jueves, 19 de marzo de 2015

Sobre el Hombre Rebelde: Lucha contra la Tradición y Tecnocracia Por Alberto Espinosa Orozco

Sobre el Hombre Rebelde: Lucha contra la Tradición y Tecnocracia
Por Alberto Espinosa Orozco



   La etiología de la bellaquería, del hombre rebelde, que hace la guerra al prójimo, es múltiple y variada. Dentro de sus posible causas hay una que sobresale de entre las demás en nuestro tiempo: la acebía moral, la ignorancia consciente, el no querer saber de las cosas del espíritu, es decir: la barbarie. Porque la barbarie en el fondo no es sino el carecer de una tradición –el ignorarla, el despreciar a sus egregios representantes o el faltarles al respeto al no escuchar sus indicaciones, o el omitirla por un acto de rebeldía, de guerra soterrada contra esa tradición. Pecado de ignorancia, pues, que sólo atina a desbancar una metafísica, a una ley, o a una norma, para inmediatamente poner en su lugar una metafísica notablemente inferior que les permite también de pasadita activar una licencia: así, se quita a la metafísica del centro de la vida o a Dios del centro de la iglesia para sustituirlo en el acto por el Verraco de Oro o para adorar a los ídolos tras los altares.
   Una variación muy de nuestros días es sustituir la metafísica de la luz por el inmanentismo del historicismo, que aparejado a su relativismo escéptico, es manipulado por quienes controlan los hilos de la historia, por la depravada política internacional o por el partido que ha ingurgitado los centros de dirección cultural, dándose entonces el curioso espectáculo ya no digamos del rebelde agasajado o del disidente aplaudido, sino del rebelde sumiso, resultando a pesar de sus gestos feroces de anarquista desaforado el “militante” más dirigido, el más sumiso, el más obediente de todos –y el más servil. Porque que mejor para ocultar la propia vanidad, la propia nihilidad que la máscara de la doctrina socialista? Porque al espíritu de la inconformidad, al espíritu revolucionario, no le interesa corregir los abusos, tarea del reformista, sino cambiar los usos y volverlos totalitarios: dejar de adorar tanto a Dios como a sus excrecencias, a los ídolos de barro, para dorarlo a él mismo, a su nimia personalidad incomparable donde el espíritu absoluto eclosiona bajo la forma de la formación de la conciencia del pueblo, del gran educador. 


   Sus figuras más conspicuas son, en efecto, el demagogo y el ideólogo en la política y el neógogo en la educación. La tradición queda entonces reemplazada por una vaga mezcla ideológica de materialismo (histórico) y cientificismo (positivismo), quienes alegremente sustituyen así a una cultura universal, geométrica, donde todos tienen una misma forma de vida y obedecen a una misma ley, por una cultura histórica, polimorfa, irregular, chabacana, mezclada a su vez a un delirante subjetivismo –alimentado a su vez por meras reivindicaciones materialistas, económicas individuales, o azuzado por la franca lucha por el poder o por las fantasías triunfalistas más abigarrada de la infancia. Culturas histórica que, por definición, están constitutivamente incapacitadas de poner el acento en alguna instancia transhistórica, en alguna norma eterna, en alguna esencia, por lo que muy existencialmente es traída y llevada de aquí para allá, a la deriva, guiándose el hombre del historicismo en la tormenta de la muchedumbre de los hechos: ya por las consignas del ideólogo, repetidas ad nauseam y retorcidas al grado de intentar justificar cualquier violencia, cualquier barbarie, cualquier rebeldía, cualquier levantamiento, por quien va al frente de las masas vociferando sus raídos lemas, como el ratón “piloto” que se precipita al abismo seguido por toda la manada; ya por la estreches del horizonte de los propios intereses, poniendo en el centro de su vida el “yo”, hasta perder toda consistencia, llegando a estar lleno de nada, infinitamente vacío, como ese hombre rico y rollizo del que habla la Biblia.
   Hay que agregar que tales actitudes rebeldes, propiamente anarquistas, dominantes de nuestra época, no son sino síntomas de una anarquía que les precede: la anarquía metafísica, producto a su vez de las filosofías vitalistas y del positivismo que con singular desencanto desdeñan la idea matriz de la metafísica: que vivimos en conjunción con la vida rítmica y armónica del universo, pues el Cosmos es un entero, una totalidad. (que es Dios, pues en el somos y nos movemos). A la anarquía metafísica corresponde, pues, como su correlato necesario, la anarquía psicológica del individualismo –a su vez malamente disfrazada de colectivismo-, pero también la anarquía biológica, la anarquía vital del enfermo, que tiene como efectos la pulverización de los síntomas y la desorganización del cuerpo humano –dando lugar así a la enfermedad más subjetiva, más irracional de todas: el cáncer; también a la enfermedad del “enfermo”, que se enfrenta a una medicina que todo le perdona, que nada le prescribe, pues piensa que hay tantas enfermedades como individuos, que todos estamos enfermos, pues en cada uno de sus organismos hay una revolución total, donde el orden completo ya no puede ser restaurado, sino apenas paliado mediante un armisticio orgánico subliminal.
    Tal universal desorden obedece, pues, a una rebeldía, si no universal al menos si propagada ex profeso por medio de las locuras cultivadas, cuya meta es la de llegar a una universal sordera. Porque rebeldía, sordera es lo que hay, y sordera es desamor, odio al congénere, desconocimiento de la persona humana, donde interviene ya directamente la envidia, la exclusión, el ocultamiento, y tantas otras formas del rechazo, que al inventarse un rival, un enemigo, facultan al lobo para afilar sus colmillos e ir impunemente, ya sea directa, ya sea soterradamente, a morderle las narices a su “adversario” (Main Kampf).


