viernes, 16 de octubre de 2015

FUEREÑO Por Tomás Segovia

FUEREÑO
Por Tomás Segovia 







  Al cruzar una bocacalle vi a lo lejos una fachada cubierta por las manchas de sombra que arrojaba un árbol de elegante figura. Decidí que aquello me hiciera decidir, torcí por esa calle y me fui adentrando por otro barrio. Había un sentimiento ambiguo en el cuidado con que me fijaba en los nombres de las calles que cruzaba, un sentimiento a la vez de ociosidad inútil y de cumplimiento de un deber importante. De todos modos la noción de por dónde andaba era bastante vaga, pero confiaba en que la población era demasiado pequeña para perderme en ella. Sabía que estaba un poco alejado del centro, pero lo que buscaba intensamente eran los indicios que me dieran un sentimiento claro de aquel barrio, que me permitieran descubrir un sabor peculiar y reconocible, una misteriosa clave por ejemplo que tal vez relacionara el aspecto, la luz y la configuración de aquellas calles con sus nombres. Y todo eso unido además a una fuerte impresión de disponibilidad, de errancia sin plan ni meta, sin utilidad sobre todo, que me hacía imaginar mi marcha con mucha más lentitud que la que en realidad tenía, como corrigiendo así una contradicción.


     Era como si la agudeza y la minucia de mi atención tuvieran sin embargo como fundamento un gran aburrimiento sumergido pero imborrable. Me daba cuenta perfectamente de que lo terrible de no conocer a nadie es que a su vez nadie me conocía a mí, y esa casi inexistencia en la conciencia de todos me hacía en cierto modo objetivamente irreal. Las pocas personas que encontraba en mi camino no sólo no se fijaban en mí, sino que me parecía que ponían especial empeño en no fijarse. Yo les buscaba los ojos espiando el menor signo de interés, y casi añoraba alguna agresividad o antipatía, o por lo menos la intriga o la sorpresa que habría despertado si el pueblo hubiera sido por fortuna mucho más pequeño. Me preguntaba si esa sensación de estar de más en aquel escenario sería la misma en caso de que estuviera yendo a algún sitio definido, en lugar de ir improvisando caprichosamente un itinerario a fin de cuentas incoherente. 









   Y sin embargo no podía dejar de ir probando en mi imaginación fantasías de una vida arraigada allí: escenas sueltas que me esforzaba en hacer creíbles y que me era difícil conectar unas con otras, situaciones un poco arbitrarias que me figuraba enmarcándolas en un escueto escenario montado con unas cuantas sensaciones espigadas en aquel entorno real. Durante unos minutos vivía en el primer piso de la casa modesta pero más bien alegre ante la que acababa de pasar, me asomaba a su balcón desde donde veía una perspectiva ligeramente diferente de la calle por la que seguía caminando, mientras pensaba a la vez en el dormitorio donde ojalá que mi cama estuviera frente a una ventana que diera a la calle de atrás, y en el comedor donde me las arreglaría para colocar una butaca cómoda en la que leer al caer la tarde. Y luego me imaginaba desviándome hacia un parque que había entrevisto un rato antes; sería un domingo por la mañana, ese día no iría al trabajo, ¿en qué trabajaría allí, quiénes serían mis compañeros de trabajo?, y me iría tranquilamente al parque a leer el periódico bajo los árboles.



   Las parejas eran un especial desafío: trataba de adivinar cómo sería estar entregado a una mujer viviendo allí. ¿Sería todo igual que como yo había vivido antes esa experiencia en otros lugares, o en qué se notarían las diferencias? Pero sabía que divagaba rondando un centro que nunca lograba ver claro, que huía siempre de mi visión detrás de una inasible bruma móvil. Eso que se me escapaba era la posibilidad de responder de una manera mínimamente inteligible a la gran intriga que no acababa de formularse en mi espíritu, la intriga de qué significaría haber nacido allí. Inútil intentar resolver el enigma por comparación, extrapolando mi idea de lo que significaba haber nacido donde yo había nacido, porque justamente esa imposibilidad de imaginarme nativo de allí me lanzaba a un extrañamiento tan general, que de pronto nada me parecía más incomprensible que haber nacido en un lugar u otro, concretamente en el lugar donde efectivamente nací. Acababa por aceptar que si me era para siempre imposible ver con alguna claridad lo que podría ser mi vida allí, era porque es imposible comprender en qué medida vivir en un lugar y haber nacido en él son lo mismo o no, o cómo son dos cosas que se influyen y se condicionan mutuamente.


   Esa sensación de irrealidad en medio de unos seres que estaban indudablemente bien plantados delante de mí y los unos delante de los otros era un poco como sentirme un ser no nacido. Y entonces el esfuerzo por imaginar, con bastante peso como para poder creer en esa imagen, una vida mía en aquel lugar se convertía en una huida de esa herida fantasmal que era el terror de no haber nacido. Pero ya había agotado el terreno de exploración errante, veía que recorría ahora con cansancio lugares por donde había pasado ya y comprendía que no había más remedio que regresar resignadamente al centro, a refugiarme en esa casa que ocupaba ahora, abandonar el barrio que había estado recorriendo como si me saliese de la vida cerrando la puerta a mis espaldas, y dejar estoicamente que terminara un día más sin peso, sin rostro y sin sustancia. Pero sabiendo a la vez que un día así no era del todo vano, sino que su sabor y su olor sólo empezarían a emanar mucho después, cuando volviera a emerger en otro lugar y otro momento que entonces quedarían teñidos de su nostalgia.


(¿2002?)




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