martes, 30 de junio de 2015

El Folklórico Alacrán de Durango Por Alberto Espinosa Orozco

El Folklórico Alacrán de Durango
Por Alberto Espinosa Orozco





  En lo que respecta a las letras, el folklore durangueño no ha dejado de imprimir las huellas del maléfico alacrán. En el famoso soneto de 1805 de Rezmira sobre Durango ocupa así su lugar de honor:

Soneto a Durango

Dan al Ser de los seres homenaje
asiduo, sus piadosos moradores;
como no hay petimetres corruptores,
ni se vio ni verá libertinaje.

Cielo sereno que el brillante traje
casi siempre nos muestra sin vapores;
algún lujo en las damas y señores,
que hace con la escases mal maridaje.

Un tranquilo y pacífico gobierno,
la gente en general amable y grata,
placido otoño con benigno invierno

tenemos en Durango; pero mata
de alacranes y pulgas un infierno;
víveres caros y ninguna plata.




   Soneto publicado en el Diario de México el 6 de diciembre de 1805 por Rezmira, pseudónimo del autor, cuyo anagrama apunta probablemente al padre del famoso historiador José Fernando Ramírez, quien en ese tiempo tendría dos años de edad.

   Castillo Nájera dice en su célebre poema “El corrido del Gavilán”:

Hubo un tal Jesús Cienfuegos,
por alias el Gavilán,
siempre metido en rejuegos
y bravo como alacrán.

   También las mujeres participan de la analogía con el alacrán, pues como reza la cultura popular:

La mujer es como el diablo,
parineta del alacrán,
cuando ven al hombre pobre
alzan la cola y se van.

   Así, avecindarse en Durango, donde “cuatro reales vale un chango” y es adornado con 6 meses de huracanes (de noviembre a marzo) y otros tantos de alacranes (de abril a octubre), infestado por las plagas de chinches, piojos y alacranes, ha sido para muchos lo mismo que salir del trueno para dar con el relámpago.



   Calificado de déspota, filisteo y aun de tirano, el alacrán durangueño ha sido motivo de alarma y preocupación para la religión, donde como anticrotálico encuentra como protector al Santo Jorge, patrono de la ciudad en la oración que reza:

Oración a San Jorge
   “Invicto mártir de Jesucristo, gloriosísimo San Jorge, que alentado por una fe finísima despreciaste las halagüeñas promesas de Dioclesiano, igualmente que sus amenazas, yo te doy los más festivos plácemes, porque estás gozando de una gloria eterna, gózala, en hora buena. Que yo, entretanto, confiado en que no desatenderá los clamores de sus devotos, que tuvo piedad para pedir por los mismos que lo estaban atormentando, te suplico que me alcances de Dios Nuestro señor la gracia de estar bajo tu protección, para librarme de los males y peligros que a cada paso me amenazan, por aquel consuelo que recibió tu espíritu al oír la voz del cielo que decía: 
“¡No temas Jorge, que yo estoy contigo!”,
Te suplico que estés tú conmigo y no me desampares hasta ponerme en puerto seguro, y libre de caer en las manos del dragón infernal. Amén.”

  Oración que recuerda aquella otra, tradicional, que die:

“San Jorge bendito,
amarra a tu animalito
con tu cordón bendito,
y que no me pique a mí,
ni a otro pobrecito.”

   Se dice también en la tierra de la Nueva Vizcaya que al que le hacen las hormigas no le hacen los alacranes. Puede agregarse que los tlaxcaltecas que acompañaron al sanguinario Nuño de Guzmán en la primera exploración al Valle del Guadiana llamaron a esta tierra Coatlán o tierra de alacranes, según puede verse en el códice del Lienzo de Tlaxcalá, región que abarca desde el río Tunal hasta la región volcánica del  valle de Malpaís, al que también llamaban “el Valle de la Muerte”. Se sabe por el testimonio de Bernal Díaz del Castillo que por esas mismas fechas el Conquistador Hernán Cortés fue picado en su casa de Cuernavaca  por un alacrán, mandando realizar, para curarse de la herida sufrida por el pequeño artrópodo, un pequeño exvoto, con la figura del arácnido realizada con perlas y rematado en oro, el cual todavía se encuentra en el monasterio de Guadalupe, en Extremadura.
   Los Huicholes lo llaman la “Toruca” y tienen para ellos la creencia que es un insecto consagrado, una especie de genio del mal, que castiga a los violadores de las normas morales. Animal misterioso, descrito verbalmente por el poeta Carlos Gutiérrez Cruz de forma magistral como esencialmente enigmático y ensimismado, del que dice en perfecto haiku castellano:

"Sale de un rincón
en medio de un paréntesis
y de una interrogación."



lunes, 29 de junio de 2015

El Criterio del Bien y el Mal Por Alberto Espinosa Orozco

El Criterio del Bien y el Mal
Por Alberto Espinosa Orozco


"La moral es esa voz sublime, que impone respeto, que nos amonesta invenciblemente aunque queramos callarla y tratemos de no escucharla".
Kant.




   La época actual de la post-modernidad y las ideologías globalizadas del pensamiento único han orillado a la reflexión filosófica contemporánea a concentrarse en un pequeño racimo de temas cardinales donde poder encontrar un respiradero a la presión histórica y generacional de nuestro tiempo, que pesan en la conciencia como si fueran verdaderas lozas de granito.
   La filosofía de la educación se presenta como una reflexión sobre la formación de la naturaleza humana, y por tanto como una teoría de la esencia misma del ser humano, de los propios o exclusivas del ser humano derivadas de su esencia, planteando a la educación misma como la utopía necesaria sobre cuyo fondo realizar los ideales de paz, libertad y justicia social. Filosofía de la educación, pues, que constituye por sí misma el marco de una filosofía de la esperanza, que permita un desarrollo humano más armonioso -marco sobre el que articular sistemáticamente una serie de expresiones (del pensamiento no menos que de la palabra bella, sin excluir las expresiones artísticas y las mímicas del cuerpo humano), potentes para hacer retroceder a los flagelos actuales de la humanidad, que van de la competencia atroz a la pobreza, de la miseria y la marginación a las opresiones ideológicas, y de la exclusión y a la incomprensión generalizada y al espíritu de la discordia.
   Para avanzar sobre el salvaje río encrespado del oscurantismo contemporáneo no queda sino abrir la reflexión; primero, a la autocrítica de nuestra edad y de nosotros mismos, afrontando los peligros ínsitos en la reflexión solitaria, personal, en primera persona, para un atento examen y mejor cuidado de uno mismo, en el sentido de llevar a buen puerto una existencia justificada, en un diálogo del alma consigo misma y con la verdad personal en un proceso circular, cada vez más profundo, por círculos sucesivos de concentración, de formación de la propia conciencia –resistiendo en el camino los rigores de la soledad y de las diversas formas y presiones de la propaganda ideológica, así como los fenómenos de descomposición social y a la crisis familiar.



