sábado, 23 de abril de 2016

San Jorge y el Simbolismo del Dragón Por Alberto Espinosa Orozco

San Jorge y el Simbolismo del Dragón
Por Alberto Espinosa Orozco


   El dragón es uno de los símbolos más antiguos, permanentes y universales de la humanidad. Se trata de un género de reptil que tiene su propia constelación sideral (Draco) y que está asociado a brujas y demonios, siendo su valor simbólico tradicional  el de los enemigos del cristianismo, representando así el paganismo y las herejías, especialmente el arrianismo. Su imagen es la del monstruoso reptil que anida en las aguas de un pozo emponzoñando el aire con su pestilente aliento –representando así el pantano las aguas añubladas y decadentes del estancamiento moral y la corrupción de las costumbres. El combate entre el santo y el dragón viene a ser entonces una escenificación del saneamiento del maléfico pantano en que anida el reptil y la llegada del agua clara y de los aires transparentes del espíritu –punto en el que traer a cuenta la imagen de la victoria de Cristo sobre el dragón de la idolatría romana impresa en una moneda del siglo IV por Constantino, pero también la victoria sobre el animal por Donato, obispo de Epiro en tiempos de los emperadores Arcadio y Honorio, quien combatió exitosamente contra el dragón cuyo pestífero aliento envenenaba el aire circundante.
   De acuerdo con las tradiciones especializadas medievales se trata de un animal a la vez subterráneo y aéreo asociado a la vez al agua y cuya fuerza reside en la cola (chirrión del diablo o  flagelo del espíritu maligno). En efecto, “nuestro antiguo enemigo”, como lo llama San Agustín, es el animal más grande que existe sobre la tierra y está ligado al mar por los textos bíblicos bajo la forma del temible Leviatán y de Rahab. El dragón es así un monstruo acuático relacionado a la inmensidad caótica y estéril del mar y a las inundaciones catastróficas que desafían el ritmo pluvial y la estabilidad de las estaciones. Se trata de un hibrido monstruoso compuesto por la serpiente que se arrastra sobre la tierra, por el dragón que vuela por el aire (ingens draco)  y por el draco marino (anguis), el cual al ser derrotado huye al pavoroso ponto en lo más profundo del mar o es finalmente atrapado en una cisterna de plomo herméticamente sellada.



   El emperador Dioclesiano es así visto en la imagen mítica como un dragón, traslación metafórica a la que califica por el atributo de la maldad y tiranía con la que gobierna, siendo San Jorge la imagen de la guerra declarada a la naturaleza débil y corrompida del hombre, teniendo su combate por misión levantarla de nuevo, para que renazca y se regenere por medio del carácter imperturbable de la ley moral establecida irrecusablemente por medio del cristianismo y cuya infracción conlleva parejamente al desorden social una turbación profunda en el fondo de la conciencia. Sus armas contra el rojo error de la verde herejía no son entones otras que la espada de la ley y la lanza del fuego original, que fustigan el cuerpo espeso, la envoltura cada vez más pesada del alma envuelta en la pecaminosidad y al corazón endurecido como el diamante negro de la impiedad. Porque el dragón es también emblema del extravío del camino y la confusión de los órdenes, cuyo sitio en el psiquismo indica la retorcedura donde se revuelve lo más puro con lo más lamentable, trastocando así los símbolos de transformación por imágenes de apetitos impuros y grotescas figuras donde el alma pierde el recuerdo de su origen celeste al estar cada vez más prisionera en el amor desenfrenado por la materia y más y más embriagada por la voluptuosidad de los equívocos placeres mundanos de la vida.


