jueves, 19 de marzo de 2015

Sobre el Hombre Rebelde: El Descarado y la Impudicia Por Alberto Espinosa Orozco

Sobre el Hombre Rebelde: El Descarado y la Impudicia
 Por Alberto Espinosa Orozco


    Nos hallamos ahora ante otra figura de la rebeldía: la del descarado, la del hombre que se ha vuelto a tal grado inconsistente, incoherente, por exclusivamente obediente a sus pobres, a sus mezquinos intereses, que ha perdido sus rasgos fisonómicos propios, hasta borrarse del todo en una careta que a su vez resulta muda, vacía y el mismo irreal, una ficción no sólo inventada, sino sólo creída por él mismo. El descarado se distingue del carota, del cara dura, porque antes de volverse un ídolo de piedra para al chocar contra los otros hacerlos o cascajo o polvo, se ha vuelto por decirlo así una nada, vaporizando complemente lo que se podría denominar una personalidad. Hombre de coyunturas, que va por la vida como una veleta, robaleando de aquí para allá, distraído, traído y llevado de un lugar a otro no menos que por su cabeza desatenta que por sus pasos distraídos . Porque la característica predomínate del descarado es que, al carecer de principios,  bien a bien no guarda, no defiende ninguna posición, ninguna postura, resultando por ello psicológicamente amorfo, cuya memoria resulta también porosa para el olvido al tratase todo en él de una impostura, pudiendo rayar en casos con el fantoche.
   Su cara se ha vuelto una máscara vacía, una apariencia más en un mundo el mismo aparente. Así, el descarado empieza por ser el enmascarado, el disfrazado, quien aparenta amistades y tareas, el que simula, pues toda su vida resulta a fin de cuentas simulación y él mismo un simulacro pues dice ser lo que no es y dice hacer lo que no hace. Su personalidad resulta de tal forma inestable, poseedor de una y mil máscaras, pretendiendo ser o que va a ser lo que nunca es o será. Se caracteriza por no reconocer jerarquía ninguna y por sus sintomáticos errores de juicio y de apreciación, rayando así fácilmente con el resentido, no siendo infrecuente en su actitud una clara tendencia al chantaje sentimental y a al reiterado intento de la manipulación, siendo no menos proclive al oportunismo. Su ética y educación resulta así la del interesado, la del egoísta, que pomposamente intenta justificar por la vía realista del pragmatismo y de la dureza de corazón, transformando su resentimiento, su inversión de valores característica, en un conjunto de valores veleta, que se mueven indeterminadamente de acuerdo a la oportunidad del momento, intentando hacer de su tabla una escalera por donde trepar, lo que lo convierte también en una especie botánica pariente de hiedra: la del  “trepador”.
   El descarado empieza así por ser un carita, por ir tirando rostro, por ser o sentir que es, muy a la darwiniana, “el macho preferencial” (sic), y que quisiera competir en belleza con su pareja sentimental, siempre pasajera, pues su motivación fundamental es la de vivir de su linda cara. Vanidoso, pagado de sí mismo, el carita cree así que todo lo merece, que lo tendrá todo, satisfaciendo con sus pesados autoelogios y proyectos inútiles su fácil vanidad de ser fingido, sin sustancia propia, imantando por el deseo de propiedad, de apropiación, a partir del cual forja sus impalpables castillos en el aire dispuesto alegremente a habitarlos.      


   En cierto sentido se trata no sólo del impostor, sino también del pusilánime, cuya pobreza espiritual le vine de tomar sólo en cuenta las cosas que tiene, pero no los lugares a los que entra; no perteneciendo realmente a nada, al no tener un espacio espiritual al cual poder entrar, del cual poder formar parte y al cual pertenecer: al no tener un alma (pérdida pneumática de la libertad).
   Así, el descarado, tras sus innobles modos disueltos y acomodaticios, esconde en realidad una hinchada imagen de sí mismo, resultando por ello su actitud, si bien se mira, sobre arrastrada: jactanciosa, ampulosa, arrogante, hinchada –cartesiana, pues detrás de la delgada película aerostática que infla su conciencia, no se encuentra, realmente, sino una nada. Es por ello que es también característica del descarado usar impunemente los ´símbolos de una tradición como si e tratara de cheques, o de cartas en blanco; ya sea embadurándose la cara con jerga socialista a la vez que minando el suelo de lo social en su raíz misma; ya sea doblándose en la jerigonza de los gestos gemuflexos ante cualquier forma de poder por la esperanza de algún favor, de allegarse una influencia o de lograr un mero convite. Su falta es la de la más triste de todas las manías: la locura social del convencionalismo, que sólo está interesada en su continuo acto de trsanformismo, de ponerse y sobreponerse disfraces, al estar movida tan solo por la vanidad de los valore efímeros.
   Un rasgo más: el descarado se caracteriza no sólo por no tener cara, sino por no darla, siendo en este sentido en que se sume, el que no quiere enfrentarse a la vergüenza pública que suscita su fechoría privada, que en este sentido no aparece, que se esconde, para no dar la cara –distinguiéndose así del carota por una especie de medroso refinamiento de la sensibilidad, de extrema susceptibilidad ante la vergüenza pública, todo ello debido a que queriendo que el mal se premie, que es realidad el desplazamiento invertido de las jerarquías para las que trabaja, espera de la instancia pública sobre todo honores. El descarado es entonces también un mago, de la especie del prestidigitador, pues nos está dando la espalda mientras nos muestra la cara –una cara, hay que decirlo, sin rostro, sin personalidad, como esas manos de palo que al estrecharlas nos dicen en secreto, pero a las claras, que no son manos con rostro, manos de amigo.



