jueves, 24 de septiembre de 2015

Juan Emigdio Pérez: la Voz de Todos Por Alberto Espinosa Orozco


Juan Emigdio Pérez: la Voz de Todos
Por Alberto Espinosa Orozco




I
   El poeta es el ser que presta su voz para que las cosas hablen; en ocasiones no hablan sólo las cosas en su memoria, sino la historia, encarnado su voz entonces a un periodo de tiempo o a una personalidad colectiva. Nuestra Voz no Calla, el poemario de Juan Emigdio Pérez Olvera, es así un cristal de la memoria colectiva.[1] 
   El libro, alentado en su composición por el escritor Víctor Samuel Palencia Alonso, tiene en su raíz misma algo de empresa colectiva, siendo guiada la mano del poeta por el legendario juez de distrito y poeta comunista Don Alexandro Martínez Camberos desde sus aposentos en el Hotel Plaza.
   Piedra de cristal de roca, piedra fundadora, donde se deposita y guarda la visión de una vibración de la memoria colectiva: los ecos que el tiempo, como una huella indeleble, ha dejado reverberando en el espacio de la memoria, movida por la vibración cordial de los nombres más ilustres que han animado una empresa esencialmente social, que es raíz y fruto de los esfuerzos más conspicuos de una comunidad, para tocar con sus clarines las más altas dianas de los ideales y valores más altos de la humanidad, alcanzando con ello la luminosa universalidad de sus fines.
     En efecto, entre los logros distintivos de la cultura durangueña han de contarse la lucha de las generaciones universitarias para lograr el pleno florecimiento de su más acabado desarrollo, el logro de la plena realización de su personalidad política autónoma dentro del estado. Porque la universidad es algo más que un simpe instrumento técnico para facultar a los profesionistas y del que se sirve los individuos para su bonanza en el comercio o la industria, sino una verdadera sociedad, magistratorum et discipulorum, llamada a realizar la obra de la cultura superior de la nación –objeto que a la vez es la obligación esencial del estado.
   La Universidad, en efecto, no puede vivir en función del lucro individual, menos aun en función de una enseñanza socialista que lucha en contra de la sociedad por mor de las ambiciones políticas de los individuos, por ser justamente un organismo público cuyo sentido práctico es beneficiar por medio de la enseñanza y la cultura a la sociedad misma.


II
   Juan Emigdio Pérez Olvera invocando a Caliope, la musa de la épica y de la oratoria, nos brinda en su pequeño volumen una gran visión histórica de la gesta esencial de la sociedad durangueña  para alcanzar la liberación final de su cultura, aclarando, con la luz de su verbo cantarino, las transiciones más significativas en la evolución universitaria regional, a la vez que iluminado sus fines y objetivos más caros, alcanzando sus líneas la sintética redondez rotunda de la esfera –pues, a fin de cuentas, principio y fin, origen y destino, coinciden en la representación mental.
   El poemario sale de tal forma al camino de la historia, entrando entonces al paisaje de los 420 años en que, a lo largo de una dilatada lucha social, se han ido alcanzando los valores propios y universales de la enseñanza y de la cultura superior. Esfuerzo y lucha sostenida, cuyos escollos y obstáculos, a veces infranqueables, han servido para forjar en los universitarios un carácter, resistente a las desilusiones anejas a las contingencias del tiempo, haciendo de su dolor, a la manera del pueblo elegido, una prueba secular de purificación, de donde extraer la fuerza suficiente para creaciones más vastas y poderosas.[2]
   Así, en la noche de los tiempos sembrada de preguntas como estrellas, el poeta medita sobre la identidad universitaria, individual y colectiva, sobre sus principios y fines, sobre la definición de la cultura propia liberada de la heteronomía a la que la somete la serpiente, que da carácter y destino a un pueblo, modelando con su diferencia específica a toda una región geográfica, oponiendo el tintilar de los joyosos brillos de las estrellas a las sombras insidiosas de  aciaga noche. Los dogmas y el engaño de improbables doctrinas, aparecen entonces como piedras y escollos naturales del camino, que no han de extraviar el horizonte luminoso de la patria, ni a romper en esquirlas la unidad tenaz del saber y la cultura.
   La palabra viva del poeta aparece entonces en lo que tiene de caminar de río tumultuoso que se curva, que da un rodeo, pero que en la comba de su viaje siempre vuelve para llegar al final de su sendero. Imagen de la lucha y la rebeldía: del empuje de la fuerza social por dar realidad material a los evanescentes ideales del pueblo por alcanzar una cultura superior y dotar de razón de ser al derecho, apelando necesariamente a la crítica, que es factor de cambio dentro de una misma tradición y de progreso social en el sentido del desarrollo humanista.
   Búsqueda y condensación de los símbolos que dan realidad a los anhelos de una comunidad e identidad a una cultura, cuyas rocas centenarias son cimientos del templo del saber, que sostendrá en su recinto los tiempos de cambio y creativos que se anuncian. Visión también de la trabajosa marcha de los tiempos, es cierto, que a partir de bien labradas imágenes, a la vez íntimas y sinceras, el poeta presenta como visión de largo aliento de la gesta heroica de una comunidad  por conocerse y llegar al acabamiento de sí misma al plasmar en la materia la aventura sin tregua del espíritu.   



