perdonado, ajeno a la necesidad de estar justificado. Pecador que, moralmente insensible, ya no se arrepiente, que no se vuelve a Dios y se distancia absolutamente de Él, incurriendo a la vez en una especie de masoquismo trascendental, de concebirse como un puro ser biológico, natural, comparándose incluso, y por tanto solidarizándose, con los niveles más bajos de la creación –hallando así su satisfacción estética en objetos que ya no se dirigen a lo bello como tal, ni causan su correspondiente sentimiento bello por su orden y armonía, por su gracia y jerarquía, sino en lo inmundo, en el delirio o en la pesadilla, en lo informe o en lo deforme, en lo híbrido o lo hipnótico, desviando el gusto hacia las sombras de la caverna, y en este sentido o contaminándolo o pervirtiéndolo,  al fijar la vista en lo desagradable y solazando sus sentimientos estéticos con lo torcido o lo morboso, que ya no se goza, sino que más bien se padece, o con la representación inmanente del mero devenir, en un neutro y tedioso goce que más bien no goza, remedo de una angustiosa falta de libertad, o lanzando a la playa estéril de lo abúlico y falto de voluntad, cuyo único refugio encuentra en los sentimientos de la nostalgia o en la melancolía: en lo que, en cualquier caso, no tiene ni puede tener ninguna valor ni trascendencia metafísica.

      Crisis de trasmutación liberal de los valores, dirigida por el hombre de la fatalidad, que se lanza inconscientemente contra todo lo santificado por la tradición, movido por juicios de valor meramente pragmáticos y utilitarios, en última instancia meramente subjetivos. Moral no cristiana, orquestada por el hombre de la soberbia, seguro de sí, que arremete burlonamente contra lo más alto, contra lo venerado y beatificado, consagrado el contrario extremo del mundo sobrenatural, que ata el mundo humano a todo lo que pende de lo natural, especialmente a lo decadente, a lo menos valioso, a lo deleznable y contravalioso o peor. Intento insensato también de de poner en el centro de la cultura a lo excéntrico, a lo mutante e híbrido, a lo monstruoso o a la alteridad. Dando a la vez la primacía a los altaneros, a los ampulosos y engreídos, creando un tipo humano sin generosidad, frío, frívolo, vacío, nutrido en los falsos valores, asumidos, defendidos y promovidos por los medios de publicidad. Negra escenografía de un drama espiritual, cuyo contendiente se apresura a condenar al justo y a justificar al réprobo, hiriendo al noble que hace lo recto, no viendo nada de malo en el impío, usando para todo ello medidas, pesas y balanzas falsas. Tarea de la lobreguez, en donde todos los gatos resultan pardos, pues los perversos no pueden amar el bien.     
   Abandono, pues, de la comunidad de fe trascendente, donde el individuo queda atomizado, expuesto al desdén rampante de la sociedad liberal, hoy en día llamada neoliberal, que insensiblemente, confiada en el puro progreso material, tiende a reproducirse inconscientemente a sí misma, en su totalitarismo tecnificado de aplanadora, encumbrando con ello a los impíos, con quienes viene el menosprecio, como viene con el deshonrador la afrenta.



III

   Individualismo autosatisfecho, solipsista y egológico, cuya búsqueda es más que nada la de la sola afirmación de sí mismo, y cuyo único mundo verdadero es éste mundo positivo, científico, mecánico, reducible a puros movimientos y sensaciones, en el que hay a su vez que afirmarse, confiando solamente en él, con todo lo que tiene de cambiante y engañoso, de condicionado y contradictorio, con entero desprecio a la idea de otra vida, por más que la visión del mundo materialista no pueda sino llegar a ser sino una proyección subjetiva, frecuentemente inmoral y dionisiaca, en cualquier caso anticristiana y en el fondo peligrosamente nihilista.

   La doblez de la hipocresía se sigue, a pasos contados, de la envidia. Rajadura, ruptura fatal, de ya no ser ni poder ser de una pieza, el hipócrita, escindido de los otros, pero sobre todo y esencialmente de sí mismo, se vuelve entonces otro: el falsario, el farsante, el bufón, el fingidor de la cultura, que falto del poder de la analogía y la poesía se da a la mezquina tarea de la ironía: a jugar irónicamente con el mundo visto estéticamente con una distancia absoluta y por tanto absolutamente distanciado de los otros.

