lunes, 9 de marzo de 2015

El Limo y la Perla Por Alberto Espinosa

El Limo y la Perla
Por Alberto Espinosa  




I
  Contando con la copiosa participación de los artistas regionales (47 obras en total), el certamen  Premio Estatal de Pintura Guillermo Bravo Morán Durango 2014 entraña el reconocimiento social a una verdadera comunidad discipulorum et magistratorum. De una comunidad de fe, quiero decir, de fe en el arte, en la belleza y en el espíritu, que abreva de una larga tradición en el estado y que debe su impuso distintivo y definitivo a la persistencia y profesionalismo de una continuidad académica y magisterial, iniciada por el muralista y difusor cultural Maestro Francisco Montoya de la Cruz, y llevada a su culminación por el Maestro Guillermo Bravo Morán, quienes lograron arraigar el cultivo de la disciplina en su solar nativo, hasta constituir lo que, por la multiplicidad de sus sazonados frutos, puede legítimamente llamarse “Escuela Durangueña de Pintura”, marcada con los signos inequívocos de la originalidad creativa, por la calidad, penetración y talento de sus diversas figuras constituyentes.


   Asamblea de solitarios, la exposición colectiva con motivo del Premio Estatal de Pintura Guillermo Bravo Morán 2014, es una muestra representativa del trabajo de toda una comunidad artística, unida por el amor a un oficio y a una disciplina. Sinfonía de talentos, mayores y menores, cuya pluralidad se amalgama al ofrecernos en su conjunto la articulación de una visión del mundo colectiva en la que, sin embargo, cada participante aporta su timbre y esencia específica, su personal sensibilidad y punto de vista, contribuyendo así con su grano de sal o de arena a un conocimiento más profundo de nosotros mismos y de nuestra alma colectiva.[1]
   Huerto, pues, cuyas semillas en plena germinación, robusto desarrollo y pleno crecimiento han sabido crear el espesor y densidad cultural suficiente como para levantar una atmósfera estable, enriquecida continuamente por las propuestas y experiencias personales de unos y otros, formando así una comunidad vigorosa ,que hunde sus raíces y prodiga sus frutos a la sociedad entera, en la que se revierte y la que a su vez ha sabido alentar y aplaudir los esfuerzos colectivos e individuales de la disciplina  (Julio Cesar Ortiz Reyes, “Los abuelos”), oxigenando e iluminando de tal modo, por su amor a la cultura, el espacio y el aire de toda una región geográfica.




   El abanico de técnicas y de recursos formales y expresivos encuentra su primera unidad en la recurrencia de temas y problemas que nos atañen a cada uno de nosotros. La tendencia que reina en prácticamente la totalidad de las obras es el tema  del retrato, expresionista o  costumbrista (José Guillermo Martínez, “Astronauta”; Francisco Rocha Hurtado “Guillermo Bravo, el ojo del visionario”; Manuel Martínez García, “El niño y el perro”), no carente de abstracción  (Claudia Galarza Sosa, “Reflexiones”;  Paulina Ortega Contreras, “Se me fue (la idea)” ), y la del relato de circunstancias, no carente de simbolismo (Martín Vásquez López, “Hijos del sol”).
   Más que de la búsqueda de los orígenes, se trata de un paso más allá: de la exploración de la ipseidad, de la identidad personal y de la verdadera esencia del ser humano. Propuesta de introspección personal y de antropología profunda, más que esteticista o vanguardista, que se preocupa radicalmente por la intimidad de la persona, en una especie de proceso de balance, critica, purificación, ascesis y autognosis de la personalidad individual -pero a través de ella, también de conocimiento del alma colectiva y de la altura de nuestro tiempo histórico. Y lo que sus obras entonces nos revelan son las fuerzas primigenias que constituyen al alma humana, como si se tratara de un carro tirado por dos caballos, uno blanco, el otro negro, conducidos por el auriga de la razón (Platón, Fedón, República, 580e).



