lunes, 29 de junio de 2015

El Criterio del Bien y el Mal Por Alberto Espinosa Orozco

El Criterio del Bien y el Mal
Por Alberto Espinosa Orozco


"La moral es esa voz sublime, que impone respeto, que nos amonesta invenciblemente aunque queramos callarla y tratemos de no escucharla".
Kant.




   La época actual de la post-modernidad y las ideologías globalizadas del pensamiento único han orillado a la reflexión filosófica contemporánea a concentrarse en un pequeño racimo de temas cardinales donde poder encontrar un respiradero a la presión histórica y generacional de nuestro tiempo, que pesan en la conciencia como si fueran verdaderas lozas de granito.
   La filosofía de la educación se presenta como una reflexión sobre la formación de la naturaleza humana, y por tanto como una teoría de la esencia misma del ser humano, de los propios o exclusivas del ser humano derivadas de su esencia, planteando a la educación misma como la utopía necesaria sobre cuyo fondo realizar los ideales de paz, libertad y justicia social. Filosofía de la educación, pues, que constituye por sí misma el marco de una filosofía de la esperanza, que permita un desarrollo humano más armonioso -marco sobre el que articular sistemáticamente una serie de expresiones (del pensamiento no menos que de la palabra bella, sin excluir las expresiones artísticas y las mímicas del cuerpo humano), potentes para hacer retroceder a los flagelos actuales de la humanidad, que van de la competencia atroz a la pobreza, de la miseria y la marginación a las opresiones ideológicas, y de la exclusión y a la incomprensión generalizada y al espíritu de la discordia.
   Para avanzar sobre el salvaje río encrespado del oscurantismo contemporáneo no queda sino abrir la reflexión; primero, a la autocrítica de nuestra edad y de nosotros mismos, afrontando los peligros ínsitos en la reflexión solitaria, personal, en primera persona, para un atento examen y mejor cuidado de uno mismo, en el sentido de llevar a buen puerto una existencia justificada, en un diálogo del alma consigo misma y con la verdad personal en un proceso circular, cada vez más profundo, por círculos sucesivos de concentración, de formación de la propia conciencia –resistiendo en el camino los rigores de la soledad y de las diversas formas y presiones de la propaganda ideológica, así como los fenómenos de descomposición social y a la crisis familiar.



     Así, la misión de la filosofía se encuentra hoy más que nunca ante el único problema, frente al cual todos los demás parecieran palidecer bajo sus afeites: el del sentido mismo de la vida; ante el de la orientación de la vida humana y la formación de la conciencia en el sentido de ser una vida buena, de provecho y justificada, tanto social como metafísicamente o que no se agote en el mero fluir histórico de la inmanencia.
   Para ello es necesario, sin embargo, dejarse de cuentos e ilusiones, romper las apariencias en una palabra y apegarse a un criterio moral firme;  acogerse, pues, y ampararse en la verdad inconmovible propuesta por la tradición y arraigada en nuestra cultura, que pone  en juego a la vez a la razón demeterica, que es la razón de la sin razón, esto es: el reconocimiento  de la falta, la confesión de la culpa moral quiero decir, la cual no puede sino mover a el arrepentimiento, expiación del error y enmienda en la conducta; complementada con una razón de esperanza, de redención, que no puede ser sino una razón de cuño religioso, apoyada en una verdad universal y trascendente. Camino de redención y reconciliación con lo eterno, pues, que es el camino de la liberación interior, de la apertura y el verdadero diálogo también, que rompe los grilletes del confinamiento e ilumina en las sombras para lograr salir de la caverna, que es el error, donde los hombres van dormidos o se encuentran sitiados como presos.
   Apegarse, así, a la verdad religiosa de la reconciliación con Dios y el espíritu de verdad, que nos hará libres, como dice Juan, reconociendo primero como es que el pecado encadena, para romper sus grillos y liberarnos del yugo del mal. Reconciliación con Dios y la salida de la muerte o del infierno también, que conduce pero se al espíritu de unidad, fundando un firme  criterio del bien y del mal morales.



  Porque el a priori o lo que constituye más a fondo la naturaleza humana es la dualidad de los espíritus que inspiran nuestra conducta práctica: el del bien y el del mal, los cuales pueden verse como dos manantiales metafísicos en perpetua oposición. Como prueba de su existencia basta la experiencia personal de la intuición moral –que negativamente se experimenta como estado de rebeldía, de guerra, sublevación o desobediencia ante la norma, pero también como temor y temblor en la desobediencia y en la caída.
   Su concepto ético propio es el de pecado, prestigioso ante el mundo más también peligroso, por entrañar inextricablemente el sentimiento del remordimiento de conciencia, de culpa y de temor, porque en sí mismo conlleva castigo, un prurito o ardor interno que consume, causado radicalmente al separarnos del Padre, al que con la mala acción desobedecemos, desoímos o damos la espalda. Escisión no sólo de Dios, sino que a la vez desarmoniza y enfrenta al hombre desequilibrado consigo mismo, contra si mismo, autohiriéndose por decirlo así,  perturbando profundamente también sus relaciones con la comunidad, disolviendo los lazos de hermandad o de  familia, teniendo como pírrico paliativo el trabar relaciones cómplices (herejías) o de carácter inmanente (gregarismo), al ser movido el hinchado sujeto de la culpa en realidad por mezquinos intereses o meramente egoístas (la crápula).

   Retroceso del humanismo y caída en la barbarie, pues, ante lo cual no queda sino ampararse en un criterio seguro, en una doctrina absolutamente confiable –armándose con ellos ante las nuevas amenazas de las ideologías contemporáneas, erigidas en portentosas religiones de la modernidad, ya sean de facciones, de partido o de estado, de tendencia totalitaria, que bajo la máscara de los privilegios materiales amenazan despóticamente con corromper y desfondar por completo los fundamentos mismos de la cultura y de la nobleza humana.


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