lunes, 23 de marzo de 2015

Armando Blancarte: Paisajes del Alma Provinciana Por Alberto Espinosa Orozco


Armando Blancarte: Paisajes del Alma Provinciana
Por Alberto Espinosa Orozco





I
   Armando Blancarte es uno de los artistas más singulares y a la vez más representativos de la cultura y la sensibilidad durangueña. Su trabajo artístico ha cultivado con gran originalidad dos huertos: el de la interpretación musical y el de la pintura, logrando en ambas parcelas cosechar la sincera admiración, y el afecto y aplauso de sus coterráneos.
   Su amplia trayectoria musical en radio, cabarets, restaurantes y fiestas, prolongada por más de 50 años, se caracterizó siempre ´por sus virtudes interpretativas, por su inspiración, sus expresivos tonos y profundos timbres emocionales. Acompañado o solo con su guitarra, Armando Blancarte llevó a otro nivel el género del bolero y de la inquerida bohemia, donde se encierra toda una concepción de la poesía y del amor, de la pena y del olvido, de la ilusión y la esperanza, en cuyas letras y melodías se preservan muchos de los valores de la auténtica sensibilidad del México de siempre, inmunes a la temporalidad.



II
   Armando Blancarte nació en Durango, México, el 24 de noviembre de 1929. De pequeño hiso sus bártulos en la orquesta de los Hermanos Cisneros, de Pablo y Nico Cisneros, conquistando al público en tertulias dominicales, serenatas y clubs durangueños. Siendo joven ganó un concurso para aficionados en la radio local.
   A los 20 años, en 1949, viaja a la Ciudad de México, donde trabaja en la XEW, trabando una relación de trabajo y amistad con el famoso compositor y pianista cubano Armando Valdez Pi (Pinar del Río, 1907-San Juan, Puerto Rico, 1967). Valdespí compuso más de 500 canciones, muchas de ellas de gran popularidad, entre boleros, sones y danzones. Con Fernando Collazo y Antonio Manchín grabó más de 36 canciones de su autoría. Trabajó desde muy joven como director de orquesta en La Habana, siendo uno de los músicos más populares de Cuba.[1] Desde 1944 Valdespí vivió en la Ciudad de México y a principio de los 50’s grabó siete discos para la compañía Peerles, siendo doce de sus canciones interpretadas por Armando Blancarte.


   Por esas mismas fechas, junto con Carlos Crespo, Blancarte trabaja en la Fonda Santa Anita, creando el grupo “Los Dorados de Villa”, con el que graba dos discos de larga duración luego de una gira por Centroamérica.
   Regresó a Durango a finales de la década de los 50´s, formando un dueto con Antonio Haro, llamado “Toño y Armando”, cantando en centros nocturnos, clubs nocturnos y luego, por más de 20 años, en el Hotel Casablanca.  Más tarde animó el restaurante bar “JR” de Carlos García Cruz, estelarizando como solista las “Noches Bohemias”. Máximo exponente de la canción romántica en Durango, el gran solitario de la canción bohemia sumo a sus éxitos, como “Noche de Ronda”, las canciones “Asesina”, de Carlos Crespo, “Desdén”, “Crueldad” y “Mujer”.  La voz de Armando Blancarte, caracterizada por un refinamiento superior y la emoción bien temperada de sus notas, quedará en la historia local como un caso ejemplar y de distinción de la cultura propia, siendo así una de las figuras arquetípicas de la región, en donde por su poder evocador se condensan una serie de valores que preservan viva el alma nacional en la provincia, saturada de nostalgia, de dulces sentimientos y herida también por la pena del recuerdo de la mujer perdida. 
  



III
   Por otra parte, Armando Blancarte, a los 40 años de edad, a principios de la década de los 60’s, ingresó a estudiar pintura en la recién creada Escuela de Pintura, Escultura y Artesanías, dirigida por el muralista y pintor Francisco Montoya de la Cruz. Época de esplendor para la cultura local, pues en la EPEA se dieron cita los más claros talentos de aquella generación, encontrando en ella la sociedad durangueña un canal de comunicación, formación, convivencia y expresión, potente para aglutinar a toda una comunidad por el valor intrínseco de la cultura.


