miércoles, 7 de octubre de 2015

Rumor de Hojas Por Juan Emigdio Pérez

Rumor de Hojas 
Por Juan Emigdio Pérez





A mi pueblo llegan los libros 
como noticia de huracán extraviado 
que logró jinetear la sierra; 
el camión de redilas deja tras de sí 
una culebra de polvo 
que divide al pueblo con la calle: 
de un lado, el cráneo de una vaca
con ojos profundos de noria seca 
disecados al sol, cansada 
de mirar la vida, como un eco 
que se pierde de la vista; 
del otro, la fiesta salpicada de adornos 
de papel, de estallido de cohetes, 
de música y carcajadas de  rancheros.

A mi pueblo lo corta en dos partes una calle
que separa a los caballos y los burros; 
la escuela y las tiendas ralas;
los huachaches y las botas; 
la enfermedad y la salud; 
la lluvia y la sequía; 
la pistola y el puñal: 
el rebozo y la sirvienta; 
la política y la religión; 
la noticia y la ignorancia; 
las tinajas y los botes;
 el jabón y el amole; 
el sarape y el makinoff. 
   
Sólo lo une el manantial 
que surte el agua para que beban 
bestias y hombres.

La alameda del manantial 
une a mi pueblo dividido
donde concurre asiduamente 
la serenidad entre los árboles
y convive el gorjeo de los pájaros: 
la paloma cucú y el pájaro carpintero,
la curiosidad de las ardillas,
la sorpresa de la salamandra, 
el vuelo circular del cuervo, 
la mirada hipnótica de la lechuza, 
el desfile de las hormigas, 
el respirar y el canto de las ranas,
el zumbido de la abeja, 
el piquete de la avispa, 
la acrobacia del colibrí, 
el ballet de la mariposa, 
el silencio del gusano 
y el canto del grillo. 

Entre las ramas de  mi mente 
viven sus álamos
que me tomaron como amigo
-a los que no abandono
porque viven en mi memoria
con el rumor de sus hojas. 










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