domingo, 13 de diciembre de 2015

Los Hombres Cansados Por Alberto Espinosa

Los Hombres Cansados
Por Alberto Espinosa







El hombre se ha cansado de ser hombre;
La fuente envenenada, derramada, de que beben
Hasta llenar su copa, hasta el borde, de sí mismos:
Rebosantes de apariencia, de simulación, de tedio,
De la expansión de la superstición sin titubeos;
De fingimiento, de simulación de la piedad,
Que no tributan ya al inmortal numen de los dioses,
Vacíos de devoción, que eliminan la lealtad que había
Entre los hombres y la virtud mayor, que es la justicia.

La fascinación de la mentira que camina
Por un valle fosforescente de fantasmas, iluminado
Por luz negra, que es más luz que la luz del mediodía,
Que ensombrece la luz del sol, de la luna y las estrellas
Apagando con su abstrusa cantinela la luz más clara
Que emana en la hermandad de los rostros de los otros.

La vanidad ampulosa, henchida de importancia,
Llenándose entre  ruinas de sí misma: de secretismo,
De ocultación, de claroscuro, para decirlo todo aparte,
Para ponerse de parte de los que no departen, en la parte
Sin centro de donde nada parte y que no va ninguna parte.

De parte del fariseo riguroso y su verdad gesticulante,
Encerrado en la barroca jaula de la regla y el precepto,
En el espejo frío de la risa cuyo retintín es de cristales rotos,
Cuya fachada elaborada anuncia la fechoría del espacio vaciado:
 De gargantas, de quebradas curvadas al filo del abismo:
La convención del compromiso, la conveniencia del consenso,
Los reglamentos urdidos por el sobreabundante miedo:
La inconformidad de la revolución social, que no es angélica,
Que en nombre de la paz y la justicia da licencia a la violencia
Emponzoñando las entrañas del pueblo oriundo de alegría
Encadenado en la jaula de la jauría sumisa a otro orden,
Al orden de quien da la orden del desorden,
Al acérrimo adversario de la creación y quien ordena,
Obedeciendo ciegamente a sus impotencia y sus vendettas,
A su rencor de muerte, para cegar la fuente de la vida.

Fría luz que titubeante, lívida luz más verde que amarilla,
Que derribando al hombre en sus rodillas lo envuelve luego
 En el mezquino vicio abstracto de tener, de acumular, de acaparar
Para expedir después el cheque iluso, el cheque en blanco
Con que reclama su derecho codicioso a las caricias
De la puta alegría o para ponerle así grilletes a la vida;
No así a la libre vida, que se escapa siempre, siempre
Sin decir una palabra, sino a su propia vida, esclavizada
Por el vicio de la muerte, que así destila su amargo despotismo.  

Donde se mezcla el tiempo y su corona de hojas secas
Con el humo insano, donde indistintamente, en el banquete
De la carne, se ensortijan el mármol de la vida con la parca muerte,
Donde la flor convive con el vómito y el gusano emponzoñado
Se revuelva a sus anchas con su baba por el río de la saliva.

Donde el viento se arma con su cuchillo de aire, cortante
Como el viento del cierzo del invierno; donde asfixiante
Se desparrama en su erótico sofoco; donde pesado
Es un sonámbulo sopor de desolado, desierto desecado.

Donde el viento rebelde, enemigo de las leyes, inficionado
Por el aire viciado, batalla, junto a  la luz amotinada, contra el muro
Descarapelado, herrumbrando la cancelería de hierro,
Oxidando el mineral de l conciencia, devastando, desbordado,
Sin límites precisos, que deja al mismo pez boqueando al sol,
Fuera del agua, ahogados, infectado por el herpes de la luz,
Desecado por el polvo en tolvanera, despojado de las arpas
Y laudes de las marinas ondas pasajeras; donde el viento sordo
Amplifica el ruido rebanado que se filtra por las grietas del azar.

Donde la jaula de desdichas se engatusa por los malos dichos;
Donde se estrella la incoherencia en las muecas de su propio muro;
Que zozobra en medio del mar airado que levanta su soberbia
-Que se asoma, tan curiosa, en mitad de la tormenta por la cerradura diminuta y enterrada de una puerta, por la que que, perpetua,
Se asoman los rostros del olvido: los marginados del recuerdo,
Compartiendo el pan, el vino, también la sal, cantando
Por la noche celestial, emocionados al mirar la estrella
Que guió a magos y pastores al portal de la caverna  
En que despierta la promesa de esperanza que, gratuita,
Sin cobrar nada, ni siquiera una moneda, quiebra
Las cadenas de ignorancia y su yugo que esclaviza,
Sana la lepra que habita las miradas, y que aboliendo la envidia
Va abriendo con su luz a todos el camino de la vida.






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