sábado, 28 de febrero de 2015

La Religión del Futuro: el Horizonte Inmanentista Por Alberto Espinosa Orozco

La Religión del Futuro: el Horizonte Inmanentista
Por Alberto Espinosa Orozco



 I
   La rebeldía resulta un carácter constitutivo del hombre moderno, cuyo alejamiento de la religión no ha hecho sino exacerbar su naturaleza caída (pecado original), aunando al surgimiento de las ideologías por las naciones hegemónicas, que usan de la filosofía para dominar a las conciencias, desnaturalizándola, o sirviéndose lo mismo de la publicidad que de la tecnocracia (gobierno de las máquinas), o narcotizándolas y contibuyendo con ello a maquinar la perdición del hombre. Su resultado ha sido finalmente en de una aguda decadencia de la cultura y de la civilización occidental toda, ensombreciendo el horizonte al grado de no poder distinguir el bien del mal,  la luz de las tinieblas, estando el hombre moderno in partibus infideliun, sin un criterio moral fijo o de contemplación estética al que atenerse,  guiando su acción práctica por un concepto lábil de la libertad, como un mero derecho de paso que termina por confundirse con el subjetivismo rampante, y por una vaga idea de igualdad, que lleva a la indistinción entre los hombres y a la imposición de absurdas jerarquías –caminando cada cual según sus propios intereses particulares, carentes de espíritu de comunidad, en una especie de secularización desviada (Habermas), despeñados en un oscuro paganismo, viviendo como si Dios no existiera o sustituyendo las creencias básicas y salvadoras en lo sobrenatural por grandes síntesis totalizadoras que bajo la apariencia de la filosofía escapan a los límites de la razón.
   La religión está, en efecto, en el origen de la filosofía, estando marcada ésta por su constitución misma, y desde el principio, como una instrumentación conceptual de la religión (Diltey) –… o de la irreligión. Cuando el hombre griego sintió desconfianza en la religión, tambaleándose su mundo en torno, se ocurrió razonar la religión y nació la filosofía como lo que siempre ha sido: racionalismo, confianza en la razón, como fe irrestricta en los poderes de la lógica o de la inteligencia.
   Cabe recurrir a la razón para razonar la religión, como en el caso del creyente que no quiere dejar de creer, para recuperarla del todo; cabe también, acaso más sólitamente, servirse de la filosofía para sin razonarla por quien ha dejado de creer en parte y quiera dejar de creer del todo. Sin embargo, lo cierto es que creer o dejar de creer no se produce por puras razones, por razones y críticas, sino por motivos prerracionales. Motivo de la religión la voluntad del ascetismo; de la irreligión la voluntad hedónica y crática o voluntad de poder (Nietzsche).
   Todas las religiones sin excepción son ascéticas, limitantes de la voluntad espontánea de sujeto mediante abstenciones, mortificaciones y sacrificios. El ascetismo tiene así la doble dimensión de una limitación del poder y de una oposición al placer, cuya función es la de refrenar el alma inferior del ser humano, para acceder con ello al alma superior y al espíritu. Pero atentando con ello contra la libertad intrínseca del ser humano de hacer lo que se le pegue la gana, su regalada gana.  Pero hay en el hombre también esto otro: el impulso al placer y la voluntad de poder, constituyente de la naturaleza humana no menos que la voluntad, instinto o impulso que lo lleva al ascetismo. Es evidente que en el poder hay el placer de la expansión de la propia voluntad; por su parte el placer necesita del poder para realizarse en plenitud, tomando en cuenta lo bien constituida que está la naturaleza humana para los goces materiales del cuerpo.
   Desde la perspectiva religiosa tales tendencias pueden verse como un impulso de perdición y otro de salvación del alma, de venderle el alma al diablo o de entregársela a Dios  –entendida no como realidad psico-mental, sino como entidad ontológica. Desde el plano estrictamente ético constituyen el gran fenómeno de la dualidad moral del ser humano, el  a priori del ser humano, el misterio mismo de hombre o su condición de posibilidad.