   Por un lado, revista de las tendencias oscuras, mórbidas, ocultas y subconscientes que pululan en el alma humana; el registro del caballo negro, que tira y jalona por las motivaciones del alma inferior, hacia los deseos inconfesables del instinto y de la libido, hacia los apetitos materiales corporales inmediatos, originando la dislocación de los signos, que giran en rotación en ausencia del mundo, la dispersión y licuefacción de los significados, la boba distracción, la hipnotizante parálisis o el cenagoso estancamiento de las potencias superiores –creando sociológicamente una falla del mundo en torno y, conjuntamente, al interior de la persona, una oscilación o desequilibrio axiológico, lo cual se revela en síntomas de ansiedad, angustia, tedio, desesperación o depresión –notas propias al excentricismo y extremosidad de las tendencias postmodernas (Eduardo Alanís, “Mal animal”; Lía del Toro Jaques, “Menú estereotipo”).
   Intuición, pues, de las oscuras presencias invisibles de la noche, igual que de los pasajes góticos, sombríos y bizarros de la existencia, cuyo eléctrico registro de luz negra o de disección de hiriente daga es llevado a cabo, empero, con una especie de concentrada prudencia, de mesurada reflexión e incluso de extrema cautela ante la revelación del enigma, de la pesadilla, del símbolo o del mito (Paulina Ortega Contreras, “Se me fue (la idea)”; Elizabeth Castellán Castro, “Literal”;  Flor de Jericó Quiñones Órnelas, “Espectro”, Carlos Eduardo Pérez Favela, “Otro gallo le cantaba”).


II
      La muestra resulta expresiva de toda una compleja sintomatología de la altura histórica de nuestro tiempo, atenazada por una especie de presión generacional e histórica, cargada por el peso de la pecaminosidad, roída por la ansiedad y carcomida por la angustia, que conduce en no pocas ocasiones a la pérdida de las orientaciones y aún al extravió de los nombres, de los caminos e incluso a la alienación.   Representación del mundo en lo que tiene, pues, de apariencia evanescente y fantasmal embeleco, donde los entresuelos del subconsciente se manifiestan, ante la mirada de reojo del artista, bajo las  diversas forma que aprisionan y perturban al alma, que la extrapolan y raptan, llevándola a la confusión, a la confiscación o al olvido del verdadero ser.







    La exposición muestra así, como si de un argumento se tratara, una serie de acordes polifónicos que espejean el mundo en torno, comenzando con las armonías  disonantes dominadas por la hostilidad del subconsciente que, por más que edulcorado, expresa gestual o narrativamente lo que hay en el hombre de ángel anémico y caído, exilado del reino, cargado de broncínea vanidad o petrificado por la codicia del amor a sí mismo, donde se dan incluso los fenómenos de la enajenación extrema  de la regresión a formas larvarias, parasitarias o de la animalidad, de de la llana posesión o del sadismo de la malignidad –lo que manifiesta no solo el tejido social severamente vulnerado por la laxitud de usos y costumbres, sino más esencialmente el peligro radical del hombre: que es dejar de ser lo que es para ser el otro radical, encarnando la posibilidad de ser el enemigo de sí mismo, antagonista de lo humano  o reverso o contrario del ser (Jesús Arnoldo Martínez, “Infancias Alienadas”; Juan Daniel Hernández Soto, “Alter Ego”). Notas del laberinto dionisiaco, de la  humillación y el hibridismo, de la mística de las tinieblas, pues, que llama desde la caverna oscura donde campea el olvido del ser, que es la ausencia,  que al apresar al hombre entre sus redes lo ciega, ensordece y endurece, entenebreciendo su entendimiento al grado de impedirle ver la la realidad a la verdadera luz del sol.





