martes, 23 de febrero de 2016

El Grado Cero de la Voluntad Por Alberto Espinosa Orozco

El Grado Cero de la Voluntad
Por Alberto Espinosa Orozco


    El equilibrio de la compleja naturaleza humana (que es natural y sobrenatural, intelectual y emocional, egoísta y altruista) solo se encuentra en la virtud, que es la conducta que procura la perfección equilibrada –que se individualiza personalmente, pero que sólo puede lograrse políticamente, de acuerdo a valores intersubjetivos totales como la felicidad, hasta subjetivos (como puede serlo la satisfacción en el cultivo de alguna afición o disciplina: para uno tocar el tololoche, para otro escribir poesía, para uno más cantar, etc.), lo cual se explica por ser los sujetos históricos no sólo individualmente distintos, sino diferentes.
   El egoísmo alcanza su límite de expansión equilibrada en la afirmación de la propia voluntad, sin imponerla a los demás. Alcanza su perfección cuando antes de avanzar sobre la voluntad ajena se acerca a los demás con espíritu de identificarse con ellos, dejándolos libremente ser ellos mismos y experimentando la simpatía de la identificación intelectual o emocional de tal manera que la propia personalidad se enriquece con la experiencia de la convivencia en la identificación emocional o intelectual, expandiéndose, dilatándose, esponjándose la propia libertad con el espectáculo de la variada riqueza de la realidad.
   El valor del liberalismo es la corona de la virtud equilibrada del egoísmo; el respeto e incuso la complacencia en la individual personalidad del ser humano –que es anejo al respeto por las libertades de creencia y expresión y que se postula como máximo valor del humanismo. Más que unanimidad uniformada, complacencia, pues, por la pluranimidad y maravillosa riqueza de lo humano y del Universo todo.
   Sin embargo, el egoísmo empieza a acusar una tendencia desequilibrante cuando recae en el atávico impulso de hostilidad contra el extraño simplemente por serlo, por pensar, creer o sentir de otra manera –impulso de hostilidad que se expresa primariamente mediante la indiferencia, dejando al otro por decirlo así chiflando en la loma. Las formas socialmente codificadas de agresión al prójimo empiezan incoándose con el olvido del otro; subiendo de grado por medio de la intimidación, el chantaje y la provocación.
   Como ha visto Schopenhauer el grado cero de la voluntad, el grado en que el corazón se congela y se endurece la nuca. Empieza con la indiferencia, con el no distinguir al otro y en este sentido borrarlo de la visión, no teniéndolo, por ejemplo, en cuenta o “haciéndole vacío” –que es la razón, o mejor, la sin razón de ser del “descarte” o de la exclusión. Pero puede bajar de grado hasta el punto de la vanidad, que es el encierro sobre sí mismo, o más gravemente aún, del orgullo: de imponerse al otro por la fuerza, a como de lugar; su manifestación intelectual sería la de la ortodoxia dogmática: el de imponer a otro el propio pensar, sentir o creer –hallando sus formas más refinadas en el adoctrinamiento y más descaradas en la convención de la uniformidad institucionalizada. Al otro se le excluye entonces por no pertenecer al grupo, a una corte de allegados o sellados, por pensar y actuar de distinta manera, por salirse de las cabezas… del rebaño.
   Se trata entonces de la afirmación egoísta de la propia voluntad pero que va más allá de sí misma avalada socialmente, invadiendo así la esfera de autonomía de la voluntad del otro y, en este sentido, oprimiéndolo. Se trata de hecho de una contracción de la voluntad y de su endurecimiento concomitante, de tal manera que la propia voluntad se convierte en negación de la ajena. Su forma más tenue de expresión es la falsa promesa, la cual crea una esperanza en la voluntad del otro cuya expectativa queda defraudada. La voluntad propia que niega la ajena se expresa así con alguna energía negativa e impositiva, cometiéndose por tanto alguna injusticia –haciendo nacer una ofensa en el paciente, quiero decir el surgimiento de un dolor interior al ver negada su voluntad y un remordimiento de conciencia en el agente de la imposición al llevar a cabo una invasión negativa y no consentida en la voluntad ajena. Así, lo que propiamente se llama egoísmo es el punto de vista unilateral que se desapega de los intereses del otro en provecho del propio bienestar, llevando a cabo así una acción inmoral, al infringir al otro un dolor interior al tener que soportar una injusticia.
   El hombre egoísta es en efecto aquel que considerándose el centro del mundo se siente a la vez empequeñecido hasta la nada como la gota de agua en el mar, preocupándose así en tal contrariedad sentimental solamente por su propio bienestar, dispuesto a sacrificar todo lo que no es él para afirmar su propia persona –adoptando por tanto la figura estética de la vanidad o de la presunción y exponiéndose por ello mismo al ridículo –actitudes que se vuelven funestas cuando son adoptadas por la masa desatada emancipada de toda ley. 
   Su figura más lamentable la alcanza en el fariseismo o en la hipocresía, que es la sólita actitud del resentido egoísta, que protege su esfera de autonomía autárquica presumiendo públicamente de obras de caridad, de beneficio social o de altruismo, pero que sólo usa para llevar agua a su molino, blanqueando así la fachada de su sepulcro, pero que, como la garganta de la parábola, está habitada de gusanos carroñeros y rondada por las tinieblas espectrales de la muerte -contrayendo con ello el peor de los defectos o fallas morales, que es el de la dobles de la personalidad o propiamente hablando la hipocresía, cuando el individuo sobre ser un egoísta es además un estafador.
   Por lo contrario, la acción altruista es aquella que sacrifica el propio bien en provecho del bien colectivo o del bien común, por m
or de un ideal y de una idea superior del deber de la persona y de su función social no desvirtuada por los intereses egoístas –actitud, habría que agregar, tan contraria al rabioso individualismo, vanidoso, orgulloso, ampuloso e hinchado de nuestro tiempo crítico.




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