martes, 1 de septiembre de 2015

Beautifull & Sad & Hause Por Alberto Espinosa Orozco

Beautifull & Sad & Hause
Por Alberto Espinosa Orozco






I
   La plataforma cultural “La Casa”, en Coronado 941, Zona Centro, luego de engalanarse con la muestra de Manolo Valles “Inútiles”,  volvió a abrir sus puertas para su segunda exposición, titulada Beautifull & Sad, de los noveles artistas durangueños Christian de Jesús Castro Guzmán y Guillermo Martínez.
   La exposición de dibujo y pintura mural se divide en tres secciones, salas o tiempos, teniendo algo de los performances escenográficos contemporáneos. A la manera de un tunel la muestra lleva por un largo pasadizo, que representa la extensión del camino, el cual empieza por mostrar un largo dibujo, de dos metros por cinco de largo, saturado de grafismos, más bien ininteligibles, donde destacan los signos verbales de la negación y la densidad gráfica, advirtiendo así del contexto actual en el que nos movemos, escabroso, vertiginoso y derrapante, donde lo que impera es la confusión de la información, donde el nosotros y los otros se encuentran por decirlo así ensombrecidos, rodeados por el ruido, creando una especie de presión situacional, que inmediatamente se eleva de dos o tres atmósferas de densidad, empezando a insinuar un contexto de caos, de exclusión y de repudio, donde las flechas de entrada se contradicen, para volverse de salida, en una especie de dialéctica de la negación del todo inextricable –en medio de la cual sin embargo siguen parpadeando los flaschasos de la belleza, límpida y hermosa como es, en el despliegue de la composición textual.



II
   En el segundo momento se entra al cubo de la escalera, que obedece a una composición mural en la que los artistas literalmente se bañaron esforzadamente en la pintura, dando cuenta así de las vibraciones exteriores que se imprimen y son interpretadas en la interioridad del alma del artista. La presión atmosférica sube entonces varias atmósferas, aunque sin volverse intolerable gracias a los símbolos que revelan el contenido profundo, en cierto modo humorístico, de nuestra altura histórica: el de las elegantes conserveras que van vacías de contenido, y que recuerdan las ilusiones trascendentales del arte pop; el de los hombres patos que propiamente no hablan, por más que levanten la voz, sino que más bien “pat-hablan”, como en la novela Orweliana de 1984, o que se hacen patos, mostrando entre su pico sus afiladas cerdillas alacránidas.
   Las imágenes empiezan así a ganar terreno sobre los textos, los cuales sin embargo aparecen aquí y allá, a manera de leyendas fragmentarias, indicadoras de rupturas afectivas, o de los muchos días en que la soledad se cierne, como una densa capa oscura, sobre los breves días.
   Destacan en el primer muro dos figuras esperpénticas y ominosas, de gran expresión primitivista, graciosas y caricaturescas, que sin embargo casi podría describirse como totémicas, donde se representa el horror de un “Yo” y un “Tú” desgarrados, al borde de la separación, donde se condensan los sentimientos de tristeza y de belleza, marcados con los signos del cuervo de Edgar Allan Poe y su monótono graznido, que tétricamente reza: “Never more, Never More”. Dictando la esencia misma de la vivencia amorosa: de la que no se vuelve... y de la que no hay vuelta atrás. Compleja composición donde destacan los ojos de soslayo o los hirientes del desdén y la incomprensión de las figuras, atravesadas por  figuras imbricadas que recuerdan a la confortable Mamá Oca, así como arquetipos familiares y amigos, consoladores y de alegre lectura.   



   En el segundo muro alguna alusión a los boleros mexicanos de Lara: “El Conoció el Amor”… y es muy hermoso… se siente un cambio de tono, de gran amabilidad, lo que no hace sino tensar el recorrido, estando impregnado el acertijo compositivo con el timbre más bien de la melancolía: conejos-perros, patos-ardillas, latas y conserveras, un rostro sonriente y otro más lloroso alternan el recorrido, rodeado por maquinas e insinuaciones de ruidos de motores, donde se dan cita “yo” y “él”, en una especie de invocación a la fraternidad, sobre el telón de fondo de un tejido social perturbado, erosionado, en medio de una urbe que empieza a ser dinamizada por la modernidad triunfante cibernética.