III
   La presencia de un retrato con dos cuervos, uno silente y reflexivo, el otro en actitud de emitir su horrendo graznido, hace pensar en la dualidad que acompaña a todo el mundo simbólico (Daniela Ortega Contreras, “Todos somos cuervos”). Ave negra y a la veza brillante, considerada tradicionalmente de mal agüero, el cuervo es también capaz de imitar a la perfección la voz humana. El ave representa, en efecto un misterioso espíritu que, a la manera de los psicopompos, puede atravesar de un mundo a otro, sirviendo por tanto para conducir las almas de los muertos, para advertir del peligro y ayudar a los héroes. En su aspecto oscuro se liga a la visión tétrica del destino, al mal, a la oscuridad y al demonio, formando parte de la familia mal aspectada del mono, el zorro, el lobo y el basilisco, ya que es un ave carroñera, siendo por tanto un pájaro fúnebre  mensajero de la muerte y la desgracia, asociado a los pensamientos oscuros y a la soledad. En ese casillero se relaciona con algunas miserias del alma, como son la envidia, la impiedad, la avaricia y la traición, la lujuria y el oportunismo, siendo su costumbre de la indecisión, de postergarlo todo con su lamento “cras, cras” (equivalente de: “mañana, mañana”).
    Sin embargo, el ave puede por lo mismo considerarse un icono de la esperanza, siendo imagen de un demiurgo y héroe civilizador que practica con perfección la magia adivinatoria por sus ´poderes de clarividencia, que conjura la mala suerte y que es un ayudante del sol, estando asociado al relámpago y al trueno. Apolo lo reclama como suyo entonces, haciendo pariente del león, del pelícano, del unicornio y del ave fénix, atribuyéndosele haber colaborado en la creación y llevar el pan a los santos. Su soledad es vista entonces como el aislamiento voluntario de quien participa de un plano superior de la existencia, siendo así un guardia y espíritu protector que previene al hombre de los peligros que lo amenazan. Para la alquimia es símbolo del “nigredo”, de la tierra y la noche del seno materno, cargada de generación y de fertilización. Relacionado con los hombres el cuervo estaría al inicio de la regeneración del orden social, pues su presencia es un aviso para rectificar la conducta, previniendo sobre todo del fatal engaño de la sobrevaloración personal.


IV
   Las presencias ominosas de la noche que avanza se concentran condensadas  en la imagen de la calavera, sede del pensamiento y por tanto emblema del mundo supremo. El cráneo de la cabeza humana puede verse como un microcosmos que reproduce la bóveda celeste del macrocosmos natural, siendo el cerebro y los pensamientos semejantes a las nubes y los ojos a las luminarias nocturnas (Omar Ortiz Hernández, “Des-ayuno”; Jesús Manuel Cenceñas González,  “Elegí al tiempo y a la muerte).   
   La calavera es el vértice del esqueleto, por lo que se ve en ella un receptáculo de poderes que sobreviven a la muerte luego de la putrefacción del cuerpo. Por tener el poder de apropiarse de la energía espiritual del alma, ha sido interpretado como símbolo de inmortalidad, pero también de la maldad humana y de la muerte brusca, siendo para algunos pueblos un codiciado trofeo de guerra. El cráneo pelado de la calavera evoca asimismo las sociedades peligrosas y la gente sin escrúpulos que ostentan un poder arbitrario y poco generoso, también los deseos irrefrenables de encumbramiento, la opacidad, los asuntos poco claros y los valores caducos, siendo signo de la posposición sin futuro y finalmente de la impotencia creadora.    
   Emblema de la transitoriedad de la vida y del paso del tiempo, el cráneo es una analogía inversa de la vida -que invita a reflexionar sobre la vanidad de la pompa y sobre el momento de la muerte (siendo tema central de los bodegones holandeses sobre la vanitas y el memento mori). Descarnada e inmortal, la calavera es figura de lo que está vacío de contenido, pero también del descuartizamiento de la naturaleza y de la superioridad del alma humana, por ser la cabeza la sede de la fuerza vital, significando entonces la purificación del espíritu. El cráneo, en efecto, reproduce la forma redonda del universo, del sol y de la divinidad, dándose en él la actividad primordial del pensamiento de ordenar y esclarecer, siendo un principio activo creador que mueve el cuerpo y la materia, por lo que adquiere la connotación de la fecundidad indefinida y, sobre todo, de autoridad y gobierno, indicando por tanto la perfección espiritual. En su aspecto religioso encontramos que el Monte Calvario, el Gólgota (lugar de las calaveras), es el sitio de intersección del cielo y el infierno, por lo que su doble simbología alude directamente a la vida eterna.



