domingo, 27 de septiembre de 2015

El Arte y la Cultura en la Educación Por Alberto Espinosa Orozco

El Arte y la Cultura en la Educación
Por Alberto Espinosa Orozco




I
   El arte es: la expresión por alusión, alude a cosas que no pueden ser propiamente hablando dichas; alude a esas cosas mediante analogías, alegorías, símbolos, signos, metáforas, melodías.
   La educación es: el proceso de la formación del hombre, en medio de una cultura que le preexiste y que le sucederá.
   La palabra cultura viene del agro y se refiere al cultivo de las cosas del espíritu, de la mente, de la sensibilidad y es en última instancia cultura animi, formadora del hombre.

   El arte es el gran medio de educación, pues cultiva con goce las cosas del espíritu, haciendo familiares y asimilables los logros distintivos de la cultura de un grupo humano, de una tradición, colaborando así como ninguna otra herramienta o medio a su expresión, transmisión y educación.





II 
   Los individuos empiezan por distinguirse debido a sus aptitudes o predisposiciones de carácter favorables hacia alguno de los sectores de la cultura. Es el llamado, la vocación respecto de alguna exclusiva humana, latente en el sujeto, para su especialización mediante el proceso educativo, formador, realizador de la persona por medio de sus talentos innatos –los cuales cristalizan en la persona a través del arduo camino del aprendizaje de contenidos y formas culturales, sembrado de pruebas y vicisitudes, de desconocimientos e incomprensiones, pero también de alicientes y reconocimientos al esfuerzo y a los logros obtenidos. Ningún aliciente es mayor que el valor del ejemplo vivo del maestro sobre las generaciones futuras.
   La educación es: toda expresión que articule una situación de convencía formativa. Dado que la educación es el proceso de la educación del hombre, de la trasmisión, adopción y recreación de los contenidos de una cultura dada, preexistente, ninguna tarea culturas puede ser más importante, por lo que reclama en el sistema del saber una preeminencia absoluta.
   Capítulo de la estética es el sistema de las artes, que se organiza fenomenológicamente por los sentidos de la sensibilidad humana.
   Si el primer sentido de todos es el tacto, fenomenológicamente hablando, las primeras artes que deben desarrollarse en el niño son el modelado, la marcha y el baile, formadoras de la mano y de el pie humanos. Dentro de las artesanías e industrias ocupa un lugar fundamental la alfarería, que maneja el barro –del que fuimos hechos. El baile por su parte sirve para combatir la molicie del cuerpo, dando a gestos y ademanes el refinamiento de la gracia, y a los pies, el aprendizaje sincopado de los ritmos.
   El gusto y el olfato, íntimamente relacionados de suyo, encuentra su desarrollo propio en la cocina, en especial el capítulo artesanal de la confitería, siendo especialidad suya las nuevas disciplinas como es la aoromoterápia, o las tradicionales como es la floricultura, que lejos de ser motivo de la explotación de menores, constituye de suyo una poderosa industria estrechamente ligada a la agricultura, etc.
   Los restantes dos sentidos, los más espirituales de todos, son el oído y la vista. Sus artes: la música y la literatura y la pintura y las bellas artes -formadoras de la vista y el oído humanos. La literatura, ligada específicamente a la escritura, contrae nupcias con la música en el canto.
   Tienen todas las artes sin embargo una relación estrecha con el tacto, especialmente con la mano, que es, como señaló Aristóteles, instrumento de instrumentos y formadora del hombre todo. Es por ello la mano, en mucho, el centro mismo de desarrollo de toda la empresa educativa, al que le sigue la boca, la expresión facial y corporal toda, el cultivo de la mirada y de la escucha, formadores a su vez de la espiritualidad, de la interioridad humana.









III
   Tal clasificación de las artes, apenas esbozada en este apunte, tiene como función práctica la ordenación del sistema de la educación, el cual suele crecer fuera de toda armonía y control. Su función: el combate de la ignorancia y del error, que condena a los pueblos o a la falta de desarrollo o la ceguera moral y espiritual, pues caído un pueblo en la miseria física o moral es pasto de ese invisible Atila que es el instinto de perdición.
   La educación artística se presenta así como la vía propia para el desarrollo del individuo y de la sociedad, por lo que resulta de una prioridad absoluta en el sistema –pudiendo tener como derivaciones naturales el comercio, la industria artesanal y el turismo. Querer desarrollar primero el turismo y el comercio sin atender a esos contenidos primarios es igual a querer poner la carreta de los bueyes.
   Contra la idea pesimista del hedonismo exhausto, hoy propalada en las plazas públicas, de que el arte es infecundo y no sirve para nada; que es tan solo un goce, y por lo tanto equivalente a un vicio; basta recordar aquí su enorme función social de insobornable vehículo de la educación, formación y logro de los talentos innatos de los individuos, así como de realizador del carácter de un pueblo, signado por su indesconocible vocación por el arte, al ser, como el mexicano, esencialmente un pueblo de artistas y artesanos -adornado con las prendas estéticas de la cordialidad poética y por el rítmico buen gusto de sus rimas y de sus coloridos atuendos regionales.

   






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