     Así, la misión de la filosofía se encuentra hoy más que nunca ante el único problema, frente al cual todos los demás parecieran palidecer bajo sus afeites: el del sentido mismo de la vida; ante el de la orientación de la vida humana y la formación de la conciencia en el sentido de ser una vida buena, de provecho y justificada, tanto social como metafísicamente o que no se agote en el mero fluir histórico de la inmanencia.
   Para ello es necesario, sin embargo, dejarse de cuentos e ilusiones, romper las apariencias en una palabra y apegarse a un criterio moral firme;  acogerse, pues, y ampararse en la verdad inconmovible propuesta por la tradición y arraigada en nuestra cultura, que pone  en juego a la vez a la razón demeterica, que es la razón de la sin razón, esto es: el reconocimiento  de la falta, la confesión de la culpa moral quiero decir, la cual no puede sino mover a el arrepentimiento, expiación del error y enmienda en la conducta; complementada con una razón de esperanza, de redención, que no puede ser sino una razón de cuño religioso, apoyada en una verdad universal y trascendente. Camino de redención y reconciliación con lo eterno, pues, que es el camino de la liberación interior, de la apertura y el verdadero diálogo también, que rompe los grilletes del confinamiento e ilumina en las sombras para lograr salir de la caverna, que es el error, donde los hombres van dormidos o se encuentran sitiados como presos.
   Apegarse, así, a la verdad religiosa de la reconciliación con Dios y el espíritu de verdad, que nos hará libres, como dice Juan, reconociendo primero como es que el pecado encadena, para romper sus grillos y liberarnos del yugo del mal. Reconciliación con Dios y la salida de la muerte o del infierno también, que conduce pero se al espíritu de unidad, fundando un firme  criterio del bien y del mal morales.



  Porque el a priori o lo que constituye más a fondo la naturaleza humana es la dualidad de los espíritus que inspiran nuestra conducta práctica: el del bien y el del mal, los cuales pueden verse como dos manantiales metafísicos en perpetua oposición. Como prueba de su existencia basta la experiencia personal de la intuición moral –que negativamente se experimenta como estado de rebeldía, de guerra, sublevación o desobediencia ante la norma, pero también como temor y temblor en la desobediencia y en la caída.
   Su concepto ético propio es el de pecado, prestigioso ante el mundo más también peligroso, por entrañar inextricablemente el sentimiento del remordimiento de conciencia, de culpa y de temor, porque en sí mismo conlleva castigo, un prurito o ardor interno que consume, causado radicalmente al separarnos del Padre, al que con la mala acción desobedecemos, desoímos o damos la espalda. Escisión no sólo de Dios, sino que a la vez desarmoniza y enfrenta al hombre desequilibrado consigo mismo, contra si mismo, autohiriéndose por decirlo así,  perturbando profundamente también sus relaciones con la comunidad, disolviendo los lazos de hermandad o de  familia, teniendo como pírrico paliativo el trabar relaciones cómplices (herejías) o de carácter inmanente (gregarismo), al ser movido el hinchado sujeto de la culpa en realidad por mezquinos intereses o meramente egoístas (la crápula).

   Retroceso del humanismo y caída en la barbarie, pues, ante lo cual no queda sino ampararse en un criterio seguro, en una doctrina absolutamente confiable –armándose con ellos ante las nuevas amenazas de las ideologías contemporáneas, erigidas en portentosas religiones de la modernidad, ya sean de facciones, de partido o de estado, de tendencia totalitaria, que bajo la máscara de los privilegios materiales amenazan despóticamente con corromper y desfondar por completo los fundamentos mismos de la cultura y de la nobleza humana.


Reflexión sobre el Servicio Moral Por Alberto Espinosa Orozco

Reflexión sobre el  Servicio Moral 
Por Alberto Espinosa Orozco


  
   La Moralidad puede definirse por que sus acciones tienen una relación social hacia o en dirección al bien común, porque es servicio, y por tanto redunda en una utilidad social, de beneficio para el hombre mismo, que es la felicidad. A quien, entonces, sirves tú? De quien eres tú hijo? A que espíritu obedeces? Obedeces a la voluntad del Padre, del espíritu de la luz? Amas tú a tu hermano? U obedeces tú a las tinieblas, formas parte de los hijos de las tinieblas? Porque o estas de lado de la luz, que es espíritu, y su luz es iluminación, y todo aparece ante la luz, que es la verdad, y todo saldrá tarde temprano a la luz;  o estás del lado de la mentira, porque es del diablo, que es el padre de los enredos, de la ocultación y de la mentira, pues no pudo perseverar en la verdad y eres hijo de las tinieblas.



domingo, 28 de junio de 2015

Sobre la Enfermedad de los Ojos o del Tenebrismo de los Sentidos Por Alberto Espinosa Orozco

Sobre la Enfermedad de los Ojos 
o del Tenebrismo de los Sentidos 
Por Alberto Espinosa Orozco


I
   El hecho de que homosexualidad exista en 450 formas y su rechazo en una sólo prueba la particularidad y el hibridismo del pecado en contraste con la unicidad y la universalidad del juicio y del concepto. La homosexualidad ha sido una tentación vergonzosa y opaca, oculta, en la sociedad occidental moderna -hasta que llegamos a la desvergonzada posmodernidad y al exhibicionismo contemporáneo, donde abiertamente se pretende vindicar cosas en absoluto carentes de todo valor e incuso premiar el mal, con su consecuente correlato de castigar al bien (en profética sanción de la trasmutación de todos los valores adelantada por Nietzsche).