   Porque característica del mal es la particularidad, el capricho que liga lo común a lo vulgar, lo fantasioso e infantil a lo contingente y equívoco, pues el dragón es símbolo del hombre apresado por el “yo” egoísta y vanidoso, codicioso de la apariencia superficial de las cosas, que gusta atesorar sin beneficio alguno objetos brillantes para sepultarlos en el antro tenebroso de la avaricia, viviendo así sin conciencia de las profundas raíces del ser ni relación con el hombre interior.
   La figura del dragón representa entonces un estado de conciencia arcaico: el del alma por completo ajena a la divinidad, que ni participa de la cualidad divina, ni reconoce su majestad, ni la inmortalidad del alma, ni pertenece propiamente a nada. Alma alienada, huérfana e inconsciente, arcaica y sin evolucionar, falta de educación anímica y estancada en un sombrío paganismo cuya falta de desarrollo espiritual la lleva a la indiferenciación de los órdenes y al aplanamiento y deformaciones de la conciencia, encontrándose aislada, escindida de los ritmos y rimas de la naturaleza, con la que ni se solidariza y de la que no participa, siendo por todo ello figura de lo artificial; también de lo furioso y violento que conlleva la imagen del Caos, del orden natural del universo roto por el hombre. Bostezo cavernícola de la gran boca vacía que todo lo succiona engullendo al hombre y haciendo perder el sentido a toda actividad humana al invitar a la orgía del antiguo desorden original. Así, el dragón simbólicamente personifica también a la idolatría, en cuya debilidad y pereza moral se extingue el alma humana presa en tinieblas, siendo por tanto emblema del mal absoluto (el Diablo o Satanás).
   Así, el género de reptil que es el dragón, en lo que tiene de degradación del hombre, de acercamiento a los niveles ínfimos de la creación, de participación en los niveles profanos y meramente biológicos de la condición humana carentes en absoluto de valor metafísico y trascendencia,  nos habla no sólo de la cobardía de la maldad, que tiene en si misma el testigo que la condena, también de su inconciencia insensata, que no quiere servirse de la ayuda de la razón, de donde surge el carácter colérico, violento e irracional, el cual acaba en el extremismo narcisista de alzarse a la categoría de arbiter mundi –pero que en realidad son los postulados decadentes de lo contra natura o de los procesos psíquicos impropios.


   El dragón, dibujado como glotón y sin inteligencia, simboliza la indiferencia e indistinción de los periodos caóticos que ponen en peligro las fuerzas mismas de la vida por medio de la “virtualidad” y la oscuridad, la sequía, la suspensión de las leyes y la muerte. Imagen que revela asimismo la suerte de los malvados que oprimen al pueblo consagrado, los cuales quedarán finalmente aprisionados por la oscuridad de la mirada y cautivos en la noche interminable de la materia, aterrados por ruidos y figuras que aparecen con pavor de insomnio y de horribles fantasmas -cárcel sin rejas que los acompañará a todas partes, abrazados a los sueños atormentadores del reino impotente de la muerte que de tal forma los reclamará como hijos suyos.
   San Jorge representa así la lucha abierta contra la idolatría, pues, que conduce a las almas al camino del mar y su estela sin destino, donde  pierden el recuerdo de su origen hasta ser succionadas por las aguas en que las almas mas bajas y malvadas quedan prisioneras en el barro de los sueños oscuros, desgarradas por los fantasmas nocturnos de monstruos y animales que toman el lugar del espíritu, hasta llegar a la pérdida total de la conciencia y su final destrucción en las tinieblas de la noche, en la involución del alma humana en la animal para su disolución final en la materia.
   Por su parte la lanza blandida por el santo es la ley y la palabra encarnada, el agua viva que brota de la fuente metafísica cual guía de luz para la humanidad y que las tinieblas no podrán nunca apagar. Porque el alma humana tiene de suyo una naturaleza religiosa, siendo las alegorías ad Christum specta arquetipos psíquicos, sellos que se graban en la conciencias despiertas como tipos interiores, cuyo efecto es indefinido y polifacético, poniendo en obra la personificación de la individualidad en el juego libre y espontáneo de las asociaciones y contenidos arquetípicos de la conciencia. Porque el alma, lejos de ser el pobre humo de un “ser arrojado ahí” (Dasein) como quisiera el psicologismo existencialista, es el reino esencial donde subsisten los valores sumos como bienes inmutables, prontos a ser despertados y activarse mediante el golpe e impresión de las imágenes eidéticas que buscan el desarrollo de la individualidad en la diferenciación infinita de la especie.
   Porque el alma es un ojo y una escucha al que le es dado ver la luz del espíritu y seguir la voz de la conciencia –siendo la tarea más noble de la educación trasmitir las experiencias interiores propias del alma. Porque ni la Ciencia Moderna de la Naturaleza, ni sus Filosofías instrumentales y analíticas, afectadas de ciego paganismo y lastradas de materialismo sordo, han podido matar el sentido del mito que alimenta espiritualmente al hombre sencillo; tampoco el mensaje religioso de Cristo ha muerto, ni sepultada la vida simbólica del Renacimiento, ni vencida la imagen poderosa de San Jorge. Porque en virtud de expresiones verbales e imágenes perdurables, articuladoras de situaciones de convivencia formativas del alma individual y del espíritu colectivo de una comunidad, seguimos aún hoy reverberando con las armonías de su leyenda, saciando en el río del tiempo la sed de nuestras almas y llenando con su luz los ojos al contemplar en el decurso del devenir universal las hermosas joyas cristalinas, brillantes cual  zafiros y esmeraldas,  cuyos emblemas de fe en el ciclo de cada año vuelven a rodar a nuestros pies para ponerse al alcance de las manos y ser abrazadas en el pecho por los abiertos corazones.


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