lunes, 1 de febrero de 2016

De Nuevo el Capital Por Alberto Espinosa

De Nuevo el Capital
Por Alberto Espinosa


   El "nuevo capital" es la consecuencia directa y final de un mundo dominado por la ambición económica y materialista, cuyos valores no son otros que los de la libertad irrestricta (el proyecto de vida de los existencialistas) y el logro del poder económico y social. La teoría de C. Marx del capital y la filosofía del materialismo histórico que acuñó con F. Engels, ese empresario de hilanderías, representa la expresión más cumplida del protestantismo alemán, luterano, de la moral del trabajo sin segundos planos metafísicos, cuyo único horizonte, ya depredado de la estorbosa flora de la religión y su universal simbolismo, no puede ser otro que la ilusión del progreso técnico, metálico, de automatización productiva, industrial, en cuyo robotizado mundo de bienes de consumo solo resta el tiempo libre suficiente para consumir las tan codiciadas sustancias de este mundo, siendo su espíritu mismo el de la mecánica tecnológica la aceleración de la velocidad,por medio del transporte de objetos, personas y energía, para alcanzar en esta vida, a delectarlos, lo que conlleva de suyo por tanto la aceleración del tiempo individual... y de la historia. La teoría marxista se vuelve así una inmensa petición de principio, autoritaria, dogmática, totalitaria, cuyo único fin es la instauración a escala global de ese reino de la "religión inmanentista" -en abierto combate, por consecuencia estrictamente lógica, con la filosofía, entendida en su sentido cabal y sistemático, como la ciencia de los primeros principios o teoría de las esencias puras, cuyo objetivo es mostrarnos, como a su manera hace el mito con un lenguaje alegórico, el lugar del hombre y del individuo en el cosmos.
   Por más que se rebusque en la teoría económica de los nuevos socialistas, en cierto modo por lo mismo retardatarios, no se encontrará jamás un desarrollo sistemático de la ética o, cuando menos, de un arte de la vida como en Schopenhauer (Parerga y Paralipomena), ni mucho menos una estética bien parada (como la de Nicolai Hartmann), sino una obsesiva vanidad rayana en la soberbia de genial propagandista del pensamiento propio, de la propia personalidad, expresión que es el rasgo más notable de su socialismo teutón o su inextricable hegelianismo: el rampante individualismo sordo, autoritario, dogmático, que se sirve de lo que sea, del obrerismo, de la injusticia contra los huérfanos y las viudas, de la religión misma de ser posible, para a sí mismo ensalzarse. Inmune a toda crítica, impune, la teoría marxista lleva en su seno los gérmenes de su propio personalismo autodestructor, al erigirse en verdad revelada, intocable, tachando de insolencia cualquier corrección o reforma a su temario, sintiendo sus prosélitos toda discrepancia teórica como un ataque a su propia persona, que conmueve el edificio de su propia pirámide, que mina la amalgama broncínea de su propia efigie, diciendo, como el infausto D.A. Siqueiros en su día: "No hay más ruta que la nuestra" -por más que esa ruta sea la de la ruptura con la tradición cultural y la oscura alianza entre empresarios y demagogos por sistema, y por sistema de la burocracia oficial. 
   Así, en la base misma del obrerismo economicista de Marx, lo que en realidad late no es el afán de justicia, ya abandonado el camino de rectitud de la piedad cristiana, sino el mezquino culto a la propia personalidad -rémora de toda praxis subsecuente de su teoría económica elevada a conciencia de clase de partido hegemónico reinante. Su modelo, la sociedad cerrada de bebedores de cerveza encerrados en el gueto alemán de Londres, que al plegarse sobre sí misma engendra el orden mismo de la enajenación y la injusticia (como efectivamente engendró una hija del mismo Marx con una desentendida criada dedicada a limpiar de los gigantes tarrones teutónicos la baba inculta de aquellos bárbaros del protestantismo laico, guiados por el espíritu de Odín, de la dominación y de la guerra, de la contradicción y del conflicto y del odio de clases morales).
   Los valores perseguidos por la izquierda y la derecha modernas, como se ve ahora en las alianzas contra-natura que los reúnen, corresponden a la lógica tiránica de los engranajes económicos del materialismo, ya purgados de la retórica ociosa del bien común y del desvelo por el bien del prójimo (valores de feo tufo cristiano: de autonegación personal, sacrificio personal y caridad). Dándose la mano desde ha mucho detrás de los telones, en el contubernio entre la retórica obrerista y el economicismo pragmático de los emprendedores, salen hoy día desvergonzadamente a la palestra pública para anunciar su enlace próximo, ensalzados a sí mismos en sus posiciones extremistas, besándose tan pública como impúdicamente en sus espejos personalistas de irredentos narcisos progresistas, desdeñando abiertamente toda posición central, o el camino del centro que lleva al núcleo íntimo de la persona.
   Pragmáticos sin reflexión alguna que han confundido las perlas de la política, que es su centro anhelo de servicio y de mejoramiento de las costumbres, y afán de justicia, con el lodo de sus intereses personales de grandeza económica y poder material a una, instalados en medio de un mecanicismo tecnocrático vertiginoso, cuya frenética aceleración los hace romper los hilos que los unían con su propia sombra, disparados a la estratosfera de las especulaciones mercantiles, para usufructuar las grandes estructuras desmanteladas que se desprenden a pedazos, en grandes moles de servicios privatizados, desgajados del proyecto del estado benefactor, hoy completamente en ruinas y totalmente desmantelado por esa dupla de los tan eminentes como grises retóricos de la contingencia y los astutos predadores de la plusvalía materialista. 



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