   Vale la pena añadir que de aquella primera generación de alumnos sobresalieron los artistas Manuel Soria, Manuel Salas, Federico Esparza, distinguiéndose por su personalidad y empeño dos singulares talentos: Guillermo Bravo Morán, quien pronto se incorporó como maestro a la EPEA, y Fernando Mijares Calderón, pintor vanguardista de gran originalidad y trascendencia, quien desarrolló todo un sistema estético comprendido en la idea del “pluralismo estético”, quien comprendió en plenitud que el arte estriba en la formación del gusto, lo que implica la profundización en la experiencia personal, pulir la autonomía y la perspectiva individual, para llevar al acto la expresión de un punto de vista propio sobre la realidad al teñirla de una coloratura singular. 
   La pintura durangueña se transformó así en una visión del mundo y de una época, sujeta a la interpretación (hermenéutica) de cada pincel, de acuerdo a su sensibilidad y tamizada por su particular talento, de responder en cada caso a la sana doctrina, creando tanto para sí como para el espectador un criterio claro de contemplación.
   De aquella dorada época Durango atesora celosamente dos gabinetes de pintura, en el anexo a la Sala de Exposiciones Francisco Montoya de la Cruz (Tlacuilos, UJED) y en una bodega de la EPEA (ICED), con más de 5 mil lienzos, obras originales todas ellas, pintadas en aquellos años de fervor y experimentación plástica. El nivel alcanzado en el presente por el arte de Rubens en la región, llevado hoy en día a considerable altura, sólo se explica  por haberse practicado el oficio de las martas con  tal pasión, empeño y continuidad por toda una comunidad.  
   Al finalizar la década de los 60´s el artista participó en la exposición “La Provincia en el Arte”, efectuada en el Poliforum Cultural Siqueiros a instancias del maestro Guillermo Bravo Morán. Sus últimas exposiciones: “Impresión y Sentimiento” y recientemente “Nosotros”, junto con su esposa Elizabeth Linden Bracho, en el Hotel Casa Blanca.[2]







IV
   Los paños de Blancarte  obedecen así a una sana doctrina, cuyos dos ingredientes o notas esenciales son el amor a lo propio y la fidelidad a un destino. Por un lado, el amor al alma nacional, sufrida, depositada en mucho en el refugio de la bendita provincia, que ha sabido absorberla y también preservarla de los vendavales de la modernidad y su culto al cambio, la novedad y el progreso tecnológico. Por otra parte, fidelidad a un mismo camino recorrido, pertenencia quiero decir, a una raíz metafísica común, que blasona a los hijos de Durango como legítimos exponentes y herederos de toda una cultura –marco trascendente cuya doctrina de la mexicanidad fue sintetizada y puesta en solfa local por el querido pensador Don Héctor Palencia Alonso en su prístina idea de la provincia, adornada con las prendas de la autonomía y la originalidad, bautizada con el nombre de “durangueñeidad”.   
   En estrecha consonancia con tal tesis, el mundo pictórico de Armando Blancarte no es el del despertar a la modernidad hacia el progreso y desarrollo material, soñado alguna vez por su maestro Francisco Montoya de la Cruz, sino el de un Durango más íntimo y provincial, acaso más esencial. Porque la búsqueda de Armando Blancarte no ha sido el de atrapar el alarido del ahora o la esquirla desprendida por el choque de la novedad, sino la calma y la reflexión pura, para comunicar un criterio de contemplación sereno y a la vez veraz del mundo en torno. No el cambio y la aventura del ahora o la cábala del acontecimiento histórico, sino la norma estable; no la desesperanza por el derrame caótico del gran río del tiempo, sino quietud que reposa en la originalidad de una cultura –sin dejar por ello de mirar los escollos de tal cultura del sosiego y de la tranquilidad, como son hasta hoy en día su lamentable precariedad, y las cadenas de miseria que la fustigan y la yagan.
   Mas que el tono de la nostalgia, la estética moderna donde se da la eclisión de la obra abierta, sugerida para el desciframiento de una esencia, la mexicana, que nos constituye, desde la perspectiva de la realidad y situacionalidad regional. No la esencia abstracta, sino la individual y colectiva del hombre en situación, de su ser en el mundo. Visión, pues, de la esencia de la existencia modulada por una región geográfica y por una historia.






