lunes, 5 de octubre de 2015

Camino a Durango Por Alberto Espinosa Orozco

Camino a Durango
Por Alberto Espinosa Orozco


I
   El relato, es obvio, comienza con un viaje. La noche había sido difícil y turbulenta. Apenas logré dormitar por algunos momentos, perplejo y desgarrado de preocupación por el dolor de una retirada tan súbita que no me dejaba oportunidad para otra cosa que imaginar y hacer vagos planes sobre la ruta que elegiría para salir de la ciudad. El sentimiento opresor de una mirada espía y vigilante, violenta y resentida, apenas dejó un rincón para el descanso nocturno.
   Las señales pitagóricas habían estado corrompidas todo el día anterior y las alarmas telefónicas que se sucedieron cuando realicé lo que sería la última visita a casa de mi tía, así como el tigre eslavo esquizofrénico que con celular en mano se proyectó literalmente sobre el parabrisas del automóvil cuando pasaba en mi coche enfrente de la casa de mi prima, pero también el payaso horrible, el fantasma burlón y sanguinario, mezcla de humano con bufón de feria travestido con dentadura de fiera, el cual creí entrever por la rendija de la puerta cerrada cuando por la noche regrese a casa y, sobre todo, los golpetazos sobre la puerta de madera de la cochera a media noche, habían logrado poner el sistema adrenalínico de mi cuerpo en el máximo estado de tensión y alerta. Hice mi maletín de viaje llenándolo con lo que consideré en ese momento los papeles y disquetes más urgentes.    Antes de irme a acostar me bañé y rasuré la barba. El temor, sin embargo, produjo una especie de precisión de tornero en todos mis movimientos, aunque la mente y sus asociaciones y sus disociaciones corrían desbordadas.
   No sé si el estado de tensión llegó a su punto máximo cuando imagine la casa sitiada por un gruesa manada de chángos armados que pululaban por la azotea, o cuando, ya de madrugada, escuche aterrado la trifulca y frenones, portazos, trifulca y discusión de un par de automovilistas que recordaban las olas del mar encabritado al discutir violenta y airadamente muy cerca de la casa después de reschinidos de llantas y portazos, como si pelearan por un botín o una presa en litigio –con lo que el sueño se volvió inconciliable-, escuche la trifulca de unos automovilistas que como el mar discutían airadamente muy cerca de la casa después de rechinidos de llantas y portazos -con lo cual el sueño se volvió inconciliable.
   Todavía era de madrugada cuando escuché los sonidos que indicaban en la habitación contigua los movimientos de mi primo que se levantaba. Por una extraña coincidencia tenía que tomar el avión justo ese día, con lo que me daba la oportunidad perfecta de salir, de escapar de la ciudad después de dejarlo en el aeropuerto. Abrasé a mi hijo que dormía mi lado, no sabía si por última vez, con ternura y un ambiguo sentimiento de aguda irritación lindante con la impotencia. Me vestí deprisa llevando conmigo la maletilla de papeles, un radio-tocacintas con cara de cabeza de hormiga que  habíamos comprado mi hijo y yo hacía apenas un par de semanas en Plaza Galerías y los doscientos pesos que me había dado mi mamá para salir adelante de las contingencias que se desencadenaban.
   La calle, fría y oscura, aparentaba ser silenciosa y pacífica, como la de una madrugada cualquiera. Sin embargo, poco antes de llegar al puente que rodea el monumento de la Raza, una estridencia cercana nos hizo parar las orejas de atención. Rodamos con cuidado mientras que unas patrullas policíacas hacían un embudo reduciendo el camino. Al pasar junto a un trailer dramáticamente volcado sobre el costado como un dinosaurio agonizante, el ruido de un helicóptero que contemplaba el accidente como una libélula morbosa me produjo la molesta sensación del caos. Apenas vi la escena de reojo y me concentré en el camino angosto angustiado. Poco antes de llegar el aeropuerto pasamos a una estación gasolinera y mi primo pagó medio tanque de la detonante sustancia y me dio unos centavos para unos cigarrillos Marlboro, que no recuerdo donde compré, acaso en la tiendilla de la estación o en alguna que se encontraba cercana. Al llegar al aeropuerto, me estacioné en la salida nacional, bajamos su maleta, nos abrasamos con afecto y el resto del camino lo hice solo.