V
   Otro grupo de acordes pictóricos se encuentran consonantes en la imagen recurrente de Medusa (Alejandra Sandoval Herrera, “Medusa”; Carlos Salinas Salinas, “Inconsciente”; Lizolet Rodríguez, “S/T”, en cuyo esquema general pueden contarse también los cuadros de Carlos Gómez Martínez, “Merilin Monroe” y de Nadina Villanueva, “S/T”). Mito poderoso, imagen espantable de la muerte, la presencia vagarosa de Medusa nos advierte de los temores y correctos colectivos de nuestra era o mundo. La imagen sólita del insólito monstruo de la cabeza cercenada y de mirada pavorosa y petrificante. Sus cabellos rizados, propios de  de muchas diosas telúricas y vengativas, pueden igual tomar la forma de tentáculos marinos que de serpentinos apéndices. La cabeza sin cuerpo toma así la forma de la medusa de mar, de un ser neutro y ambiguo sin sexualidad definida, llamada lágrima del mar u ortiga del océano por ser la picadura de sus tentáculos ardiente y dolorosa.
   En sus más arcaicas representaciones se la dibuja como un monstruo marino, encarnación del caos, o como una deidad femenina telúrica y nocturna.  En el arte sus vestigios más antiguos se encuentran  hace seis mil años, en el Etna y el Mar Negro, a manera de imagen que era usada como higa, amuleto o apotropaico para conjurar el mal de ojo. Las figuras más antiguas del arte ático la pintaron con una gran cabeza de rana, dispuesta a tragar, en su bobo bostezo, al mundo. Los antiguos mexicanos la representaban como Señora de la Tierra o Tlaltecutli (que es el gran monolito encontrado sobre la tumba del rey nahua Ahuzote). Se trata de un ser subterráneo, que succiona la sangre de su propio ombligo, la cual toma a veces la forma del lagarto (cipoctli), o de un monstro sagrado de muchos ojos e innúmeras bocas que muerden ferozmente los cadáveres, insaciable de sangre. El arte oriental la registra como una horrenda cabeza de dragón, mofletudo y de redondos carrillos, usada como máscara ritual. Su imagen cumbre se encuentra es el “Escudo de Atenea” pintado por el artista barroco Miguel Ángel Caravaggio (1571 – 1610).
   El mito de la Médusa, monstruo de cabellos serpentinos y de mirada insoportable y petrificante se refiere a una virgen sacerdotisa violada por Poseidón que se entrega a la voluptuosidad desenfrenada y a los ritos orgiásticos dionisiacos. Es castigada por Atenea, desterrada a una lista y confinada a vivir en la oscuridad de un laberinto, donde petrifica con su mirada a aquellos que buscándola para matarla la miran de frente. Perseo, ayudado con un escudo que le regala Atenea, la enfrenta y decapita con su espada –surgiendo de su venenosa sangre, al caer al mar, Coral, y al  hacer reacción en tierra el níveo caballo alado Pegaso, que surge como una chispa y se dispara al cielo.    













