miércoles, 3 de febrero de 2016

José Luis Calzada: el Bazar de los Recuerdos Por Alberto Espinosa Orozco

José Luis Calzada: el Bazar de los Recuerdos
Por Alberto Espinosa Orozco

A ver cómo me aconseja
un corazón mal nacido
de dejar en el olvido
a Aquel que nunca me deja.”
José Martí




I
      El pasado 28 de enero de 2016 se rindió en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes un merecido homenaje al artista durangueño José Luis Calzada, con motivo del  reconocimiento a sus 50 años de creación plástica. Durante la celebración se presentó el libro José Luis Calzada: El Basar de los Prodigios por dos de sus más cercanos coterráneos, el crítico literario Evodio Escalante Betancourt y el poeta, editor y locutor José Ángel Leyva.[1]











   Hijo de un hombre humilde pionero del Cine Ambúlate al interior de la provincia durangueña, José Luis Calzada comenzó su carrera como decorador de las hechizas salas cinematográficas, en la serranías quebradas de San Miguel de las Cruces, donde su padre proyectaba en cintas de 6 milímetros  la imagen sonora, dinamizada y parlante, en mágicas sabanas fantasmales, levantando a partir de su taller de carpintería el primer cine regional, el cual al poco tiempo fue devorado por las llamas, debido a un descuido del cácaro o proyectista que se quedó dormido junto a una vela tan mortecina como incendiaria. La obra posterior del artista conservaría así algo de ese gusto por lo escenográfico que hay en el cine, algo también del misterio que se encierra en la silente comunión expectante de las salas cinematográficas y un gusto inequívoco por los personajes populares, como figuras dimanadas de lo más hondo de la comunidad o aportadas a la cultura por la sociedad misma. 




   El inquieto artista continuó su carrera años más tarde en la ciudad de Durango, asistiendo esporádicamente a algunos cursos impartidos por el maestro pintor Francisco Montoya de la Cruz, en el tiempo de esplendor de la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías de la UJED (EPEA), que fuera fabulosa invención del muralista, potente para convocar a los más conspicuos miembros de la sociedad provinciana de aquellos años, siendo fonadora de hombres y mujeres de valía. Perteneciente a la generación de Evodio Escalante, José Rodríguez “El Rolo”, Juan Antonio de la Riva y Roberto Soto de la Renta, quien marchó a vivir a Tijuana por 30 años, José Luis Calzada no tardo en hacer mancuerna con “El Van Gogh” de Durango, el talentosísimo y riguroso pintor Fernando Mijares Calderón, de quien aprendió el misterio de la trasparencia y la viveza del arte, y con quien formó dueto en la famosa quemazón de los cuadros de ambos artistas, en la Plaza de Armas de la capital del estado, en el año de 1970, en protesta por la mercantilización del arte –motivo que se les ocurrió debido a que, por la cerrazón del medio, ninguno de ambos artistas lograba vender su obra. Acontecimiento que se dio al calor del movimiento estudiantil que campeaba en todo el estado, acaudillado por los intelectuales locales Carlos Peyro y Ricardo Navarrete del ITD y Carlos Ornelas “El Talento” de la UJED, en la época en que el poeta anarquista Enrique Torres Cabral protestaba por tanto desacato a la decencia, haciendo huelgas de hambre, levitando en flor de loto frente a las puertas de la misma universidad. Eco de la toma del Cerro del Mercado de 1966, en la que también participó el incipiente artista, el movimiento estudiantil respondía a la malversación de fondos del erario público por parte del entonces gobernador y rico minero Alejandro Pérez Urquidi, pidiendo su destitución, hallando irregularidades también en la herencia a los pobres que había dejado el rico propietario Raymundo Bell, reducida por el mismo funcionario a no más que cenizas, y en la que 53 primarias del estado pararon actividades por consenso de la sociedades de padres de familia, culminado el movimiento con el bloqueó de la mina del mismo Cerro del Mercado por 131 días.