   Mas que el ateo, que siente que Dios le oprime y reprime y que lo niega para liberarse de él, el verdadero irreligioso sería el indiferente, a quien ya no le preocupa Dios, ni se acuerda de Él, que es propiamente aquel sobre el cual la irreligión ha triunfado sobre la religión. Posición extrema cercana a la del positivismo, para el que lo metafísico es lo insensato, lo que no tiene sentido, y que no poder verificarse resulta inverosímil, siendo en resumen algo de lo que nadie en su juicio debe ocuparse. En materia de religión, sin embargo, el racionalismo o confianza de la razón en sí misma, no tiene todos sus poderes, pues es incapaz tanto de razonar como de sin razonar la fe, de mantenerse en sus límites, que son los estrictamente científicos, donde no entran los objetos de la fe religiosa.


II
   Lo cierto es que la fuente y autoridad de los fines fundamentales del hombre tampoco pueden cimentarse solamente en la razón –pues es la moral la que determina el objetivo de la acción práctica, teniendo la ciencia exclusivamente el papel de establecer los medios para llevarlo a cabo (razón instrumental), pues el conocimiento de lo que es no lleva directamente al conocimiento de lo que debería ser o la meta de las aspiraciones humanas.
   En efecto, la mera actividad racional no puede proporcionar el sentido de los fines últimos y fundamentales. Los valores morales, por lo contrario, se edifican y tienen su fuente más bien en poderosas tradiciones que influyen en las aspiraciones y juicios de los individuos –no siendo necesario buscar una justificación racional de su existencia, pues su razón de ser la adquieren a través, no del juicio racional, sino de la intuición moral, la revelación individual o por intermedio del mensaje y ejemplo de personalidades extraordinarias –pero que a la vez pueden aclararse recurriendo a los fundamentos emotivos del pensamiento humano, pues los axiomas éticos, arbitrarios desde un punto de vista lógico, no lo son desde la perspectiva psicológica, estando los sentimientos religiosos en un plano superior y de universalidad, al liberados de los deseos egoístas, de la servidumbre de los anhelos y aspiraciones egoístas, teniendo sus contenidos un valor suprapersonal , imponiéndose sus pensamientos y sentimientos por la fuerza misma de su sentido y significación irresistible. 
   Por su parte, el impulso irreligioso del hedonismo o impulso de placer en general, entra en un complejo que empuja hacia el esteticismo por un lado, y hacia el ciencismo por otro, oscilando la personalidad irreligiosa hacia gustos estéticos, a los que cede, y a rigores intelectuales, a los que no renuncia. Fabuloso complejo, decía, que se liga al espíritu revolucionario, entendido como aquel que va contra la tradición, contra la costumbre, que empuja hacia la tentación idolátrica del progreso y el futuro y el pecado de la expansión de la propia voluntad o ambición de poder, que es la obra del demonio. La revolución, en efecto, es lo que va contra la conformidad, es el producto de lo inconforme, por lo que va también contra la naturaleza –pues la naturaleza es lo cíclico, lo que no cambia, lo que no es inconforme (por lo que todo naturalismo es en realidad un conformismo). La revolución es lo que va a favor del cambio y ninguna revolución es angélica. Al querer dominar el socialismo por medio de la organización del obrerismo y de la burocracia de partido encuentra a su enemigo natural en el socialismo de la caridad: en la Iglesia, esa organización de la conformidad, natural, fortificada contra el demonio -penetrada y hoyada también por la inconformidad y el humo de Satanás.
   El demonio es por excelencia el tentador y su espíritu desviado ha hecho al comunismo sensible al pecado, pero también lo ha hecho con el arte, concibiéndolo como obra del hechizo y la fascinación, como arte nada más que arte, postulando la autonomía de los valores artísticos, de lo poético, de lo artístico, de lo bello en sí, como valores autárquicos desligados de la verdad eterna, y sin embargo como lo que va de acuerdo con el cambio y contra las costumbres, como lo acorde con la revolución, con lo inconforme, con la religión de la fascinación que gusta de la alteridad (a la que se la da el nombre de originalidad o de precio, y no el de transgresión) y de lo extravagante, aliando a la belleza la perversidad de la moda, en un arte impuro que no violenta al azar sino que le abre el pazo, abominando de toda naturaleza y de toda esencia, quedando el arte varado en el hastío de las vanguardias y su congénito hibridismo, volviéndose sus expresiones tediosas, repetitivas y superficiales, frívolas en una palabra y por su constitución misma, alejadas de la verdad y ajenas al espíritu, saturadas de imágenes vanas o extravagantes, y donde finalmente el sentido de la realidad se pierde un una pura fugacidad -detrás de la cual asecha el diablo, que aguarda al final del túnel al hombre que se ha desprendido previamente ya de todo afecto, de todo respeto y de todo sentido de la realidad.
