lunes, 2 de marzo de 2015

Atención y Respeto Por Alberto Espinosa Orozco

Atención y Respeto
Por Alberto Espinosa  Orozco


I
   La esencia de la educación está en la formación del hombre, de acuerdo a sus aptitudes y predisposiciones de carácter, al hombre educado tal vez no pueda definírsele; pero puede en cambio y en todo caso caracterizarse por dos notas esenciales, típicas, características: la atención y el respeto.
   Si alguna cualidad hay que desarrollar para ser un hombre educado esta es la atención. Se trata, más que nada, de una disposición de ánimo, que llega a forjar una actitud general de interés hacia la vida toda: es el atender, el prestar atención al otro, pero también a los contenidos y formas de la cultura, que son, a fin de cuentas, obras humanas.
   Consiste elementalmente la atención en un acto de interés, de concentración y de cuidado respecto a aquello que es motivo de atención, lo cual forma un suelo firme y fértil como el suelo donde personas, formas y contenidos de la cultura puedan enraizar y a su vez desarrollarse. Su imagen ideal radica en una forma de la escucha, en escuchar atentamente lo que las cosas significan o quieren decir, sin atropellarlas o mutilarlas por el propio decir o por el propio querer o el interés particular. Para propiciar y potenciar la atención existen recintos, formas protocolarias, atmósferas, generalmente aislantes del mundanal ruido, del tráfago del mundo (aulas, salones, salas, bibliotecas, templos), para poder alzarse, elevarse a determinados contenidos y formas de la cultura requirentes, exigentes de particular y alta concentración –moviéndose por lo de más el hombre mismo en ritmos y periodos de relativa concentración concéntricos a otros de relativa laxitud, relajamiento, descanso, divagación y dispersión, de manera tan incesante como alternativa.
   Prueba de que la atención es nota esencial del hombre educado es que no hay hombre educado que sea distraído, negligente, informal, chabacano, o desatento, disperso, injurioso o grosero –síntomas todos ellos de espíritus volátiles, poco dispuestos o nada afectos a enraizar en un suelo.
   Es la atención el suelo mismo de la educación, la tierra misma del proceso educativo, la cual, evidentemente, hay que saber trabajar, abonar, labrar, para volverla perfectamente firme, y potentemente fértil.
   La segunda nota esencial es la del respeto. El nicho del respeto implica ya una posición de altura, de jerarquía y dimana de una actitud general de consideración para la creación toda y especialmente para el hombre, para el prójimo. Su regla: el tratar a cada uno como quisiéramos ser tratados nosotros mismos –que es el único igualitarismo inteligible (cuyo corolario es: no hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran a ti). Su concepto antípoda es el desprecio.
   El respeto es, en efecto, un tipo de aprecio particular por la persona, elevada ante nuestros ojos por sus méritos, por sus virtudes, por sus desarrollos, esfuerzos y obras en una misión o tarea, en virtud del cual se levanta como ejemplo en algún término, sentido o capacidad –constituyendo su intrincada red de relaciones el templo completo de las jerarquías humanas y del trato entre los hombres, siendo elemento esencial a su vez en la orientación misma de todas las acciones humanas.
   Nada más desorientador, destructivo y dañino resulta en este sentido el hombre irrespetuoso, burlón, mal educado, que basándose en la rebeldía ante principios y probadas normas de vida quisiera, más que bajar de su nicho a tales figuras para convivir más dinámicamente con ellas, o alzarse hasta ellas para alcanzar sus horizontes de vida y acción práctica, dinamitarlas, para aniquilar con ello algún principio educativo que le oprime, que lo reprime, que lo minimiza o empequeñece -por ser en el fondo un pigmeo en materia moral, intelectual o sentimental (fenómeno de debilidad de carácter que puede tomar la forma de las masas en la llamada  “rebelión de los discípulos”, tan sólita en la edad contemporánea que llama a gritos, y a gritos pelones, a la anarquía, a la abolición carnavalesca de las jerarquías, a la dictadura del relativismo y, finalmente a la autarquía autoritaria del despotismo).
   Tal resentimiento moral no es el único escollo, ni mucho, en la tarea educativa de fomentar el respeto por el prójimo y por los logros en las especificaciones de los propios o propiedades derivables de la esencia humana. Otro caso notable es el del acaparador del respeto, el que ama al respeto –a él debido, o que sólo quisiera respetarse y que lo respetaran a sí mismo, más por amor a sí que por amor al respeto mismo. Tales hombres fanáticos de la respetabilidad recuerdan a esos herederos maniáticos, que por amar tanto el concepto de la herencia, se lo heredan todo a sí mismos dejando en cueros a sus hijos. No.
   El respeto consiste, ni más ni menos, que en el reconocimiento del valor –reconocimiento social, se entiende, explícito, transparente. Porque nadie verdaderamente reconoce un valor si lo pone en un nicho en privado para ocultarlo luego públicamente, en una especie de secrecía del valor que de tal forma deforma, que lo miente o que socialmente lo socava. De hecho, el valor no es nada si no es reconocido, si no es confesado, rompiendo con ello las resistencias mezquinas que el animal o el demonio que nos habitan imponen ante lo superior, ante todo lo humano, ante todo valor. El alar del respeto se constituye así, esencialmente, como reconocimiento del valor –del valor propio, si se quiere, pero sobre todo del valor ajeno, siendo por ello el mejor anticrotálico contra las insidias y venenos de la envidia.     