II
   El robo, por su parte, ha alcanzado tales niveles de sofisticación en dependencias gubernamentales e instituciones académicas y de toda laya que es casi visto como una mera costumbre local meritoria, como un uso folclórico más. Sea como fuere, lo que interesa destacar ahora es la vinculación de ambas tentaciones con una cierta perversión del sentido del tacto (y del sentido en general), que de empezar por ser una especie de codicia, de prurito o comezón de los dedos, ya sea por pellizcar, palpar o sustraer, llega a infectar a los otros sentidos, especialmente a los sensibles ojos, cuya expresión en la mirada ya no es de contacto, sino de distancia.
   Así, lo que tenemos entonces es la llamada "codicia de los ojos", dándose entonces en el sujeto infectado el irrefrenable impulso de desear lo que no hay motivos ni razones para que sea suyo, pues ni se lo ha ganado ni ha trabajado por ello, o no ha adquirido un compromiso, mediante un contrato, para convivir con ello (o ella). Deseo de posesión, pues, totalmente irresponsable y finalmente pernicioso que infecta también el sentido del oído, dejándose seducir el infractor no por la voz de la conciencia, sino por los rumores desarticulados del inconsciente, sumiéndose más pronto o más tarde en las rarefacciones de ese antro de fieras.
   Deseo malsano a todas luces que termina por ligarse a la envidia y a la vanidad, tan sólito en las dependencias gubernamentales, en su doble vertiente de exaltación de méritos inexistentes en la propia persona y de anulación del otro, en donde el empleado público encargado de realizar la papelería pasa de pronto a presentador y luego... caramba... por qué no?... a artista inspirado... codiciando así aquello que no hay razón alguna para que sea suyo o para que le sea dado. No es infrecuente encontrar en esa estirpe de frustrados congénitos al pobre diablo metido a filósofo, ni al macuarro de la torta o al sifilítico anarquista metidos de pronto a tañedores de abstrusas cantilenas, a curadores de augustas galerías o a experimentales Picassos de bolsillo.




El Naufragio de la Modernidad Líquida Por Alberto Espinosa Orozco


El Naufragio de la Modernidad Líquida
Por Alberto Espinosa Orozco



I
   La idea del fin de la postmodernidad, de los agónicos estertores de la también llamada tardomodernidad, se presenta como un agónico  declinar de la cultura, que sume al mundo en el oscurantismo y la barbarie. Su mejor imagen es la del naufragio, pues de lo que se trata en el fondo es de una generalizada pérdida de las orientaciones morales y estéticas que conduce al extravío de la acción, tanto individual como social
   Uno de los rasgos más característicos de la edad contemporánea y nuestra es el de la indiferencia, ese aplanamiento del ánimo que inhibe la reacción ante estímulos que merecerían o ponerse de relieve o ser abiertamente censurados, en una especie de neutralidad que hace de los seres humanos maquinarias apáticas, situadas por decirlo nietzscheanamente “más allá del bien y del mal” –en una especie de moral inmanentista, en el fondo profundamente hedónica y egoísta. Porque lo que oculta esa indiferencia es en realidad la vindicación del más rampante de los subjetivismos, condicionado y hasta contralado, naturalmente, de manera social, pues “no es la consciencia del hombre la que determina su ser; sino su ser social el que determina su conciencia”.


II
   La raíz de tal indiferencia axiológica, de tal aplanamiento del ánimo y de indolencia e irresponsabilidad social, de tal desorientación generalizada en materia de la acción humana, hay que buscarla en el lenguaje: en la moda de la indistinción, perfectamente afilosófica, si no es que antifilosófica, aneja a la explosión del existencialismo, de priorizar al aquí y ahora de la existencia concreta sobre el ser ideal de nuestra esencia o naturaleza. La indiferencia va así ligada a una especie de licuefacción de las significaciones, entronizada por la estética tardomoderna. Sus síntomas son la falta de distinción, que se revela en el tuteo y codeo en el ámbito de lo público y en la ceguera para los valores en la esfera de la vida privada, donde por la presión social o la ambición de hacerse valer se pasa por encima de los valores más caros consagrados por la tradición, en una especie de profanación de todo aquello que se ha considerado milenariamente como sagrado –que van desde los lazos de sangre a la veneración de los mayores.



III
   Indiferencia que es también falta de discriminación o de discernimiento; en una palabra falta de logos, de definición.  Sobre todo, falta de definición, y por tanto de conocimiento, respecto del concepto, de la idea, de la figura, de “persona”.  Nada tan común y corriente en nuestro tiempo como el desconocimiento, no sólo epístémico, sino estimativo y práctico de la persona –en una especia de helada del espíritu respecto de la consideración que unos hombres tienen por los otros, cuyo núcleo habría que buscarlo en la moral del utilitarismo.
   Así, nos encontramos el día de hoy ante los turbiones de la modernidad líquida, cuyo clima de borrasca y de tormenta se anuncia detrás de subliminales arcoíris y falsos coloretes. Se trata de la semántica líquida, del reino donde, a partir del uso repetido de la propaganda no menos subliminal y la vanguardia estética, las palabras pierden sus significados propios para volverse equívocas, juntando dos vocablos extremadamente alejados entre sí hasta volverlos uno -como querían los surrealistas. Así, los conceptos rectores de la vida práctica y por tanto de la plenitud humana se vuelven tan movibles que llegan al grado de convertirse en sus contrarios, abarcando una extensión que le es impropia y una intención, como repito, equívoca. Y así, los ambiguos triángulos de convivencia promovidos por la promiscuidad o por el colectivismo, donde conviven alegremente en sociedad sexual el yo, el tu y los otros, se le hace entrar a un concepto que bien a bien lo repugna, en el fondo para una muy cuestionable vindicación social de costumbres milenariamente consideradas como deletéreas y disolventes de la raíz misma de los social. Es el triunfo superrealista de la disolución del lenguaje, pues, lo que acarrea paralelamente si no el encumbramiento de los disolutos si al menos el exhibicionismo  laureado de sus costumbres, en un ya cínico premio al mal.



IV
   Se trata en resumen del colosal intento, tan conforme con la rebeldía de lo moderno, de poner en el centro lo excéntrico, lo superficial, lo extremo, lo contingente, lo existencial, lo frívolo. Su paradójica batalla ha sido lenta, pero rentable: desde el la consolidación de la figura del rebelde agasajado hasta su manifestación estética en la fatuidad de las vanguardias artísticas, que en nombre de la genialidad consagran la puntada y la ocurrencia en franco desdén de la espiritualidad de la obra y de la maestría. Tendencia que culmina ahora con un franco boquete, un hoyo negro, que se abre en medio del derecho con la peregrina idea de los matrimonios homosexuales, que no ha lugar.
   Las olas altas de la modernidad líquida no harán con ello sino encresparse, en una galopante indeterminación semántica que arrastrará en su resaca al derecho mismo, la constitución misma de los derechos humanos, cuyo capítulo concerniente al derecho a la libertad de acción y pensamiento se revela como un mero contrato que no compromete esencialmente a la persona, como un derecho a relativizar la palabra misma y a una libertad a todos inferior, descendente, motivada por los impulsos e instintos primarios de la especie y además desviados. Secularización desviada y sin espiritualidad alguna, es verdad, que nos enfrentará, tarde o temprano, a un clima de borrasca y de tormenta, quiero decir, de pérdida y de extravío generalizado.   