   El peso de la máscara del fingimiento, de la hipócrita apariencia de ser lo que no se es, incurre entonces en la santidad fingida que, al dejarse seducir por Satanás o por Mamón, no puede estar en gracia con Dios. Fingimiento de conversión, que se manifiesta en la apariencia obstinada de simular que se más perfecto de lo que en realidad se es, no haciendo el bien, ni actuando por la verdad, ni buscando realmente la justicia, ni amando la inteligencia, despreocupándose por tanto de curar las yagas de la humanidad. Inclinación por el ídolo del dinero, cuya búsqueda de seguridad material y de posición social lleva a la naturalización del pecado, que es la corrupción, y a la debilidad de la espiritualidad tanto lógica como intelectual, o al pensamiento débil, donde no hay amor por la inteligencias y donde no hay ni puede haber negación de uno mismo, sino sólo la afirmación de sí del individualismo o de los intereses egoistas, y la autoindulgencia en la libertad del placer, propuesto como lo mejor que se puede obtener. Triunfo de la parte menos valiosa e inferior del alma, de naturaleza inferior y egoísta, en una palabra, que creyéndose digna de admiración y de alabanza en el fondo desprecia al otro, más que minusvalorandolo, devalorándolo o ninguneándolo directamente, no tomándolo simplemente en cuenta, que es el recurso de la indiferencia. Actitud propia de los falsarios y los bufones que, distorsionando la verdad estéticamente, dominan o golpean el alma del prójimo, sembrando en el otro, en cualquier caso, falsas expectativas e incertidumbres, angustias, fracasos y desesperanzas.    




IV

    Ignorancia de Dios y de la ley, pues, que se presenta como el mayor mal entre los hombres. Desacreditación de la ciencia del Santo, y con ella de la filosofía –que ha sido y seguirá siendo el intento de razonar la religión; de razonar por tanto sobre el misterio de nuestra doble naturaleza, a la vez mortal, por el cuerpo, e inmortal, por la parte mejor y superior de su alma; y la búsqueda de la bienaventuranza, que sería el camino de la salvación y de la virtud; y la crítica del camino del error, del vicio y de la muerte, cuyo compañero es la ignorancia y un falso concepto de la libertad, que lleva a los hombres a la perdición... a la perdición de su naturaleza divina o de lo divino que hay, por su  naturaleza, en su alma (Nous), y que neciamente empuja a los hombres guiados por las potencias inferiores a llevar una vida de crápulas o a embriagarse, a estar embrujados y como dormidos, entregados a sus deseos, olvidados de la idea de Dios y del respeto a sus divinas leyes, que son eternas. El resultado: filosofías irrisorias, cuando no ridículas y lamentables, de quienes haciendo el juego al liberalismo contemporáneo, a su desmesurado afán de aceleración de los movimientos mecánicos del hombre, o sometidos a la tecnocracia y a la lógica de la producción, quisieran reducirlo todo a un inane formalismo lógico, a una tablas de verdad que apenas aseguran la coherencia lógica del discurso conceptual, propio sólo para algunas regiones del saber, extrapolándolo injustificadamente a otras áreas de la cultura, o que reducen el hombre a un ser natural, sensible y puramente mecánico, que es propiamente el positivismo, barriendo con ello de pasada el lugar central que tiene, tanto para la estética como para la moral, la metafísica de la trascendencia. Perdiendo la filosofía así todo lo que tiene de antropológica, de visión crítica del hombre, en el sentido de ser una crítica de de la razón, pura, práctica y estética, no menos que de aquellas potencias que la merman, alienan o enajenan.

   O dicho con total economía: egoísmo e hipocresía que, al ligarse a las potencias progresistas más inhumanas de este mundo, desdeñan el querer bueno, que es el querer que las cosas existan y se desarrollen en su cabal acabamiento. Desprecio y ceguera ante la buena voluntad, pues, que es la característica activa más notable tanto de Dios como del hombre de bien y de provecho que hace sacrificios de justicia. Porque el hombre que hace el bien, crea en lo que crea, es quien realiza la voluntad de Dios, siendo la muestra y prueba fehaciente de su acción en la tierra: Dios en la tierra, identificado entonces no tanto con el hombre en la tierra, sino con su voluntad en la tierra, que propiamente es la parte de divinidad que nos corresponde en este mundo sublunar, y con la que podemos activamente participar, a la vez en el mundo y en la más íntima relación.con el orbe sobrenatural, que es también la parte más alta y noble de nosotros mismos.
 







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