   El arte inventa así en la época moderna la idea de la “belleza convulsiva”, donde cabe lo bizarro, lo grotesco, lo extraño, lo irregular, oponiéndose por tanto a las normas clásicas de la armonía y la proporción, y a la estabilidad beatífica de la eternidad cristiana, en una especie de singular desdicha que no es sino la conciencia de la finitud y de la culpabilidad, donde la muerte aparece como la gran excepción que absorbe a todas las otras en su final anulación de leyes y de normas. También vindicación de lo que no es: del futuro, y de la escisión con la tradición y la memoria: olvido, al ser separación del pasado y desunión, ruptura continua que se separa continuamente del origen y que por tanto se identifica con la trasgresión de la alteridad, que se confunde con lo otro imantándolo y que luego se separa con horror de ese fantasma para seguir, otra vez, en busca de sí mismo (Octavio Paz).

III
   El origen de la rebeldía contemporánea puede verse así como el encumbramiento de un nuevo tipo humano: el hombre fáustico, Nuestro tiempo, en efecto, da la preeminencia al carácter hedónico, voluptuoso, voluntarioso o al crático –que dan lugar a los nuevos tipos humanos que se soliviantan contra el ascetismo religioso y contra la religión toda o quienes se preocupan por sin razonar la religión, hasta que llega a parecerles indiferente, ya sin razonarla, dando con ello cabida y encumbrando académicamente al rebelde sin motivos, que es el existencialista moderno, al cual tampoco le importa ya no digamos dar razones, o que razones dar, pero ni siquiera tener razón, prendado de la pura y nuda existencia como razón de ser suficiente o ratio sui, sin logos salvador, al ser meramente en la existencia, sin otra justificación que los hechos. Inaugurando con ello nuestra edad tardomoderna o postmoderna otro de sus caracteres dominantes: el del inmanentismo, que instaura la existencia del hombre sin ninguna  trascendencia, arrojado a lo que no va más allá, a lo que en si mismo se agota, y que es, por tanto, engullido por las aguas amorfas de devenir.
   El abandono secular de la religión ha llevado así a un desplazamiento de la fe, por asociación de ideas y transferencia de sentimientos, hacia las doctrinas políticas, de carácter totalitario, cuyo principio no es una verdad eterna, sino la verdad del cambio violento o de la lucha –donde se identifica la crítica con el cambio y éste con la alteridad. La razón que las alimenta no puede ser otra que la razón histórica, que niega el pasado, y al negarlo se identifica con el ahora, con el tiempo, con la historia, en una especie de pasión religiosa que a la vez que niega a la religión para convierte en una mística del tiempo histórico, abriendo el mito de la muerte de Dios, que da el paso al principio del azar y de la contingencia, de la sin razón existencial y el absurdo comunitario.
    La indiferencia en materia de religión, fase final del ateísmo, vista como una liberación, proyecta al hombre así a una confianza en el ahora, en el presente, en vista al futuro: es la idea, o mejor dicho el ídolo, condensado en la figura del progreso. A la vez, la nueva religión del inmanentismo es acompañada por dos notas: por un lado a la angustia de la existencia vacía, que contempla el cielo desierto, experimentando así la bancarrota del sentimiento religioso y de la comunidad de fe trascendente, empujando hacia la caída en la desesperación de la particularidad. Por el otro a la ironía, al humor negro que como medida compensatoria a la depresión anímica, intenta disolver las tensiones y recuperar el tono vital mediante la negación de la objetividad, introduciendo el subjetivismo extremo en el ahora para disgregar la eternidad en el tiempo histórico –pero sin poder salir de la caída en el caos informe del devenir, que introduce en la historia el azar y la contingencia.