V
   No se trata ya de la imagen moderna de perderse en un bosque, de caminar en círculos al amparo de la noche donde, si se han perdido los puntos fijos de orientación al menos se camina sobre un elemento estable, firme, sobre un suelo cuyo espesor seguía siendo el de la tradición.
   El desarrollo de la modernidad, en la llamada postmodernidad, exacerbando a grado sumo las ideas del cambio, la novedad, de la rebeldía y la rareza, de la excepción a la norma y de la excentricidad, ha conducido a una situación en verdad inedia: al extravió ya no solo de los puntos orientadores de la tradición, cardinales para el perdido, por volverse vagarosos, tornasolados o cambiantes, sino del suelo mismo en el que se desplaza, que es el lenguaje.
   O dicho de otra forma: la superficie lógica misma de la modernidad se ha vuelto inestable, contingente, azarosa, liquida. El extremo subjetivismo de la modernidad triunfante, producto de la secularización universal desviada, carente de normas de acción objetivas y desolidarizada del mundo de la vida, ha conducido así a una especie de infame relativismo, donde tanto los discursos como la jerarquización de las personas ha quedado abolido en favor de un existencialismo más o menos gregarista, marcado con los estigmas del hedonismo ciego, de la asociación fraudulenta, o de la franca corrupción -todo ello en detrimento de la verdadera naturaleza humana o de su esencia que, sin desarrollar, queda frustrada, ayuna de sí misma y sin esencia, flotando en un elemento de suyo fluctuante en el que el perdido se sostiene entonces sólo sobre sí mismo, apoyado en la frágil barquichuela de sí mismo, de su nuda subjetividad, como si fuera el cuerpo frágil de un náufrago a la deriva, en una mar no ya sólo infestada de tiburones, sino cuya resaca lo jalona inerme hacia las profundidades sin fondo del pavoroso Ponto -que sería la perdición definitiva.
   La modernidad líquida, con todos sus cambios y novedades, modifica al hombre superficialmente, que marcha a los extremos y excentricidades de la inmanencia para luego regresar a un centro más estable de la persona -pero, como repito, al caer de barriga a las aguas encrespadas y las resacas poderosas de su fluctuante superficie movediza, puede también modificarlo de raíz, para caer no en el fondo de sí mismo sino en la alienación de su propia identidad como persona, en el fondo sin fondo del abismo, al perturbar el tuétano o alma misma de su esencia.
   Arrojado por las olas a la isla de Juan Fernández, excluido de la comunidad, del depravado mundo social de los equívocos lingüísticos y de las componendas del capital, le queda al naufrago sin embargo una esperanza: que es el recurso de la reflexión, quebrantado el mundo entero secular del consumo y de los placeres epicúreos, para entonces hurgar en la memoria y buscar en sí mismo y en la naturaleza propia de las cosas del mundo el origen imperturbable de un centro y de un dentro, donde germina la vida, para tocar de nuevo los hilos radiales que nos conectan con el universo y con nosotros mismos, y con la esencia de la naturaleza y del ser humano, como si se tratara de una tierra negra, de un limo nutritivo, a partir de cual, otra vez, echar raíces, superando la triple escisión que nos aísla del cosmos, de los otros y de nosotros mismos, para poder crecer y estar despiertos, resistiendo a los poderes y espectros de la noche que culmina, y estar atentos a la hora de la aurora que, allá en el horizonte, lenta pero indefectiblemente, se ilumina.









jueves, 18 de junio de 2015

Miguel Noreña y el Paseo de la Reforma Por Alberto Espinosa Orozco


Miguel Noreña y el Paseo de la Reforma
Por Alberto Espinosa Orozco 










I
      El último maestro de aquella destacada generación de escultores mexicanos decimonónicos fue Miguel Noreña, quien a su vez había sido discípulo del artista catalán Manuel Vilar. Justamente célebre, Vilar alcanzó la famoso por introducir en la Academia el llamado Purismo Academicista de Roma, de origen alemán y extendido a País, y a quien sucedió Miguel Noreña como maestros de escultura en San Carlos –mientras que a Pelegrin Clavé le sucedería en la cátedra José Salomé Pina, especializado en París, haciendo equipo con Eugenio Landesio, José María Velazco, discípulo preferido de Landesio, y Santiago Rebull.[1]
    Miguel José María Marino Noreña Argurte, hijo de Marino Noreña Grcía y Feliciana Aegurte Castro, nació en la Ciudad de México en 19 de julio de 1939. Estudió en la Academia de San Carlos donde ganó una pensión para especializarse en Europa, viviendo en Paris por varios años. A su regreso sucedió al escultor catalán Manuel Vilar como maestro de escultura y en 1868 fue nombrado Director de Escultura de la Academia, en sustitución de Felipe Sojo. Su obra se caracteriza por la búsqueda de la identidad nacional, también por una completa sustitución de los motivos religiosos en sus trabajos a cambio de recibir contratos con el gobierno, así como por haber sido maestro de la generación con que cierra el siglo XIX mexicano: Jesús Fructuoso Contreras, Gabriel Guerra y Enrique Guerra.
   Miguel Noreña, luego de viajar a París para profundizar sus estudios (1863-1868), regresó a México para ser nombrado Director de Escultura en la Academia de San Carlos, siendo su obra más conocida el Monumento a Cuauhtémoc, en Paseo de la Reforma. En 1877 se integra al proyecto de Porfirio Díaz para la realización de una serie de monumentos de carácter nacionalista, para ensalzar a los héroes de la Reforma y a las grandes figuras del mundo prehispánico. Destacan en este renglón el Monumento a Carlos Pacheco y el Monumento Hipsográfico a Enrrico Matrinz, el cual realizó en 6 meses durante el año de 1880 y 1881, por encargo de Vicente Riva Palacio.