   Un año más tarde, un happening de protesta análogo lo repitió el artista en la Universidad de Guanajuato, segunda quemazón en la que estuvo acompañado por el músico y pintor Oscar Escalante -acto de destrucción creativo, cuyo objeto era el de, por medio de la alarma, despertar y mover a las conciencias respecto de la importancia de la labor estética para la sociedad. Era el tiempo en que Carlos Fuentes rondaba por la tranquila ciudad colonial en compañía de José Luis Cuevas y Carlitos Monsiváis, enrolados para la filmación de la película “Macho Callahan”, protagonizada por la hermosa actriz Jean Sebery y el burdo Pedro Armendáris Jr., de cuyas aventuras el escritor dejo unas memorias, tituladas finalmente Diana o la cazadora solitaria en que trata de los excesos y de la frivolidad del romanticismo amoroso. Tiempo, sin embargo, en el que no existían secciones culturales en los diarios, ni revistas literarias, pues al artista se le veía poco menos que como un cirquero dispuesto a hacer maromas, casi como un malviviente o como un payaso, destinado a plegarse al séquito de los políticos en turno bajo la lamentable forma del adulador profesional o de la abyecta lambisconería huera.
   Ante la falta de sensibilidad social respecto del arte y de los artistas, y de la absoluta ausencia de galerías o apoyos del estado, era imposible permanecer el Durango. Ante el clima político hostil, adverso y de absoluto desdén por el trabajo artístico, la consigna generacional no fue otra que la de salir del terruño amado para lograr un pleno desarrollo artístico, antes de ser devorados por la marginación política, de la que se derivaba por consecuencia lógica la exclusión social y la mendicidad. Situación que a duras penas empieza tibiamente a cambiar.
   Pasó un par de años en Monterrey, fungiendo como fotógrafo en la campaña contra la garrapata, gracias a un tío suyo médico que lideraba aquella cruzada. Luego de abrir el cerrojo del cerrado medio provinciano, encontró muchos amigos en los cafés y un ambiente cultural desarrollado –también a Nina, su pareja por muchos años. Era el tiempo en que las esposas de los industriales comenzaban a instrumentar todo tipo de programas culturales y se abrían galerías de arte, pues la Sultana del Norte, no contenta con su desarrollo económico, buscaba por todos los medios el desarrollo de las letras y de las artes todas.




II
   José Luis Calzada marchó entonces a la ciudad de México para instalarse en la Casa del Estudiante Durangueño, a partir de una primera incursión en 1968 -saltando del sartén para, en cierto modo, caer en la lumbre. Con la ambición de ser poeta abandona la pintura, colgando los pinceles por un tiempo para frecuentar Ciudad Universitaria, ombligo de la cultura patria, haciendo amigos en el célebre café de Ciencias Políticas, donde se reunían intelectuales y artistas variopintos, como Ignacio Manrique Castañeda y Marcelino Pereyó –sitios de reunión que luego fueron completamente desaparecidos y sustituidos por infames tendejones de torterías mal acomodados en los pasillos de la facultad. Se dedica así por los próximos cinco años a asistir religiosamente a los cine-clubs de las diversas Facultades. En la Facultad de Filosofía Letras y de Economía toma los talleres de poesía con el chiapaneco Juan Bañuelos (1932), cuyo humanismo totalitarista bebía de las airadas aguas del beligerante grupo poético-político de “La Espiga Amotinada”. Círculo frecuentado por disímbolos personajes universitarios, como Vera de la Rosa, Juan Villoro,  Bruno Montané y Roberto Bolaños, quien dejaría una novela testimonial de aquellos días: Los Detectives salvajes. Organiza posteriormente, en 1975, una lectura de poemas en la sala Laureano Roncal de la Universidad de Durango, causando furor.
   Se liga así al grupo de los poetas “Infrarealistas”, comandados por Mario Santiago Papasquiaro (en realidad Jorge Alberto Cendejas), parco poéticamente hablando pero inundado de lecturas, cuyo método era el vanguardista dadá de escandalizar a toda costa a las “buenas conciencias” burguesas, estrellando una silla plegadiza en su costado o escupiendo de ser preciso verdes gargajos en sus zapatos. Grupo de provocadores autodidactas y de atrabiliarios aficionados al arte de Mnemosine, que naufragaban en la ciudad, entre inmundicias sin cuento y deleznables borracheras, aderezadas con la psicodelia estéril y la escuela del libertinaje dejada como huella lacerada en la inconsciencia por los primeros existencialistas universitarios (Oswaldo Días Ruanova, Los Existencialistas Mexicanos, 1982). Momento permisivo de la vida nacional en que germinaban las flores urbanas del mal, a la zaga de La región más trasparente de Carlos Fuentes, en sazonados frutos del exceso, como De perfil o Se está haciendo tarde de José Agustín,  Pasto Verde de Parménides García Saldaña, Gazapo o Obsesivos días circulares de Gustavo Sainz –"literatura de la onda" como se le llamó, que tiene uno de sus antecedentes más notables en la tan esplendida como aterradora obra de Juan Vicente Melo La Obediencia Nocturna.