   Sus formas son así, más que perfiles de lo humano, figuras morales, símbolos y emblemas de un tiempo y de una geografía. Ello se debe a la perspectiva misma del artista, que descreyendo de los eventos históricos –como la panacea de la eficacia y el progreso-, se concentra en las significaciones morales de su tiempo y en las figuras donde la sociedad misma se expresa y reconoce, y que por lo mismo van más allá del tiempo o lo trascienden (“El Vendedor de Alfalfa; “El Vendedor de Tunas; “El Arpista). También registro de lo otro, innominado, presente en la naturaleza humana, cuyo escoria o choque produce en lo humano formas oscuras, frustradas, no creadoras, rayanas por tanto en la infrahumanidad (“Alma perdida I, II y III”).








   La obra de Blancarte aparece así como un llamado final, que exclama e incluso clama por una vuelta del hombre al equilibrio de su naturaleza propia, que pide por volver a la armonía de sus partes constituyentes y de acoplarse a los ritmos de la naturaleza toda –en una labor incardinada con el arte, el saber y cultura que asegure socialmente, con un órgano bien nivelado, la continuidad de la nobleza humana.
  La lucha del artista ha sido así contra la sordera del hombre moderno y contra las esencias infernales y caducas de lo social,  no menos que contra la soledad individual, por emprender su obra  el camino de la aventura interior: de aislarse, de retirarse del mundo, por una sed originaria de contemplación (“El Árbol”).
   Es por ello que en su obra destilan estampas de un Durango menos moderno y más emblemático e incluso dolorido, asechado por el aislamiento, por la miseria, las sombras y el salitre. Escenas de gente cotidiana, de figuras populares, comunes y sencillas, pero donde se acrisola sin embargo el sentimiento entero de un pueblo y de su zaga histórica por permanecer. También el sentimiento de lo conmovedor, e incluso de la rendida tragedia, donde se consuma el drama insípido de los espectros que rondan por el aire, aboliendo entre, bares pestilentes y cantinas, con su ancla de naufragio, la aventura. Donde navegar por el desierto significa también los días sin atarse y los pasos perdidos sin camino. Náufragos en medio del desierto, hundidos en el barro acuoso entre la arena. Escenas de la vida de los otros, de la vida de todos, pues, que se alternan con las del atroz estancamiento, de la calma chicha a la deriva donde no pasa nada amenazada con el terrible desamparo (“Mujer con brasero”).