    En el caso del educador se requiere, como en caso del padre, de un gran corazón y de magnanimidad –sobre todo si se toma en cuenta los innúmeros desvíos y distracciones que pueden suceder en el camino para ser educado, los cuales, para ser corregidos, requieren tanto de una larga y probada paciencia como de un espíritu que aliciente, fortaleciendo y dando seguridad al desarrollo de las aptitudes del estudiante, del hombre en proceso de formación.
   No hay educador que sea mezquino –quedando fuera de su esfera tanto gendarmes, como verdugos e inquisidores; tampoco hay educador que sea aprovechado –que se aproveche del trabajo ajeno para hacerlo pasar como propio, que haga al discípulo elaborar las papeletas y los resúmenes para aprovecharlas como material enajenado para la clase siguiente o para su personal investigación; o que emplee la ley del embudo y sea permisivo para sí mismo y restrictivo para los otros.  Generosidad, munificencia, gran corazón son, en efectos, notas esenciales del verdadero educador.
   Así, lo que la atarea educativa debe fomentar sobre todas las cosas es el sentido de la atención y del respeto; atención hacia los contenidos de la cultura; respeto hacia las personas que se esfuerzan por comunicar éstos. El nicho, el templo del respeto se encuentra casi completamente abolido en nuestros días, a favor de esa chabacanería del falso igualitarismo, de la indistinción contemporánea, en razón también de los ídolos de barro que pueblan el “imaginario” colectivo. Respeto y distinción van de la mano. Sin distinción, deferencia y acepción de personas, es decir sin la noción de jerarquía, difícilmente puede elevarse el nicho del respeto –lo cual entra en abierto juego con el fenómeno del desconocimiento de la persona humana, estimativo práctico, en la época contemporánea. Respecto de la tierra de la atención, que hace al suelo a la vez firme y fértil como el suelo, puede decirse que es, sin duda alguna, uno de los criterios y rasgos sustantivos del hombre educado.
II
 Sin embargo, un temible, fabuloso complejo perturba, y de raíz, la tarea formativa, educativa, del hombre moderno contemporáneo.
   El primer brazo de tal complejo esta formado por el  doble fenómeno de: por un lado, la proletarización creciente de la burguesía, en justa sanción y reacción histórica por no haber querido educar y elevar a la plebe; por el otro, la imposibilidad de esa burguesía misma por educar y elevar a la plebe en razón de doctrinas violentas, de la lucha económica de las clases, de la utopía de la dictadura  del proletariado y del resentimiento social de las masas –imposibilitadas constitutivamente para educarse.
   En un caso: fingimiento de una educación, si no de una jerarquía, que ya no se tiene; por el otro, aspiración a una educación que no hay manera de conseguir ni con el favor del mejoramiento de la posición social –todo lo cual se revela en síntomas de creciente insatisfacción, ansiedad, depresión, o en el peor de las coas en la expresión de un nada disimulado cinismo de un aburguesameinto proletarizante o, de plano, de un proletariado cuyo aburguesamiento resulta una pobreza, un proletarizción más reduplidcada –como la del perro que come su propio vómito o de la marrana que lavada en la lluvia vuelve a revolcarse en las heces de su chiquero. Y así, a pasos contados, el inmanentismo de la filosofía del éxito y del progreso contemporánea va llevando de la mano al estrechar sus horizontes de vida al lamentable inmoralismo y existencialismo contemporáneo del ser que es de hecho, pura y simplemente, pero sin razón de ser.  
   El abrazo de tal problemática educativa lo cierra otro fenómeno, también doble: el del divorcio de la cultura por parte de la política, por una parte; y el de la dependencia de la cultura, cada vez mayor, por parte de la política, por la otra. Terreno, pues, minado y saturado de contrariedades sin cuento, donde la cultura es deformada por los intereses políticos, ya por servilismo y abyección de la cultura respecto de la política; ya por un forzar las cosas por parte de la política, por sembrar la cizaña en los campos de las eras bajo la forma de provocadores, adelantados y vanguardistas permisivos de toda laya y mala estofa.
   Uno de los rasgos más notables que arrojado sobre el tapete de la civilización contemporánea tal doble, cuádruple complejo, es la acelerada, progresiva y a la vez ineluctable sustitución de las creaciones culturas por los productos de la mercadotecnia, en un constante sobar y resobar el haber de una herencia cultural ya sin vida, en lamentables productos edulcorados, enmielados, empalagosos, en el mejor de los casos, en el peor, ajados; ya su sustitución por otra cosa que se dice cultura pero que no lo es (no la cultura en acto, o el acto de la cultura, sino la actuación cultural, la representación de algo que ya ha dejado de ser quedando en aparente movimiento sólo su fantasma o su sombra, su desecado bagazo; o lo que se ha llamado la tradición de la ruptura), constituyéndose muchas veces como formas embozadas de la herejía. Paso, pues, del estancamiento y repetición cacofónica, de una herencia ya marchita a la destrucción de la cultura misma por otra cosa parasitaria que ha tomado su lugar, dejando por tanto a la cultura yerta como un dermatoesqueleto muerto y sin vida, queriendo ser, encima de todo ello, autárquicamente y sin tradición –cosa imposible.