III
   Como los changos que vuelven por instinto a su mecate, José Luis Calzada volvió luego de aquel cúmulo de zozobrantes experiencias y correrías nocturnas, al oficio de la pintura, encontrando el equilibrio de la estabilidad perdida en la búsqueda de la maestría de su propia expresión plástica.
   Desde hace 30 años encontró su sitio en el Jardín del Arte de San Ángel, junto al Basar del Sábado, lugar que le permite, además de exhibir su obra, convivir con otros compañeros del oficio, como la artista y maestra normalista Lucia Techachal, o el pintor venezolano Luis Riera, absorbiendo y comunicando sus conocimientos plásticos entre los miembros del gremio. A pesar de lo que se dice de ese grupo de artistas, demeritándolos, lo cierto es que progresivamente ha ido subiendo de nivel estético, contándose entre sus participantes cada vez con más artistas egresados de San Carlos y de la Esmeralda, pues es un foro ideal para ponerse en contacto con galeristas, coleccionistas y escritores, y un lugar único para platicar directamente con el público amante del arte, y trabar contacto con políticos y sabios viajeros.
   Hace un cuarto de siglo el maestro Calzada encontró en el grabado un medio de expresión idónea a su temperamento, encontrando en los misteriosos espejos de cobre y zinc las matrices para sembrar la semilla de la reproducción gráfica, que puede ser adquirida a bajos costos, pudiéndose volver la obra plástica asequible a todo público. Sobre todo aguafuertista, ha practicado también sus buriles sobre linóleum y acrílico, explorando también las posibilidades gráficas de la xilografía -género artístico que en la actualidad empieza poco a poco a recuperar antiguas técnicas y a enriquecerse por mor de la maestría del oficio, ante la irremediable debacle sufrida por géneros más cuestionables, como las puntadas y ocurrencias ociosas de los performances o el ambiguo arte conceptual, sin sustento en disciplina estética alguna. Por lo contario, el grabado por si mismo exige la excelencia en el dibujo, el amor por la anatomía y la armonía de proporciones y perspectivas, desarrollando por sí mismo en el taller toda una moral del oficio, ligado inextricablemente a la tradición y a la perfección en el oficio. 








   Arte muy arraigado a la tradición artística nacional, en una línea que va de José Guadalupe Posada en Aguascalientes y Nazario Espinosa en Zacatecas, al taller de “Nuevos Grabadores” de la Esmeralda, constituido por Ignacio Manrique, Leo Acosta, Benjamín Domínguez y compañía, y al de la Ciudadela de Santamaría e Irene Arias, introductores del arte abstracto en México, pasando por el prolífico taller de Francisco González de León y el de la Gráfica Popular  de Leopoldo Méndez –sin olvidar a escala regional el heroico taller de grabado “El Perro Bravo”, que por años animo el querido maestro Tomás C, Bringas en las instalaciones del IMAC, en Durango.
   Otra vertiente de su obra es la desarrollada por medio de los adelantos tecnológicos de la era digital y la computación. Especialmente incorporando a su obra la técnica francesa del “ciclé” la cual, a partir de un dibujo original a tinta china sobre papel albanene, incorpora por medios computarizados a la imagen picados de partículas de color y diseños variados, cuyas posibilidades son prácticamente infinitas. La obra así intervenida pasa luego al taller de impresión sobre lona o tela, contando para ello con la ayuda del taller constituido por los expertos y amigos suyos Ricardo Guevara y Claudia Aquino, dando la obra trabajado en conjunto excelentes resultados plásticos. Un paso más allá, que el artista piensa instrumentar en su nuevo taller de Cuernavaca, el artista puede realizar intervenciones sobre la tela así impresa, dándole al trabajo final una serie insospechada de calidades estéticas. 
   Técnica de la que el artista ha dado ya una muestra en una carpeta para la celebración del 450 aniversario de la fundación de Durango, que contiene diez grabados con las imágenes de José, Fermín y Silvestre revueltas, Ricardo Castro, Andrea Palma, Dolores de Río, Neli Campobello, Francisco Villa y Guadalupe Victoria.    