V
   La pintura de Armando Blancarte puede considerarse más como costumbrista que como nacionalista, pues su objeto no es exaltar ideológicamente a la patria en una serie de truismos, sino, antes que nada, observarla. Y lo que ve es una ciudad pequeña, prácticamente abandonada a su suerte en medio del ventoso valle inmenso del Guadiana –con su promesa siempre postergada, eternamente diferida, entre ríos de mármol como nubes y montañas de oro como soles. Sus estampas, sin embargo, conservan una especie de candor, por ser verdaderamente íntimas, destacando entre sus recursos la franqueza autentica de la expresión y en el empleo simbólico de las tinturas –siendo, al igual que los dos grandes maestros que lo precedieron, Guillermo Bravo Morán y Fernando Mijares Calderón, también un colorista espléndido. Su pincelada, labrada en la materia con la ayuda de la espátula, ha dejado escuela, pudiéndose ver una continuidad de su técnica y sus temas en artistas como Yesica Ríos y, en cierto modo, en el excepcional pincel de Germán Valles Fernández.
   Su arte no es por tanto un arte “campesino” o “proletario”, o de “tendencia”, ni mucho menos un “arte colectivo”, pues es claro que las expresiones folklóricas, místicas y simbólicas de un pueblo son creadas por la vida social y en modo alguno podrían ser representadas por un artista. No. El artista que es Blancarte se distingue, como todo artista auténtico, por expresar, con total autonomía espiritual, su experiencia individual, personal, la cual va recorriendo los tonos más sensibles de la suavidad y de la blandura, de las emociones de ternura y, casi podría decirse, del cariño, hasta llegar a ser hosco e incluso hirsuto, pues alcanza también los tonos hirientes de la aflicción y la congoja, así como del sentimiento dramático de lo patético.
   En el abanico sentimental de su obra hay, en efecto, algo del dolor del regreso a la ciudad en ruinas y a la tierra marchita entre la arena, por lo que más que un sentimiento de nostalgia o un anhelo de pasado, o de ser una pintura de lo típico,  lo que encontramos en sus paños es un arte testimonial, que a la vez intenta preservar y reintegrar los valores ciertos de la provincia al alma colectiva –poniendo entonces el acento no en el sentimiento particular, individual ante el solar nativo, sino en aquello que nos funda, aquello de dónde venimos y a lo que pertenecemos finalmente: a la patria interior, hecha de a mitades de evidencias ciertas y de vislumbres –pues la nuestra ha siempre más que nada una patria futura, quiero decir una promesa, apostada en el horizonte categórico del porvenir…. que se espera y sin embargo no es vista y nunca llega.  La carreta alegórica de paja, el caballo cimarrón corriendo en las llanuras, el relámpago policrómo de los días,  nos hablan así más bien de un carácter, hecho en las dificultades extremas del camino, que por tanto se presenta en un eterno ahora, de carácter mítico, que supera la finitud y la temporalidad, rayando por ello en el arquetipo inconmovible, en la piedra estable, en el valor inamovible por ser como la tierra fecunda y firme como el suelo.    
   Su perspectiva se centra entonces no tanto en un echar de menos lo que fuimos, sino más bien y por contraste en contrarrestar, por medio de la crítica y sobre todo del testimonio vivido, lo que no somos o lo que nos anula, las vías perdidas que nos devoran en razón del extremo desmayo, de la pena o de la debilidad humana ante la miseria física o moral. testimonio, pues, que exhibe nuestras flaquezas como pueblo para mejor resistir con ello a los poderes oscuros de los vicios y a las adicciones que exhortan a la vuelta del sueño o de la animalidad, de la bestialidad o la herejía, de la embriaguez o la bajeza, por ser aniquilantes de la esencia y de la fuerza espiritual humana. 





VI
   La pintura de Blancarte recorre de tal suerte un doble camino paralelo: por un lado, el de la recuperación de los orígenes, inscrito en el movimiento cultural de la ontología del mexicano -que tuvo, hay que repetirlo, como su egregio capítulo final y acaso epílogo, la tesis del querido mentor Don Héctor Palencia Alonso sobre las “durangeñeidad”, absorbida por la más válida comunidad sapiencial de la región –y que hoy en día los innobles regatean, relegándola al basurero de la historia, arrojada al cieno por aquellos rebeldes sin causa que esterilmente quisieran encumbrarse haciendo de la mezquina negación el motor de la dialéctica social. Por otro, el camino de la destilación de un criterio de contemplación en el sufrimiento, en la adversidad, que acaso sea la única forma nacional de concentrar las fuerzas en una nueva creación, que al aceptar el dolor y las calamidades de la existencia desarrolla, no una pose estéril de petrificación o de vacío, sino una actitud positiva, contemplativa, en perfecta quietud, rebasando el escollo de la muerte por la serenidad y la paz interna, que permite a la vez contemplar la realidad sustancial –tocando entonces los tonos propios del amor, que frisan en veces con el arrobo y lo encantador.
   Anhelo de ensanchar lo que realmente nos constituye como hombres, de expandir el corazón y el sentimiento, de quitar las corazas que llevan el corazón a pique, al estancamiento o al entumecimiento atroz de la frialdad o del pauperisante interés pragmático, despegándolo del cáncer de la mortal indiferencia –tal pareciera el objeto de Armando Blancarte como artista. La existencia varada que despoja al hombre de su esencia cede entonces su efímero sitial aletargado para, al abdicar de sus pírricas conquistas y deponer su recio trono, abrirse a la solidaridad con los humildes y a la participación primaveral con la existencia, hermanando el arte a los oficios populares en una comunión feliz de polvo de oro. Así, en medio del desierto y el salitre, del barro cenagoso y del estéril mundo sin caminos que conduce indefectiblemente hacia la nada, la pintura de Armando Blancarte nos permite volver a mirar lo que hemos sido, valorando con ello la paciente frugalidad de la abundancia, del espacio y el color del valle iluminado, y de una manera de ser hospitalaria, resistente, mansa, cuyas diferencias esenciales blasonan a los hijos de esta tierra norteña de la patria con los emblemas platinados de la flor de simpatía, de la pobreza evangélica y la gracia.