II
   La figura de Enrrico Martinez merece cierta consideración. Nació en Hamburgo, en 1550 y murió en Cuautitlán del Valle en 1632, lugar de residencia elegido luego de la pavorosa inundación de la Ciudad de México en 1629. El barón Von Humboldt lo hacía alemán u holandés, con el nombre de Henrrich Mertins. La verdad es que, aunque nació en Hamburgo, descendía de familia mexicana y se educó en España, y aunque vivió en Alemania fue un ferviente católico que aprendió el oficio de impresor en España. Su conocimiento de la lenguas y su conocimiento de las leyes lo llevaron a la Nueva España. Fue protegido por el Virrey Luis de Velazco junto con Juan Ruiz de Alarcón. Llegó a México en 1589 con el título de Cosmógrafo del Rey, formando parte del Consejo de Indias, encargado de relatar los viajes, descubrimientos y choques armados entre las flotas y navíos, así como observar el movimiento de los astros y marcar la longitud y latitud de ciudades y montañas. A partir de 1599 fue también intérprete de la Santa Inquisición. En 1607 Luis de Velazco le encomienda los trabajos de desagua de la cuenca de México, que lo harían trascender en la historia moderna porfirista, como ingeniero y hombre de empresas. Se empezó a realizar desde esa temprana fecha el desecamiento de los lagos de Texcoco, Xochiclaco, Chalco, Xaltacan y Zumpango, más el lago de San Cristóbal, debido a los grandes desbordamientos lacustres que inundaban la Ciudad de México. Henrrich Martin llevó a cabo el asombroso, aunque ineficaz, procedimiento de excavar un canal para drenar los lagos entre 1607 y 1609. El canal no tardó en derrumbarse, entrando al ingeniero alemán en litigio con el nuevo Virrey García Guerra, azuzado por Felipe II. El siguiente Virrey, Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcazar (1612-1621), resolvió contratar a otro ingeniero, Adrian Boot, flamenco, y junto con Henrrico Martínez y 100 hombres repararon los canales.





   El monumento labrado por Miguel Noreña, primero entre las calles de Seminario y Apartado, guarda su memoria, encontrándose a un costado de la Catedral Metropolitana, marcando el llamado “Kilometro Cero” de la ciudad de México, estando erigido sobre un pedestal diseñado como un basamento de chiluca por el arquitecto Francisco M. Jiménez.
   El Monumento Hipsográfico al General Heinrrich Martin (o Enrico Martínez), quien como repito llegó a la Nueva España en 1589 y se encargó hasta 1607 del desagüe y desecación de las lagunas del Valle de México, se encuentra montado sobre  un pedestal en mármol blanco á rematado por la figura en bronce de una mujer de rasgos clásicos coronada de laureles, símbolo de la Ciudad de México, y fue inaugurado en 1876 celebrando la construcción del Túnel de Nochistajo y de Texiquiac o desagüe de la ciudad–descansando ahora en la esquina suroeste de Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.







   Destaca también el Monumento a Benito Juárez García de 1891, figura sedente que fue vaciada en bronce tomando como material los cañones arrebatados a los enemigos de la República, los que se fundieron para tal propósito, la cual se encuentra en el ala norte del  Patio Mariano de Palacio Nacional.
   En efecto, quince años después del deceso del Benemérito, en 1890 Porfirio Díaz organizó una serie de actos para recordar la figura del ilustre oaxaqueño: develó una placa conmemorativa en la habitación donde Juárez falleciera y, en encargó a Miguel Noreña la realización de una estatua cuyo bronce se obtuvo después de fundir piezas de artillería que el ejército conservador de Miguel Miramón utilizó en las Batallas de Silao y Calpulalpan, el 22 de diciembre de 1860, victoria que dio el triunfo a los liberales en la Guerra de Reforma, , así como balas disparadas por los franceses en el Sitio de Puebla en el sitio de 1863.[2]
. La multiforme figura la de Juárez, que sigue atormentándonos hasta la fecha en innúmeras estatuas y efigies de dudoso valor esparcidas por toda la nación -de no menos innúmeros rostros, tamaño, complexión y facciones-, sería una clave del complejo discurso nacionalista, tanto del viejo Porfirio Díaz como del posterior proyecto de estado-nación independiente. La apoteosis de la fiebre porfiriana por el juarismo se alcanzó en 1910 con la construcción del marmóreo  Monumento Hemiciclo a Juárez.[3]  Desde el 18 de julio de 1957 el Palacio nacional consagra uno de sus espacios al Recinto a Benito Juárez, donde en siete salas se encuentran en exhibición los objetos personales donados por sus descendientes y parte del acervo que conforma la colección.[4]










III
    Miguel Noreña se distinguió por abordar los temas de carácter histórico nacional, siendo su principal obra el Monumento a Cuauhtémoc del Paseo de la Reforma. Sobresale su friso “La prisión de Cuauhtémoc” de 1879. 





   En el año de 1877 se empezó a construir el Monumento a Cuauhtémoc, de Miguel Noroña, el cual no sería terminado sino diez años después, en 1887, inaugurándose el 21 de agosto de ese mismo año por el dictador Porfirio Díaz. La gran pieza de Cuauhtémoc, cuya sola cabeza, orgullosa y que mira hacia lo alto, mide más de medio metro de altura. La escultura en total tiene 4.9 3 metros de altura, con un peso de 4.2 toneladas  y fue fundida en los grandes talleres artísticos de Jesús Fructuoso Contreras. Miguel Noreña cultivó en esa pieza el estilo del neoindigenismo académico, promovido abiertamente por la facción liberal porfirista, tomando como modelo del héroe mexica a Ignacio Manuel Altamirano. El Cuauhtémoc de Noreña porta una túnica estilo romano, lo cual delata el intento de introducir nuestra cultura en la historia universal, asimilando las formas clásicas. 






   El costo de la obra fue de 37 mil 863 pesos, aunque se tuvieron que pagar 3 mil pesos más en razón de los ocho leopardos de bronce adornados con penachos y joyas de Epitacio Calvo, con claras evocaciones egipcias de Esfinges faraónicas. El basamento tiene dos altorrelieves: uno de Miguel Noreña que recrea el primer Encuentro de Cuauhtémoc y Cortés; el segundo de Gabriel Guerra, que describe gráficamente el Tormento de Cuauhtémoc y Tizoc ante las brasas.[5]   












   La obra fue colocada en la segunda glorieta del Paseo de la Reforma, luego del Monumento a Colón, cerca de Avenida Insurgentes, prosiguiendo la serie de esculturas que irían adornando las glorietas del Paseo de la Reforma, añadiéndose así a la Glorieta de “El Caballito”, una serie de esculturas, a las que seguiría la Monumento o Columna de la Independencia, y posteriormente en la ampliación del Paseo, el Monumento a la Raza y el Monumento a Cuitláhuac, etc.[6] 



   La obra fue fundida en el Taller de Arte, del controvertido artista hidrocálido Jesús fructuoso Contreras, quein puso su fundición con un jugoso préstamo aportado por Porfirio Diaz, debido a ls estupendas relaciones matrimoniales del artista quien se había ligado a la encumbrada familia Elizondo por ese medio.  