III
   Visión de los orígenes y de las piedras fundadoras de una cultura que,  a la manera del mito, han estado ahí desde el comienzo, en el tiempo que a la vez es de hoy y desde siempre: 

“Porque antes que tú, él, ella, nosotros,
El caserón del entusiasmo, piedra y mortero,
Con el calor de las vivencias personales,
Ya era jardín, sol que estaba esperándote
Con el nombre que tus labios lo nombraban.”

        Juan Emigdio Pérez canta en solfa de épica sordina, sobre el paisaje de la fundación de Durango, la esencia de los nombres y sus individuales sustancias. Visión de la unidad de una pluralidad, la cual comienza con unos cuantos nombres, arcaicos y lejanos, de los antiguos poseedores de esta tierra. Continúan vivas así en la memoria las rupestres voces indelebles que los llaman: Sahuatoba, Masada, Ouruba. Nombre de los hombres de los inmensos territorios de aridoamérica, que son  parte del paisaje de la 2ª Conquista del territorio mexicano, dotado todo él de incalculables riquezas materiales y culturas milenarias, que a la par se mezclan y se abrazan con los de Nicolas de Arnaya y Gerónimo Ramírez, fundadores en 1596 del primer edificio central del Colegio de los Jesuitas, llamado de San Ignacio.  
   Luego, la imagen del levantamiento de de la nación Tepehuana al mando de los sacerdotes Gogoxito y Cuautlatas.  Pueblo aborigen que, al no poderse integrar a la nueva cultura, organiza la rebelión de las naciones sometidas en 1616, llevando su líder Gogoxito el “tlutole” o mensaje de liberación del dios de la guerra, a los 25 mil rebeldes armados con arco y flecha, dos mil de los cuales sitian la villa de Durango, y quien finalmente muere emboscado en el camino a Gurisamey, al ser combatido por el gobernador Avelar.
   Visión de los misioneros franciscanos y de los sacerdotes y educares jesuitas, finalmente expulsados en 1767, cuando el colegio cambia de nombre a Seminario Conciliar de Durango y luego a Colegio Tridentino, terminado el Obispo Maracuyá de Aquilanin el Edificio Central en 1777, celebrándose el hecho con solemnes misas y populares procesiones.
   Nombres, nombres al viento impregnados de recuerdo, para gustar, oler, palpar, para saber y saciar la sed de la memoria.


