jueves, 2 de julio de 2015

Sobre la Envidia Por Alberto Espinosa Orozco


Sobre la Envidia
Por Alberto Espinosa Orozco




I

   La envidia no es en el fondo sino una voraz hambre espiritual. El clásico mecanismo de la envidia, sin embargo, consiste en demeritar lo espiritual (el talento, la obra, la virtud de un hombre) -en favor de una miserable, de una mezquina reivindicación personal. Puede definirse así la envidia como una terrible anemia del espíritu resuelta en la hinchazón, vacua, del ego.
   Algunas personas reciben críticas acertadas y para defenderse de éstas apelan a recurso de decir que son criticados por envidia; lo he visto en el caso del avaro y del jactancioso, también en el caso del envidioso, quien evade el bulto crítico al salirse por la tangente, desplazando el tema refiriéndose a la mera codicia, a la codicia vulgar, más gruesa, menos refinada, achacando que se le critica porque el vecino desear tener el burro, la casa, la riqueza que le codician. No, la envidia realmente es otra cosa: es una enfermedad del espíritu. Así, lo que más generalmente se envidia en nuestro tiempo es tener espíritu, es tener algún tipo de espiritualidad, de intimidad, de vibración personal específica; es por ello que la envidia de murmurar en nuestro tiempo es infinita.
   El ateo efectivamente envidia al creyente: le envidia su fe y sobre todo envidia su posible bienaventuranza en el más allá. Es así una especie de admiración invertida que descubre que no podría contentarse con aquello que llena, que colma, que da consistencia a quien envidia, procediendo entonces, por cualquier medio que tenga a su alcance, a descalificarlo, a reducirlo o a ningunearlo.



II

   ¿Que se puede hacer contra los imbéciles, contra los envidiosos, contra los muertos en vida y los alienados sociales, contra los cínicos de la más baja estofa, contra los demonios burlones que hoy día infestan las letras y la comunicación, convirtiendo el mundo en una jungla de inconscientes? Sólo una cosa: despreciarlos, individualmente o en bloque –evadiendo con ello caer en la tentación de su vulgaridad profunda, de mezclarse con la esterilidad del toma y daca, de las pullas y los comentarios innobles.

   Esa es hoy en día la única forma digna de combatirlos -sin oportunidad de triunfo tal vez. Cuando se ha rechazado la atmósfera emponzoñada de una época, el clima cultural de rampante subjetivismo de una cultura, carcomida por el chancro de la pseudotranza, por la palabrería intelectualizada de las rémoras de la modernidad, carentes de verdadero espíritu, sólo queda una cosa por hacer: darle la espalda olímpicamente a ese mundillo de apariencias, de afectaciones y de poses, para volverse responsablemente al interior de uno mismo, a la soledad interior de la persona, dándose en medio del desamparo a la reflexión, con la mayor autenticidad posible -mientras se tambalea el mundo y la cultura toda girando en torno del sujeto filosofante.



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