      Otro rasgo más que hay que apuntar sobre el descarado es su fingida indignación, pues al intentar escamotear la responsabilidad del yo proyecta la culpa sobre otros, por lo que es también el acusador, el hombre de la denuncia, de la delación. Así, echa en cara a otros sus propias faltas, desplazándolas –aprovechando para ella la falsa jerarquía de valores o de contravalores sería mejor decir, que quisiera imponer. 
   En una palabra, se trata de un curioso modo del desvergonzado: del hombre sin escrúpulos. En efecto, el descarado es propiamente el hombre sin escrúpulos morales, cuya falta de valores ya no le aqueja, pues ha perdido del todo la energía positiva del sentimiento de vergüenza, aletargando por tanto la conciencia. Así, comete un curioso pecado de omisión, pues no toma en cuenta el sentido moral de sus propias acciones, lo cual equivale a una ceguera para consigo mismo, por lo que no es infrecuente que exalte lo que considera hiperbólicamente las faltas de otros.
   Así, cuando el descarado no puede evadirse de la responsabilidad por una falla moral, cuando tiene que enfrentar un conflicto, o se cierra sobre si mismo para volver al ídolo, al caradura, o bien se agita, alza la voz, vocifera, niega, difama, calumnia, advierte, “echa aguas”, en parte para subir el tono vital deprimido que lo convertiría en un blandengue, para mejor borrarse como el pulpo aventando sobre su honor puesto en duda un chisquete una densa tinta negra, tras la cual pueda borrar las huellas de pasos, ocultar sus fechorías y volverse perfectamente inapresable. Doble estrategia de la fuga, pues, cuya misión es la de si no deshacerse de todas sus culpas, por lo menos disimularlas, mediante el bajo subterfugio de culpar a oros, ya sea detectando la viga en el ojo ajeno, ya sea señalando indignado el acné que late en los poros del vecino, al cual escudriña de manera tan inquisitiva como morbosa.
   Se trata, así, de una peculiar condena, de una sui generis esclavitud del pecado que lo tiene sujeto, pues se vuelve el descarado así abiertamente injusto, inicuo, ignorando llanamente el mismo núcleo del deber, añadiendo a su mal otro mal más grave, y cayendo así cada vez más bajo. 
    Así, el descarado es también el hombre de la impudicia, que exhibe la nihilidad de la propia alma, ya presa o esclava de sus fuerzas inferiores. Así, si el recato consiste en un ocultar las cosas que no quieren que se vean, el descarado exhibe las faltas ajenas, deleitándose en cierto modo en lo indecoroso de las personas ajenas, en una peculiar lucha contra lo concreto, contra las normas -aunque conservando para sí una especie de máscara en blanco que le cubre el rostro,  por lo que puede adquirir la inestabilidad del payaso que se pinta una cara, o incluso de del psicótico polimorfo que faceta la psique en personalidades disímbolas y encontradas. 
   Por último, el descarado encarna una forma de la deshonestidad que a su vez puede degradarse, puede degradarse en personalidades cada vez nimias, cada vez más tristes, cada vez más vergonzosas: son las del atrevido, las del fresco, las del roto, las del descosido, hasta llegar a las del descocado -que se regodean exhibiéndose indecorosamente al poner de manifiesto sus vergüenzas, hasta llegar al grado de la procacidad. Caterva de cínicos, en una palabra, cuyo irrespeto e insolencia cae del lado del hombre inescrupuloso, como del indiscreto u ostensible, no sabiendo por ello guardar la compostura ni mucho menos la discreción. 


   

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