IV
   Visión, pues, de las necesarias transiciones históricas y de la evolución de la educación superior de nuestro estado, cuya siguiente etapa  está marcada con los nombres del Colegio Civil de Estado, luego Instituto Civil de Estado, Instituto Civil Literario, Instituto Juárez y Universidad Juárez del Estado de Durango.  Nombres y fechas, preguntas; fechas, símbolos y nombres; impecables diamantes verbales levantados por el viento del recuerdo.

“¿Quién soy yo, quien eres tú, quienes nosotros?
Aquí abajo la misma sombra del mismo árbol
Bajo esta noche sembrada de preguntas
Bajo este día con su piñata de caminos.”

   Primero el nombre del Colegio Civil, fundado por decreto el 9 de abril de 1856 sobre la vieja casona del eximio y cultísimo historiador José Fernando Ramírez  (Parral, Chihuahua, 5 de mayo de 1804 - Bonn, Alemania, 4 de marzo de 1871), en la finca de la calle de Negrete #700, tomada por los liberales Francisco Gómez Palacio, Luis de la Torre y José María Hernández y Marín, donde nacieron la Escuela Secundaria, la Escuela Profesional de Derecho y la Biblioteca Pública del Estado,  siendo su primer director José María Regato, bajo el gobernó de José de Bárcena.[3]  
   Su segundo director Francisco Gómez Palacio, bajo el gobierno de José María Patoni, vio el cierre de las puertas de la escuela, que por dos años se convirtió en cuartel, por causa de la intervención francesa, siendo a fines de 1860 que las fuerzas liberales recuperan la plaza resistiendo así al enemigo, en la época en que Durango contaba con escasos 30 mil habitantes.
  La patria sacudida por la Revolución de Ayutla, la Guerra de Reforma y la Intervención Norteamericana, ve el 3 de enero de 1867 la reapertura del Colegio Civil, cuando Benito Juárez regresa del norte, devolviéndole a la escuela todos sus fondos y pertenencias, el cual cambia de nombre a Instituto Civil –y a la muerte del benemérito el 18 de julio de 1872, por petición de Gerónimo Sida, comienza a llamarse Instituto Juárez, a partir del 5 de agosto del mismo año.

“De pronto, inesperada, llegó la tristeza,
En una parvada de incendiarias pasiones
En una nube de dolor, pólvora y sangre,
en un sudoroso caballo sin jinete.
En una bandera nacional hecha girones
En la punta de la espada amenazante
En la voz del enemigo permanente.”


V

“Quien ahora lo mira lo volverá a mirar
Y lo verá con el asombro de la vez primera
Quien ahora a él entra, volverá a entrar
Con la timidez y la seguridad de poder volver.”

   El siglo XX se abre con una serie de movimientos de reivindicación social. El primero de ellos el 23 de febrero de 1901, cuando los estudiantes de jurisprudencia fundan la primera Sociedad de Estudiantes. Una década después, el 10 de diciembre de 1913, el gobernador Pastor Rioaux cierra el Instituto Juárez por falta de fondos por un año, mientras que los catedráticos virilmente continúan impartiendo cátedra, heroicamente y sin retribución alguna.  En medio de ello, la revolución armada de Villa y de Zapata, de Madero y Obregón, de Carranza y Calles, dando voz a las exigencias del pueblo, que despertaron conciencias y reclamaron errores:

“Para exigir salario y horario razonable
Para exigir una vivienda limpia y digna
Para exigir educación y atención médica
para exija alimentación, vestido, remuneración
para exigir libertad de expresión e ideológica.”

