miércoles, 21 de octubre de 2015

El Transparente Desierto Líquido Por Alberto Espinosa Orozco

El Transparente Desierto Líquido
Por Alberto Espinosa Orozco 
“Ya no bebas agua sola
Sino usa un poco de vino
Por causa de tu estómago
Y tus fuertes enfermedades.”
1 Timoteo 5.23

“Vino a mi boca
El blanco vino
Volviéndome adivino.”
A.E.



I
   Sotol. La Magia del Desierto Líquido fue el último libro ideado y realizado por el Maestro Tomás Castro Bringas, terminado de imprimir en agosto del 2014 y presentado al público en el Festival Revueltas de Duramgo el 19 de octubre de 2015. El precioso libro-objeto se compone de una serie de grabados del mismo Tomás Bringas e Israel Torres, poemas de Abigail Salazar, Mónica Tarabilla y Alberto Espinosa, portada en bajorrelieve de Karen Rivas, e imágenes serigráficas de Liliana Cortez y Divonne Maldonado.[1]
   El libro de autor, realizado de manera completamente artesanal, se inscribe en la mejor de la tradición de libro-objeto –cuyas raíces y cumbres de elaboración y diseño hay que buscarlas en Las Artes Populares en México del Dr. Atl (1921), realizadas a partir de la técnica del esténcil y Discos Visuales, de Octavio Paz y Vicente Rojo en editorial Era (1968). Libros que por sus calidades estéticas obligan a romper la pasividad de la lectura, teniendo algo de la plasticidad concreta del mueble, algo también del espíritu solemne del juego y de la ceremonia.






II
   El sotol o sereque es un arbusto fuerte, perennifolio o de hojas perenes, que forma una perfecta esfera, rompiendo en su tallo hacia el cielo como un falo o inflorescencia que alcanza los cinco metros de alto, en donde crecen sus frutos, esféricos u ovoides, de una sola semilla de propiedades hipoglucémicas.
   Llega a medir metro y medio de diámetro, formando una perfecta esfera, siendo sus hojas perennes y largas, numerosas y delgadas, a manera de cuchillas largas, filosas y con púas, de 30 a 90 centímetros, que extienden radialmente hacia todos lados formando una roseta, de aspecto cariáceo, ascintadas, cerradas en punta y de un color verde grisáceo, cuya espina larga al clavarse es muy difícil de sacar. Sus flores son pequeñas y encarnadas, de dos centímetros de diámetro, blancas las macho y rosadas las femeninas. Los antiguos hacían fuego frotando sus tallos unos contra otros, fabricando con sus esbeltas hojas hermosos cestos.
   Su nombre científico, dasylirión wehelen, la hace familiar de las aspergaceas, siendo su hoja monocotiledonia, perteneciente a la familia de las angiospermas, por sus semillas de un solo cotiledón en su hoja.












III
      El sotol es una bebida llamada mestiza típica de Durango, Chihuahua y Sonora, parte de la identidad regional y de su riqueza gastronómica, que obtuvo su denominación de origen en 2002, compitiendo sin ningún complejo con bebidas de gran tradición y prestigio internacional, como el tequila de Jalisco o el stabentun yucateco. Es aun hoy en día elaborada con procedimientos auténticamente artesanales de la cultura autóctona, por lo que concentra el sabor único o esencia del semidesierto del norte mexicano.
   Los antiguos nahuas lo llamaban Tzotolin, por el sabor dulce de su calabaza, y se le atribuyen virtudes curativas. El destilado de la dosylinon wheeleri (su nombre científici) o de la yuca del desierto, tiene una antigüedad de cuando menos 800 años. La palabra sobria y educada del Maestro Don Héctor Palencia Alonso nos recuerda que la voz sotol viene del nombre nahua "zotolin", que significa palma, y que también denomina a la bebida altamente embriagante, llamada también zoyae. Al sotol se le atribuyen muchas bondades mezclada con otras plantas, desde la diabetes hasta como remedio para los grandes corajes o muinas, además de propiedades claramente afrodisiacas –que no debe confundirse con en quiote, una especie de mezcal llamado "raicilla" en Jalisco, mucho menos con el toloache o higuera del infierno, cuyas propiedades vuelven a la gente imbécil.
   Con sus hojas finas, delgadas y espinosas, se tejen tradicionales sestas y está asociada al canto del desierto, llamado canto cardenche, que a la vez que aviva, apaga luego el dolor que se siente, pues su ingestión equivale a una llama que despierta de su sueño o del letargo a la conciencia –superando con ello las insidias y las miserias del mundo. Algunos indígenas de Sonora, de Copano, El Fuerte, también la beben, estando sus rituales asociados fuertemente a la tradición cristiana.