   Por otra parte, cabe mencionar que hay una reproducción en bronce de la escultura a Cuautémoc en Brasil. La reproducción se encuentra en medio de una plaza ruinosa y descuidada, rodeada de inmensos rascacielos proletarizados, en algún lugar de Río de Janeiro.













"Torso con Penacho" de Miguel Noreña
Sala-Biblioteca de la casa de Juan Antonio Azumendi Zamora 
III
   El MUNAL atesora en su colección su obra escultórica La Lección (Sátiro y el Amor). Compleja obra, y perturbadora, en la que el acompañante de Pan y de Dionisio abraza malicioso al el Amor (Eros o Cupido),  llevando la boca a su oído para mal aconsejarlo, pues la naturaleza subversiva del lesivo romano lo impele a romper con el orden y el decoro, intentando incluso corromper de ser posible al mismo dios de las dulces flechas. Imagen crítica de su tiempo, que presenta la contrapartida moderna y pesimista de nuestra era, específicamente al intentar obtener el amor por medios venales. Espíritu contrastante con el piadoso optimismo del barroco que suponía la imagen de El Eros divino derrotando al Eros terrenal, por Giovanni Baglione, 1602.[7]
   La pintura más conocida de Baglione, también llamada Amor Sagrado y Amor Profano, donde Putti desnudo en compañía de un enrojecido sátiro se prepara para recibir el castigo del ángel bienhechor, fue una respuesta directa a la obra de Michelangelo Merisi da Caravaggio, llamada Amor Vincit Omnia (1601-1602), donde en cambio se muestra a una Eros ambiguo y envilecido, cuyas negras alas lo delatan como ave de mal agüero. Conflicto entre el querubín Putty y el dios Eros, o entre el eros terrestre y el celeste, en una palabra, tema que el maestro mexicano Noreña recrea con gran originalidad y contención clásica, dialogando con la tradición, bajo la forma de un angelical pero pervertido sileno y el pequeño un niño alado. 


   Hay que agregar la íntima relación que guarda la obra del escultor mexicano con otra de su discípulo Gabriel Guerra llamada La Lección o La Ninfa y el Amor, donde con otras formas se repite la misma escena de la venalización del amor o su corrupción por las malas artes de los caprichos de la concupiscencia.
   Esta escultura, vaciada al bronce, se encuentra reproducida ahora en el Paseo de las Esculturas de Álvaro Obregón.







 IV
 Otras esculturas de Miguel Noreña son: Fray Bartolomé de las Casas convirtiendo a una familia azteca, en yeso, de 1865. Hay en el MUNAL un óleo muy interesante de Félix Parra de 1875 con el mismo tema.







    La Escultura sedente de Benito Juárez, la cual se fundió con los cañones de guerra del general Manuel Miramón y fue inaugurada en 1891. Otra más es el Monumento a Vicente Guerrero, el último jefe insurgente, que se encuentra en el atrio del Templo de San Fernando y que data de 1867. 


   Es también obra de Noreña el Monumento a Miguel Hidalgo y Costilla, realizada en colaboración con su discípulo Eduardo Concha. Se localiza en la Plaza Principal de la Ciudad de Hidalgo, el cual fue encargado a instancias de Benito Juárez el 6 de junio de 1863, aunque dadas las vicisitudes bélicas de la nación no fue inaugurado sino hasta el 16 de septiembre de 1891 por el gobernador José Bibriesca Saavedra.




   Miguel Noreña murió en la Ciudad de México en 1894, a los 51 años de edad. Por último, puede agregarse que una de las calles de la Colonia San José Insurgentes lleva el nombre de Miguel Noreña. 




V
   El Paseo de la Reforma se creó por iniciativa del II Emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, quien convocó en 1864 a una Comisión de Planeación, conformada por: Carl Gongolf, el arquitecto Ramón Rodríguez Arengoiti y por tres maestros de la Academia de San Carlos: Miguel Noreña, Santiago Rebull y Felipe Sojo –dejando éste último un busto del emperador “Maximiliano de Habsburgo”.
   El encargado de realizar la obra fue el ingeniero de minas Luis Bolland Kahmackl, quien se inspiró en la magnificencia del Paseo de los Campos Elíseos de París, Francia, el cual se llamaría inicialmente el Paseo de la Emperatriz., en honor a la emperatriz Carlota Amalia. La idea, así, era crear una espectacular avenida, digna del II Imperio Mexicano, con fuentes, glorietas, esculturas y arboledas, que condujeran de la Glorieta a Carlos IV al Castillo de Chapultepec.
   El camino recto del Palacio Nacional a la Glorieta del Caballito por la Calzada del Calvario (hoy Avenida Juárez), de 1.7 kilómetros de longitud, originalmente seguí su paso por el bello Paseo de Bucareli o Paseo Nuevo, de 1 kilometro de longitud, hasta llegar a la Garita de Belén del Acueducto de Chapultepec, que si por un extremo alcanzaba la Fuente Salto de Agua, por el otro llegaba hasta el cerro del Grillo, luego de 2.5 kilómetros de recorrido y, subiendo 750 metros, hasta  el Castillo de Chapultepec, elegido por Maximiliano de Habsburgo como la residencia de la nueva monarquía. El plan del monarca consistía así en trazar una línea recta, que pasaba por haciendas ganaderas y sembrados de maíz, para ir derecho de la Glorieta de El Caballito al Castillo de Chapultepec, en un recorrido de 3.5 kilómetros, constituyéndose en ella un hermoso paseo con dos vías monumentales paralelas de 9 metros de ancho y dos camellones laterales de 9 metros cada uno con una doble fila de árboles y jardines en toda su extensión. En medio del trayecto se planeó construir una glorieta, que es la Glorieta de la Palma de 120 metros de diámetro (en la calle de Niza) –donde originalmente iría el Monumento a Colón. El proyecto fue aprobado por el Ministro de Fomento, Industria y Comercio Luis Robles Pezuela, y llevado a cabo en sus primeros pasos por los hermanos constructores Juan Ramón Agea. Los trabajos se realizaron con celeridad entre 1864 y 1865, siendo inaugurada la primera fase del proyecto, aún no urbanizada, en 1866 como Paseo de la Emperatriz, La obra tuvo que ser interrumpida por la caída del II Imperio Mexicano y el asesinado te Maximiliano de Habsburgo por las fuerzas dirigidas por Benito Juárez, quien se negó a darle el indulto.
   En 1872 se retomó el proyecto bajo la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876), siendo Ministro de Fomento Francisco P. Herrera, abriéndose al público con el nombre de Paseo Degollado, intercalándose 4 glorietas más, de 110 metros de diámetro cada una. Bajo el primer periodo presidencial de Porfirio Díaz (1877-1880), se inaugura el Monumento a Cristóbal Colón (1877). Destacaron también las grandes bancas de  altos respaldos rematadas con jarrones tallados en cantera gris oscuro, diseñadas por los maestros de la Academia de San Carlos Miguel Noreña y Santiago Rebull, en estilo neoclásico, junto con los pedestales igualmente labrados en cantera, donde se pretendía colocar una, luego de una serie de jarrones de bronce, figuras mitológicas alternadas, siguiendo el proyecto inicial. Francisco Sosa se opuso desde su tribuna periodística y se sustituyeron a los dioses griegos por los nuevos héroes de la reforma, cambiando la majestuosa avenida su nombre al de Paseo de la Reforma.