   En 1922 se consigue el derecho de estudio para las mujeres, quedando grabados los nombres de las primeras alumnas de la Institución: Ana María San Martin, Rosa María Rivera, Margarita Rivera y Dolores Peña.
   Cuatro huelgas sacudirían los recintos educativos en el siglo entrante, dejando en claro que los procesos de conformación universitarios están sujetos a los acomodamientos de las capas tectónicas de la historia, siendo su lento desarrollo el de las catedrales de roca.  
   La primera huelga estalla el 3 de noviembre de 1933, cuando el gobernador Carlos Real, presenta un proyecto de “Ley Orgánica del Instituto Juárez” que atenta brutalmente contra la autonomía de la enseñanza, pretendiendo que tanto rector como maestros sean designados por el gobernador. La huelga se prolonga por 19 días, componiendo el comité el poeta miembbro de la LEAR Don Alexandro Martínez Camberos, Abdon Alanis, Salvador Mijares del Palacio y el estudiante Rubén Darío Vela Murillo. Poco después, el 23 de diciembre de 1937 se incorpora el Instituto Juárez a la UNAM.
   El 21 de marzo de 1957 siendo rector Ángel Rodríguez Solórzano (1957-1964), apoyado por Francisco González de la Vega, el Instituto Juárez se convierte en la Universidad Juárez del estado de Durango.  Momento de transición que en medio de réplicas, repliegues y cambios, da continuidad a la tradición de la enseñanza en el estado.
   El segundo gran estallido social del siglo: el histórico Movimiento del Cerro del Mercado, del 9 de mayo al 2 de junio de 1966. La protesta estudiantil abarca a los trabajadores, el reclamo por los salarios otorgados mezquinamente por los miserables, y en medio del llanto y la pobreza, el hartazgo expresado jubilosamente en mítines, volantes, revistas, en las aulas, los cafés, en los camiones, plazas y oficinas, en los patios, en las casas y jardines, en los campos, en las minas y en el bosque. El gobernador Ángel Rodríguez Solórzano, da fin al movimiento el 28 de julio al ofrecer a los líderes estudiantiles un paquete de ofertas económicas.

“Cada árbol es dueño del sabor de sus frutos
Cada puño encierra el poder de su fuerza
Cada garganta conoce la potencia del grito
Cada ojo sabe donde fijar la pupila.” 

   Un tercer movimiento tiene lugar el 9 de enero de 1970: 200 estudiantes recorren la ciudad y culminan tomado el Palacio de Gobierno, señalando el engaño social, el incumplimiento de la ley y la prepotencia de las autoridades, presentando un pliego petitorio de exigencias al gobernador: industria de transformación mineral, escuelas, caminos, al grito de “Durango existe: es tierra nacional”. Se declara la desaparición de poderes. El rector Carlos Galindo Martínez (1964-1974), contando con el respaldado del ejército que rodea el Palacio, presenta un ultimátum a las 12 de la noche. Luis Echeverría vista el estado el 31 de mayo; renuncia al gabinete Miguel Guerrero Román y culmina el movimiento de 1970 con la gran marcha del Silencio: la multitud se une al grito de “Goya, Goya: Universidad”.
   El 1 de noviembre de 1976 se constituyen los sindicatos de trabajadores y empleados, y el día 13 el de académicos. El rector José Hugo Martínez Ortiz (1974-1986) deja su puesto para ser nombrado Secretario de Educción; toma el relevo el rector José Francisco García Guerrero (1986-1988), quien es derrocado vergonzosamente el 28 de mayo, y de forma humillante durante el consejo universitario es agredido y tirado al suelo.
El Dr. Jorge Ruiz Díaz (1988-1992) toma su lugar y enfrenta, junto con su secretario general Juan Francisco Salazar Benítez, un cuarto movimiento: la famosa Huelga de los 100 Días (del 5 de febrero al 2 de mayo de 1988) contra el abandono y aislamiento del estado y la pobreza social.
   El nuevo rector, C.P Juan Francisco Salazar Benítez (1992-1994), enfrenta un largo conflicto que dura un año siete meses (de octubre de 1992 a mayo de 1994) por la disputa de la rectoría, teniendo abandonar el Edificio Central, para refugiarse y despachar en el edifico del El Aguacate; mientras tanto el combativo librero Rubén Vargas Quiñones toma las instalaciones administrativas, participando activamente en el conflicto Alejandro Goitia, José Trinidad Ruiz León, Carlos Ornelas y Rubén Ontiveros Rentería –hasta que el edificio es finalmente entregado al estudiante Víctor Quiñones. Es nombrado como rector José Ramón Hernández Meras (1994-2003) y aclamado en el Auditorio del Pueblo –sucediéndose hasta la fecha cuatro rectores más: C.P. Rubén Calderón Lujan (2003-2010); Dr. Salvador Rodríguez Lugo (agosto-sept. 2010); Dra. Elvia Engracia Patricia Herrera Gutiérrez (sept-oct 2010) quien abre su mandato con una todavía no asimilada la toma policiaca del edificio Central, poniendo en duda la autonomía universitaria; Lic. Tomás Castro hidalgo (2010-2012), y; C.P. Erasmo Nava García (2012-...).


