lunes, 22 de diciembre de 2014

Jacobo de la Vorágine: Hagiógrafo de San Jorge de Capadocia Por Alberto Espinosa Orozco

Jacobo de la Vorágine: Hagiógrafo de San Jorge de Capadocia
Por Alberto Espinosa Orozco



I
   Santiago de la Vorágine (Varazze 1230-Génova 1299) fue el hagiógrafo dominico italiano que escribió la Leyenda dorada (Legenda aurea, originalmente titulada Legenda Sanctorum o Lecturas sobre los Santos) entre 1250 y 1280).[1]
   Se trata de la más célebre compilación de leyendas piadosas en torno a los santos y mártires cristianos, la cual incluye más de 180 relatos. La intensidad de las imágenes vividas tiene como objeto difundir la fe, con una intensión doctrinal y ejemplificadora para la gente sencilla, a la manera de las historias medievales que presentan modelos de vida dignos de ser emulados a quienes tenían una fe inquebrantable en la omnipotencia de Dios y su cuidado paternal para alcanzar una vida santa -siendo el modelo perfecto a imitar el de Jesús de Nazaret. 
   Herramienta para la difusión de la fe que fue criticada por la historiografía moderna, como por los humanistas Juan Luis Vives y Melchor Cano, pues  a pesar de cumplir con su propósito no tenía en cuenta la verosimilitud y la fidelidad histórica, por no tener muchas de sus historias una fuente comprobada -aunque Vorágine siempre cita a los autores en que se basa, teniendo como fuentes desde los Evangelios y los Apócrifos a los escritos de Jerónimo de Estiridión, Casiano, Agustín de Hipona, Gregorio de Tours o Vicente de Beauvais.  




   Las más famosas historias relatadas en la Leyenda dorada son las que versan sobre el combate de Jorge de Capadocia contra el dragón, el desollamiento de Bartolomé, la parrilla de martirio de San Lorenzo y el aseateamiento de Sebastián Mártir. El libro se completa con el calendario de las fiestas litúrgicas y la historia de la cristiandad en Lombardía hasta 1250, donde se cuenta la vida del Papa Pelagio.
    Su documento sirvió a los artistas durante tres épocas, la Edad Media, el Renacimiento y Barroco, gozando sus conmovedoras narraciones de un inmenso prestigio, siendo útil indispensable de los artistas para pintar y esculpir sus escenas devotas en las catedrales.
   Santiago de la Vorágine escribió la Leyenda dorada de 1250 a 1282, convirtiéndose en la más célebre recopilación de leyendas piadosas en torno a los santos y los mártires jamás escrita, alcanzando en 1282 la cifra de más de 180 relatos, siendo también la obra literaria  más influyente en la iconografía pictórica y escultórica a través del tiempo.[2]
   Fue electo Provincial de Lombardía, donde operó como predicador eminente de 1267 a 1286, siendo nombrado Obispo de Génova, ocupando el cargo de 1292 a 1298, donde consiguió la reconciliación entre guelfos y gibelinos. A partir de su muerte se le rindió culto como a un santo, siendo beatificado por el Papa Pio VII en 1816.



II
   La historia de San Jorge, narrada por Santiago del la Vorágine en la Leyenda áurea, relata que el tribuno, oriundo de Capadocia, en cierta ocasión llegó a una ciudad llamada Silca, en Libia, en cuyas inmediaciones había un lago tan grande que parecía un mar, donde "se ocultaba un dragón de tal fiereza y tan descomunal tamaño, que tenía amedrentadas a las gentes de la comarca. Era tan sumamente pestífero, que el hedor que despedía llegaba hasta los muros de la ciudad, y con él infestaba a cuantos trataban de acercarse a la orilla. Los habitantes de Silca (Silen o Siria) arrojaban al lago cada día dos ovejas para que el dragón comiese y los dejase tranquilos, pero al cabo de cierto tiempo quedáronse con un número muy escaso de ovejas por lo que el rey decide ofrecer a la bestia niños para el sacrificio, elegidos por macabro sorteo –cosa que incluía a su propia hija. Los pobladores acordaron entonces arrojar cada día al agua, para comida de la bestia, una sola oveja y a una persona joven, designada mediante sorteo. Haciéndolo así llegó el día en que casi todos los habitantes pequeños habían sido devorados por el dragón, hasta que la suerte recayó en la hija única del rey, quien propuso donar sus riquezas si se la excluía, pero el pueblo se negó.
   El mismo día en que el joven y valeroso Jorge de Capadocia llega a la ciudad la, suerte quiso que fuese la joven princesa la elegida para ser devorada por la bestia. Vestida con suntuosas galas, la joven se dirigió llorando hacia el lago, cuando se encontró con San Jorge, quien se propuso ayudarla. Al salir del agua el dragón, el santo espoleó a su caballo y le embistió con la lanza, hiriéndole, diciéndole a la joven que se quitara el cinturón y sujetara con él al monstruo por el pescuezo, dirigiéndose a la ciudad seguidos por el dragón como si fuera un perrillo.
   Ante el rey y toda la población Jorge  dijo: “El monstruo está dormido, no despertará, pero Dios quiere que le honréis recibiendo el sacramento del bautismo.  Dejad vuestras creencias y entregaros al dios de los cristianos y a cambio yo mataré al dragón con mi espada”. Asustados los vecinos al verlos, el santo les propuso matar la bestia si se bautizaban .Los ciudadanos abrazaron la fe cristiana, sin más contemplaciones, junto con el rey: “Rey y pueblo se convirtieron y, cuando todos los habitantes de la ciudad hubieron recibido el bautismo, San Jorge, en presencia de la multitud, desenvainó su espada y con ella dio muerte al dragón”.
    El rey, agradecido, hizo construir una gran iglesia dedicada a Santa María y San Jorge, surgiendo al pie del altar una fuente de aguas milagrosas. El santo no aceptó la fortuna que le ofrecían, y se marchó del lugar. Predicando contra los dioses paganos, fue preso y torturado, sin sufrir daños. "Presa de inmenso furor, el juez mandó que frieran al santo en una descomunal sartén llena de plomo derretido. Entró Jorge en la sartén haciendo la señal de la cruz, tendióse en ella y se sintió tan a gusto como si estuviese tomando un baño delicioso".
   Terminó siendo decapitado hacia el año 287 de nuestra era. Siglos después, cuando las tropas cristianas sitiaban Jerusalén, "el santo se les apareció, vestido de blanco, perfectamente armado y enarbolando a modo de estandarte una cruz roja, y con enardecidas palabras les animó a que le siguieran y los soldados cristianos treparon hasta las almenas, conquistaron la ciudad de Jerusalén y dieron muerte a los sarracenos que la ocupaban".[1]


















[1] Op. Cit. Jacobo de la Vorágine, La leyenda áurea.: Tomo I, Págs. 248-253. 







[1] Jacopo da Vaqrazze, Jacopo della Voragine o Jacobus de Vorágine.
[2] El manuscrito más antiguo conservado de la Leyenda aurea es de 1282 y se encuentra resguardado en la Biblioteca Estatal de Baviera. Existe una edición española moderna: VORÁGINE, Santiago, La leyenda dorada (2 vol.). Prefacio del doctor Graesse; traducción de José Manuel Macías. Madrid: Alianza Editorial, 1996. ISBN 84-206-7998-4 




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