 VI
  En cuanto al Monumento a Cristóbal Colón, a manera de corolario de ese pequeño excurso, sólo resta señalar que fue el primero de los monumentos colocados en el Paseo de la Reforma, por iniciativa del emperador Maximiliano I de México, quien encargó el proyecto a Manuel Vilar. A la caída del segundo Imperio Mexicano, al no concretarse el proyecto del artista catalán, el empresario Antonio Escandón lo retomó, sirviéndose de los bocetos hechos por Vilar, cambiando la idea original de rodear al genovés con la alegoría de los mares que rodean a México por las efigies de cuatro religiosos y evangelizadores del Nuevo Mundo: Fray Pedro de Gante, Fray Bartolomé de las Casas, Fray Juan Pérez de Marchena y Fray Diego de Deza.  En un principio encargo la obra al arquitecto Ramón Rodríguez Arangoiti, pero en un viaje a París le pareció mejor dar el conjunto estatuario al escultor francés Charles Cordier, llegando las cinco efigies a Veracruz en 1875 y colocándose en el sitio elegido por Maximiliano en 1877, en la glorieta de Paseo de la reforma y Avenida Madero. Hay que añadir que la escultura de Cristóbal Colón proyectada por Manuel Vilar se realizó finalmente, que es la que se encuentra en el Monumento a Cristóbal Colón en Buenavista.































VI
   Junto con los escultores neoclásicos de aquella época sobresalieron en el México decimonónico los grandes litógrafos de ese tiempo, los cuales estando interesados en la nueva grandeza de la nación no dejaron de reproducir las grandes imágenes propuestas por la Escuela Nazarena de Vilar y Clavé, así como algunas de las deslumbrantes esculturas marmóreas que se estaban realizando por aquellos años en la Academia de San Carlos, y de cuyas estampas dejamos aquí apenas un pequeño esbozo.   





