VI
   Historia de las luchas de un pueblo por darle un carácter público y de beneficio social a la educación, que no ha concluido en los inicios del lo que va del Siglo XXI y del tercer milenio. Lucha centenaria de un puñado de héroes anónimos que han sabido resistir e incluso sobreponerse las administraciones salvajes que tan frecuentemente padecemos, teniendo ahora como insignia el himno universitario, debido a la pluma y atril de Alfredo González y Héctor García Calderón, donde está presente el dorado polvo de sus hijos en el paraninfo mayor de la memoria colectiva.
   Historia de logros y continuidad, es cierto, pero también de rebeldía, por el dolor de la injusticia, que sólo puede ser fecunda cuando está guiada por los cielos azules del ideal, por los sublimes anhelos de un mundo mejor. Porque siempre habrá y ha habido un grupo de abnegados amantes del saber, quienes dotados de recursos miserables realizan verdaderos prodigios en pro de la vedad, el arte y la cultura.
   Tal es el caso de Juan Emigdio Pérez Olvera, cuyo libro de poemas épicos, que se reedita ahora por el ICED luego de un cuarto de siglo, canta así a la nobleza y a los ideales de su Alma Mater y a la gesta histórica de sus mejores hijos. Invitándonos así a no desfallecer de nuestros más caros anhelos porque, a fin de cuentas, en los pasos cotidianos del camino camino está ya insinuada la imagen de la meta. Invitación, pues, a no quedarnos presos en los líquenes de las aguas estancadas, a movernos y salir jubilosos al camino; en un salir de la letra muerta que es un entrar al orbe de la verdad y la cultura, para entonces humanizarnos plenamente, para ser mejores como individuos y como comunidad. Exhortación del poeta a partir con entusiasmo a la ventura, en la búsqueda del destino propio y colectivo, agotando con generosidad el ámbito de lo posible, enfrentando, incluso, la incomprensión, la soledad, el desamparo, siendo acompañados empero en nuestra marcha por otros solitarios: los amigos inesperados que por las afinidades electivas harán más dulce la luz del sol en el camino, y más  alegre el peso cotidiano de los pasos -al marchar en pos de la sempiterna estrella trascendente.

Victoria de Durango
17 de septiembre de 2015













[1] Juan Emigdio Pérez, Nuestra Voz no Calla. Semblanza poético-histórica de la Universidad Juárez del estado de Durango (1596-2013). CONACULTA. ICED. 2ª Ed. Febrero de 2015. Programa editorial a cargo de María del Socorro Salazar Sosa. Viñetas de: Guillermo Bracbo Morán, Elizabe3th Linden Bracho, Víctor T. Arrieta y Nataly Ortega Freire.
[2] El día de hoy más de 140 mil durangueños se encuentran en edad universitaria, contando la entidad con 55 escuelas de enseñanza superior , públicas y privadas, para abastecer la creciente demanda de aprendizaje. 420 años de las universidades en Durango Por Cecilia Torres.  Periódico Victoria 7 sept. 2015.
[3] Luego el mismo edificio sede de la Normal Superior del Estado, de la Escuela de Música y del “Generalito”, oficinas sindicales de la UJED. 





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