   La interpretación de tan compleja y poderosa alegoría mítica se refiere al enemigo interior a combatir, a las deformaciones inconscientes de la psique o al deseo pervertido y al desbordamiento de sus fuerzas, que conducen a la involución del hombre y a la regresión de la moralidad hacia las místicas inferiores. Simboliza, pues, la vanidad codiciosa y cómplice, atrincherada y mezquina, que al no aceptar la culpa se petrifica, siendo por tanto un emblema del endurecimiento del corazón y de la primera mentira o del primer pecado, forma matriz de la enajenación que arroja una imagen deformada de sí que simultáneamente estanca la imaginación y paraliza los sentimientos (protón psuedos). Médusa representa entonces la fealdad interior, cuyo odio perfecto tiene como cometido vengarse de los hombres mediante el predominio en los impulsos del alma inferior, femenina y lunar –estando en relación con otros monstruos, como la Quimera, la Hidra, las Arpías, las Erinnias. Las Grayas y el Canservero.
   La mirada de la cabeza espantosa de  Médusa petrifica al reflejar la culpa individual intransferible, simbolizando la inercia de la vanidad intoxicada de sí o el narcisismo de la exaltación de los mezquinos deseos del subconsciente, que se regodean en la propia culpa. Las sierpes de la cabeza, de evocaciones fálicas, representan entonces los actos voluptuosos, excéntricos y extremos, de la sensualidad: la humillación, la violación, la bestialidad, el infra-sexo, la prostitución y la pederastía, la sodomía y el adulterio.  Las serpientes, asociadas al antitérmico del agua, representan en general las ataduras del cuerpo y del tiempo. La decapitación del monstruo equivale a la liberación interior, llevada a cabo por la reflexión y la lucidez de la conciencia (la espada de Perseo), pues la sangre derramada corta las inercia de las aguas pútridas del estancamiento y da como fruto la imaginación ascendente (Pegaso), que es la verdad de la vanidad apaciguada: el deseo, la voluntad y la fuerza afirmativa del corazón puro.[2]  
    La decapitación, que ve indirectamente al monstruo al trabes de su reflejo en el escudo, equivale a reconocer la falta mediante el arrepentimiento, la enmienda y el mejoramiento del comportamiento; aceptando la propia limitación para claudicar al amor de si enfermo, como un proceso de ascesis y purificación interior, que encuentra en el justo medio y la proporción las normas de la belleza, logrando en el reconocimiento de los otros la equidad y la armonía –que es el fruto de la reflexión, que mediante el pensamiento activo logra eliminar la individuación demencial u obsesiva o la creación interior negativa que perturba el espíritu humano, expulsando de si lo inferior y las fuerzas infernales. Salir de la parálisis y del estancamiento, de la inercia y molicie de los deseos corporales, por medio de la acción creadora y de la ascesis del espíritu (Claudia Galarza Sosa, “Reflexiones”).
   La imagen de Médusa tiene así  propósito protegernos de la invocación al Caos (Nun), equivalente a lo no ordenado, al agua original que rodea y acosa a la creación ordenada y al mundo de la manifestación formal, como el océano que rodea a la tierra y es engendrador de las medusas. La recurrencia de la imagen en la selección nos habla de la presión histórica de nuestro tiempo y mundo, donde el caos primigenio se filtra como la humedad ´por todas partes, y cuya imagen es igual la del vacío primordial que las tinieblas o la orfandad del desierto, pues todas apuntan a lo evanescente o inexistente, a lo abismado y fragmentario, a la ruindad del infundado o a lo vacío (Jonathan Gone, “El abismo”; Gabriela Anahi Herrera Aguinaga, “Fragmentos de guerra”; Sebastián Fernández Orona, “Erase una vez en el cielo”; Aldo Vargas Rodríguez, “Revelación personal”; Marisa Rivera García, “Mutis”; Rubí López Larreta, “Del nido al abuelo”; Daniel Adrian Venegas, “La expresión del pueblo”, Anabel Duarte, “Sin titulo”; Jesús Gonzales Calderón, “Otra vez Corina”).
   También a la apariencia engañosa o al recipiente de todas las posibilidades, incluso de las más opuestas, en que se mezcla como en la marmita de la bruja lo santo con lo demoniaco, lo bello con lo horrendo y lo amable con lo colérico, y donde reina la acefalia de lo anárquico y la descomposición de las formas –equivalente al Tou wa bohu, que causará finalmente la destrucción del mundo (Jeremías, 4.23).
   Desde el signo de la vida inmortal y de la vacuidad de la existencia (la calavera), pasando por la mirada de la vanidad petrificante que arroja deformada de propia imagen (Médusa), a la imagen del  angélico niño degollado (Cristo), la muestra nos habla del recogimiento interior y de la fuerza vital, pero que al entrar en la penumbra del subconsciente se topa con las formas de la lívido instintiva carentes de conciencia, determinadas por la tiranía del impulso reptil, por los ritos oscuros de los automatismos que reptan por oscuros pasadizos, donde impera el mundo lívido de los fantasmas o la procelosidad de las aguas turbulentas.
   La imagen de la decapitación, frecuente también en la hagiografía, hace pensar en esa dualidad radical de los dos mundos, celeste y terrestre, pudiéndose interpretar también en algunas imágenes, más que como  un signo de moderno escepticismo respecto de la fe religiosa, impotente para vivificar sus valores, vueltos frágiles como las figuras de yeso, como un amuleto protector o talismán, como igualmente lo son las imágenes del padre interior y la madre celestial (Jesús Osvaldo Parra Galindo, “Fe de 18 años”).  Pues la verdadera libertad sólo se alcanza mediante la atención y la concentración en el mundo de formas puras que constituyen los valores de lo  humano, mediante el trabajo de la imaginación liberada y de la reflexión de la conciencia.