   No es entonces la tradición, sino sus actores que no supieron como asimilarla, familiarizarse con ella y recrearla, los que se muestran impotentes, y por ello mismo inferiores intelectualmente, quienes practican la sepulcral sordera, disponiéndose entonces a esforzarse por que les pertenezca, no la tradición, cosa como repito imposible, sino cuando menos sus símbolos: sus instituciones –tradición a la que nada tienen que decir, con la que nada tienen que alegar, y a que a la vez no están dispuestos a escuchar, para pasar de ahí a otro tipo de desatención: el no tener suelo donde arraigar, al no tener identidad propia, siendo igual de aquí o de allá sin ser de aquí ni ser de allá, disipados en un mundo de abstracciones, cuentos y chanzas, de apuestas y comidillas donde se ve a las claras que al perder esa tierra han perdido con ello completamente el piso, dándose entonces alegremente a la tarea infausa de excluir, de descartar, de obstruir y, faltaba más, también de elegir a sus prosélitos y posibles sucesores, y todo eso en medio de la decadencia pronunciada de las costumbres, del irrespeto generalizado, de la más cruda vulgaridad y de la vaguedad más brumosa, hasta tocar todos los extremos imaginables de la sodomía o la impudicia, en una especie de socialismo totalmente desindivudalizado gestor de las masas –tan torpes en el pensamiento como en la acción.  



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