domingo, 28 de junio de 2015

Sobre la Enfermedad de los Ojos o del Tenebrismo de los Sentidos Por Alberto Espinosa Orozco

Sobre la Enfermedad de los Ojos 
o del Tenebrismo de los Sentidos 
Por Alberto Espinosa Orozco


I
   El hecho de que homosexualidad exista en 450 formas y su rechazo en una sólo prueba la particularidad y el hibridismo del pecado en contraste con la unicidad y la universalidad del juicio y del concepto. La homosexualidad ha sido una tentación vergonzosa y opaca, oculta, en la sociedad occidental moderna -hasta que llegamos a la desvergonzada posmodernidad y al exhibicionismo contemporáneo, donde abiertamente se pretende vindicar cosas en absoluto carentes de todo valor e incuso premiar el mal, con su consecuente correlato de castigar al bien (en profética sanción de la trasmutación de todos los valores adelantada por Nietzsche).


II
   El robo, por su parte, ha alcanzado tales niveles de sofisticación en dependencias gubernamentales e instituciones académicas y de toda laya que es casi visto como una mera costumbre local meritoria, como un uso folclórico más. Sea como fuere, lo que interesa destacar ahora es la vinculación de ambas tentaciones con una cierta perversión del sentido del tacto (y del sentido en general), que de empezar por ser una especie de codicia, de prurito o comezón de los dedos, ya sea por pellizcar, palpar o sustraer, llega a infectar a los otros sentidos, especialmente a los sensibles ojos, cuya expresión en la mirada ya no es de contacto, sino de distancia.
   Así, lo que tenemos entonces es la llamada "codicia de los ojos", dándose entonces en el sujeto infectado el irrefrenable impulso de desear lo que no hay motivos ni razones para que sea suyo, pues ni se lo ha ganado ni ha trabajado por ello, o no ha adquirido un compromiso, mediante un contrato, para convivir con ello (o ella). Deseo de posesión, pues, totalmente irresponsable y finalmente pernicioso que infecta también el sentido del oído, dejándose seducir el infractor no por la voz de la conciencia, sino por los rumores desarticulados del inconsciente, sumiéndose más pronto o más tarde en las rarefacciones de ese antro de fieras.
   Deseo malsano a todas luces que termina por ligarse a la envidia y a la vanidad, tan sólito en las dependencias gubernamentales, en su doble vertiente de exaltación de méritos inexistentes en la propia persona y de anulación del otro, en donde el empleado público encargado de realizar la papelería pasa de pronto a presentador y luego... caramba... por qué no?... a artista inspirado... codiciando así aquello que no hay razón alguna para que sea suyo o para que le sea dado. No es infrecuente encontrar en esa estirpe de frustrados congénitos al pobre diablo metido a filósofo, ni al macuarro de la torta o al sifilítico anarquista metidos de pronto a tañedores de abstrusas cantilenas, a curadores de augustas galerías o a experimentales Picassos de bolsillo.




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