   En el arte los valores artísticos, separados de valores religiosos, desembocan en una especie de idolatría del objeto como realidad aparte, autosuficiente. La crítica toma entonces el rostro de la vanguardia: negación de sí misma que busca un nuevo principio para poder perpetuarse. Sustancia de la arte moderno: la frivolidad de la mera sucesión, de lo excéntrico, de la alteridad cada vez más extremosa, guiada por la divisa del cambio incesante, que para poder vivir tiene que renacer, criticándose a sí misma. 
   En el campo sociológico las doctrinas políticas han impuesto una ideología materialista, que se resuelve en economicismo, mediante el método del recurso, que es el control social y el determinismo de la conciencia por la presión social de las instituciones, cifrado en el dogma: “No es la conciencia del hombre lo que determina su ser social; sino su ser social o que determina su conciencia”. El principio de fraternidad queda entonces resuelto no en la voluntad de tratar al prójimo como a uno mismo, sino encapsulándolo en hermandades cerradas, amalgamadas por los intereses mutuos, pero en cuyo fondo se delata la transgresión de la religiosidad por una voluntad hedonista de la vida (erotismo-esteticismo) y por un impulso de poderío en la historia: desgarradura que constituye el eje contradictorio sobre el que gira la modernidad. En sus casos extremos, cayendo de bruces en místicas degradadas, que al destejen el tejido de la creación al imitarla vulgarmente (luciferismo).
   Lo moderno coincide entonces con lo revolucionario: romper con el orden antiguo al escindirse de la sociedad cristiana; destrucción del pasado y construcción de una sociedad nueva. El hombre es entonces no más que su historia y la historia el lugar donde el ser humano se realiza –socializándose hasta el extremo hasta dejar de ser individuo, pues el hombre que se realiza en la historia, cumple un destino histórico supraindividual, quedando enajenado en función y sujeto de las presiones del tiempo.
   Las ideologías políticas de nuestro tiempo, apelando a una libertad lábil y una conciencia social determinada por las condiciones materiales de existencia, han sido también las el lugar de las reivindicaciones, creando con ello una trasmutación y una nueva escala de valores al prometer un paraíso meramente terrenal. Por un lado reivindicación de una libertad de nuevo cuño, que la romper las coyundas de la tradición y de la ley moral,  lanza al individuo a la rebeldía de la desmesura (hybris), ya de la voluntad de poder, ya del impulso de placer, ya del esteticismo apráctico -estratificándolo en la meseta movediza de la vanidad. Su meta final: la reivindicación global de un mundo meramente inmanente, sin lugar no ya no digamos para Dios, pero ni siquiera para el humanismo -puesto que si no hay más allá, todo se resuelve en el más acá, dándose entonces el enorme equívoco del “presentismo” de las convenciones: tratar lo profano como si fuese sagrado, sacralizando arbitrariamente lo profano, y a la vez tratando lo sagrado como realidades profanas -creando no un paraíso terrenal, sino el infierno burocrático de los césares postmodernos.
   Condena de Sísifo: negarse a sí mismo para perpetuarse en el tiempo profano, identificándose no con un destino trascendente de unión con Dios y la comunidad de los santos, sino con la sucesión y negación dialéctica de la historia, en una ruptura continua e incesante separación del hombre de sí mismo, confinado a los plagues y repliegues de la psicología individual, y a la vez lanzado fuera de sí, en un perpetuo ir más allá, hacia los extremos excéntricos de la naturaleza humana, en una carrera frenética montada en el tiempo de la aceleración histórica, imantando el presente por el futuro: por una ilusión inalcanzable. Sobrevaloración del futuro, pues, de un tiempo que no existe o que no es nada y que roe la conciencia de falsas expectativas y promesas y anega el alma de nihilismo –transformando al futuro en el lugar de nuestro deseo, pero también de nuestra frustración y de nuestra desdicha.


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