sábado, 26 de septiembre de 2015

Entrevista a Doña Laura Hernández: La Casa del Pan Por Alberto Espinosa Orozco

Nuestras Tradiciones
Entrevista a Doña Laura Hernández:  La Casa del Pan
Por Alberto Espinosa Orozco

“El santo olor de la panadería.”
Ramón López Velarde




I
   Es una tradición de familia, somos la quinta generación de panadería. La tradición del pan viene por parte de mi madre, de mi mamá y por parte de mi papá; ellos se dedicaron a la artesanía de la cantera y ahorita en la actualidad con mi hermano más chico, ellos se dedican todavía a la cantera. Mi papá está en la calle prolongación 5 de Febrero y Nasas, enfrente del monumento de los Hermanos Arrieta.
   Este oficio yo lo aprendí de mis abuelitos, ellos ya sabían como hacer todo, la tradición de los tamales, conchas, duques, chilindrinas, magdalena; Todo eso hago. La panadería se llama “La Casa del Pan”. Yo me especializo más en la gente que tiene problemas con la diabetes, me he especializado en esa rama de la nutrición. Esos panes son elaborados a base de puros cereales, de puras especies de canela, anís, clavo, para sustituir un poco la azúcar –aunque usamos una azúcar especial, la azúcar esplenda, para ellos. Pero más le ponemos todos los cereales. Hay personas que a veces desean un pastel que sea exclusivamente para los diabéticos, de anís, de canela.
   Tengo 32 años ya de elaborar estos productos, pero no en este local. Yo antes me dedicaba en mi casa elaborando los productos, hasta que recientemente pude dar carrera a mis 5 hijos, que hoy son profesionistas; ahora me ayudan a mí. Todos mis hijos me ayudan, uno me ayuda, me ayuda otro, de una manera o de otra me ayudan. Mi hijo mayor aprendió desde la edad de 12 años, desde chico, porque mi esposo se enfermó y se quedó discapacitado para poder sostener a su familia. Gracias a que yo sabía hacer todas estas cosas en mi hogar, a que yo había visto hacerlos a mis abuelitos y todo eso, entonces nunca me imagine que me iban a ayudar para salir adelante con mi familia y así fue, de esa tradición
   Y aparte la artesanía del pan es una terapia maravillosa. Salva a los hijos de todo, de vicios, sobre todo de todos los vicios. Porque hoy no tiene tiempo el chico, de estar pegado al televisor todo el santo día de Dios, enseñándole todas las cosas negativas de la vida, violentas. Y cuando en familia se hace una pequeña industria todos son cooperadores, ayudan todos. Pues se salvaguarda la familia, de un poco, puedo de decir que de un cien por ciento en mi caso. Antes era más posesiva la familia, hoy en día ya no es igual, van como sin saber hacer nada en la vida, hasta el momento en que se necesita cumplir. A causa de tanto trabajo se olvidan de la convivencia diaria entre los hijos y el papá, porque de todos modos antes, aunque trabajaba la gente más duramente, había mucha convivencia con los hijos y había valores, porque los padres se los iban trasmitiendo a sus hijos, una tradición. No hay tiempo para los hijos, no hay tiempo. Porque mi mamá, mi abuelita nos dedicaban tiempo a nosotros para leer cuentos  y luego eran personas que eran preparadas, en el sentido de que aunque solo habían hecho para las mujeres carreras cortitas, nos dedicaban tiempo.