[1]   Eugenio Landesio llega a la Academia de San Carlos por recomendación de Pelegrín Clavé y como un primer intento por reformar la Academia y el arte mexicano durante el México Independiente.  Landesio escribió algunos tratados y clases para sus alumnos como La Pintura general o de paisaje en la Academia Nacional de San Carlos y Cimientos del Artista, los cuales tenían por objeto marcar el método para sus progresos. En estos escritos podemos encontrar algunos de los artilugios visuales que Velasco adquirió para la composición de sus paisajes. Entre las instrucciones del maestro vemos que comienza señalando que lo indispensable es el genio y la disciplina, aunados a una gran capacidad de observación. También solicita la formación en las ciencias. En tercera instancia pide que practiquen la perspectiva y la figura humana, que dibujen incansablemente grupos de hojas, que pasen luego a los troncos, terrenos, montes y edificios. Ya que fueran capaces de reproducir lo anterior, entonces podrían captar los motivos de las nubes, para así bajar la mirada y volver a los follajes, ahora más complicados. Es decir que su método era unir la mano con el ojo, que cargasen consigo siempre una pequeña libreta en la cual tomarían apuntes de los que luego se servirían como un repertorio de la mecánica de la naturaleza para la ingeniería del cuadro. Podemos concluir que, en general, la lección se resume en su consejo a Velasco: «El ignorante debe errar, y el sabio puede equivocarse».
[2] En 1861, después del triunfo liberal de la Guerra de Reforma, Juárez instaló su gobierno en la capital de la República. Actuando contra la costumbre arraigada desde la época colonial, se negó a habitar la esquina suroeste de Palacio Nacional y mandó hacer algunas adecuaciones en el ala norte, donde planeaba establecerse con su familia. No obstante, la caída de Puebla en manos de las tropas invasoras francesas y el inminente establecimiento del Imperio obligaron al presidente Juárez a abandonar la Ciudad de México. Para volver hubo que esperar hasta 1867, año en que resultó reelecto como presidente constitucional y se concretó el triunfo republicano. En tiempos de Maximiliano, el espacio que ocupaba su casa había servido de habitación al intendente del palacio imperial. La familia Juárez-Maza al fin reunida, vivió en aquel lugar los momentos de mayor intimidad doméstica, disfrutando por fin de la paz que Juárez había logrado para toda la nación. La muerte de Margarita Maza de Juárez el 2 de enero de 1871 ensombreció aquel ambiente e hizo que la entereza del presidente decayera. Un año y medio después, el 18 de julio de 1872, Benito Juárez fallecía en la que había sido su habitación conyugal, en la casa de su familia que se convertiría, años después, en el recinto de homenaje a su memoria. Después de la desaparición del presidente, los Juárez-Maza abandonaron el Palacio Nacional para ir a vivir a la calle de Tiburcio 18 (hoy segunda de Uruguay) bajo la protección de Pedro Santacilia, esposo de Manuela, hija mayor del Benemérito.
[3]Después de morir Juárez el Congreso de la Unión aprobó un gasto de 10,000 para un monumento para el y su esposa Margarita en el panteón de San Fernando, el nuevo presidente Lerdo de Tejada lo debería tener listo el 12 de Julio de 1874 para conmemorar el segundo año de su muerte, sien embargo no se pudieron  poner de acuerdo en la forma del monumento. Y así no fue sino hasta  que en 1876 Porfirio Díaz, arrebatando la presidencia a Lerdo de Tejada, inicia sus mandatos de gobierno y en el año de 1880 se encargo de financiar y supervisar el monumento que existe en el panteón de San Fernando, que resultó muy bello, colocado al centro del un minúsculo panteón lateral junto al templo de ese nombre, que se encuentra en la Colonia Guerrero. El mismo Porfirio Díaz promovió en 1887 que la Avenida de Corpus Cristi cambiara su nombre por Av Juárez, para conmemorar los 15 años de la muerte del prócer liberal, el día 18 de Julio.
[4] Las salas del Recinto de Homenaje a don Benito Juárez son siete: Sala 1 Muestra a Juárez como gobernante y político liberal. Exhibe objetos que denotan su investidura como gobernante. Destacan la banda presidencial y algunos bienes como un bastón de mando elaborado en caña de la India y una pequeña charola de plata. Se muestran también medallas y condecoraciones que le fueran otorgadas en vida. Sala 2 Es el Área de Exposiciones Temporales. Está presidida por un busto de don Benito Juárez y una leyenda en bronce que dice: "Todo lo que México no haga por sí mismo para ser libre, no debe esperar ni conviene que espere, que otros individuos u otras naciones hagan por él". Sala   Dedicada a las Leyes de Reforma y a resaltar la importancia de las diferentes luchas emancipadoras del siglo XIX mexicano. Sala 4 Perfil de un Hombre. Confirma la sobriedad en el vestir y la sencillez en la vida diaria de don Benito Juárez. En esta sala se muestran objetos donados por sus descendientes entre los que destacan relojes, prendas de vestir, arreos masónicos y las medallas que recibió como miembro del Rito Nacional Mexicano. Sala 5 Conocida como Vida Republicana, nos relata cómo la familia Juárez-Maza, a pesar de residir en Palacio Nacional, vivió de acuerdo a los cánones de austeridad que dictaron don Benito y su esposa. Los bienes que se muestran en esta sala dan cuenta de las costumbres de la época; destacan los objetos relacionados con la manera de comer y servir los alimentos y las piezas del servicio de comedor utilizadas por la familia presidencial. Sala 6 Le corresponde el Ambiente Familiar. La figura de Margarita Maza de Juárez es el eje de este espacio. El ambiente cotidiano se recrea a través de la exhibición de algunos de sus objetos personales, labores de costura y una colección de fotografías familiares. Durante el siglo XIX era común la reunión de familias y amigos en los salones de las casas de clase media. Las crónicas de la época nos relatan el gusto por la tertulia. En la ambientación del Salón Familiar se recrea un espacio con el menage característico de la época. Preside un retrato al óleo de doña Margarita Maza, atribuido a José Escudero y Espronceda. La Recámara es el espacio culminante del recinto, por ser el lugar en donde falleció don Benito Juárez. Su cama de latón, coronada con el águila republicana, confirma que su vida estuvo acorde con sus principios. En este espacio destaca el costurero de madera tallada, obsequio del artesano Manuel Lizeaga a doña Margarita Maza en 1867. Dicen sus biógrafos que Benito Juárez acostumbraba pasar largas jornadas en su despacho, donde se entregaba con gran disciplina a labores intelectuales. Aquí se exhiben ejemplos del mobiliario testigo de las grandes transformaciones del Estado. Sala 7 Es la Patria a Juárez. A la muerte de Juárez, su figura se convirtió en un símbolo y su imagen pasó a formar parte de la iconografía popular. Los gobiernos lo convirtieron en héroe y el pueblo en mito. En este lugar se exhiben algunas de las condecoraciones y objetos realizados en homenaje póstumo a Benito Juárez. El salón de Homenajes presidido por un busto en bronce de don Benito Juárez, circundado por los escudos de cada uno de los estados de la Federación y el Escudo Nacional, está dedicado a rendir homenaje permanente al Benemérito de las Américas.
[5] En los cuatro nichos del segundo cuerpo del pedestal destacan las esculturas de las armas de los principales cuerpos militares mexicas (águila y jaguar), como representaciones de las armas de sus ejércitos (macuilli, macana y chimalli, escudo) así como la representación escultórica del escudo de armas de México-Tenochtitlan. Un friso con armaduras acolchadas y escudos remata el cuerpo y  debajo, en placas de mármol, se encuentran inscritos en bronce en las cuatro caras los nombres de Cuitláhuac (oriente), Cacama (norte), Tetlepanquetzal (poniente) y Coanacoch (sur), quienes participaron como últimos jefes militares en la Conquista de México.
[6] La monumental escultura fue movida de lugar por instancia del arquitecto MarioPani, colocada al centro de lo que pensó un gran centro financiero y comercial de 12 edificios concéntricos, de los cuales sólo se edificó el Hotel Plaza, afectado en el sismo de 1985. La estatua volvió a su lugar original en el año de 2004, estando ahora en el parque Jesús Reyes Heroles. 
[7] Giovanni Baglione (1566 - 30 Diciembre 1643) fue un italiano manierista tardío y temprano barroco pintor e historiador del arte. Más recordado por su participación áspera y perjudicial con el artista, un poco más joven que él, Caravaggio. Nació y murió en Roma. Pasó de 1621 a1622 en Mantua como el artista de la corte del duque Ferdinando Gonzaga, donde la exposición a la fabulosa colección de pinturas venecianas Gonzaga influyó en su estilo. Tuvo una exitosa carrera, recibiendo un caballero Papal en la Suprema Orden de Cristo (la más alta de las órdenes papales) en 1606, y su larga relación en  Roma con la Academia di San Luca, ya que  sus biografías revelan "un artista obsesionado con el estado". Publicó dos libros, Las nueve iglesias de Roma ( Le nove chiese di Roma 1639), y La vida de los pintores, escultores, arquitectos y grabadores, activos 1572-1642 (Le Vite de 'Pittori, scultori, architetti, ed Intagliatori dal Pontificato di Gregorio XII del 1572. fino a 'tempi de Papa Urbano VIII. nel 1642 , 1642). Sus biografías cubren más de doscientos artistas en diversos medios de comunicación, todos los cuales habían trabajado en Roma y estaban muertos en el momento en que publicó su obra.