sábado, 9 de enero de 2016

José Manuel González: el Tormento y el Éxtasis Por Alberto Espinosa Orozco

José Manuel González: el Tormento y el Éxtasis
Por Alberto Espinosa Orozco




I
   Con la muerte del artista verdadero que fue José Manuel González Rivas (Durango, 13 de diciembre de 1953-Durango, 26 de diciembre de 2015), se cierra todo un ciclo para la cultura local, representando su obra un ejercicio radical de creación estética y pasión por el placer superior, espiritual, que hay en el arte, siendo su trabajo una especie de microcosmos en que se presentan los conflictos más apremiantes de su terruño querido y, por extensión, de la humanidad misma como tal. Personaje indispensable y por tanto insustituible de la cultura autóctona local, que en si mismo portaba sus caracteres, anhelos y aspiraciones más acendradas, también los estigmas de la época existencialista y de crisis de los valores que le tocó en suerte vivir, hallando para ello, a través de la intensa experimentación vanguardista y del sufrimiento de la creación, inéditas soluciones a los patentes conflictos lógicos y vitales de nuestro siglo y mundo mediante un arte original, de gran fuerza expresionista, esencialmente trágico, pero no exento de ironía e incluso de humor y comicidad.




   Nació, creció y murió en la Zona Centro de la ciudad de Durango, en el #203 de la Calle de Santa María, por el rumbo de José Martí, Ciénega y IV Centenario, a dos cuadras al sur de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Cursó sus primeros estudios en el Colegio Guadiana y el Instituto Durango, conservando para siempre el estilo alineado en el vestir y una esmerada educación, que se distinguía en su trato al ser a la vez en extremo cortes y deferente. Siempre pegado a su madre Rosa, mujer de porte distinguido y de humildes faenas, abrevó también del estilo de su tía Elena, sofisticada empleada de los comercios más conspicuos de su tiempo. Estudió luego en el Instituto Juárez, por la época en que adquirió el grado universidad para convertirse en la actual UJED. Se asomó la las clases de pintura de la Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías del maestro Francisco Montoya de la Cruz, en la que tomó algunas clases, para entrar temporalmente a la carrera de medicina, donde se apasionó sobre todo por la materia de anatomía –siendo con posterioridad en algunas ocasiones ayudante en operaciones quirúrgicas. Marchó a Guadalajara, donde estudió por un tiempo probando la vocación de seminarista y regresó a su tierra natal para estudiar guitarra y piano en la Escuela Superior de Música, ubicada por esos años en la calle de Negrete #400, instrumentos en los que por años ejerció como maestro en varias instituciones escolares, como el Colegio Americano.
    Volvió así al rincón cordial del alma nacional, de su amado Durango quiero decir, del que prácticamente no se movió en el resto de sus fatigas y sus días, siendo durante muchos años una presencia viva, gran caminante de indiagramables recorridos que atrapaba en sus insólitas pesquisas maravillosos objetos de todas clases, desde obras de arte hasta antigüedades, los cuales igual que aparecían, desparecían del pequeño departamento hogareño en el que vivía, de notable frugalidad y carente de todo mueble, adorno u ostentación que no fuera el de algún objeto de mérito estético, conservando hasta el final de sus días la escultura de una cabeza humana, perteneciente a un escultor de la moderna escuela de Montoya. Frecuentó los cafés de la localidad, animando con sus obras, angustias, congojas, visiones e interminables conversaciones la vida artística local, dando razón a los contertulios de un sinfín de anécdotas,  siendo amigo de intelectuales, escritores, pintores y escultores, dibujando con ello en el espacio sonoro de la plática a la vez la gesta de un puñado de hombres resistentes, en incesante lucha por la superación anímica y profesional, y por el desarrollo educativo de su terruño.
   En la misma calle de Santa María, por una extraña conjugación de los astros, conoció y trató al inédito artista Fernando Mijares Calderón, el Van Gogh de Durango, vecino de toda la vida, que pronto se convirtió en su mentor, cómplice de correrías en la inquerida bohemia citadina, y en su guía y maestro estético, al que siempre le guardo gran admiración, infundiendo en el joven artista un irrenunciable amor por el arte, cuya pasión se convertiría en la preocupación central de su vida, trabajando infatigablemente tanto en los procesos experimentales y matéricos del arte,  como en el ejercicio del acto puro de la creación estética. Aprendió desde joven el arte del dibujo con el artista Jesús Gómez, junto con quien vendió emocionado el primer libro teórico y lírico de Fernando Mijares, Los deslindes de la tierra árida, hoy auténtica joya bibliográfica local, que fue editado en Gómez Palacio por cuestiones de costo, y que celebraron ampliamente, vendiendo el extraño volumen en las inmediaciones del Hotel Casa Blanca o tomado proletaria champaña (mezclado el ron con la cerveza), en el descarapelado estudio del pintor junto con el poeta Renato Leduc.
   Con el paso del tiempo fue protegido de algunos intelectuales regionales, como Héctor Palencia Alonso, siendo apoyado por el coruscante orador desde los tiempos del FONAPAS, y al que a su vez el artista acompañó desde la creación del ICED. Gozó de la simpatía de otros muchos escritores de renombre, como Enrique Arrieta Silva, Evodio Escalante Vargas, Mauricio Yen Fernández,  Gabino Martínez, el Lic, Armando Nuñéz, Petronilo Amaya Díaz, Benjamín Torres Vargas y Enrique Torres Cabral, siendo algunos de ellos coleccionistas de su obra, cuando no modestos mecenas, como el doctor Reinaldo Milla, la Familia Martínez Mijares, o el oftalmetrista Homero Andrade de la Torre, ocupándose de él en su penosa enfermedad, con real abnegación altruista y desprendimiento humanista su vecina de Santa María, la Señora Doña Beatriz “Ticho” Tinoco.