II
   Tomé la carretera que va hacia el aeropuerto y, más allá, hacia Fresnillo, y aceleré a toda velocidad, hasta que el coche empezó a vibrar, regulando la marcha hasta el límite.  Otros coches de modelos recientes me rebasaban esporádicamente, corriendo como almas que lleva el diablo.  Mantuve el ritmo acelerado sorprendido que otros automóviles llevaran más prisa aún que la mía. Debo haber subido a cien, a ciento treinta, ciento veinte kilómetros por hora, porque el coche, aunque podía correr aún más, sólo lo lograba haciendo temblar el manubrio de dirección y la carrocería. Después de pasar el aeropuerto los coches presa del vértigo empezaron a disminuir. El paisaje de tierra colorado me encendió la sangre y, sintiendo humillación indignada, maldije mentalmente la situación del estado de mis ancestros varias veces.
   En algún momento del trayecto me encontré con un retén militar. Los coches que venían delante hacían una modesta fila y al llegar a ella me detuve. Piensa en lo más elemental, me dije. ¿Qué es?, me dije como en un juego de adivinanzas. La oración, me respondí. Rápido, rápido, ¿de qué consta? Artículo, sujeto, verbo y complemento, me respondí recordando automáticamente mi gramática elemental. ¿Cuál oración es? El Dios bueno ríe, me dije.  En ese momento se acercó el oficial, de rostro pétreo y perruno. Reí un poco, de una manera traviesa y nerviosa, fingiendo no se qué maldad. “¿De dónde viene?“,  me inquirió con frialdad el oficial. “De Zacatecas“, respondí. “¿A dónde va?“,  “A Durango“, le respondí. “¿A qué se dedica?“. “Trabajo…“, y sentí que debía de agregar algo más en el acto. “Soy profesor“. “¿Profesor de qué?“, interrogó sin concesiones. “De humanidades“, respondí con aplomo. “Puede pasar“, me dijo. El camino se abrió y sentí un gran alivio. Lo que más deseaba en ese momento era salir cuanto antes del estado de Zacatecas. Estaba muy asustado y no quería voltear atrás.
   Después de un lapso relativamente largo de tiempo vi a la distancia la primera caseta de cobro en activo. Como no llevaba un centavo, al ver la luz en verde de la caseta, fingí demencia y pasé por ella de largo, pero no a velocidad. El cobrador me grito exaltado y frené como unos cien metros de la caseta. Un paisano alto y delgado corrió hacia el coche y me detuvo molesto. Le dije de inmediato que tenía una urgencia, que no traía dinero, pero que por favor me dejara seguir, que le regalaba un saco. Espéreme, me dijo, y corrió a decirle algo al cobrador. Regresó con él. Le supliqué que me dejara ir. Pero que no, que eran siete pesos. Le dije que no traía dinero, que traía una gran urgencia, que por favor me dejara ir, que le daba un saco a cambio. No sin indiferencia el cobrador le dijo al paisano delgado y alto: “Ahí arréglese con el joven, que le va a dar un saco o algo así“. El cobrador regresó a su cabina. Tomé el viejo saco de Tweed y vi que le quedaría como pintado al paisano delgado y alto y se lo di. Me alegré por la jugada. El paisano me dio un boleto de seis pesos y fracción y salí corriendo a toda velocidad.
   Seguí marchando aceleradamente. Vi una señal caminera que decía “Defina su carril“. Lo definí, tomando el carril de baja velocidad. Otros coches me rebasaron, corriendo como a quien lo persigue un muerto. La atmósfera carretera no me gustó nada, pues hasta ese punto se sentía un clima como opresivo. Seguí corriendo deprisa.
   El camino se volvió decididamente tendido, penetrando en las grandes extensiones del norte del país. Pequeños cerros aplanados y a la distancia algunas poderosas montaña. En un momento dado el camino se partía. Las señales indicaban las direcciones de Durango y Torreón. ¿Me voy para Torreón o para Durango? ¿Durango o Torreón? ¿Torreón o Durango? Aquilaté la situación y decidí seguir de frente rumbo a Durango.