    El tercer muro vuelve en cambio a los tonos sombríos, llevando a cabo una especie de fenomenología de la negación, impregnada de sentimientos hostiles: descubrimiento, pues, de la esencia misma del “NO”, que implica el querer negativo: no un simple no querer, resuelto en la agresión, en cierto modo neutral, de la indiferencia, que es ya desdén; sino de un positivo no querer o querer que no, que conlleva las notas de la destrucción, de la aniquilación de lo no querido, donde se decantan los estridentes sentimientos adversos al amor, del odio quiero decir, que no es un simpe no amar, sino un desear el mal del otro, el mal ajeno, y que se incoa por principio en el reprobable sentimiento de la envidia… hasta escalar en su precipitada pendiente derrumbada… y caer en el sombrío deseo de la activa ceguera del otro, de no verlo, de desear su inexistencia… en el deseo de la efectiva eliminación del adversario.



   Motivo también de la rebeldía, de la revuelta de los sentimientos ante una realidad inhóspita o adversa, que por ello mismo descubre la verdad del querer, que es siempre un querer que si, de un querer positivo, de que así sea, que si sea, que algo se haga o siga existiendo, o de que si llegue a su cumplimiento: verdad del estoicismo y de la resistencia que en medio de la noche alberga el sentimiento de la esperanza, cuya forma es la de la contradicción: la de ver la densa noche el brillo de la estrella que anuncia la alborada.
   El muro se completa entonces con las obsesivas marcas del paso de los días, o a la manera de los aviones de guerra que registran las naves enemigas caídas en combate. Cuenta sin cuento de los muchos días, grises, oscuros, que pasan para que no pasen como en vano, haciendo así ases de líneas cruzadas para atarlos, a la manera que hacen presidiarios y náufragos para conservar la razón y el padre tiempo que jamás abdica no devore entre lo informe el desfile interminable de sus horas. 
   Exploración de la dialéctica hegelina de la negación, que ha desembocado en un ruidoso pin-pong de contrariaros, oposiciones inextricables, y de contrariedades irresolutas, ante las cuales sólo queda la opción de la negación de la negación... o de seguir adelante. Palabra negra, enfangada de limo donde se resume la represión, la opresión, la corrupción, el odio y la tormenta de nuestros tremendos días, que pasan cada día como noches. Es la isla desierta de Juan Fernández encallada entre los días náufragos, donde sin embargo se vislumbra la posibilidad salvadora de la vuelta a la humanidad, de toda una comunidad o al menos a la amistad de un Viernes fugitivo.



III
   Saliendo de la bóveda central se llega  al tercer momento de la muestra, constituido por un cuarto-galería de dibujos varios,  apuntes de trabajo y divertimentos. De entre ellos hay que destacar dos obras maduras y de excepción: “La Familia” de Guillermo Martínez y “Monja Coronada” de Christian de Jesús Castro. El primero es un ejemplo de extraordinaria cultura visual, no menor a las obras del connotado artista regio Julio Galán, pero más trasparente, en que el artista lleva a cabo en una compleja composición la recuperación de una reminiscencia de familia. El segundo ejemplifica a pie juntillas una dilatada labor de acuciosa experimentación plástica, por lo mismo a veces pasada de tueste, pero que ha alcanzado también inocnsútiles destellos trasparentes y claras calidades  alusivas a un reino que no puede calificarse sino de profundamente íntimo a la vez que metafísico.



   Dibujos y retratos de amores y de amigos cierran pues la exposición, con una belleza dulce y sosegada, que a la vez que atempera las pasiones da una idea fiel de un valor muy buscado y que probablemente tenemos todos justo enfrente de nuestras propias narices: el de la hermandad. 







   Recinto donde salir con vida, donde el salir es un entrar, donde la flecha que expulsa nos expulsa a un nuevo nacimiento, a una nueva comunidad de fe en el valor y en la belleza donde no hay enfrentamiento con el mundo y se hace un nicho a los destellos de poesía.  Porque “Beatifull & Sad” es, a fin de cuentas el recuento sentimental de nuestros días llevado a cabo por dos sensibilidades puras: sentimientos que al estabilizarse en emociones duraderas y reflexionar en ellas, les permiten describir gráfica y estéticamente todo lo que hay en ellas de sentido y de horizonte. Arte experimental, es cierto, pero que yendo más allá del hibridismo y del oscurantismo de nuestros sombríos días, muestra también todo lo que hay de arte en sus semillas, de arte campesino quiero decir, cuya función es hacer germinar el grano muerto bajo la tierra negra, para luego hacerlo germinar multiplicado, haciendo fecunda la tierra trabajada y enseñándonos con ello a habitar el mundo, a salir a la luz cierta del sol estando ya purificados de su barro. 







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