II
   El acto de creación fue para el maestro José Manuel González el centro de su actividad artística y eje de su vida durante su etapa final de un cuarto de siglo, dedicándose de lleno a la experimentación y ensaye de su arraigada vocación artística como dibujante, bajo cuya disciplina inventó una técnica completamente original y adaptada a sus posibilidades reales y a las limitaciones materiales impuestas por el medio en que le tocó desarrollarla.
   Partiendo de las lecciones como observador recibidas de su maestro Fernando Mijares, que en el último tramo de su recorrido vanguardista probó su doctrina del “Pluralismo Estético” con materiales de polvo de anilina y  pelotas de esponja partidas a la mitad a manera de poderosas imprimaturas, José Manuel González empezó a probar los rudimentos de su técnica personal por el año de 1995, combinado las ideas de David Alfaro Siqueiros del “accidente controlado” con los materiales más simbólicos que quepa imaginar: como son las cenizas del cigarro que, a manera de manchas, esparcía sobre la hoja en blanco, delineando sus figuras con goma borrador, obteniendo con ello efectos y formas maravillosas y sorprendentes, que luego refinaba y componía ayudándose de su imaginación creadora, hasta lograr una serie de verdaderos arquetipos del inconsciente colectivo, de imágenes indelebles que duermen en el fondo más profundo de la conciencia humana, inaccesibles para la razón o el pensamiento diurno, y que alcanzan por ello mismo frecuente el grado de la universalidad en su expresión plástica. Su técnica fue refinándose con el tiempo, sustituyendo la ceniza de cigarro por la de papel periódico, que da tonos más negros, añadiendo esporádicamente apenas algunos tonos areniscos de pigmentos de color a algunas de sus obras: azul, sepia, amarillo o rojo, usando como espátula dos tipos de goma cortadas, una blanca y la dura “T 20”. Técnica y estilo estrictamente personales, bajo cuyos procedimientos logró fundir el magma volcánico del fuego al mágico soplo de la vida primigenia, debajo de cuyas efímeras nubes iban surgiendo impecables volúmenes y formas de intención escultórica y de inusitado dramatismo expresionista, centrando su “arte pobera” en una serie de retratos o de cuerpos enteros, con especial atención a la significación anímica que expresan las diversas morfologías de los ojos y las cejas, pero también de los gestos de la boca y de la encarnación de los labios, hasta constituir a partir de ellos la unidad de un rostro –que sería mejor llamar una figura, significante alegóricamente de una conformación humana, casi me atrevería a decir que de un mito, que por ello mismo se repite en sus manifestaciones concretas en un sin número de veces de la vida real. Retratos expresivos de las miradas, espejos del alma, pues, y de la boca, con la que el hombre come y bebe, pero también lo mismo bendice, que blasfema o maldice.
   Al igual que Siqueiros, se servía de una serie de fotografías que coleccionaba, recortaba o retenía en la memoria retiniana, traduciendo por medio de su imaginación las formas en intensos arquetipos del subconsciente, plasmados en términos de profundos claroscuros los reinos humanos de la noche oscura del alma o del día esplendido. Por un lado, el tema de los tipos populares, donde pasan revista lo mismo pelados que lisiados, réprobos que miserables, publicanos que famélicos revolucionarios, guardando esta sección dos capítulos especiales, uno dedicado a los desgarradores desnudos femeninos, y otra a los  más necesitados de ayuda y caridad, como es el grupo de las viudas y los huérfanos, frecuentemente unidos en un abrazo de desolación fatal y donde su arte alcanza los más altos timbres estéticos de lo conmovedor, haciendo pensar lo mismo en  las obras de Juan Rulfo que de José Clemente Orozco, en un arte a la vez sentimental y profundamente nacionalista, en donde no faltan los héroes del panteón mexicano, de Benito Juárez a Pancho Villa, de Agustín Lara a Tongolele y Dolores de Río, y en donde figuran también los tres grandiosos muralistas: el mismo Orozco, Rivera y Siqueiros. Por el otro, los surtidores ideales de la más alta espiritualidad y de esperanza, en un abanico que va de los profetas del Antiguo Testamento al Jesucristo coronado con la sangrante diadema de dolorosas púas, y que se extiende hasta completar la esfera cósmica con las figuras inmortales del Quijote y de los dioses clásicos de la antigüedad greco-latina, donde desfilan lo mismo Apolo que Vulcano o donde se asoma la Quimera o nos visita  Mercurio con su sombrero mágico y su capa invulnerable de invisibilidad. 