  El amor al oficio y los indiscutibles dotas de hombre sencillo, de humildad campesina,  ha llevado al maestro José Luis Calzada a la excelencia profesional convirtiéndose en uno de los más importantes ilustradores de suplementos culturales y plaquetas de poesía en México, estando su obra en estrecha relación con las más elevadas expresiones artísticas del espíritu, como son el cine, la música y las letras. Su obra es por ello recurrentemente solicitada por importantes revistas y diarios de la nación, como La Jornada, Nexos, Siempre y Generación, obteniendo su trabajo reconocimiento por parte de CONACULTA, hoy Secretaría de Cultura, por sus copiosas aportaciones a la ilustración de libros infantiles y juveniles.






IV
   El arte de José Luis Calzada participa desde dentro de lo real maravilloso, pues tiene algo del encuentro con la magia de la aparición sorprendente de la imagen. Por lo mismo hay algo en sus imágenes que las emparentan con el cine, con la presentación dinamizada de lo propiamente escénico y hasta de lo espectacular, o bien con la escena íntima y sustantiva. Su obra puede definirse como una búsqueda infatigable de transparencia y de pureza, donde los paisajes nocturnos rondados por la luna, por los gatos y los bohemios vagabundos, van girando en su confluencia de notas sentimentales hasta tocar la aurora y el estallido de color que rompe el arco iris para derramar su cántaro en la visión de nuevo día por venir.
   Arte romántico, emocional, personal e íntimo, cuya búsqueda de luz lo hace a la vez lúcido y lúdico, comunicando poéticamente en sus diáfanas imágenes con la espumeante elevación de la alegría y el calor de la vida.  Es por ello que el rango estético cultivado por sus imágenes va de lo ingenuo a lo conmovedor, toca frecuentemente los planos superiores de la reconciliación con los ritmos y las rimas del cosmos, participando con ello en una realidad que me atrevería a llamar sagrada.








   Arte sencillo como el pan y el agua compartida, arte de comunión, pues, que se abre a un reino de claridad donde la transparente luz se anida entre las cosas para inyectar su sabia de amor, de alegría y de poesía, convirtiendo la obra del artista en un verdadero canto a la vida.
   Parajes del amor y paisajes del alma ofrecidos a la mirada, donde la cincelada definición de sus figuras perfila lo que el arte mismo es por su esencia: el lugar donde hacer vivir un lenguaje, donde la imagen objetiva una emoción, una cualidad o un afecto, una eclosión o segmento de sentido, y al hacerlo fielmente pone la imagen misma en perspectiva, arraigándola a una situación concreta, haciendo así significativa. Porque su lenguaje, vivificado por los poderes de la alegoría, del símbolo y de la imaginación, logra la espiritualización de la imagen. Quiero decir, su universalidad, su coincidencia, por semejanza y participación, con el contenido del arquetipo eterno –abriendo por tanto un puerto en la memoria, haciéndonos llegar a la otra orilla, reviviendo o actualizado así un tiempo o la duración de una vivencia, depositaria a su vez de un valor, de una luz, de una calidez y, porque no decirlo, también de una mirada, estableciendo con ello un diálogo.
   Mundo vivo, pues, de comunión y de signos y arquetipos, que van directamente y sin complicaciones al lugar donde está impresa la figura esencial o la idea abstracta, inmaterial e intangible, como fuentes originarias donde mana el blando borbotón natal del tiempo, con sus cascadas de música y cristales cantarinos.