   La pintura de Blancarte recorre de tal suerte un doble camino paralelo: por un lado, el de la recuperación de los orígenes, inscrito en el movimiento cultural de la ontología del mexicano -que tuvo, hay que repetirlo, como su egregio capítulo final y acaso epílogo, la tesis del querido mentor Don Héctor Palencia Alonso sobre las “durangeñeidad”, absorbida por la más válida comunidad sapiencial de la región –y que hoy en día los innobles regatean, relegándola al basurero de la historia, arrojada al cieno por aquellos rebeldes sin causa que esterilmente quisieran encumbrarse haciendo de la mezquina negación el motor de la dialéctica social. Por otro, el camino de la destilación de un criterio de contemplación en el sufrimiento, en la adversidad, que acaso sea la única forma nacional de concentrar las fuerzas en una nueva creación, que al aceptar el dolor y las calamidades de la existencia desarrolla, no una pose estéril de petrificación o de vacío, sino una actitud positiva, contemplativa, en perfecta quietud, rebasando el escollo de la muerte por la serenidad y la paz interna, que permite a la vez contemplar la realidad sustancial –tocando entonces los tonos propios del amor, que frisan en veces con el arrobo y lo encantador.








[1] El músico y creador cubano Armando Valdespí (1907-1967). Nació el 25 de septiembre de 1907 en Pinar del Río y estudió de niño piano con su madre, quien dirigía un conservatorio. Trabajó en La Habana desde muy joven como pianista acompañante y compositor..Hijo de una maestra de conservatorio, desde 1926 fue director de orquesta y en 1929, a la edad de 22 años, formó su propio grupo interpretando en el Club Yucatán de Mérida, boleros, sones y danzones de su autoría. En 1930 cosechó fama como compositor en Nueva York y compuso su ópera “Carolina”. En 1935 con Fernando Collazo y Antonio Machín grabó 36 composiciones suyas . Fue uno de los músicos más populares en La Habana, teniendo como cantantes a Reinaldo Enríquez y Miguel D. González. Luego de viajar a México y trabajar en nuestro país por unos años volvió a Nueva York donde trabajó para la radio Cubana. En 1960 se retiró yendo a vivir con su familia a Puerto Rico, donde murió el 4 de octubre de 1967. Entre sus boleros más recordados se encuentran: “Orgullo”, “Sola y triste”, “No tienes corazón”, “Como una rosa”, “Quiero saber”, “Fuiste mía”, “Soñé contigo”, “Solo por ti”, “Dime corazón”, “Alma de mujer” y “Como tú”.
[2] Exposición “Nosotros” Vestíbulo del Hotel Casa Blanca. ICED, MACAZ, CONACULTA, HOTEL CASA BLANCA, GED. Diciembre del 2014 a marzo del 2015. 






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  1. La pintura de Blancarte recorre de tal suerte un doble camino paralelo: por un lado, el de la recuperación de los orígenes, inscrito en el movimiento cultural de la ontología del mexicano -que tuvo, hay que repetirlo, como su egregio capítulo final y acaso epílogo, la tesis del querido mentor Don Héctor Palencia Alonso sobre las “durangeñeidad”, absorbida por la más válida comunidad sapiencial de la región –y que hoy en día los innobles regatean, relegándola al basurero de la historia, arrojada al cieno por aquellos rebeldes sin causa que esterilmente quisieran encumbrarse haciendo de la mezquina negación el motor de la dialéctica social. Por otro, el camino de la destilación de un criterio de contemplación en el sufrimiento, en la adversidad, que acaso sea la única forma nacional de concentrar las fuerzas en una nueva creación, que al aceptar el dolor y las calamidades de la existencia desarrolla, no una pose estéril de petrificación o de vacío, sino una actitud positiva, contemplativa, en perfecta quietud, rebasando el escollo de la muerte por la serenidad y la paz interna, que permite a la vez contemplar la realidad sustancial –tocando entonces los tonos propios del amor, que frisan en veces con el arrobo y lo encantador.

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