   
III
   José Manuel González Daher comprendió así, mediante el trabajo de un arte sentimental, profundamente conmovedor y emociónate, la función educativa más radical del arte: desarrollar los sentimientos reprimidos, ocultos, pero latentes en el inconsciente colectivo del espectador. De sensibilizar, pues, a sus coterráneos para la profunda contemplación estética, mostrando lo mismo los profundos misterios de la noche tormentosa del alma, que la promesa de la refulgente gloria del día increado y por venir. También que el acto creativo es un proceso que actúa en el interior del artista, proponiendo en sus pautas y pronunciamientos una solución a los más serios conflictos existenciales vividos desde el interior de la persona, operando una secreta alquimia transformadora, enderezada en el sentido de sanar al alma de sus yagas, superando con ello la fealdad de la tristeza, sin cabida estética, por más que tal elevación artística nos arroje a la playa, un poco estéril, de lo meramente elegiaco, donde se trenzan como en río las aguas de lo nostálgico y lo melancólico para volverse, sin embargo, fértiles, saliendo por tanto de las terribles sombras de la noche y de la muerte, al renacimiento del nuevo día. Porque a fin de cuentas, solo se puede encontrar lo que se pierde, como sólo después del letargo y del sueño se alcanza el pleno despertar de la conciencia. De la misma forma que de la muerte nace la vida.


   El arte del maestro José Manuel González se presenta así orgánicamente y en su conjunto definitivo como todo un microcosmos  de resonancias totales y trascendentes, potentes para dar sentido a toda una vida de sacrificios incontables y de auténtica generosidad. Poniendo así mismo de manifiesto que en el arte hay un placer inigualable, sólo comparable humanamente con el del descubrimiento de la investigación científica, por permitirnos acariciar sensiblemente la idea pura de la paz y la armonía con el todo. Así, si el acto creador lo experimento el artista con toda la complejidad que tiene logro y de éxtasis, dejó en cambio para los espectador la experiencia sentimental del arrobamiento ante su obra, comunicando sus  figuras la emoción verdadera con una parte de nosotros mismos, en que reconocer el vértigo de nuestra naturaleza caída y la vacuidad de la ilusión del mundo, pero también la belleza de la gracia y la emoción sublime de la reconciliación con la ley moral y el eterno orden de la creación. Esfera indivisa donde se conjuntan los misterios lunares de la noche con el orden de la luz del día, y de los que participamos en sus signos, en sus cifras y en sus ritmos, no menos que en sus ciclos cósmicos de cierre y apertura, de muerte y renacimiento. Ciclos en los que el artista, al solidarizarse tan firmemente en su acto de creación y de entrega a una sociedad,  encontró finalmente su destino, dejando en su infatigable paso por el arte las huellas ciertas de su marcha trascendente por el mundo. 





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