   Arte que se mueve así sobre el telón de fondo de la dualidad simbólica primigenia, de los dos grandes astros que nos rigen en la elipse de su juego de consonancias y atracciones, abarcando con ello el orbe entero de la totalidad. La plateada luna reflexiva sobre el azul nocturno que flota ingrávida entre las nubes y sol de oro rutilante, determinan así en su baile sideral la gama de su traslúcida paleta: terracotas, ocres, sepias, ladrillos, amarillos, escarlatas, apenas atenuados por la fría melancolía de los tonos marinos y celestes de la noche.
   Porque la obra de José Luis Calzada convive todo el tiempo con realidades de orden superior, cósmicas, pero también simbólicas y metafísicas, teniendo cada imagen como tarea encender el alma del espectador y a la vez la de iluminar el mundo. De llevarnos por medio de la imagen a la realidad del valor, caminando con nosotros de la mano hasta el mismo lugar de la memoria, donde surge la riente fuente del principio, al tomar aquél origen como modelo, sacando de él una imagen o impresión sensible analógica, que vuelve al contemplador como un sello potente para despertar a la memoria.  
   Tarea específica del arte ha sido siempre la búsqueda del arquetipo, de ese sello o matriz primordial de las figuras; también la de dotar de vida y animación al mundo en torno, la de derramar la luz sobre las cosas para animarlas de acuerdo a la escala del hombre y del espíritu y así sublimarlas. Porque el sentido social del arte ha sido siempre el mismo: educar al hombre en la contemplación de la imagen para desarrollar en él los sentimientos sociales, más altos, del espíritu. Educación emocional que invita a comulgar con las estrellas, las aves y los peces de los ríos, para identificarse y solidarizarse con la vida y con los otros, haciéndonos pertenecer a un mundo de valores, de ideas y de ideales, curando la escisión originaria, participando por mor de la conciencia estética de la plenitud de la creación.
   Voluntad de forma, que pone manos a la obra, y voluntad de estilo, que se abre a las formas vivas: de magos que sacan sus prodigios de chisteras, de ángeles que nos llevan con sus alas o protegen con su espada, de pordioseros adivinos y románticos transeúntes, de hermosas ciclistas que pasean en idilio con el sol entre los bucólicos árboles de la tarde o de misteriosas sirenas y caracolas submarinas. Obra poblada de figuras cuyos tornasolados reflejos muestran las variedades sin fin de las esencias y su pertenencia plural a la forma primera de la idea.
   Arte campesino, es cierto, donde se respira una honda flora y se procura la hermandad con las estrellas. Búsqueda de pureza, de luz y de iluminación, que tiene la densa transparencia nutritiva del agua y la ligereza libre del aire, que es a la vez canto a la fertilidad de la creación y participación con los ritmos estacionales de la vida. Arte de verdades sencillas, alimentado por viejos relatos y leyendas, que atento al espíritu del pueblo reivindica a sus figuras primordiales, y cuya voluntad ascendente, entreverada de mística y poesía, tiene como objetivo conducirnos a las realidades más altas del cosmos y del espíritu
   Porque la obra del maestro José Luis Calzada es la de un arte humilde y con con sordina, también un arte de sonrisa cargado de optimo y esperanza. Artista que con las prendas de la constancia, el valor y la autodisciplina ha logrado afrontar alegremente los retos de la vida, alcanzando a realizar sus sueños cordiales, al estar su labor cargado de confianza metafísica e incluso de fuerza redentora, por hacernos fielmente contemplar las realidades más hondas de la intimidad de la persona, participando conjuntamente de la belleza de la Creación y de la magnificencia que al través de ella se revela.   





[1] José Luis Calzada: El Basar de los Prodigios. Ed. ICED con la Revista “La Otra”, el Centro Artístico Analco, Estéreo Tecnológico y la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED). Durango, Mex. 2014. Libro que se presentó en Durango en abril del 2015 en el Museo Francisco Villa con la presencia del autor. 







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