VI
      Escenografía del mundo evanescente, lejano a la verdad, regido por la introversión del sueño, por la fragilidad de lo incierto o por el accidente, la colección da cuenta de una época marcada por criterios oníricos y zozobrante, que solo alcanza a mostrar los rostros del tiempo modelados por la angustia o las experiencias estáticas, inertes o de circuito cerrado, anejas a la esterilidad espiritual.
   Así, la muestra, al enfrentar una problemática común, va rompiendo la cápsula de la hibernación onírica y del relativismo historicista, dando lugar entonces al lento despertar de la conciencia y del valor de la vida actuante, donde se vislumbra un único mundo que nos es común, regido por la obediencia a una misma ley universal e iluminado por una misma luz imparcial y bienhechora. Signos de la sintomatología de nuestro tiempo que no son sino una serie de símbolos de transformación y alquimia interna para sublimar la conciencia y redimir  la condición humana -cuya función crítica y reflexiva es la de orientar el instinto, dominando los sentidos y domesticar la voluntad, de romper las ataduras del tiempo y del cuerpo, para asegurar la continuidad de la vida y el renacimiento espiritual en su carrera de ascensión al mundo de arriba.
   Tarea de apertura, pues, de las potencias ascensoriales y creativas del espíritu humano que, como pájaro blanco de Pegaso, nacido de la tierra en medio de la aspereza y el veneno, se eleva, por el potente impuso de sus alas, hacia la luz del día -indicando con ello el camino para salir de la cenagosa caverna, donde por contraste sólo se pueden ver las sombras móviles y las menguadas apariencias de la verdadera realidad de las cosas.
    En ambos casos crítica del mundo y de las apariencias, de los fenómenos inmediatos y de los placeres sensibles, que por virtud de la indirecta mirada de reojo de la intuición estética intuye el valor y va más allá, tomando primero de sus figuras lo que hay de casos ejemplares o arquetipos, y al sopesar notas fundamentales de su esencia partir a una revaloración de las potencias que nos constituyen, lo que muestra en la selección una especie de mesura de orden clasicista, en donde  se busca es una justo medio estabilizador entre las potencias conformadoras de la vida, para hallar un equilibrio donde puedan balancearse  y florecer la hermandad del tiempo con el logos, de la esencia con la existencia y la naturaleza con la norma del ser ideal (Daniel Duarte Quiñones.“Razas”; Eduardo Trejo Soriano, “Pensamientos amarillos”; Fredy Valenzuela Días, “El Endustra”; Patricia Aguirre Valles, “Ave María Purísima”;  Jorge Omar Ramírez Velázquez, “Pinta tu presente”; Fernando Palacios, “Cuidad en construcción”).
    Asimismo búsqueda razonada de los motivos internos que conducen a la acción, lo que da al conjunto de las obras una especie de medio tono reflexivo, contemplativo, francamente introspectivo e incluso melancólico –como si se trata del momento en que, al tocar el límite, se decide el viaje de vuelta. Momento de pasmo y de suspensión del ánimo, como si después de mirar los abismos desorientadores de los extremos, se detuviera la carrera para reflexionar, empezando a emprender la marcha atrás, en una especie de ascesis personal y de catarsis conjunta, en la búsqueda de un centro más estable de la persona. Tarea, pues, de integración en la actividad artística el sentido ascensorial de la purificación y de la espiritualización de los sentimientos -para el logro de un mundo más bello y de una comunidad más sana, equilibrada y armónica.
   Relato de nuestra circunstancia y del teatro del mundo, no menos que de la tensión, lucha y contienda entre los elementos ontológicos y axiológicos que nos constituyen  -que es también un retablo de nuestros sacrificios y anhelos más íntimos, que por la acción creativa y vivificadora del arte infunde otra vez de calidez el río torrencial de nuestras venas, permitiéndonos así simultáneamente resistir confiadamente  a los escollos de nuestro tiempo, que los artistas regionales no dejan de atisbar como el de una cruda y tormentosa helada del espíritu.
   Intuiciones estéticas y desarrollos compositivos, es verdad, cuyo final objetivo conjunto no puede ser otro que el de restituir a la vida lo que tiene de tibieza, de paz, de amor y de alegría -pasando necesariamente por una crítica a la moderna laxitud de usos y de costumbres ateridas, rompiendo mediante la imaginación y la reflexión pausada los grilletes de su esclavitud de las apariencias, para reconquistar y restituir de tal suerte los valores ajados por el tiempo y desintegrados por la presión de nuestro tiempo y sanar con sus oleos y tinturas el vulnerado tejido de la realidad social.
   Humilde labor del artesano, del trabajo diario y del respeto al oficio, que cada día hace resurgir al hombre de sus propias cenizas, como el Ave Fénix, que mediante el fuego de la consunción espiritual devora a las serpientes de la noche y vuelve cada día para rehacerse, resurgiendo de sus cenizas, y desplegar sus alas de cinabrio, regenerando sus potencias por el rojo sulfuro de mercurio y por la acción del fuego creador y destructor de la luz del sol (rubedo). Tarea humilde y cotidiana de artesano, es cierto, pero que por su amor a la moral del oficio amalgama a una comunidad, manifestando de tal forma su respeto por la continuidad de la vida, por cada semilla,  por cada ser y cada producto consagrado del espíritu.









