sábado, 31 de octubre de 2015

Ortodoxia Colaboracionista y Mala Fe o del Síndrome de Jonas Por Alberto Espinosa Orozco

Ortodoxia Colaboracionista y Mala Fe
o del Síndrome de Jonas
Por Alberto Espinosa Orozco








   El pecado de toda ortodoxia es creerse justificado de antemano. Generación perversa es la nuestra, sobrepoblada de fariseos, quienes con suficiencia confían solamente en su justicia personal, en su personal rasero, creyendo que sus obras por sí mismas los justifican y que son perfectos. Que están limpios, tan bellas almas, por observar pulcramente el mandato de la convención, del partido, de la ley o de la Iglesia -pero sin verdadero amor en su corazón. Pulcritud que los faculta, como nos recuerda el Papa Francisco, para acusar a los otros de pecadores y así excluirlos de su mirada, condenándoles a que se las arreglen solos en Nínive. Síndrome de Jonás, en efecto, cuya perfecta religiosidad no es otra que la de la hipocresía, que están seguros de sí ante sí mismos, condenando por tanto al publicano, quien reconociendo su falta pide piedad al Señor.  
 Idea que  les hace satisfacer fácilmente su vanidad y que es reforzada luego por la recua del colectivo, por la masa, por el número, por ir bogando cómodamente en el flujo de la corriente, donde corre sin problemas el aceite que vuelve tersa a la máquina crediticia -excluyendo así todo pensamiento crítico, sustituido por la estéril criticonería del "dicen que", por la irresponsable rumorología, quiero decir, que luego toma el lugar de la difamación, de la calumnia o de la abierta especulación futurista, cuyo único horizonte es el barrunto de un incierto mesianismo laico bajo el techo de una ambigua religión del progreso, sobre inconfesa, históricamente destartalada. 
   La promesa vana, la dilación, el nihilismo y la horrible corrosión de todos los valores crean así, muy a la Nietzsche, la noche, donde todos los gatos son pardos, que es obra de la lobreguez.
   El ortodoxo, el afectado por el síndrome de Jonas, sin embargo, no se inmuta, sino que jerárquicamente se petrifica, por más que esa petrificación implique poner amarga cara de profético huarache. El motor de su voluntad es entonces el meontológico de la destrucción de todos los valores, el querer que no, que no es sólo un no querer, sino un efectivo hacer por que las cosas no sean -congruente en todo con su nihilismo de base. Sobreviene así el estancamiento y las aguas que corren hacia abajo, ya pútridas, del veneno. Su resultado: el río revuelto, donde las voluntades pragmáticas, ajenas a todo escrúpulo moral y a toda reflexión post factum, toman el lugar creado por ese vacío, por simple razón del horror vacui, convirtiendo a las instituciones sociales en crudo botín de carniceros, de jamelgos a la deriva, de rapaces libertinos o de llanos burócratas robotizados por mor de la ambición personal.
   Los ortodoxos, en cambio, por más materialistas que se presuman, protegidos por los brazos siembre comprensivos del número, de los muchos, de los imbéciles, se quedan en su idealismo tan orondos, impertérritos soñadores del futuro, labrando con sus intenciones frustradas, con sus proyectos irreales, con sus sueños inoperantes, el camino que indefectiblemente los conducirá, con todo y la reacción, derechito al meritito infierno.






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