III
   El camino era monótono, de grandes rectas que subían por grandes lomas y montes desérticos. La amplia recta de pronto topó con una curva cerrada rematada por un monte y tuve que frenar con brusquedad, recobre inmediatamente el vuelo y me proyecte con inercia a rebasar a dos o tres vehículos. Un poco después, un hombre con una bandera roja me indicaba detenerme. Otro reten, pensé desconsolado, no puede ser. Frene bruscamente ya encima del camino en reconstrucción. Unos camineros, que me parecieron salidos del mismísimo cielo, arreglaban un tramo del camino. Pasaron unos coches en sentido contrario, y el caminero del otro lado me dio el banderazo y le metí a fondo al acelerador.
   Traté de contemplar el paisaje árido, atormentado por un sol rubicundo al que en aquel momento tomé como compañero y guía. El paisaje adquirió otra dimensión mucho más amplia y extendida, y otra tonalidad mucho más arenosa y amarilla. En algún momento del camino atravesé el Trópico de Cáncer, latitud que marcaba con un monumento, según creo de forma esférica. Me bajé para contemplarlo y me sacudí insistente el polvo de los zapatos.
   A lo lejos me llamó la atención una montaña, la cual, por la dirección de la luz, aparecía claramente formando la figura de un inmenso gigante recostado sobre su costado llevando entre las piernas y sujetándola con los brazos la cabeza de un cerdo degollado. La imagen de un héroe de otros tiempos, pensé, acaso petrificado desde la antigüedad más antigua, atreví ya en plena alucinación. Después he pasado otras veces por esa región, pero la posición de los rayos solares, el juego de luces y sombras, no me han vuelto a revelar más esa imagen imponente que tomé la primera vez por pétrea y absolutamente objetiva.
   Entré en una larga recta en la que rebasé a varios camiones de carga viejos.  Un camión rojo detuvo mi impulso. Entonces una vieja camioneta color verde, pero de potente chasis me rebaso.
   Tomamos juntos la curva y al ver su potencia y la pericia del piloto seguí metido atrás de ella. Las camionetas Ford nuevas en sentido contrario cada vez aparecían en mayor número. La camioneta blanca de caja llevaba una leyenda: “¡Material Peligroso“. Me dije, yo me voy detrás de ella.
    El sol empezaba a reclinarse, luciente y esplendoroso como un héroe. Sentí su presencia amigable y rigurosa, experimentándola claramente como un gran ojo bondadoso, o mejor, como un fraternal amigo. Sin palabras se suscitó una especie de diálogo, de cercanía comunicativa. Ahora sí, me dije, que Dios me guíe. En eso que empiezo a ver un chisporreteo de brillos en la carretera asfáltica. Acelera, pensé, en cuanto veas una lluvia, una chispa de ellos. La táctica me dio resultado. En cuanto veía un rayito de sol brillando reflejado en las piedrecillas cristalinas del asfalto negro aceleraba un golpecito. Vuélale, porque si no aquí té quedas, pensé. Seguí viendo los brillitos y acelerando exaltado –a la vez que relacionaba todo eso con mi destino, con las dificultades que encontraría en el futuro, masoquistamente pidiendo más rigor, más complicaciones aún para el futuro, cosa que el astro concedió sin miramientos.
    Las camionetas Ford en sentido contrario seguían pasando a gran velocidad, casi bufando de esfuerzo y furor. Sentí mucho peligro y me volví a meter detrás de la camioneta de material peligroso. De pronto note que los dos banderines que estaban en los extremos de la defensa trasera movidas por el aire me hacían señales inequívocas de acércate, acércate…, aléjate… acércate. Las obedecí puntualmente, escondiéndome de las camionetas Ford nuevas que en sentido contrario pasaban a gran velocidad, como una estampida de búfalos o como una plaga de langostas. Durante un buen tramo del camino pasó lo mismo. Las banderitas me alejan y acercaban con sus movimientos al vai-ven del aire: acércate, acércate, acércate… aléjate, acércate, aléjate… acércate… etc. Estaba a la vez exaltado y aterrado. Pasaban las camionetas con furor. Me pareció que algunas de ellas resguardaban un tráiler largo, de color gris, que paso entre ellas pesado, regio y oprobioso, como si trajera en sus entrañas un botín de guerra.
   Después de varios kilómetros, cuando por fin terminó de pasar la caravana de camionetas nuevas Ford, la camioneta blanca de caja de material peligroso redujo un poco la velocidad y me permitió rebasarla haciéndome el chofer una seña con la mano. Cuando pasé junto al chofer nada me pareció mejor que agradecer su maravillosa ayuda con un claxonazo coto: piip. No me atreví a voltear a ver al conductor, que imaginé un ángel, pero alcancé a hacer una reverencia de humildad con la cabeza. Un poco más adelante la camioneta blanca de material peligroso se me emparejó y me saludó con un claxonazo: piiip. Saludé con absoluto asombro sin voltear a ver al conductor, pero sentí una alegría infinita. Un poco después sollocé un poco al sentir mi vida a salvo.


IV
   A lo lejos apareció la ciudad de Durango. Un cielo imponente le servía de marco. Malvas, naranjas, morados de las nubes formaban un palacio, un castillo imponente que se posaba sobre la cuidad. Me acerqué conmovido. Entré a la ciudad Victoria de Durango a las siete de la tarde exactamente. Casi exánime estacioné el automóvil a una cuadra de la primera iglesia que encontré. Era el Sagrado Corazón. Cuando me baje del auto y estiré un poco las piernas sobre la acera, di un par de pasos y descubrí atónito que había un nombre escrito en la banqueta: era el de mi diminutivo. Después de treinta y ocho horas de camino, había llegado a la Ciudad de los Símbolos.

Victoria de Durango, Durango
Notas  del 29 a 31 de octubre de 1999






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