martes, 26 de mayo de 2015

Cuatro Caligramas de José Petronilo Amaya Por Alberto Espinosa Orozco

Cuatro Caligramas de José Petronilo Amaya
                                         Por Alberto Espinosa Orozco     


   José Petronilo Amaya ha practicado desde su amado solar nativo el doble arte de la poesía y de la reflexión profunda, esas artes donde se entreveran  la memoria y el canto de la escucha. Así, sus composiciones se han vuelto, en ocasiones, viñetas, signos gráficos que celebran el encuentro con la visión o con las formas. Expresión de la palabra que conforma el espacio del poema y donde la tipografía adopta el ritmo del dibujo -a la manera de los augustos predecesores suyos en este género, como Guillaume Apolinaire, Vicente Hiudobro, Gerardo Diego, Olverio Girondo, Ezra Paund y Octavio Paz.
   Los cuatro caligramas del maestro Petronilo Amaya se hunden así en la raíz de su ser, del ser nuestro, de cada uno y de todos, del ser común a todos, olvidado cada día en el humos primordial de la memoria o borrado por el barro de la macha, de la caída, o disperso entre el polvo que levanta y se lleva el torbellino. Pero el poeta entonces canta, recuerda, dibuja, mira de lejos, reverbera al diapasón de astros y guirnaldas: vuela. Y mira entonces el poeta lo que somos: la sangre de nuestros ancestros derramada y la fatigada ilusión de nuestros dioses; la manzana y la serpiente; la mácula y la convulsión de fuego de averno… y el temor de Dios –pero también el júbilo primero, la fe sin mácula que nació feliz bajo el manto de estrellas sin castigo, cuando la fe no dolía.



   Aparecen así en sus dibujos el pilar y la raíz; la cruz redentora y sus ingrávidos pájaros, donde pulula el gusano, es cierto, pero también el fabuloso despliegue de las alas. Y la comunión, donde conviven Velázquez, León Felipe y nosotros -cuando el halo del reino de la esencia brilla para llegar con un rumor de aguas iluminando nuestras costas. Se perfila así la única presencia, el presente eterno, del que fuera poeta ante la muerte, sabio en el templo, infatigable pescador en travesía, alquimista del agua vuelta cielo. De quien fuera estoico insobornable ante la tentación inicua, mártir sin queja, pastor que da la vida por la perdida oveja. La huella imborrable por los siglos del Dios que fue enviado entre los hombres para enseñar a los hombres cómo elevarse a Dios. En la señal, en la norma irrefragable de obsequiarse, de darse –que es también la norma de sufrir y dar la sangre.



   Primero así hay que buscar en uno mismo, buscarse entre nosotros. Hay que encontrar lo que mejor que todos conocemos: la propia mancha, la culpa, el primer pecado que nos roe, a cada cual, y ante el que huye el Ángel de la Guarda con alas escondidas. Porque de nada sirve colgar las culpas de un perchero, exhibiendo inútilmente penitencias, mudando de ser pero sin ser de nuevo en el recuerdo, dejando intacto su pasado, sin calma y aturdido, dejando que su porción de cielo se le escapara, como un castillo de arena entre los dedos. No. Hay primero que lavar la piel y la sonrisa, para recuperar la fe infantil, la fe primera, que a veces, es cierto, es terrible, cuando dicta al que escucha sus sentencias, trayendo entre sus versos, no se sabe, o la clara miel de ritmos sincopados, o el hiriente fuego que consume de la laba.




   Queda sin embargo una esperanza, porque:

“No hay cicatriz indisoluble
Al canto que aprendimos en la infancia.”



   Porque la fe cultivada, que alumbra sombras densas en medio de la oscura madrugada, nos recuerda el poeta José Petronilo Amaya en sus diamantinas vislumbres, trae consigo, con el dolor de la templanza, indulgencia y virtud. Para aprender en el centro mismo de la aparente orfandad que es este mundo, que la crueldad de no verlo, ni oírlo, ni de lejos, haya un consuelo en la belleza redentora de los ángeles, que no se han ido y que siempre furtivamentite nos visitan, posando sobre la frente aciaga su beso dilatado, cuando de pronto, entre las grietas de la noche,  lo sentimos. 
   Reflexión profunda que bebe de los manantiales de la metafísica tradicional, puede alegarse, pero que incluye poderosas imágenes expresadas en nuevas formas, que llevamos marcadas en la piel como con hierro ardiente, pegadas a nosotros, como si estuvieran cosidas a los talones, como la sombra nuestra que no nos abandona, pero que a la vez sólo se proyectan por el faro de luz que da el oriente, mostrándonos así la ruta inefable, pero cierta, del futuro que en el borde final de los caminos nos espera.


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