   Cualquier oficio es muy bueno para salir adelante, para cuando se presenta una situación difícil. A mi me tocó un decisión, haber aprendido de mis abuelitos tanta cosa. Mi abuelito se llamaba Eduardo Marines, maquinista de oficio, máquinas de trenes. Y mi abuelita Marcela Rodarte Barbosa. Y ella se casó con mi abuelito a la edad de 16 años y el de 48, y mi abuelita Marcelita jovencita, ella chiquita  y él ya grade. Y ella era quien traía la tradición del pan, desde sus antepasados por allá. Y ella fue mamá de mi mamá, se llamaba Genoveva Marines Rodarte, y mi papá Rodrigo Hernández Núñez. Ya murieron los dos, mi papá hace 4 años que murió,  mi mamá 22 años. Primero se murió mi mamá, y era más joven que mi papá y mi papá era 13 años más grande que mi mamá y vivió más –pues ya el destino marcado de cada quien, su tiempo.
   Esto tiene una bellísima tradición. Hacemos roles de avena, de amaranto, pasas y coco, hacemos unos cuernos deliciosos de jamón, queso amarillo y chile jalapeño, de rajas, de chile verde con queso, de queso Filadelfia con atún y chile chipotle. Aquí nunca encuentra lo mismo. Los precios son módicos, accesibles a todos, pero si sale pa´l chivo, como vulgarmente dicen.
   Nos piden para eventos pequeñitos. Como son de una excelente calidad, pues no se presta para ser muy económica, con máquina no. Todo este trabajo es de mano, todo esta elaborado a mano. Mis instrumentos de trabajo son, primero que nada, mis manitas y luego, pues, usamos bolillos, moldes para figuras, para hacer galletas, para hacer galletas de amaranto, de salvado, de linaza, de avena, de maíz morado, es una galleta muy antigua que viene de los indígenas. Pequeños cochinitos de puro piloncillo con harina de trigo, muy delicioso. Tenemos otro, una semita rellena de requesón, deliciosa. Donas de chocolate, de canela, que son de trigo también. Tenemos unas galletas antiguas de nata con naranja, que son ¡huy!, muy antiguas.
   La tradición va de memoria. Quedamos enseñando a mis hijos y ahorita estoy enseñando ya a mi nietecita. Que no se pierda. Que todas estas recetas que tenemos las aprendimos al ver a nuestros papás, a nuestros abuelitos, a los mayores. Y claro, ahorita se van perfeccionando con maquinaria, pero aquí no tenemos maquinaria, aquí todo es rudimentario, todo, ¡es tradicional! Son las manos, un rodillo, los moldes, el horno donde cocemos los panecillos y se acabó, listo, y a comer todo el mundo.
   La tradición del pan nos regresa  a contemplar la belleza del mundo, tan maravillosa, desde contemplar todas las grandes maravillas que tenemos en nuestro país mexicano. El trigo, la avena, el amaranto. Es una planta tradicional maravillosa el amaranto, maravillosa. Es un quelite grande que tiene una mota arriba. Eso es una tradición de los mayas: platican los antepasados que cuando el amaranto estaba en su motita ya maduro, los indios lo metían como en una especie de tapete, lo pateaban, para quitar su coraje, entonces salía la semillita; luego esa semilla que había quedado en los tapetes la recolectaban toda la semillita y luego en seguida las mujeres la tostaban en un comal. Pero cuando hacían unas ostias grandes, que eran para los dioses, estaban hechas de amaranto tostado, miel de abeja y sangre de codorniz. Entonces se hacia la ostia, pero las mujeres debían estar alegres, por eso viene el nombre de las alegrías. Entonces, si esas mujeres no estaban contentas se cuartiaba toda la ostia y pos eran castigadas, porque habían hecho el trabajo estando enojadas. Nada más los reyes y los dioses comían, nomás los reyes antiguos, aztecas, mayas, toltecas, chichimecas, todos esos.
   Es exclusivo mexicano, cien por ciento. Ahora se lo llevan los japoneses y hacen aceite para carro de las hojas del amaranto. Fíjese nomás cuantas maravillas tiene nuestro país mexicano. Entonces a mi me causa muchísima alegría ver la riqueza de mi país, tan grande.