   Hasta la actualidad es usado en fiestas religiosas y rituales por las tribus endémicas, de los mezcaleros, tobosos, chiricahuas y apaches, dando cohesión y articulando el centro de la comunidad. Se fabrica en los municipios durangueños de Cuencamé, Mapimí, San Juan de Guadalupe, peñón Blanco, Simón Bolívar, Indé y Lerdo.  En la Nueva Vizcaya, los franciscanos ayudaron a los procedimientos prehispánicos importando mejores técnicas de destilación.





Fotografías de Xivan Orozco Eduardo

   La destilación comienza cortando la planta en “jimas”, cociendo la piña resultante en un hoyo con piedras volcánicas al rojo vivo y leña, cubriendo la calabaza luego con hojas de la misma planta, luego, se tapa todo con tierra y se espera seis horas y se apaga con agua el fuego, dejando los rescoldos de la hoguera reposar por tres días. Cumplido el plazo se retira la piña y se le machaca con un palo de mezquite, de forma de un bastón, se pone su jugo en una tina de madera y se deja fermentar, para luego destilar el agua fermentada en un alambique en el que destila y del que se obtiene el “agua-vino”, obteniéndose así por fin el sotol, una crema de aguardiente con un ligero sabor de humo y tierra. 
   Por medio de la destilación, que sigue siendo básicamente artesanal, se obtiene de ella una bebida parecida al tequila, pero mucho más fuerte, llamada con el mismo nombre de sotol. Existe en numerosas variedades al ser preparada con café, pasas, nuez o almendra –y cuando se quieren agregar virtudes afrodisiacas se le cura con damiana. Se le usa sobre todo para darse valor y se le atribuyen maravillosas virtudes estomacales. Los cantantes del desierto dicen antes de usar su cardenchera voz que primero se toman su “pastilla” o que toman la “tetera” para abrir la garganta y animarse ante el público.  






IV
   El sotol se relaciona, en efecto, con el canto cardenche, una famosa tradición oral anclada en el desierto que estuvo a poco de perderse para siempre. Se cuenta como una tradición de la laguna, estando sus representantes más conspicuos, casi únicos, siendo del poblado de Saporis. Se trata de un canto a capela, ejecutado a varias voces que se alternan, cuyo estilo vocal frisa con el llanto, el desgarramiento interno, la música que sale del alma y el doloroso silencio.
   Luego de que los viejos cardencheros se acabaron, luego de que aquellos se juntaban de noche, en la madrugada cuando no había todavía radio, y agarraban la “tetera” para cantar, renació esa vieja tradición. Sus relevos han cosechado si no fortuna, fama: Fidel Erizalde, Antonio Valles, Guadalupe Salazar son ahora sus máximas voces interpretativas y llevan juntos como grupo un cuarto de siglo –Genaro Chavarría, ciego, se retiró del grupo hace unos años. Es un canto difícil, con muchas subidas y bajadas, para el que además hay que tener sentido, no sólo musical, pues representa toda una idiosincrasia y estilo de vida.  Sus letras más conocidas son: “Pobre de mí”, “La redonda luna”. “Al pie de un árbol”, conservándose en la actualidad 48 composiciones, mientras que otra mitad está perdida. Con ellas han asombrado al público disímbolo de Nueva York San Antonio, Las Cruces, Washington y París, cosechando el aplauso de los oídos más sofisticados del mundo. Desde sus inicios han participado en el Festival Revueltas de Durango, por ser a todas luces uno de los logros distintivos de la cultura popular -a pesar de que oídos de resentidos y oportunistas quieran reducirlos a su mínima expresión, pues en su última edición apenas subieron al escenario cuando ya iban bajando de salida, a pesar de los aplausos sinceros del público, para dar así el lugar preferente a las estridencias explosivas de la moda. 
   A pesar del dudoso gusto de viejos administradores y modernos burócratas vanguardistas, nadie le quita al canto cardenche ser una tradición muy bonita, que da un exótico sello de identidad cultural a la región, que claramente se proyecta como una fuente de sensibilidad frente a la modernidad vacía de objeto, cuyo exorbitado amor por el ahora tiene como sino el pasar de largo, sin dejar huella, empeñada en la soberbia huera y en la noña miseria de los tiempos revueltos que corren, frenéticamente, hacia el abismo.












V
































[1] Sotol. La Magia del Desierto Líquido. Varios Autores. CONACULTA. GED. ICED. Perro Bravo Artes Gráficas. 1ª Ed. Agosto del 2014. Victoria de Durango. 50 ejemplares. 




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