VII
   La  muestra representa finalmente, pues, en su conjunto, un diáfano cristal, que es un espejo de fuego penetrable y purificador en el cual poder reconocernos –donde palpar las aristas de la altura y complejidad de nuestro momento histórico, de nuestro siglo y mundo, marcado por la crisis extrema de la post-modernidad, observada en esta colección desde el solar nativo empotrado en la meseta del mundo, confirmando con su visor artístico la singular preeminencia que la imagen tiene sobre todos los demás datos sensibles, dando cuenta también  de la voluntad irrefragable de sobrevivir y del triunfo de la vida sobre la muerte.
   Viva preocupación por lo que somos y tarea por lo que deseamos ser, que superando la soledad y el desamparo, las servidumbres inconscientes y los temores y terrores de la noche, abre el es espacio detenido de la imagen estética, donde mirar morosamente nuestra figura y nuestras formas.
   Tiempo suspendido también, que abre el compas de la espera, de la contemplación y de la reflexión interior y en donde, por virtud del reflejo que hay en la representación, por los yodos solares del amor de la ternura  y los ácidos curativos de la crítica, lograr secar las yagas, suavizar y fatigar hasta romper las cadenas que atan a las presencias engañosas y sacar finalmente nuestra propia imagen verdadera, purificada y lavada de sus limos, aclarando así la visión de lo que realmente somos y de lo que aspiramos llegar a ser, preservando con ello  nuestros más caros ideales.
   Inmersión al mundo interior, en la noche de la ostra oscura, donde  encontrar la perla rara escondida en el celaje de su nácar, poniendo en juego la participación de una comunidad y de toda una cultura en la competencia de los nuevos valores artísticos y estéticos regionales, donde por virtud del trabajo y de sus frutos se reafirma el lugar central para la vida que tiene la belleza y el  encanto,  la gracia del talento y el encuentro de alegría. 











[1] La exposición Colectiva Premio Estatal de Pintura Guillermo Bravo Morán Durango 2014, celebrada en el Museo Palacio de los Gurza, inaugurada el día 15 de noviembre del presente año, contó para su realización con el apoyo de las siguientes instituciones:
[2] Pegaso es también la montura de Belerofonte, quien combate a la Quimera, otra forma monstruosa de la mentira, a la que derrota haciéndole tragar una roca de plomo que se derrite en sus fauces llameantes. 

























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