II
   Mis abuelos eran canteros, por parte de padre. Ellos se dedican al granito, porque después la cantera pasó de moda y luego siguió el granito –o sea, pedacitos de mármol que vacían, lo trituran. Ellos hicieron las columnas del Sagrado Corazón y el piso de la iglesia. Mi padre vino en el año de 1945 de Torreón, Rodrigo Hernández Núñez, el Señor Man, muy conocido por el Señor Man aquí en la Ciudad de Durango. Ellos hicieron su logotipo de la marmolería y la unieron y era el nombre de Man y entonces le pusieron Marmolería Man, que estaba en la 5 de Febrero, entre Laureano Roncal y la calle de Regato, muy céntrico, cuando era más chico Durango.


   Eran dos hermanos. Uno de ellos era escultor, era pintor, pintaba, pero como antes, así como el Señor Montoya, que eran líricos. Él hacía pinturas, moldes para hacer las estatuas, de Don Pancho Villa, de Benito Juárez también. Por ejemplo en Parral, Chihuahua, hay allí una escultura que hizo él, entrando a Parral, Chihuahua  Juan Diego y la Virgen de Guadalupe. Es de él. Arturo Hernández, escultor. Entonces el hacía, como la estatua de Benito Juárez en el molde,  todavía puede ir allí, a la marmolería que tienen mis hermanos, en Nasas y la prolongación de 5 de Febrero, pos  todavía se conserva allí un Pancho Villa de muy buen fisonomía, porque el escultor ya ve que a veces no deja una caricatura bonita, que se le vea una fisonomía bonita. Tenía mucha belleza en hacer las estatuas. Y luego, aparte de eso  mi hermano, que es ahorita el Ing. Mario Hernández Marines, él se dedica  a hacer cosas también de cantera.
   Yo vivía en la calle de Constitución 520 norte, por aquí en el centro, era muy chiquito Durango todavía, si, llegaba hasta donde es la Majada, para el México Curts, bueno, todavía no existía la Majada, hasta ahí era lo que se tenía puros campos, huertitas, era lo que había ahí. Y para el Sagrario era lo que llegaba hasta el Sagrado Corazón, era el templo, allí ya nomás terminaba todo lo que habían quitado. Era más amable la ciudad, pos todos nos conocíamos, entre todos los vecinos, todos sabíamos su procedencia.
   Vecino famoso era el Sr. Montoya, Francisco Montoya. Era mi vecino. Él vivía por la calle de Hernández…la calle de Juárez y Hernández. Como vecinos, pos nos saludábamos, y su esposa era una amiga de mi mamá. Ni más ni menos que era amiga de mi mamá, la Señora Mercedes. Tenía su hija Morelia. Su hija Morelia, era su única hija, su hija Morelia y su Hijo Rugo, que es hoy en la actualidad, no se si será director de la Escuela de pintura o algo por el estilo ¿no?  Y su hija Morelia murió cuando estaba en la escuela, en la Normal del Estado. A ella le dio como un cáncer de tiroides. Murió, era muy bonita. Morena clara, apiñonada, con su pelo muy negro, así como entre quebradito el pelo, muy bonita ella. Yo creo que ella, Morelia, moriría… como en el, póngale que ella habrá sido del 48, ella tenía 18 años. Era amiga de nosotros. El maestro Montoya estaba inconsolable.



   El maestro Montoya era amable, amable con las personas que éramos sus vecinas, bonachón, y yo digo que era un papá muy complaciente, porque le gustaba salir con Morelia ahí, a pasar por Santa Ana, al jardincito que había  cerca de la casa de nosotros, el jardín de Santa Ana. Precioso jardín, ahí salía con su hija, con sus bucles, sus listones en la cabeza, la niña, ¡muy bonita! Su papá se llamaba Benigno, también.
    Cuna Durango de artistas. Mi papá decía, como el era de Torreón, que él había llegado aquí y lo había embrujado el cerro del Mercado, que porque aquí conoció a mi mamá y se enamoró de mi mamá y se quedó en Durango. Lleno de tesoros, secretos, aparte de todo, mucha cordialidad entre los que vivíamos antes, que todos nos conocíamos, que nos ayudábamos, nos tendíamos la mano.

















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