   La lucha contra la tradición toma entonces la forma ya del laicismo, ya la forma vanguardista de  la “tradición de la ruptura” (Octavio Paz) , que se quisiera erigir a su vez como tradición, como tradición otra, alternativa… como proyecto subsidiario, restringido, de vida (pues es la exaltación del mero inmanentismo) –pues de lo que se trata es, en el fondo, de vivir como si Dios no existiera, vivir sin metafísica reconocible (positivismo, marxismo), y por tanto de vivir en sociedades estancas u ocultando cada uno su “trampita”, muy a la torera, anárquica, existencialmente, poniendo a fin de cuentas en el centro de la escena los pequeños intereses del propio yo, al cual se intenta exaltar “más allá del bien y del mal” (personalismo). Sin embargo, las locuras dirigidas, cultivadas por los medios de la ideología, del proselitismo, del dogmatismo o del adoctrinamiento a lo único a lo que llegan es a poner de manifiesto el pobre desarrollo de los sentimientos sociales –sentimientos que, si bien se mira, deben ser cultivados desde la infancia y, sobre todo, en la etapa formativa, en la escuela, mediante el aprendizaje de los valores, de la justipreciación del desempeño y de la trayectoria, haciendo valer en una palabra el orden y la jerarquía: odiando al mal y amando el bien; penando el vicio, castigando el crimen… y premiando la virtud, para que resulte por ende victoriosa, triunfante, cosa que sólo es posible en una sociedad abierta, transparente.

   Por lo contrario, las culturas históricas suelen ser a su vez las culturas de las sociedades herméticas, cerradas, impenetrables, carentes de tradición, amalgamadas por intereses desviados o subjetivos, inmediatos, efímeros. Una de sus características es el uso de lenguajes cerrados, muertos por el uso repetido del lugar común, sin vida (estenolenguajes), que repiten las mismas palabras hasta el desgaste, dándoles así una extensión absolutamente indeterminada y una intención o vaga o ambigua, pudiendo entonces significar cualquier cosa. Así, el lenguaje se vuelve por un lado un mero código tecnócrata, útil para los procedimientos administrativos; por el otro se vuelve, vago, ambiguo, para poder comunicar eficazmente los disimiles intereses de las subjetividades enfrentadas. Hombres subyugados por la cultura histórica que no tienen un mundo que les sea común, sino que miran hacia adentro, introvertidamente, cada uno a su personal mundo interior.




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